Bienvenido a este mi cuaderno de bitácora

Querido visitante: gracias por pasar por aquí y leerme.
Aquí encontrarás ligeros divertimentos y algunas confidencias personales, pocas.
A mí me sirve de entretenimiento y si a ti también te distrae, ¡estupendo!.
Si, además, dejas un comentario... ¡miel sobre hojuelas! Un abrazo,
Guarismo.
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domingo, 25 de noviembre de 2012

295. Niños, en 400 palabras (doscientas nueve).

Niños

Yo estaba sentado a una mesa del bar de la esquina, con el frío que hace no hay quien se siente en el parque, tomando mi café y leyendo el periódico, sin mi perrita Pizca, que no la dejan entrar, cuando el niño se me acercó. “Brrrrr…”. “¡Niño, no cojas la taza, que la tiras!”. “Brrrrr…”. “¿Qué te pasa? ¿Estás enfadado?”. “Brrrr…”. “Bueno, vale. Toma”, y le doy el muñequito que hoy regalaban con el periódico (qué a punto). “Es mi herrrmano”, me dice una niña de unos cuatro años, “y yo quierrro otro muñeco”. “Vaya. Pues no tengo más… pero podemos jugar, si quieres”. “No, yo quierrro el muñeco”. “Verás, hija… sólo tenía ése y se lo di a tu hermano”. “Pues yo quierrro uno”. “¿Cómo te llamas?”. “Silvia”. “¿Y tu hermano?”. “David. Yo quierrro un muñeco”. “Bien, vamos a ver si David te lo da. David, ¿le dejas el muñeco a tu hermana?”. “Brrrr….”. “Creo que dice que no, Silvia”. “Yo no quierrro ése, quierrro otro nuevo”. “¿Estáis solos? ¿Dónde están tus padres?”. “Estamos con mi madrrre. Yo quierrro un muñeco”. “¿Y tu madre?”. “Mi madrrre no quiere un muñeco. Yo sí lo quierrro”. “Que dónde está tu madre”. “Mi madrrre se ha ido”. “¿Dónde?”. “No sé. Me ha dicho que vuelve prrronto. Yo quierrro un muñeco”. “Ya, ya lo sé, pero no tengo más”. “¿Me puedes comprrrar uno?”. “Sí, pero tenemos que salir, y si viene tu madre…”. “No imporrrta”. “Sí que importa, tenemos que esperarla. ¡David, cuidado, no tires el muñeco en la taza!”. “Brrrr…”. El café en mis pantalones, la taza hecha añicos en el suelo, el muñeco empapado y el niño llorando. “¡Buaaaaaaaaa!”. “A ver, David, tranquilo, no pasa nada, ¿eh?”. “Yo quierrro un muñeco”. “Espera, Silvia, ¿no ves que tu hermano llora, que tengo el pantalón mojado y que el suelo está lleno de café y restos de la taza rota?”. “Va a venirrr mi madrrre y se va a enfadarrr”. “¿Con quién se va a enfadar?”. “Contigo”. “¿Conmigo? ¿Por qué?”. “Porrrque no me das un muñeco”. “David, deja de llorar. Toma el muñeco”. “Brrrr…”. “Así está mejor, pero no lo metas ahora en el vaso de agua”. “Brrrr…”. “Yo quierrro un muñeco”. “Silvia, cuando venga tu madre te compro uno”. “No, lo quierrro ya”. “Verás, te explico”. “¡Mamá!”. “Señora, sus hijos!”. “Gracias, ¿le han dado guerra?”. “No, no… muy ricos, ¿sabe?”. 

miércoles, 21 de noviembre de 2012

294. La llorona, en 400 palabras (doscientas ocho).

La llorona

Yo estaba sentado a una mesa del bar de la esquina, con el frío que hace no hay quien se siente en el parque, tomando mi café y leyendo el periódico, sin mi perrita Pizca, que no la dejan entrar, cuando ella se sentó a la mesa de al lado, llorando. La miré sobrecogido, pues su llanto era bien manifiesto. Parecía desconsolada. Alta, espigada, morena, atractiva, le calculé unos treinta años. Apoyó los codos en la mesa y se enjugó las lágrimas con una servilleta de papel, de esas que no enjugan nada. Yo diría que consumió medio servilletero hasta que, por fin, dejó de llorar. Me miró y no perdí la ocasión de decirle “¿puedo ayudarte?”. “Sí”, me respondió. Me acerqué y me senté a su lado. “Cuéntame”. “¿Perdona?”. “No, perdona tú, pero te he preguntado si puedo ayudarte y me has dicho que sí”. “¡Ah, sí, claro!”. “Pues cuéntame”. “Estoy triste”. “Ya lo veo, ya”. “Es que…”. Y comienza a llorar de nuevo. Le acerco mi pañuelo, más efectivo que las servilletas para enjugar sus lágrimas. “Gracias, pero es que…” y sus lágrimas brotan de nuevo sin remedio. “Pero mujer, cálmate. Seguro que no hay nadie que merezca que llores así por él”, aventuré yo, pensando en un desencuentro amoroso, y acerté. “Es que el muy canalla…”. “¡Vaya! Es eso, ¿no?”. “Sí, se me ha liado con otra”. “Bueno, peor para él”. “Y para mí”. “No lo creo. Si se ha ido es que no te merece”. “Estoy enamorada”. “¿Enamorada de alguien que te abandona por otra? No seas tonta. Olvídalo”. “Eso me digo, pero no puedo”. “Sí puedes”. “No puedo”. “Bien, pues búscate otro novio”. “Ya quisiera. No me gusta ninguno”. “Seguro que alguno sí”. “Bueno, sí, pero no es igual en la cama”. “Vaya”. “Es que el que me ha dejado era increíble”. “Pero hay algo más que cama, ¿no?”. “Sí. ¿Cómo eres tú en la cama?”. “Un fenómeno”. “¡Venga ya, a tu edad!”. “Pues sí”. “¿Probamos?”. “¡Uf! No”. “Me apetece un montón”. “Gracias, pero no”. “Es que… me lo imagino y me pongo muy… contenta”. “Me alegro, pero…”. “Demuéstrame que eres un fenómeno”. “No, no puedo, estoy casado y soy fiel a mi mujer”. “Pero no se va a enterar”. “O sí, si se lo cuento”. “Pues no se lo cuentes…”. “Ya, es una opción”.

