Bienvenido a este mi cuaderno de bitácora

Querido visitante: gracias por pasar por aquí y leerme.
Aquí encontrarás ligeros divertimentos y algunas confidencias personales, pocas.
A mí me sirve de entretenimiento y si a ti también te distrae, ¡estupendo!.
Si, además, dejas un comentario... ¡miel sobre hojuelas! Un abrazo,
Guarismo.
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lunes, 9 de agosto de 2021

La estulticia del gobierno llega a su punto álgido, en 400 palabras (doscientas treinta y una)

He leído hoy que El Gobierno da a las Matemáticas un enfoque "socioemocional" y con "perspectiva de género" (El Mundo, 9 de agosto).

Lo de socioemocional en la Matemática, sinceramente no lo entiendo. Debe ser porque la suma, las ecuaciones y las series son sociales y producen mucha emoción... digo yo, no sé.

Lo de la perspectiva de género está mucho más claro. Por supuesto. La suma, la resta, la multiplicación y la división, como la hipotenusa, son de género femenino, ¡bendito sea dios! ¡Ah! Pero los catetos, no. Tendrán que ser catetas a partir de ahora. Y la integral, femenino, debiera ser integrala, que así tiene más fuerza. El diferencial, deferenciala; la derivada, la dejamos así, como la diagonal. Pero el cociente será cocienta; el exponente, exponenta; el factor, factora; el número, númera; el número primo, la númera prima; el producto, producta... Claro. ¿Cómo no se nos había ocurrido antes?

Porque, sospecho, no se trata de utilizar ambos géneros, sino que se quiere enterrar el género masculino, que ya va siendo hora. Lo de todos, todas y todes (¡atención: aparece un nuevo género!) es una tontería, para disimular. Pero si hubiera de hacer la Matemática inclusiva, habría que decir: catetos, catetas y catetes; número, númera y númere; primo, prima y prime; y un larguísimo etcétera. No creo que ningún profesor de Mates (perdón, de Matas) se aclare...

Esta patulea, como no sabe hacer otra cosa (ni quiere), se dedica a degradar y retorcer el lenguaje (perdón, la lengua). Pero hacer, lo que se dice hacer... nada. Se les llena la boca con la igualdad, pero ¿qué hacen? Sigue habiendo más paro femenino que masculino; los sueldos medios del hombre trabajador siguen siendo más altos que los de las mujeres trabajadoras; los cargos directivos están cuajados de hombres y son escasas las mujeres...

Pero, eso sí, hay que aplicar a la Matemática la igualdad de género... la estulticia no tiene límites...

¡Pobres chavales! No tendrán bastante con aprender Matemática, sino que tendrán que cuidar no el axioma, el concepto, el teorema o la demostración, sino el género (o la génera) que, seguro, los confundidos profesores y profesoras de Mates puntuarán más... salvo que quieran tener una mancha negra en sus expedientes.

¿Es que este gobierno no tiene otra cosa mejor que hacer? Con la que está cayendo... pandemia incluida (ya vamos por la quinta ola) y el inefable de vacaciones.

sábado, 24 de julio de 2021

Esto es el Jolygud europeo, en 400 palabras (doscientas treinta)

Sí, somos el Hollywood europeo; no sé si en su vertiente dramática o cómica, pero peliculera en cualquier caso. No hace falta que el inefable personaje que nos gobierna quiera convertirnos en eso. Yo diría que ya lo somos.

A ver: en junio de 2020 ya vencimos al virus. En junio de 2021 ya no se obliga al uso de las mascarillas en espacios abiertos. En julio de 2021 ya vamos por la quinta ola con una variante india-delta que contagia a miles, una variante de la que solo iba a haber dos o tres casos, como nos dijo el nunca bien ponderado jefe del comité de expertos (comité que aún no sabemos si existió, existe o existirá algún día).

Ayer o anteayer, la supuesta responsable de la sanidad nacional ha dicho categóricamente que se necesitará una tercera dosis, cuando aún las autoridades médicas europeas o norteamericanas no lo han afirmado (digo yo que algo sabrán, aunque no lo tengo muy claro, dadas las continuas contradicciones en sus mensajes...).

Mientras tanto, unos dicen que faltan vacunas, otros que no, que es que se administran mal. Y, por si acaso, los países europeos que nos engordan la teta del turismo dicen ahora que no venga nadie aquí, que somos de alto riesgo.

Y cada trocito de esta nación, que va camino de no serlo, toma las medidas que le viene en gana o cree son las mejores, pero con permiso de los jueces. Jueces que dicen sí o no, depende. Porque, ¿para qué un criterio único? Perderían relevancia.

El Inefable II (el Inefable I ya lo fue el anterior gobernante apodado ZP) dice blanco (“invertid en mi país, que pagaréis pocos impuestos y os ayudaremos con bonificaciones”) y su ministra de no sé qué dice negro: “Los fondos de inversión tienen el objetivo de ganar dinero, pero los gobernantes... tenemos un objetivo central, y más en un gobierno progresista, que es distribuir la renta” (sic). O sea, hay que subir los impuestos a quien que invierta aquí. ¡Ah! Y algún presidente autonómico pidiendo más impuestos a otro para costear lo suyo. ¡Que paguen otros, faltaba más!