Otra, y van tres. Debo de estar buenísimo.

sábado, 13 de octubre de 2012

289. Reflexionando en el banco, en 400 palabras (doscientas tres).

Reflexionando en el banco

Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando me puse a pensar. “A ver, qué está pasando. Desde que leo el periódico en este banco, me he hecho confidente de personas a las que no conocía: un hombre con sombrero que me contó que era feliz por obligación (me lo encontré el otro día y me saludó, alegre); un hombre con bigote, cabreado, que se desahogó conmigo varias veces despotricando contra todo; una mujer feliz que me contó su vida; una mujer loca que no sabía lo que decía; una pareja que discutía de sexo y se peleaban; un joven energúmeno; un hombre que me contaba que no había dejado rastro, dos veces (casi se me olvida: efectivamente, no deja rastro); una señora guapísima que está empeñada en llevarme a la cama; una joven descarada que quiere lo mismo. Esto último es preocupante. Nunca me había pasado. Que dos mujeres, una madurita y otra joven, me quieran llevar a la cama es algo insólito. Algo falla. Muy desesperadas han de estar, porque yo nunca he levantado pasiones… O sí, no lo sé. Pero me llama la atención que esto me ocurra ahora. Les he dicho que no a las dos, pero ambas insisten. ¡Son unas pesadas! ¿Estaré como ellas me dicen? No creo. Más bien creo que están un poco alteradas y buscan una aventura. En otras circunstancias, quizás les hubiera dicho que sí. Pensándolo bien, sí, les habría dicho que sí. Y habríamos montado un trío... ja ja, nunca lo he vivido. Bueno, a lo que iba. Es curioso que el hecho de sentarme en un banco a leer atraiga a tanta gente y me cuenten cosas. Me deben ver como a alguien de confianza, pues me cuentan todo. Debe ser por la barba blanca, que me hace mayor (¿será que soy mayor?) y puede que me haga parecer afable. Divertido. La verdad es que me gusta. Debo plantearme hacerlo todos los días, que ahora sólo me siento en el banco una vez por semana. Aunque dependo del tiempo. Cuando hace bueno, da gusto. Pero cuando llueva, haga frío en invierno o calor en verano, no sé si podré. Quizás, entonces, me tome un café en un bar, aunque no será lo mismo”. 

domingo, 7 de octubre de 2012

288. El energúmeno (2), en 400 palabras (doscientas dos).

El energúmeno (2)

Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando el energúmeno del otro día se sentó de nuevo a mi lado. “¿Passa, colega?”. “¡Vaya! Vienes sin la música y sin la hamburguesa!”. “Sí. Es que el otro día me pasé. Me había fumado un porro, ya sabes, y todo me daba igual. Mis disculpas, viejo”. “Gracias, pero no soy viejo”. “Bueno, más que yo, sí”. “Sí, claro”. “¿Se enfadó mucho tu mujer?”. “¿Por?”. “Por la camisa”. “¡Ah! No, no, el que pone la lavadora soy yo. Si no se lo cuento, ni se entera”. “¿Y la calva?”. “Me tuve que duchar”. “Ya, lo siento, pero me pareció tentadora”. “¿Te gustan los hombres?”. “¡Qué va, tío! Pero allí, agachado, la calva tan reluciente… no me corté”. “Ya. ¿Y hoy no te has fumado un porro?”. “No. Si yo no suelo fumar, es que aquél día mi tronca me dio plantón por otro y yo me consolé con eso. Y con dos cervezas… pues, ya viste, estaba en una nube”. “Ya, ya vi, sí”. “Pero yo soy serio de natural. Y no creas que soy un vago, que trabajo y estudio”. “Eso está muy bien. ¿En qué trabajas, qué estudias?”. “Trabajo en artes gráficas y estoy aprendiendo informática para progresar. Hoy todo se hace con el ordenata. No veas cómo retoco las fotos. Si me das una de tu calva te la quito en un pis-pas”. “Sí, supongo, pero como no me la veo no me importa mi calva”. “Era un suponer. Verás, te voy a hacer una foto con el móvil y mañana te la traigo retocada sin barba, ya verás qué joven pareces”. “Bueno, entonces no podrás llamarme viejo”. “Te llamaré colega”. “Vale”. “Oye, no te enfadarías el otro día, ¿no? Te fuiste con muy mala cara”. “Sí, sí me enfadé, me pareció que eras un energúmeno. Pero no quise enfrentarme y opté por irme, después de que me mancharas la cara y la camisa y me besaras la calva”. “Fue lo mejor. Si te hubieras resistido habríamos tenido bronca. Luego la tuve con otro, que quería que bajara la radio”. “Es que la pusiste a un volumen insoportable”. “Sí. Cuando me despejé me di cuenta y la apagué”. “¿Y tu tronca?”. “¡Ah! Nada, ya volvió”.

domingo, 30 de septiembre de 2012

287. El hombre con bigote (4), en 400 palabras (doscientas una).

El hombre con bigote (4)

Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando el hombre del bigote se sentó a mi lado. Parecía desanimado. Se mantuvo en silencio durante un largo rato, hasta que dijo: “Esto no tiene solución”. “¿A qué se refiere?”, pregunté. “A este país, claro”. “Vaya, es usted pesimista”. “Sí”. Otro largo rato en silencio. Yo no me atreví a preguntarle nada. Le observé: cabeza gacha, ojos entornados, gesto serio. “No se coge al toro por los cuernos”, dijo al cabo, “y así no hay solución. Se aprieta al ciudadano para recaudar más, pero no se recortan los grandes gastos. Los ahorros que se abordan son nimios y nos afectan directamente. Pero, ojo, a la casta política ni tocarla, ¿eh?”. “Van a reducir concejales y, dicen, también diputados en algunas autonomías”, dije yo. “Sí, eso han dicho. Pero parece que es lo único que van a hacer y no de manera inmediata”. Se calló. Y, al rato, dijo: “Mi mujer dice que la política es demasiado seria para que la lleven los políticos, y yo estoy de acuerdo ¿Y usted?”. “Pues… sí, es cierto. De la política depende todo y los políticos no están a la altura. Sólo piensan en ganar las siguientes elecciones… Debe ser la erótica del poder lo que les atrae…”. “¿La erótica? Pornografía, diría yo”. “Pues sí”. “Mire, déjeme que le resuma: estamos en crisis, en una crisis galopante que dura ya cinco años largos. ¿Y qué se ha hecho? Nada. Bueno, sí, gastar, despilfarrar. Pero no para crear nada, sino para destruir. Casi seis millones de parados —¡menos mal que existe la economía sumergida, que si no estaríamos en guerra!—, las pequeñas empresas y los autónomos, que son los que crean empleo, asfixiados; se prometió que el IVA se pagaría cuando se cobrara; se prometió que se obligaría a todos, Administración y empresas, a pagar en menos de sesenta días; se prometió que habría crédito; se prometió que se bonificaría la creación de puestos de trabajo; se prometió que bajarían las cuotas de la Seguridad Social a los empresarios; se prometió no subir el IVA; se prometió no subir el IRPF; se prometió que… ¿sigo?”. “No, no siga, que ya me lo sé y serían más de 400 palabras”.

domingo, 23 de septiembre de 2012

286. El energúmeno, en 400 palabras (doscientas).

El energúmeno

Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando un jovenzuelo se sentó a mi lado. Bueno, se tiró más que se sentó. Traía un compacto de buen tamaño que dejó sobre el banco y puso a un volumen exagerado. Se estaba comiendo una hamburguesa, que chorreaba mostaza y kétchup, a veces sobre su camisa y pantalón, a veces sobre el banco. Yo lo observé alucinado, en silencio. No me atreví al principio a decirle nada, pero alargué la mano para bajar un poco el volumen de su dichoso aparato. Me miró, lo miré y esperé cualquier improperio por su parte. Pero no. Simplemente, subió de nuevo el volumen, dejando el mando lleno de kétchup y mostaza. Lo contemplé. Pantalón vaquero negro, cuajado de lamparones y lleno de agujeros, no sé si originales o causados por el descuido, camisa negra también, llena de mostaza y kétchup frescos. Reloj cronógrafo caro. Pulseras aparentemente de oro y un collar dorado al cuello del que colgaba un cuerno. Un aro con brillante en una oreja. Zapatillas de marca, casi nuevas. Con barba de tres días (no le pregunté si eran más o menos) y pelo largo desaliñado. Una joya, su aspecto. No tengo nada contra el pelo largo, ni la barba ni los aros, pero sí contra la suciedad. Tirando a grueso y musculoso, como para enfrentarse con él. Yo no tenía ni una bofetada. Sin decirle nada, bajé el volumen de nuevo. Las manos manchadas de kétchup y mostaza me las limpié en sus pantalones. “No te importa, ¿verdad? Total, ya están manchados”. Sé que fui osado, incluso valiente (o estúpido, no sé), pero me arriesgué, no lo pude evitar. Su reacción fue lenta. Sin decir palabra, subió de nuevo el volumen y me restregó la hamburguesa, o lo que quedaba de ella, por mi frente, y luego por mi camisa blanca impoluta. La mostaza y el kétchup me resbalaron por la cara hasta detenerse en mi barba. “No te importa, ¿verdad? Estás más guapo así”. No dije nada. Con los faldones de su camisa me limpié la cara, o me la ensucié más, no sé. Al agacharme, me besó en la calva de mi coronilla, dejando en ella el kétchup y la mostaza que tenía en sus labios.

sábado, 4 de agosto de 2012

277. La mujer guapísima (4), en 400 palabras (ciento noventa y seis).

La mujer guapísima (4)

Era guapísima, la mujer. Ya éramos amigos. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando ella se sentó a mi lado, ansiosa. “Bueno, ¡qué!”. “¡Qué!”. “Ya lo sabe, quedamos en avanzar”. “No, quedó usted”. “Y usted, aunque no lo confesara. Se lo vi en los ojos”. “Pues… no sé, ya sabe”. “Sí, ya lo sé, está usted casado y quiere a su mujer. ¡Y qué!”. “Bueno, pues yo, verá, lo he estado pensando…”. “¿Y?”. “Pues…”. “Ya, me va a dar más excusas, o sea, me va a dar calabazas”. “No, no; no es eso, verá…”. “¿Que no? Entonces, ¿por qué no me dice que sí de una vez?”. “Que sí ¿a qué?”. “Pues a ligar, a qué va a ser”. “Quedamos en avanzar; bueno, no, quedó usted”. “Sí, en avanzar, que es ligar, ¿no? Usted me gusta”. “Ya lo sé, usted a mí también”. “Pues no se hable más. ¿Nos tuteamos?”. “Bien”. “Es un primer paso, ¿no crees?”. “¿Un primer paso?”. “Sí, para ligar”. “Pero es que yo…”. “Me estás resultando cobarde”. “Si tú lo dices…”. “Pues sí. Me estás decepcionando, además. Yo creía que te gustaba”. “Y me gustas. Estás estupenda”. “Pues vamos”. “¿Vamos? ¿A dónde?”. “A mi casa”. “¿A tu casa? ¿Y tu marido?”. “No está. Está de viaje”. “¿Y cuándo vuelve?”. “El viernes que viene”. “Ya, bien, pero…”. “¿Más peros?”. “No, bueno, sí, es que…”. “Mira, nos hemos visto ya varias veces…”. “Cuatro”. “Sí, cuatro, veo que las has contado, y nos gustamos mucho, ¿no?”. “Sí”. “Muy bien: tú me gustas, yo te gusto, tu mujer no es celosa, mi marido sí, pero no sabe que estoy ligando contigo, estoy sola en casa y ardo de deseo”. “Caramba, ¿no vas muy deprisa?”. “No. Llevo días soñando con este momento”. “¿Y la perrita?”. “Se viene con nosotros”. “Sí, bueno, ¿y qué vamos a hacer?”. “Pero eres tonto, o qué”. “¿Tonto? No, pero verás, es que yo…”. “Mira, lo deseas tanto como yo, lo leo en tus ojos”. “Si te refieres a eso, sí, es cierto, sí, me gustas, estás para comerte, sí, te deseo, pero…”. “Eres fiel a tu mujer, ¿no? ¿Ibas a decirme eso?”. “Sí”. “¿Y qué hacemos?”. “No sé”. “Sí que lo sabes”. “¿Lo sé? No, no estoy seguro”. “¿No?”.

sábado, 28 de julio de 2012

276. La joven descarada (2), en 400 palabras (ciento noventa y cinco).

La joven descarada (2)