¿Y el lío de Catalunya con el aval impuesto por malversación a sus delincuentes políticos presos... condenados e indultados? ¡Qué cosas!

Más... pero no me cabe en estas 400 palabras.

¿No es esto Joligud? ¿O el camarote de los Marx? ¿O una tragicomedia de enredo?

martes, 20 de julio de 2021

Cataluña (perdón, Catalunya), un estado desde siempre, en 400 palabras (doscientas veintinueve)

Como todo el mundo sabe, Cataluña (perdón, Catalunya) ha sido de siempre un estado independiente. De siempre, desde los romanos. Existe duda de si con los celtíberos también lo fue... pero eso está muy lejos en el tiempo y no importa. Con los visigodos, desde luego. Y con los árabes, por supuesto. Tras la reconquista, tomada Granada, Cataluña (perdón, Catalunya) ni se inmutó. Siguió siendo un estado independiente que negoció con los reinos de Castilla y Aragón, Navarra y Portugal y demás reinos europeos para sacarles el mejor partido.

Fue así toda la vida. No sé cómo al Institut Nova Història no se le ha ocurrido proclamarlo a los cuatro vientos.

Ya sabemos, también, que Leonardo da Vinci, El Cid, Cristóbal Colón (perdón, Cristòfor Colom), Miguel Ángel, Beethoven, Agustina de Aragón (ahora llamada Agustina de Sabadell), Bill Gates, la Madre Teresa de Calcuta (hoy, Teresa de Cambrils), Einstein, Galileo y Jeff Brezos son todos catalanes. El Institut tiene dudas de si Aristóteles, Pitágoras y Sófocles también lo fueron; pero, créanme, seguro que sí, no tengo duda. Desde luego, hablaban catalá, hecho descubierto recientemente por los sabios del Institut al analizar en profundidad los últimos manuscritos encontrados. ¡Ah! Y Cervantes, catalán también, faltaba más, tradujo el Quijote de una obra catalana.

Y, por supuesto, todo el mundo sabe que el catalán es mucho más antiguo que el castellano. Es más, este deriva de aquel, hecho conocido por todos los hispanohablantes.

El Institut Nova Història nos dice (y esto no lo sabe todo el mundo, lo que es una lástima) que Catalunya no solo fue un estado, sino que fue un imperio: la Catalunya Imperial. Y, por supuesto, América no fue española, sino catalana. Hoy allí hablan español, no catalán, pero eso fue debido a detalles que no vienen a cuento (por ejemplo, digo yo, porque los frailes que llegaron no eran catalanes sino castellanos; los frailes catalanes estaban muy ocupados rindiendo pleitesía a los mandatarios catalanes). Una pena. Qué oportunidad perdieron cuando Catalunya descubrió América.

El Institut está escribiendo la historia; la que hay no les gusta en absoluto. Dicen que nos han engañado. España, o lo que queda después de quitar Cataluña, se independizó de la Catalunya Imperial allá por los finales del siglo XVIII. La independencia formal tuvo lugar en Cádiz unos años más tarde, al proclamar la Constitución de 1812. ¡Qué ignorantes son los que no saben esto!

miércoles, 3 de junio de 2020

Y los muertos resucitan, en 400 palabras (doscientas veintiocho)

Pues resulta que es cierto. Los muertos resucitan. Como Lázaro, aunque ahora no tienen nombre y solo son un sumando o un sustraendo, depende. Unos (creo que las CC.AA.) los suman; otros (el comité de expertos, seguro, y tras larga deliberación), los restan.


Es que así es más divertido. Proporcionar información veraz sobre las cifras reales de muertos, contagiados, curados, sospechosos y demás no tiene ninguna gracia y no permite ninguna manipulación.

Yo no digo que contar y sumar sea fácil. Solo está al alcance, a la vista está, de muy pocos. Desde luego, no al alcance de los que nos gobiernan. Pero lo entiendo: intenta sumar los datos de 17 comunidades y dos ciudades, clasificados cada uno como les dé la gana: muertos, curados, contagiados y sospechosos o curados, contagiados, sospechosos, y muertos; o, mejor, contagiados, muertos, sospechosos, curados y no se sabe. Y, además, datos recibidos a distintas horas. En fin, un lío. Un día lo intenté leyendo las cifras publicadas en algún periódico digital y tiré la toalla. El número de muertos me daba 21.734, luego, 22.732, más tarde 21.742. Eso a mano, que con calculadora me dio 21.841.

Ni lo intenté con el número de contagiados, que son cifras de seis dígitos. Lo dicho: tiré la toalla y entendí por qué el jefe de los expertos se hace un lío. Pobrecillo, tiene excusa.

Claro que existen herramientas para contar y sumar (para eso nos sirve la tecnología, ¿no?): hojas de cálculo, aplicaciones, etc., etc., hasta un ábaco valdría, pero, si no se introducen bien los datos, el resultado es el que queremos o nos interese más. Grandioso.

Lo de sumar es como los cambios de fase: la 0, la 0.5, la 1, la 1 y un poquito, la 2 y la 3. Y luego la normalidad normal con la que nos ha regalado una ministra.