Parecía enfadada, la joven. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando ella se sentó a mi lado, refunfuñando. “¿Qué te pasa?”, le pregunté, “pareces enfadada”. “Sí, lo estoy”. “¿Por qué?”. “Estoy enfadada contigo”. “¡Vaya! ¿Y eso? ¿Qué te he hecho?”. “Ese es el problema: no me has hecho nada”. “¡Ah!”. “Te lo propuse el otro día y no quisiste”. “¿Qué no quise? Pero si te di masajes en el cuello…”. “Y me dejaste a medias, con la miel en los labios”. “¿Qué más pretendías?”. “Ya lo sabes”. “Bueno, verás, yo…”. “¿No te gustaría?”. “Sí, claro, pero, ¿sabes?, hay circunstancias en la vida que hay que respetar”. “¿Cuáles?”. “Pues, por ejemplo, que estoy felizmente casado”. “Ya, lo imaginaba. ¿Y qué?”. “Bueno, yo creo que es razón suficiente, ¿no?”. “¿Razón para qué?”. “Para no dar un paso del que podría arrepentirme”. “Ya. O sea, que eres fiel a tu mujer, ¿no?”. “Sí”. “¿Y no te gusto?”. “Sí, me gustas”. “Pero tu mujer no se va a enterar”. “O sí”. “O no”. “Seguro que sí si se lo cuento”. “Eres tonto si lo haces”. “Oye, ¿tienes novio?”. “Sí”. “Y, perdona que te lo pregunte así, ¿te acuestas con cualquiera?”. “Tú no eres cualquiera”. “Gracias. Pero tampoco te has acostado conmigo”. “No, de momento”. “Y si nos acostáramos, ¿se lo contarías a tu novio?”. “No, claro que no”. “¿Y si se entera?”. “No se enterará”. “Pero, si se enterara, ¿qué pasaría?”. “Pues, nada. A mí tampoco me importa que se acueste alguna vez con otra”. “¡Venga ya! No te creo”. “Sí, es así. Nos dejamos libertad”. “Eso no funciona”. “Sí que funciona”. “Pues yo creo que no. Me lo cuentas dentro de unos años”. “Nos queremos mucho y respetamos nuestro espacio”. “Ya, ya. Es lo que se dice ahora, pero, créeme, eso no funciona”. “¿Por qué no? A ver, tú me gustas y quiero disfrutar de tus caricias. Seguro que, con tu experiencia, eres un experto. ¿Qué hay de malo en ello?”. “Nada, eso es bueno. Disfrutar es bueno”. “¿Entonces?”. “Pues que hay más cosas que hay que tener en cuenta. No todo es placer”. “Pero no hay nada malo, ¿no?”. “Pues no, me gustaría, pero, como te he dicho, puede tener consecuencias”. “¿Lo dices por experiencia?”. 

domingo, 22 de julio de 2012

275. El hombre con bigote (3), en 400 palabras (ciento noventa y cuatro).

El hombre con bigote (3)

Estaba serio, el hombre, muy serio y cariacontecido. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando el hombre del bigote se sentó a mi lado, esta vez muy callado y con la cabeza gacha. Antes de decir nada, aguardé un minuto por si hablaba él. Pero seguía callado. “¿Qué le pasa hoy, hombre? Está usted muy silencioso”. “Sí, así es. No tengo ganas de hablar”. “¿Y eso?”. “Bueno, que un amigo mío me ha echado una bronca”. “¡Vaya! Lo siento. ¿Y por qué ha sido?”. “Pues por lo último que le dije a usted. También se lo dije a él y me soltó: ‘joder, sigues echando la culpa a los políticos. No tienes ni puta idea, eres un ignorante y un gilipollas y no has entendido nada. Es que no te lees las cosas que te mando, y así te va’. Me ha dolido, ¿sabe usted? Porque, en parte, es cierto lo que dice y yo me he limitado a poner a parir a los políticos, a éstos y a los otros, aunque también dije que ‘los banqueros son unos ladrones, los jueces, unos cantamañanas, los empresarios, unos egoístas, los sindicatos, unos desgarramantas, los trabajadores, unos vagos, los nacionalistas, unos pueblerinos…’ si se acuerda”. “Sí, sí me acuerdo, usted lo dijo así, literalmente”. “Pues será que no se lo dije a él. La crisis saltó por la codicia humana, encarnada en los banqueros y especuladores. Todos ellos son unos hijos de puta que nos han estafado para ganar grandes sumas. Controlan todo y la codicia les perdió. No cito a las cajas, que ahí los políticos que las gobernaban crearon auténticos agujeros negros. Y ahora pagamos todos. Claro que los políticos no han sabido hacer nada a derechas (o a izquierdas, según se mire). Son unos inútiles. Unos por no reconocer la que nos venía encima ni controlar el tremendo despilfarro; otros por no saber atajarlo de un golpe, sino jodiendo con cuentagotas. Son unos egoístas: entre ellos ni se tocan y siguen dejando dilapidar nuestros dineros a las autonomías y empresas públicas. Mi amigo tiene razón, yo también. En resumen: banqueros y políticos son un desastre. Aunque debamos reconocer que quien manda es el dinero, claro. Siempre fue así”. “Sí”, le contesté.

domingo, 15 de julio de 2012

274. El anciano, en 400 palabras (ciento noventa y tres).

El anciano

Parecía cansado, muy cansado, el hombre. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando él se sentó a mi lado, con esfuerzo. “Me cuesta hasta sentarme, me duelen todos los huesos”. “¡Vaya!, lo siento”, dije. “No, no se preocupe, la vejez es así. Y gracias que vivo, que voy a cumplir noventa y tres. Lo que pasa es que esto no es vida. Y no me quejo: la cabeza aún me funciona, aunque otras cosas ya no. Si ando un rato, me canso y me duele la cadera derecha, me duelen las rodillas y todos los músculos; si me quedo sentado o tumbado unas horas, apenas si puedo levantarme, me duele todo, no se puede imaginar usted cuánto; de la próstata, ni le cuento; el corazón se me acelera a veces, sin avisar; tengo el estómago hecho una birria, apenas tolero nada; estoy medio sordo y cada vez veo menos; las manos me tiemblan, imagínese el numerito para comer, para lavarme y para leer el periódico. En fin, que es una pena llegar a viejo”. “Bueno, pero le veo bien, no parece que tenga noventa y tres”, dije yo, no exento de pena. “No, sí, si para la edad que tengo estoy bien. Estoy en una residencia, ¿sabe? Mis hijos no querían, pero tomé yo la decisión. Cuando vivía mi mujer, que en paz descanse, nos fuimos los dos a una residencia. Yo no quería ser una carga para nuestros hijos y, aunque mi mujer no estaba muy convencida, yo la obligué. Pobrecilla. Murió de una neumonía hace unos meses. Yo me he quedado solo. Los domingos me trae mi hija a comer a su casa. Está bien, pues veo a mis nietos y a mis bisnietos, que me alegran la vida. Tengo cuatro nietos y nueve bisnietos, ¿sabe usted? Por ellos quiero vivir, y por conocer a mi primer tataranieto, que está en camino. Pero esto no es vida. Yo creo que la naturaleza es injusta. Me hace vivir a mí y se lleva a gente joven. No, no es justa. A mí no me importa sufrir, pero me duele ver cómo sufre la gente. Yo debería estar muerto ya y, en cambio, otros deberían vivir. Yo ya no sirvo para nada, soy un estorbo”.

domingo, 8 de julio de 2012

273. La mujer feliz, en 400 palabras (ciento noventa y dos).

La mujer feliz

Parecía muy feliz, la mujer. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando ella se sentó a mi lado, canturreando. La miré sorprendido. “¡Buenos días!”, me saludó riendo. “Buenos días. Parece usted contenta”. “Sí, lo estoy. ¿Sabes por qué?”. “Pues no, no lo sé, pero me alegro. No es habitual encontrase con gente feliz”. “Pues yo lo soy. Y lo tengo que contar”. “¡Estupendo, cuéntame!”. “Pues mira, tengo 41 años, estoy casada, tengo tres hijos, el mayor de 13 años y las gemelas de 10, tengo un marido que me quiere, tengo trabajo, que me gusta, y no tengo más problemas que los normales, sin importancia”. “¡Vaya! Da gusto oírte”. “A lo mejor te molesto; igual piensas que soy pesada”. “No, no, en absoluto. Me encanta oír a alguien feliz. Últimamente pasan por este banco muchas penas…”. “Pues mira, me alegro de que me escuches; estoy tan contenta que no podría callarme. La vida me sonríe. Mis hijos son una delicia: el mayor cuida de sus hermanas, es responsable y muy listo y no da ninguna guerra. Las gemelinas, así las llamamos, son una ricura. Casi unas mujercitas, ya. Sólo me dan satisfacciones los tres. Y mi marido… bueno, un ángel, todo un caballero, me adora y me mima. Y yo lo quiero mucho. Todavía disfrutamos a tope en la cama y…”. Se interrumpió; yo creo que se ruborizó un poco. “¡Qué bien! Me alegro”, le dije para animarla a seguir. “Sí, la verdad es que estoy viviendo una época feliz, de calma chicha en la playa y viento en popa a toda vela en la mar…”. “¿Te gusta la mar?”. “Me chifla. A mi marido le entusiasma todo lo relacionado con la mar. Él me dijo que es la mar, no el mar. Le gusta la playa, la disfruta, le gustan las olas, la arena. Le enamora navegar. A veces, en verano, alquilamos un barquito y navegamos cerca de la costa. Son días muy felices. Los niños lo pasan en grande, y…”. Me pareció que se ruborizaba otra vez. “Pues, ¿sabes?, me da apuro decirlo, pero es que es una delicia…”. Dudó. Bajó la voz: “… en el barquito practicamos el nudismo, es una gozada. Y en la playa, siempre que podemos, también. Libera”. 

jueves, 5 de julio de 2012

272. El hombre con bigote (2), en 400 palabras (ciento noventa y una).

El hombre con bigote (2)

Estaba cabreado, el hombre, muy cabreado. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando el hombre del bigote se sentó a mi lado, echando chispas de nuevo. “Esto no puede ser, no puede ser”. Hablaba rápido y en voz bien alta. Creo que quería que se enterara todo el barrio. “Este Rajoy es un pasmao. El anterior, ese Rodríguez iluminado, incompetente y fláccido, lleno de rencor, que hundió este país en la miseria, anda por ahí, de consejero, cobrando una pasta gansa. Y a saber sus ministros”. “Bueno, ya, pero…”. “De bueno, nada,”, me interrumpió, “no hay derecho. Y este Rajoy sin denunciarlos. Tenían que estar todos en la cárcel, demandados por malversación de fondos públicos. Pero no pasa nada. Ahora nos toca pagar a nosotros, al ciudadano de a pie. Bajan los sueldos, suben los impuestos, nos hacen pagar más medicamentos, congelan las pensiones, si es que no las van a bajar, recortan el subsidio… pero no, a ellos ni tocarlos. Estos son como los otros, iguales. Todo lo que hacen es joder al ciudadano, como si el ciudadano tuviera la culpa del caos económico”. “Ya, pero es que Europa nos obliga”, dije tímidamente. “¿Europa? Si Rajoy tuviera cojones, que no los tiene, reuniría a sus colegas europeos y les diría: Hasta aquí hemos llegado. Ya no subo más los impuestos, ni bajo los sueldos ni toco las pensiones, ya no recorto más en educación ni en sanidad. Ya no jodo más a mis conciudadanos. Si les gusta, bien. Y si no, échenme del euro, si tienen güevos”. “Estaría bien”, contesté. “Es que esto no puede ser. Y que eche a la calle a la mitad de los políticos, y que meta en vereda a las autonomías para que dejen de gastar en chorradas varias, y que deje en cero las subvenciones de todo tipo, y que…”. “Quiere usted arrasar con todo”, dije. “Sí, claro. El problema, sabe usted, es que no coge el toro por los cuernos. Lo ha cogido por el rabo y, en una de éstas, el toro nos va a empitonar. O nos ha empitonado ya, y si no pregúntele a esos seis millones de parados. Por eso digo que Rajoy es un pasmao”. Lo miré fijamente, asintiendo.

domingo, 1 de julio de 2012

271. La mujer guapísima (3), en 400 palabras (ciento noventa).

La mujer guapísima (3)