Va un ministro y nos dice que vía libre para circular el 21 de junio y otro, el que manda en esto de la pandemia, dicen, ha dicho que de eso ná de ná, que qué nos hemos creído. Y, digo yo, que a un ministro hay que creerle lo que dice, ¿no? Claro, pero ¿a cuál? O a la ministra que nos dice: “Pues tía, creo que al coronavirus…o sea, que no lo voy a decir porque no lo voy a decir…”. A ver: ¿lo dice o no lo dice?

miércoles, 27 de mayo de 2020

El maldito virus y los números, en 400 palabras (doscientas veintisiete)

No tengo ni la más remota idea de las normas que dictaron el ministro, sus asesores expertos y el experto jefe para contar muertos, contagiados, curados, ingresados, ingresados en UCI, etc., etc.

Supongo que tanta cabeza pensante fue capaz de dictar alguna… ¿o no?
Pero, por los resultados -a la vista están, día a día- debió ser algo así:
-        Ministro, he pensado que lo mejor es escribir una normativa de obligado cumplimiento para todas las autonomías y demás -propone un experto.
-        Bien, sí, claro. ¿La redactas?
-        Sí.
-       
-        Aquí la tienes, ministro.
-        Gracias… Ehhhh, bueno, a ver. ¿La ha leído el experto jefe?
-        Sí, ministro, y la ha corregido.
-        Ya, ya, … pero esto a mi Catalunya no le va a gustar. Llama al experto jefe.
-       
-        A ver, así no se puede. Mis catalanes no lo van a aceptar y los vascos tampoco. No podemos pedirles estos datos día a día. Yo no sería tan concreto…
-        Ministro, si no pedimos los datos tal como son y cada día los del día anterior, va a ser un lío de cifras y no podremos publicarlos sin que sean coherentes -se atreve a decir el experto que redactó la normativa.
-        Bueno, bueno, tampoco hay que pasarse -dice el experto jefe.
-        Es que…
-        Nada, no te preocupes. Las cifras las daré yo y ya me apañaré. ¿Conforme, ministro?
-        De acuerdo, de acuerdo. Hay que modificar ese escrito. Hay que ser ambiguos, nada de datos precisos. Así jugamos con los números según nos interese. El presi me presiona para que tengamos manga ancha y podamos manipularlos a nuestro antojo.
-        Ministro, sin problemas. Si un día sobran 1.918 muertos, no te preocupes, que diré que van en otro paquete, o que son extraterrestres. Y si algún periodista cabrón me insinúa que hay 5.000 muertos más, diré que seguramente se trata de un accidente brutal de tráfico.
-        Bien, se trata de eso: de salir airoso ante cualquier pregunta capciosa de la prensa de derechas de toda la vida. La gente se creerá todo, dado tu prestigio.
-       
(Hoy)
-        Ministro, que El País publica un artículo titulado “Asteriscos, incoherencias y opacidad: 15 problemas de Sanidad con la gestión de datos del coronavirus” que va contra nosotros.
-        ¡Me van a oír! ¡Cómo se atreven! ¡Les quito la subvención!

martes, 26 de mayo de 2020

¡Y contar, contar, contaaaaaar! en 400 palabras (doscientas veintiséis)

A ver: 83 + 95 + 48 + 56 + 48 + 70 + 50 = 50. Las primeras cantidades son los muertos desde el 19 al 25 de mayo. El resultado de la suma es el número total de muertos en la última semana.

-        Ministro, que a mí me suman 450.
-        No, experto, tu calculadora no funciona. Son 50.
-        ¿Seguro? ¿Comunico esa cifra en mi rueda de prensa?
-        Seguro.
-        Pero, ministro, me van a decir que no sé sumar.
-        No importa. Tú, como experto, mantén el tipo.
-        Si yo lo mantengo, claro, pero las cifras no se sostienen: 83 + 95 + 48+ 56 +48 +70 + 50 dan 450. Lo he hecho tres veces: con calculadora, con el ordenador y a mano y siempre obtengo el mismo resultado: 450.
-        Te equivocas, experto. Esa calculadora está mal, el ordenador tiene un virus y tú ya no sabes ni sumar, estás desbordao.
-        Ya, ministro, pero ¿cómo lo explico?
-        Muy fácil: dices que en la última semana han sido 50, sin entrar en detalles.
-        Claro, claro, ministro. Pero es que ayer dije que antes de ayer fueron 70, y 70 es mayor que 50, ¿no?
-        Eso será en tus números. En los míos son 50. Así que lo dices y punto pelota.
-       
-        Ministro, a mí me salen 28.752 muertos desde el principio.
-        Pues esa cifra está mal. Son 26.834. No sabes contar.
-        ¿Y cómo explico esos 1.918 muertos que faltan?
-        Di que van en otro paquete.
-        ¿En otro paquete? ¿Qué paquete?
-        El paquete de… bueno, da igual, en otro paquete.
-        ¡Pero no puedo decir eso, ministro!
-        Sí que puedes. Tú eres el experto, así que lo explicas, lo justificas, lo pintas de rosa, di que las CC.AA. son un desastre, sobre todo las del PP, y que te han mentido. Que te han dejado sin dormir durante noches para descubrir el engaño, pero lo has encontrado. SON 26.834 LOS MUERTOS, y no se hable más. O te ceso.
-        A mandar, ministro.
-       
-        Ministro, ¿y sobre el 8M? Me están preguntando.
-        Di que no fue la manifestación, que fue el Metro.
-        ¿El Metro? ¿Con la gente que iba a la manifestación?
-        No, no. El Metro, que el de Madrid está muy concurrido.
-        ¡Ah…!

viernes, 22 de mayo de 2020

El virus y las declaraciones en 400 palabras (doscientas veinticinco)


“Somos humanos y nos podemos equivocar”. Dijo el líder de Unidas Podemos, vicepresidente segundo del gobierno. Claro, solo faltaba que no fueran humanos. ¿Se pueden equivocar? Por supuesto. ¿Tanto? En mi opinión se han equivocado muchas veces, aunque haya otros muchos que piensen que solo un poco… o nada. Estos deben ser los del pensamiento único.

"Yo no me había dado cuenta nunca, la verdad. A veces los mapas los tiene uno en la cabeza y los tiene mal. Yo no me había dado cuenta nunca que Nueva York, Madrid, Teherán y Pekín están casi en línea recta, no exactamente, pero en línea recta, en horizontal, y son tres de las grandes ciudades donde se ha dado el problema del demonio". Carmen Calvo, vicepresidenta segunda del gobierno actual, dixit. El nivel intelectual de esta señora me deja sin más comentarios.

“El Gobierno siempre ha dicho que el uso de mascarilla, desde el decreto del estado de alarma, era recomendable”. Esto lo dice el ministro de Sanidad. Tiene mala memoria, sin duda, porque en febrero dijo: “no tiene ningún sentido que las personas sanas usen mascarillas. Pedía "no caer en alarmismos" y desaconsejaba "ir con mascarillas por la calle". En marzo (no recuerdo quién del gobierno): “Si estás sano, no las uses”. En abril: Fernando Simón dijo que el uso de mascarillas no era obligatorio, pero sí hay una "recomendación fuerte" al respecto. En mayo sobre las mascarillas FFP2: "Es una buena medida para las personas sanas". Y un par de días más tarde: “no están recomendadas para la población en general". Debe ser porque la población en general no está sana, digo yo. En el BOE, 4 de mayo: obligatoriedad del uso de mascarillas "a todos los usuarios de los servicios de transporte público…". El 20 de mayo, Fernando Simón: “Si se decide al final que sea obligatorio se tendría que valorar muy bien cómo se explicitan las excepciones de uso". BOE, 20 de mayo: “Quedan obligados al uso de mascarillas… las personas de seis años en adelante” con algunas excepciones, haciendo caso a F. Simón. Es decir: no, sí, no, sí, no, sí… Y creo recordar que alguien (quizá el ministro de Sanidad) ha dicho que su uso no ha sido obligatorio porque no había suficientes mascarillas…

Bueno, “Somos humanos y nos podemos equivocar”.

Seguiré. Hay muchas más declaraciones que, insisto, me recuerdan al camarote de los Hnos. Marx.

lunes, 18 de mayo de 2020

Mi opinión, en 400 palabras (doscientas veinticuatro)

No suelo hablar aquí de política. Rara vez lo hice (podéis comprobarlo en mis 222 entradas anteriores en 400 palabras).

Pero ayer, cansado e indignado ya por las consecuencias de este virus, se me ocurrió escribir con ironía (cierto que, quizá, mi ironía no ha sido comprendida) sobre la situación actual.
Me limité a:
1. Citar declaraciones (textuales).
2. Poner números de declaración exagerados… aunque no deben estar lejos de, por lo menos, las 400.
3. Reírme del asunto de las mascarillas: que si sí, que si no, que si FFP2, que si quirúrgicas, que si obligatorias, que si las regala el Estado, que ahora esas sí, pero no y las otras no, pero sí. No me digáis que no os recuerda a “la parte contratante de la primera parte…” de los geniales Hnos. Marx , o a su camarote. Aún ayer era de risa ver el telediario de una cadena que terminaba diciendo: “… en definitiva, una mascarada”.
4. Reírme de las rectificaciones: rebajas no, sí, no, y finalmente sí (en el BOE y en declaraciones de ministros).
5. Asustarme del obligado confinamiento de los que vengan de fuera y pronosticar que, de nuevo, van a rectificar. Lo veremos hoy o mañana.
6. Reírme de la afirmación de un vicepresidente del gobierno de España que, dijo sobre los impuestos a “los ricos”: “… si lo están deseando”, o algo así. Por eso, “los ricos” crean SICAV, se radican en Luxemburgo, crean una red de empresas interpuestas, hacen verdadera ingeniería financiera… ¿para pagar impuestos? ¡Venga ya, Sr. Iglesias! Persiga Ud. las ilegalidades y ya recaudará, pero no diga que “esos ricos” quieren pagar impuestos.
7. Con todos mis respetos a este gobierno democrático, legítimo, elegido por los españoles, reconozcamos que no dan una. Gobernar puede ser equivocarse a veces, pero rectificar cada cinco minutos solo denota absoluta incompetencia. Por cierto, que el gobierno haya sido elegido por los votos entraña ciertas dudas: “No pactaré con UP, porque no dormiría…”; “No pactaré con los que quieren destruir España…” (no afirmo que sean palabras textuales, pero algo así dijo nuestro inefable presidente Sánchez en campaña).
8. Cité a los asesores… ocultos. ¡Vaya transparencia democrática! Que, además, no parecen que den una y sobre cuyas opiniones o estudios, dice nuestro Gobierno que decide.
En fin, no pretendo, ni mucho menos, que todos coincidáis conmigo. Faltaría más. No soy de “Pensamiento Único”. Otros, sí.