Era guapa, la mujer, guapísima, y muy atrevida. Ya éramos casi amigos. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando ella se sentó a mi lado, seria. “El otro día le dije que me gustaba y usted huyó”. “No, no huí, se lo expliqué, tenía que irme”. “¿Se lo contó a su mujer?”. “Sí”. “¿Y qué le dijo?”. “No me creyó”. “Mejor, ¿no?”. “No sé, bueno, quizá sí”. “Sí, así podemos ligar. Usted se lo cuenta, cumple, y como no le cree, tiene las manos libres”. “Es… no es tan sencillo. Yo quiero a mi mujer”. “Ya, pero yo le gusto”. “Sí”. “Y usted me gusta a mí”. “Eso me dice”. “¿No me cree?”. “Sí, si me lo dice, sí, supongo que sí”. “Entonces, nos gustamos, ¿no?”. “Sí”. “Pues…”. “¿Y qué dice su marido?”. “Nada. No se lo he contado. Si se lo cuento se pone hecho una furia”. “Vaya”. “Es que es muy celoso”. “Sí, ya me lo dijo”. “Bien, estábamos en que nos gustamos, ¿no?”. “Sí”. “¿Y qué hacemos?”. “No sé. ¿Usted qué quiere?”. “Me gustaría intimar con usted”. “¿Qué quiere decir con intimar?”. “¿Hace falta que se lo explique?”. “Quizá sí, ¿no? Hay muchas formas de intimar… de hecho, ya estamos intimando”. “Sí, pero me refiero a más, quiero intimar más”. “Paso a paso, ¿no?”. “Es que usted me gusta mucho”. “También usted me gusta, es muy atractiva, ya se lo dije, pero…”. “¿Pero qué? Yo le gusto, usted me gusta, ¿no le gustaría avanzar más?”. “Mire, si pudiera abstraerme de mi vida actual, me encantaría, está usted estupenda, pero…”. “¿Más peros? Usted me gusta y me atrae. Cada día sueño con encontrarme aquí con usted. Quiero más”. “¿Y qué quiere?”. “¿No se lo imagina? A ver si resulta que es usted torpe”. “Torpe no, estúpido sí, probablemente”. “Pues no sea estúpido y no me rechace”. “No la rechazo, es que…”. “Ya, ya me ha contado que quiere a su mujer, pero yo le gusto, ¿no?”. “Sí, ya se lo he dicho”. “¿Entonces?”. “Entonces, ¿qué?”. “Pues si nos gustamos, usted me atrae y yo le atraigo, podemos avanzar, ¿no?”. “Sí, supongo que sí, pero…”. “Vaya, otra vez un pero. Veo que no le gusto”. “Sí, sí me gusta”. “Pues avancemos más”.

viernes, 22 de junio de 2012

269.La pareja discutidora, en 400 palabras (ciento ochenta y nueve).

La pareja discutidora

Estaban enervados, los dos, ella y él. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando una joven pareja se sentó a mi lado, discutiendo. Debían llevar discutiendo ya un buen rato, pues se les veía acalorada a ella y muy serio a él. “No, así no”, decía ella. “Pues tendrá que ser así”, contestaba él. “Pues no, ni pensarlo”. “Pues tú verás”. Se callaron, quizá al denotar mi presencia. Yo seguí leyendo el periódico. Los miraba de reojo. No creo que pasaran de los treinta ninguno de los dos. Los dos, guapos: ella, rubia, con muy buen tipo, cutis perfecto y unos ojos azul mar; él, de piel morena, ojos castaños y porte elegante. Ella lo miró y trató de sonreír. Más que una sonrisa le salió una mueca. Él la miró, muy serio, como diciendo: ¿intentas sonreír con la que estás liando?, pero no lo dijo. Al rato, él le cogió la mano y ella dio un respingo y quitó la mano inmediatamente. No se dijeron nada. Más tarde, yo ya había leído el periódico, él dijo: “Muy bien. Tenemos que aclarar esto”. “Sí”, respondió ella. “Entonces, ¿lo analizamos otra vez?”. “Mira que eres pesado, ¿no?”. “Acabas de decirme que sí”. “Que sí, ¿a qué?”. “A que tenemos que aclararlo”. “Sí, pero no me refería a ahora”. “¿Cuándo, entonces?”. “Cuando me calme, estoy excitada”. “¿Excitada? Pero si tú no te excitas, ése es el problema”. “Mira, eso es culpa tuya, no sabes hacerlo”. “¡Que no sé…! Bueno, mira, lo que no puede ser es que sólo lo hagamos una vez a la semana y encima no lo disfrutemos. Porque, si tú no disfrutas, yo tampoco”. “¡Cínico!”. “Es verdad”. “Tú siempre piensas en lo mismo y no me das tiempo”. “¿Qué no te doy tiempo? ¡Venga ya! Ahora la excusa es el tiempo, ¿no?”. “No es excusa. Es que me siento acosada. Alguna vez me gustaría llevar a mí la iniciativa”. “Bien, de acuerdo. Tú me dices”. “Pues ya está”. “¿Ya está qué?”. “Que ya está aclarado, ¿no?”. “Si tú lo dices… lo que ha pasado es que yo he cedido, como siempre”. “¡Qué cínico eres! El problema es que tú siempre quieres salirte con la tuya y nunca me comprendes”. Me hice el sueco.

sábado, 16 de junio de 2012

268. La mujer loca, en 400 palabras (ciento ochenta y ocho).

La mujer loca

Parecía loca, la mujer. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando ella se sentó a mi lado, con los ojos tan saltones que parecían que se le iban a salir de un momento a otro. “La María es una estúpida, no la aguanto más. Y hoy mi marido va y dice que se va de casa, que no me aguanta. ¡Y qué! Que se vaya. La María me ha engañado con otra y eso no se lo consiento. Pues sólo por eso hoy no compraré el pan. ¿A usted que le parece, buen hombre?”. “Pues yo…, no sé, ¿qué me parece qué? ¿Lo del pan, lo de María o lo de su marido?”. “Pues lo del pan, claro. Hoy no lo voy a comprar”. “¡Ah! Bueno”. “Es que, mire, lo de María no tiene nombre. Había quedado conmigo en acompañarme al Corte Inglés y me llama para decirme que no puede. Vale, le digo, no importa. Y luego la veo con la Maite tomando café. Pues que se quede con ella. Yo ya tengo bastante con mi marido”. Se calla unos segundos. Yo, para que parezca que le hago caso, le pregunto: “Pero su marido, ¿no se va de casa?”. “¡Ah! Sí, eso dice, pero no se va. Y hoy se queda sin pan. ¿Sabe? A mi marido le gusta mucho el pan. Así que hoy, que se joda. Pero no se va, no, no tenga usted cuidado. A él le gusta mi cuerpo más que comer con los dedos. ¿No le he contado lo de la farmacia? He ido a comprar lo de siempre y me dicen que no lo tienen. Les he armado un pollo. ¿Pero es que no lo compro todas las semanas desde hace años?, les he dicho. Y no crea que me han respondido: Perdón, señora. No, nada de eso. Me han dicho que vuelva mañana. Pues mi marido no se va, no, no se preocupe”. “No, si yo…”. “Lo conozco y me amenaza cada vez que le digo que no, y ayer se lo dije porque me dolía la cabeza. ¿Sabe? A mí también me duele la cabeza”. “Sí, claro”, dije, por cumplir. “Y a la María que le den. Tengo más amigas. Deje que le cuente…“. Desconecté.   

domingo, 10 de junio de 2012

267. La mujer guapísima (2), en 400 palabras (ciento ochenta y siete).

La mujer guapísima (2)

Era guapa, la mujer. Ya la conocía. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando ella se sentó a mi lado, sonriendo. “¡Hola!”. “¡Hola!”. “¿Me va a echar un piropo hoy?”. “Claro. Está usted estupenda”. “¿Nada más?”. “Sí. Puedo decirle más cosas: es usted guapa, elegante, atractiva…”. “Gracias. Me gusta”. “¿Le gusta lo que le digo o le gusto yo?”. “Me gusta usted, y también lo que me dice”. “¡Vaya! No me lo esperaba”. “¿No se esperaba qué?”. “Que yo le gustara”. “Pues así es. No le molestará, ¿no?”. “No, por supuesto. Me encanta”. “¿Se lo va a decir a su mujer?”. “Pues no sé, supongo que sí, aunque a lo mejor no le gusta”. “¿No le gusta que se lo cuente o no le gusta que usted me guste?”. “Supongo que no le gustará que yo le guste a usted”. “¿Por qué no? Debe sentirse orgullosa de que su marido le guste a otra”. “Sí, imagino que sí, pero a lo mejor, o a lo peor, ella piensa que estoy ligando con usted”. “¿Y no lo está haciendo?”. “Bueno, pues no sé… es usted quien ha dicho que le gusto, yo no he dicho nada”. “Sí, me ha echado piropos, me ha dicho que estoy estupenda”. “Sí, claro, es que usted lo está”. “Entonces, ¿le gusto?”. “Sí, me gusta, pero eso no significa que quiera ligar con usted”. “Ya, pero es el primer paso, ¿no?”. “Yo diría que es una condición necesaria porque, si no me gustara, no querría ligar con usted”. “Entonces, ¿quiere ligar conmigo?”. “Yo no he dicho eso”. “No, por eso le pregunto”. “Pues… bueno, me gustaría, claro, es usted guapísima, parece simpática y seguro que es cariñosa”. “Lo soy, y mucho”. “Me lo imagino, sí, pero, ya sabe, estoy casado y…”. “Yo también estoy casada”. “¿Y su marido?”. “Es muy celoso”. “Lo entiendo. Yo también lo soy”. “¿Es guapa su mujer?”. “Sí, mucho”. “¿Y celosa?”. “No, yo creo que no”. “Pues mejor, ¿no? Así se lo puede contar y no tendrá problemas”. “Contarle qué, ¿qué yo le gusto a usted o que usted me gusta a mí?”. “Ambas cosas. Nos gustamos, ¿no?”. “Sí, claro, bueno, pero yo…”. “Mire, hay que ser realistas”. “Sí, sí, es mejor”. “Usted me gusta”.

sábado, 2 de junio de 2012

266. El hombre con bigote, en 400 palabras (ciento ochenta y seis).

El hombre con bigote

Estaba como enfadado, el hombre. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando un hombre con bigote se sentó a mi lado, despotricando. “Es una barbaridad”, decía. Yo lo miré y callé prudentemente. Él siguió: “Es que esto no puede ser, hay que arreglarlo, este país se cae a trozos y no hay nadie que lo solucione, los políticos son unos incompetentes, los banqueros, unos ladrones, los jueces, unos cantamañanas, los empresarios, unos egoístas, los sindicatos, unos desgarramantas, los trabajadores, unos vagos, los nacionalistas, unos pueblerinos…”. “Vaya, no deja usted títere con cabeza”, le interrumpí, un poco alarmado. “La prima de riesgo en las alturas (podríamos santificarla ya), los bancos son un agujero negro…”, continuó, sin tener en cuenta mi interrupción. “Y la sociedad está adormecida, anestesiada. Aparece de pronto un 15M, pero no resuelve nada, son cuatro gatos, desorganizados además. Esto no puede seguir así. Hay que hacérselo ver a estos políticos que tenemos. Unos, con su maquinaria de propaganda y su demagogia, sólo se dedican a mentir para ganar votos y dicen que se preocupan por la sociedad… ¡Ja! Resulta que son los primeros en bajar sueldos y subir impuestos, y gastan a manos llenan como si esto fuera Jauja. Los otros, tan listos ellos, no dan pie con bola: prometen sin saber y no les queda más remedio que desdecirse. Toman las medidas que los otros no tomaron y resulta que no arreglan nada. Empiezan a acojonarse… Para colmo, tenemos a los nacionalistas, que sólo piensan en su ombligo y quieren ser independientes, pero con ayuda del Estado. Y Europa, ¡vaya patulea de funcionarios sin espíritu! Llevan años viendo la crisis y hablando, reuniéndose, discutiendo, analizando… total para nada. No dan una. Amenazan, obligan, restringen, recortan. Pero no impulsan, no deciden, no ayudan, no resuelven, no cogen el toro por los cuernos. Cuando las vacas gordas, alimentadas artificialmente con ladrillos y cemento, engordadas por la codicia humana, atiborradas de dinero fácil, ningún sabio europeo advirtió de que la gordura era falsa, de que iban a pinchar algún día y se les iba a escapar el engorde convertido en gases. Ahora todo son lamentos. Es necesaria una revolución, pacífica, claro, y nadie se ha enterado. ¿Reaccionará algún día la sociedad?”. “Espero”, dije.