domingo, 17 de mayo de 2020

Pandemia y despropósito, en 400 palabras. (doscientas veintitrés)

1. Declaración 1: “Nosotros creemos que España no va a tener como mucho algún caso diagnosticado, esperemos que no haya transmisión local. Si la hay será muy limitada y controlada”.
2. Declaración 31: "En España no tenemos problema de desabastecimiento y no esperamos tenerlo".
3. Declaración 121: “Estamos teniendo una preocupación excesiva a nivel poblacional”.
4. Declaración 234: “En España no ha habido ninguna transmisión de este virus y por tanto en España no tenemos coronavirus”.
5. Declaración 245: "En España ni hay virus, ni se está transmitiendo la enfermedad ni hay casos".
6. Declaración 287: “Donde son necesarias las mascarillas y donde son necesarios otros productos sanitarios van a estar disponibles. En este caso no tenemos un problema de desabastecimiento”.
7. Declaración 345: “Los centros de día no se tienen que cerrar, no podemos ahora mismo generalizar para todos los centros”. “Lo que no hay que hacer es tomar muestras a todos los contactos porque no aporta información”.
8. Declaración 1.813: “Los test van a venir en cantidades muy importantes”.
9. Mascarillas, sí.
10. Mascarillas, no.
11. Horario: este y, si no, otro, que hace mucha caló.
12. Rebajas, no.
13. Rebajas, sí.
14. Rebajas, no.
15. Rebajas, sí.
16. Los asesores que asesoran con asesoramiento al que necesita asesoría… son personas sin identidad. ¿Son científicos? ¿De verdad?
17. Mascarillas…, depende.
18. Fases 0, 1, 2 y 3.
19. Mejor, fases 0, 0.5, 1, 2 y 3.
20. Mucho mejor, fases 0.0, 0.5, 0.7, 0.9, 1.0, 1,5, 2.0, 2.3, 2.7, 3.0, 3.1, 3.2, 3.3…
21. Turismo de fuera: confinado 14 días (¿quién cohones va a venir?).
22. (Está por ver) Turismo de fuera: bueno, se tomará la temperatura, se obligará la mascarilla, se mirará el color del pelo… y ¡yo qué sé!
23. Declaración 14.353: “Hemos bajado de la cifra de 100 muertos por primera vez en dos meses… El total de personas fallecidas alcanza la suma de 27.650 y el total de contagiados es de 231.350".
24. Declaración 14.354: “No fuimos capaces de dimensionar lo que se nos venía encima, como otros países…”. “…Pero también hemos hecho cosas bien, como hacer caso a los epidemiólogos”.
25. ¿Ayudas a autónomos? Sí, no, sí, no, sí, no…
26. ¿Impuestos a los ricos? Sí, no. Sí, no… ¡Si lo están deseando! Me entra la risa floja…
27. ¿Y el sentido común?
27. ¿Rescate?
29. Y el virus ese, jarto de reír.

domingo, 21 de abril de 2019

El accidente, en 400 palabras (doscientas veintidós)

El coche de ella, la chica joven y guapa, la rubia de piel morena, colisionó con el mío cuando yo frené en seco para dejar pasar en un paso de peatones a un viejo viandante suicida, que cruzó sin ni siquiera mirar.

Ella me lo contó más tarde: “Se me puso un papel anuncio en mi parabrisas, no te vi cuando frenaste en seco y me comí tu coche”.

Ni ella ni yo recordamos nada más hasta que nos encontramos en la ambulancia, ella sobre mí, yo debajo de ella.

El enfermero que supuestamente nos cuidaba me lo contó al día siguiente, cuando fue a vernos al hospital (un detalle): “Yo les até a las camillas suficientemente fuerte para que no se cayeran. Estaban ustedes dos sin conocimiento y pensábamos que la situación era grave. Le dije al conductor que fuera a toda marcha. Y lo hizo, pero, en una curva, un peatón se cruzó y tuvo que dar un volantazo. Me caí, me golpeé y perdí el sentido unos minutos. Cuando desperté, la vi a ella sobre usted sin entender cómo era posible. Luego lo descubrí: las correas que sujetaban a la joven se habían soltado”.
Estuvimos 24 horas en observación; yo, por tirón en el cuello; ella, la joven guapa, la rubia de piel morena, por el golpe en la cabeza. Aunque no lo recuerda bien, ella cree que, al taparle la visión el maldito papel del anuncio, movió la cabeza a un lado y el airbag no la protegió. De ahí, el golpe.
Superado el periodo crítico, nos mandaron a casa.

“Rubia de piel morena”, le dije, “¿cómo te llamas?”. “Rubia de piel morena. Me gusta así. ¿Y tú?”, me contestó. “Me puedes llamar el accidentado o, mejor, el accidente, que es más corto”. “De acuerdo, Accidente”. “Conforme, Rubia de piel morena”. “¿Nos veremos más?”. “Sí, pero sin papeles en el parabrisas”. Nos reímos.

“Por cierto,”, dije, “siento que cayeras sobre mí, pero me gustó”. “A mí no… al principio. Me asusté al verme sobre ti, pero luego, no sé, fue agradable”. “¿Me besaste, recuerdas?”. “No…, bueno, sí, no quería, pero…”. “¿Te gustó?”. “Fue una situación extraña… ¿te molestó?”. “No, en absoluto, más bien querría repetirlo”. “¿El accidente?”. “No, el beso”.

Nos vemos de vez en cuando. Tengo la impresión de que cada vez con más frecuencia… tendré que controlarme.


jueves, 4 de abril de 2019

El anuncio en el parabrisas, en 400 palabras (doscientas veintiuna)

Iba con prisas. Me senté al volante y arranqué el coche. Vi el molesto papel anuncio de gran tamaño que me tapaba parte de la visión. Aleteaba con la velocidad del coche. Iba a parar para quitarlo cuando el papel voló. “Menos mal,”, pensé, “que lo barra el ayuntamiento, que lo tiene prohibido pero lo consiente…”. No tuve tiempo de pensar más.

Me desperté así: en una ambulancia, con los labios de una chica rubia casi pegados a los míos y su cuerpo sobre mi cuerpo, cuan largos son. No entendí nada, aunque reconozco que la situación, por extraña que me pareciera, era placentera y seductora. Ella, aún dormida, me rozaba la boca con la suya en función de los movimientos de la ambulancia. Me agradaba. No la podía ver bien, tan cerca, pero me parecía joven y guapa, rubia de piel morena. Su pecho descansaba sobre el mío y lo sentía suave y terso por momentos. Serían el movimiento y el sostén, supuse.

Luego me lo contaron: el anuncio de mi parabrisas se desprendió y dio a colocarse sobre el parabrisas del coche que me seguía, el de la chica joven y guapa, la rubia de piel morena que tenía encima. Me alcanzó por detrás, su coche al mío quiero decir y, con el topetazo, los dos quedamos inconscientes. Nos metieron en una ambulancia a los dos: a mí en la camilla de abajo, a ella en una camilla superior algo desplazada a mi izquierda. No la ataron bien, a mí sí, y en una curva en la que la ambulancia iba a toda velocidad -debían pensar que estábamos graves- ella cayó sobre mí. No se inmutó. Yo me desperté.

Sus labios sobre los míos, su cuerpo oscilando sobre mi cuerpo, yo atado y sin poder usar mis manos para estabilizarla. Una pena.

Se despertó y gritó, asustada: “¿Dónde estoy?, ¿quién eres tú?, ¿por qué estoy encima de ti?”. Le dije que estábamos en una ambulancia y que no sabía nada más. Me miró (más bien me escrutó) y se serenó. Unos segundos más tarde me besaba con pasión. Fue agradable, placentero y respondí a su beso con la misma pasión y mayor sorpresa.

Los coches, al taller. Y yo, multado por tirar un papel a la vía pública.

Pero, desde entonces, nos vemos con cierta frecuencia. Un placer.

martes, 6 de junio de 2017

310. Otras 147 semanas sin escribir aquí, en 400 palabras (doscientas veinte).

Otras 147 semanas sin escribir aquí

147 semanas y un día, o 24.720 horas, que no son pocas, sin publicar nada aquí. Y eso que había prometido hacerlo. Reconozco haber incumplido mi promesa, avergonzado.

Ya no prometo nada, solo digo que lo intentaré. Como decía en mi entrada anterior, la vida cambia y los nietos, que ahora son ya cuatro (un machote y tres princesas), te la cambian aún más. Ley de vida, supongo, aunque no imaginé que mis nietos requirieran tanto de mi atención, de mi tiempo y, sobre todo, de mi cariño, que es gratificantemente inmenso.

Hubo otra razón, no explicada antes. Escandalizado por los derroteros que tomaba, y toma, la política, entonces y ahora, tuve la tentación de convertir este blog en una feroz crítica a la situación de nuestros partidos y a la situación en la que España se encontraba y se encuentra. Pero esto no cabe en este cuaderno de bitácora inofensivo y aséptico (eso pretendo), que además quiero que sea apolítico. Pero la duda y la falta de decisión me inhibieron y dejé de escribir.

Vuelvo. No sé de qué hablaré (escribiré), aunque siempre será en 400 palabras. Manías.

Los tiempos cambian, sin duda. Y las amistades virtuales, lamentablemente, se van perdiendo. Hubo un tiempo en que tenía varias, que leían este blog y hasta lo comentaban. Y yo participaba brevemente en los suyos. Pero los tiempos cambian… ¡qué pena! Me asomaré por los de antaño que aún sobrevivan e intentaré recuperar esos tiempos pasados.

Vaya, necesito un pitillo. He sido fumador empedernido durante más de 50 años, sin interrupción. No quiero saber cómo estarán mis pulmones, mejor que no. Desde enero, tras una bendita bronquitis, he bajado a 2-5 pitillos al día. Quizá la media esté en tres. Pero, como decía, necesito un cigarro AHORA. Hay actividades que me lo piden a gritos, como hablar por teléfono o escribir. Hoy ya llevo uno y medio. Esperaré a terminar esto, espero.