domingo, 27 de mayo de 2012

265. La joven descarada, en 400 palabras (ciento ochenta y cinco).

La joven descarada

Estaba alegre, la joven. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando una joven, quizás de unos veinte años, se sentó a mi lado, sonriendo. La miré, no era para menos: joven, bella, alegre. Pero no dije nada. “Hola”, me dice. “Hola”, le digo. “Eres muy atractivo”. “¡Vaya! Gracias”, respondí aturdido. “Es verdad… y te lo debo decir, ¿no?”. “Pues… no sé, bueno, sí, gracias. Tú también eres muy atractiva. Y muy joven”. “Sí, soy guapa, ¿no? Y joven, veintiún años”. “¡Quién pudiera!”. “¿Te gustaría tener ahora veintiún años?”.”Sí, claro”. “¿Y qué harías?”. “Pues no lo sé, disfrutar de la juventud, supongo”. “¿Ligarías conmigo?”. “¡Seguro!”. “¿Y ahora?”. “Bueno, verás, yo... eres muy joven”. “Sí, veintiún años”. “Sí, y yo soy viejo para ti”. “Me gustan los hombres maduros”. “Bien…”. “Y tú me gustas. Te he venido observando estos días. Te he visto aquí con un hombre mayor, con una mujer muy guapa, mayor también, con un hombre con un sombrero… Hablabas con ellos y parecías pasarlo bien”. “Sí, así es. Me gusta hablar con la gente”. “Y a mí. Por eso me he acercado”. “Un detalle, que te agradezco”. “Pero no lo he hecho sólo por hablar”. ‘¡Ah!, ¿no?”. “No. Es que me gustas, ya te lo dije”. “Eres muy amable”. “No, soy egoísta. Mira, si tú me gustas, y nos conocemos, sería absurdo que no te lo dijera, ¿no?”. “Pues no sé”. “Sí, lo sería. Tú me gustas, me encanta verte de cerca, me encanta hablar contigo… y me encantarían otras cosas”. “¿Otras cosas? Cómo cuáles”. “¿Necesitas que te las diga? ¿No tienes imaginación?”. “Sí, supongo, claro, pero quizás soy muy mayor para eso”. “¿Para qué?”. “Para eso que piensas”. “¿Y qué pienso?”. “No sé, dímelo tú”. “¿Sabes? Te imagino acariciando mi espalda y un cosquilleo delicioso recorre mi cuerpo. Mira, se me pone el bello de punta”. “Pero ¿no te parece arriesgado? No me conoces”. “Sí, ya te conozco, eres buena persona, seguro, y me gustaría que me acariciaras la espalda. ¿Me das unos masajes en el cuello?”. “¿Aquí?”. “Sí, no es nada malo, ¿no?”. “No, no, por supuesto”. “Espera que me bajo un poco la camiseta. Ya. Empieza suave”. “Sí”. “Me estás poniendo”. “Oye, preciosa, mejor lo dejamos, ¿no?”. “No. Sigue, sigue”.   

domingo, 20 de mayo de 2012

264. El hombre del sombrero, en 400 palabras (ciento ochenta y cuatro).

El hombre del sombrero

Estaba feliz, el hombre. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando un hombre, quizás de unos setenta años, con un sombrero blanco de ala, se sentó a mi lado, riendo. “¡Vaya! Le veo contento”, le dije. Se lo dije porque ya lo había visto otras veces por el barrio y sentí como si lo conociera. “¡Sí!”, me respondió, “estoy contento. Lo hago como terapia, ¿sabe? Quiero decir, estoy contento por obligación. A lo largo de los años me he convencido de que estar triste no conduce a nada, sólo a una tristeza cada vez más profunda. Así que me propuse hace ya tiempo estar contento. Y, créame, se consigue. Yo, lo he conseguido. Y ahora puedo decir que vivo feliz. Me río, pienso en cosas bonitas, me entretengo con mis recuerdos más dulces, rechazo los más amargos, cuento chistes, echo piropos a las chicas, beso a mi mujer, aunque a ella cada vez le gusta menos, pero yo lo hago, juego con los niños, cuido a mis nietos, me he comprado un perro, no veo los telediarios ni sigo las tertulias en la radio, tan crudas, tan pesimistas, sólo veo películas cómicas o románticas y algunas policíacas, juego a la lotería todas las semanas y mantengo la esperanza de que me toque, hasta que no me toca y vuelvo a jugar pensando que me tocará la próxima vez, me río de mí mismo, doy saltitos por la calle, me pongo este ridículo sombrero y saludo a todo el mundo. Créame, yo antes era una persona triste, siempre preocupado por todo y por todos, que no dejaba en mi mente ningún hueco a la alegría. Me hacía creer a mí mismo que era una persona responsable… pero, no. Lo que era es una persona triste, sin ánimo, sin ilusión, pesimista, siempre preocupado por cosas nimias e incapaz de afrontar la vida con optimismo. No me reía. Me di cuenta una vez que estaba con unos amigos y a uno de ellos le dio por contar chistes. Me reí como nunca y me salieron agujetas en los músculos de la cara. Esto no puede ser, me dije, y estudié mi vida. La vi triste. Me prometí cambiar y, ya ve usted, he cambiado. Soy feliz”.


domingo, 13 de mayo de 2012

263. El hombre sin rastro (2), en 400 palabras (ciento ochenta y tres).

El hombre sin rastro (2)

Estaba triste, el hombre. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando él se sentó a mi lado, resignado. “¿Cómo está hoy? Lo veo serio”, le dije. “Sí, lo estoy. Ya le dije que soy el hombre sin rastro, y se lo expliqué, ¿se acuerda?”. “Sí, claro, eso no se me olvida. Hizo usted una reflexión muy interesante”. “Sí, supongo. Pero he reflexionado más y no creo que siempre haya sido así”. “Me alegro. ¿Por qué lo dice?”. “La realidad es que tengo la sensación de no haber dejado rastro…, aunque creo que en algunos casos fue distinto. Mire, déjeme que le cuente: es cierto que no he dejado rastro alguno allá por donde he pasado. Nadie se acuerda de mí, nadie me llama para preguntarme qué tal estoy, soy insignificante en la vida de aquéllos con los que he convivido, laboralmente, durante años. Incluso, como ya le dije, aquéllos por los que me desviví y colmé de beneficios. Pero ayer descubrí que no todo es así, o no todos son así. Me encontré casualmente con un colaborador mío de hace más de 20 años. ¡No se puede imaginar cómo me puso! Para bien, gracias a Dios. Me dijo que soy el mejor jefe que nunca ha tenido, que soy el que más sabe de mi sector, que aprendió todo de mí, que mi calidad humana no la ha vuelto a encontrar jamás, que… bueno, no le digo más, que me ruborizo. Entonces le pregunté abiertamente: ¿y por qué nunca me has llamado? Tienes razón, tenía que haberlo hecho un montón de veces, pero, ya sabes, la vida nos come y no nos deja tiempo para nada, pero créeme, me acuerdo mucho de ti, te tengo en un pedestal, perdóname… me respondió. Eso me hizo reflexionar y concluí que es posible que todavía algunos se acuerden de mí y aún me quieran, pero no tienen tiempo u ocasión de expresármelo. Satisface pensarlo, ¿no?, aunque no deja de ser triste. Luego hice otra reflexión: habrá unos que piensen así, bien, y otros que sean incapaces de reconocer lo que hice por ellos; y me dije: allá ellos, que los zurzan, no los necesito. Hay gente estúpida que no se merece que uno la recuerde…”.