Por lo demás, bien. Sigo jubilado (claro, supongo que hasta que me vaya de este mundo o quiebre Hacienda, en cuyo caso no sé si seré jubilado o no, pero pensionista no, seguro). Sigo casado (mi mujer aún me aguanta, más o menos), mantengo mi actividad deportiva (dos partidos de squash y dos de racket a la semana), intento estar lo más activo posible y no me quejo. 

domingo, 17 de agosto de 2014

309. Sin escribir… durante 32 semanas en 400 palabras, en 400 palabras (doscientas diecinueve).

Sin escribir… durante 32 semanas en 400 palabras

Llevo treinta y dos semanas si escribir 400 palabras en este blog. Malo. No debería ser, pero ha sido. ¿Razones? No lo tengo claro, ya quisiera. Pero se me ocurren las siguientes, alguna de ellas será. O lo serán en su conjunto o un poquito de cada.

Pereza
Sin duda, de peso específico. La pereza me vence a veces, durante tiempo, y tengo claro que es una de las causas que ha hecho que no escriba. Contra pereza, diligencia (¿no se dice eso?), así que a la tarea otra vez.

Cansancio
El cansancio también cuenta. Publicar cada semana una entrada de 400 palabras implica tener que escribirlas, claro. Y uno se cansa. Una semana y otra, y la siguiente. No niego que me cansé de escribir.

Compromiso
Realmente el compromiso era, o es, con mis lectores y conmigo mismo. Pero como no sé si tengo lectores (33.000 visitas en 6 años; tendré que analizarlas y ver si tengo algún lector fiel o todos entran por casualidad) y, en cualquier caso, esos lectores son anónimos, el compromiso real es conmigo. Al principio, y durante una época, sí tenía lectores fieles y yo era lector fiel de algunos blogs. Pero ese tiempo pasó.

Lector anónimo: si me lees con cierta asiduidad, perdona mi incumplimiento. Voy a intentar enmendarme tras esas semanas de carencia.

Y el compromiso con uno mismo vale lo que vale: te relajas, lo dejas pasar, te olvidas, te perdonas…

Cambio de vida
La vida cambia y mi despido y después mi jubilación cambiaron mis hábitos. Las cosas se relativizan. Los compromisos se diluyen un tanto… Las costumbres cambian necesariamente y las prioridades también. Actividad no me falta, me mantengo ocupado y eso hace que me falte tiempo para cumplir lo prometido. Bueno, reconozco que lo del tiempo es falacia. Siempre se saca tiempo de donde sea si hay verdadero interés.

Foco de interés o nietos
Los nietos te cambian verdaderamente la vida y, sobre todo, tu foco de atención. Es tremendo, nunca pensé que el sentimiento de abuelo fuera tan fuerte. Tengo tres y los disfruto a tope. Y cuidamos de ellos, lo que significa dedicación.

En definitiva
Esas han sido, creo, las razones. De todas un poco. Pido disculpas a quien se las debo. Y a mí mismo, porque los compromisos hay que cumplirlos.


Hoy pretendo seguir escribiendo. ¿Lo cumpliré?

sábado, 4 de enero de 2014

308. El universo es un gran holograma, en 400 palabras (doscientas dieciocho).

El universo es un gran holograma

Noticia publicada recientemente en la prensa: “A finales del siglo pasado, el físico teórico argentino Juan Maldacena expuso por primera vez la teoría de que el Universo que conocemos podría no ser real, sino una gran proyección holográfica. Físicos japoneses proporcionan nuevas pruebas que respaldan la posibilidad de que todo lo que nos rodea no sea más que una proyección de un cosmos mucho más simple y sin gravedad”.
Definiciones (DRAE):
Holograma: 1. m. Placa fotográfica obtenida mediante holografía. || 2. m. Imagen óptica obtenida mediante dicha técnica.
Holografía: 1. f. Técnica fotográfica basada en el empleo de la luz coherente producida por el láser. […] Iluminada, después de revelada, la placa fotográfica con la luz del láser, se forma la imagen tridimensional del objeto original.
Es decir, no somos reales los que habitamos este mundo, o los que ingenuamente creemos que lo habitamos, ni el mundo tampoco. Somos una proyección de algo, según estos científicos, mucho más simple. Era de esperar. Yo siempre dije que no puede ser que todo sea tan complicado. Nunca lo entendí. Por ejemplo, yo nunca entendí a la mujer, nunca pude comprender por qué su cerebro, sus sentimientos, sus pensamientos, su manera de actuar, sus reacciones fueran tan complejos. Tampoco entendí al hombre, aunque no sea tan inextricable. Y no digamos nada de la Naturaleza, tan indescifrable por mucho que la Ciencia haya avanzado y nos explique cosas.
Ahora ya lo entiendo: la mujer, el hombre, el Universo, son en realidad algo mucho más simple: menos mal. Estaba preocupado por no entender, pero si solo soy un holograma, supongo que es normal. Al fin y al cabo no soy más que una proyección, como todo lo demás, como todos los demás.
O sea, que cuando disfruté de aquello, cuando toqué, cuando vi, cuando oí, cuando sentí tanto placer, cuando sufrí, cuando me reí, cuando lloré… todo ha sido una proyección, un holograma, en fin, una ilusión. Esos sentimientos son complejos, pero resulta que son una mentira, porque lo real, según parece, es mucho más simple. ¿Para qué, entonces, tanta preocupación?
No nos compliquemos la vida, que todo es mucho más simple, más sencillo. No suframos, que todo es una ilusión.
¿Seríamos más felices viviendo en el Universo real? No lo sé. Que nos lo digan esos científicos. Pero sospecho que sí, que con lo simple no se sufre.

viernes, 8 de noviembre de 2013

307. El fantasma, en 400 palabras (doscientas diecisiete).

El fantasma

Tenemos un fantasma en casa. En serio. Aún no me lo he encontrado, porque yo soy miedoso y no me atrevo a levantarme de madrugada, que es cuando él se pasea por la casa. Pero el fantasma existe y casi todas las noches va a la cocina, no sé si a otras habitaciones también.

Tengo una prueba irrefutable:

Mi mujer y yo cenamos a diario muy frugalmente: un único plato y casi siempre sin pan. Lo hacemos sobre las 8,45 cada día, puntuales. Cuando terminamos, recogemos la mesa, como es natural, y la dejamos limpia. Ella o yo, depende del día o de quién la coja antes, pasamos la bayeta por la mesa y la dejamos inmaculada. Ni una mota de polvo, ni una miga de pan el día que cenamos con pan, los menos. Últimamente, además y por lo que voy a contar ahora, nos fijamos bien: sobre la mesa no queda nada, absolutamente nada; insisto, ni miguitas de pan ni motas de polvo. Una vez limpia, mi mujer o yo, depende del día o de quién empiece antes, coloca los útiles del desayuno, tazas, platos, cubiertos y servilletas y el otro pone sobre la mesa el azúcar (blanco para ella, moreno para mí), el nescafé y la fruta (plátanos y naranjas; a veces, unas uvas o algún kiwi). Los útiles están limpios (han salido del lavaplatos) y la fuente de fruta no tiene nada por debajo (ya me encargo yo de pasar la bayeta).

Una vez terminada la cena y las tareas enumeradas, nos vamos al salón a disfrutar de nuestro rato de ocio. Después, a la cama. Mi mujer se acuesta antes que yo, que ha de madrugar pues aún trabaja (afortunadamente se jubila en diez días) y yo ya disfruto del jubileo. Luego, voy yo. Antes, y por lo que ahora digo, reviso la mesa de la cocina y me voy satisfecho de verla limpia, como la habíamos dejado.

A la mañana siguiente, casi todos los días, oigo gritar a mi mujer, que se levanta antes que yo: ¡Ahhhhgggg, hay migas otra vez! Me levanto, voy a la cocina y, doy fe, sobre la mesa de la cocina, ayer impoluta, hoy hay miguitas de pan.

—¡No es posible!
—No. Y ayer cenamos sin pan.
—Es el fantasma.
—Sí.
—¿Tenemos un fantasma?
—Seguro.

Esta conversación se repite casi a diario. Tenemos un fantasma en casa.

domingo, 23 de junio de 2013

305. El pirómano, en 400 palabras (doscientas dieciséis).

El pirómano

Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando un caballero, de sesenta y tantos años, calculé, se sentó a mi lado. No saludó, pero lo hice yo: “Buenos días”. “Buenos días… perdone, estaba pensando”. “¿Y en qué pensaba tan concentrado?”. “¡Ah! Cosas mías”. “Bueno, siga pensando; a mí no me molesta”. “Si quiere se lo cuento. No tengo secretos”. “Pues cuando quiera”. “Verá, todas las noches sueño con quemar algo. Ya he quemado a los políticos en la hoguera, y a los sindicaleros; fue una pira grandiosa, ¡cómo ardían, cómo bramaban!, no sabe Ud. qué gusto… ”.¡Vaya! veo que disfruta”. “Sí, disfruto muchísimo. Ayer quemé a los banqueros. Chillaban como ratas…”. “¿Le queda alguien por quemar?”. “Sí, todavía a mucha gente: los egoístas, los irresponsables, los avaros, los insolidarios, los…”. “Va Ud. a acabar con todo el mundo”. “Todos no, pero muchos sí. Creo que quedaremos muy pocos”. “¿Y los siguientes?”. “Se me ha ocurrido algo diabólico”. “¿Y qué es?”. “Voy a quemar todas las fábricas de sostenes”. “Pues, pensándolo bien, es buena idea. Si quiere, le ayudo”. “Sí, gracias”. “¿Y cómo se le ha ocurrido eso?”. “Pues, verá, no me gustan los sostenes. Me gusta que la mujer insinúe sus encantos”. “Ya, y a mí, me encanta, pero es raro verlas hoy sin sostén”. “Es una pena. En los sesenta y los setenta apenas si se llevaba esa malévola prenda. Daba gusto. Pero ahora, se ha puesto de moda y no hay quien vea una mujer sin sostén. Es más, hacen alarde de que lo llevan y muestran los tirantes como si nada. Es antiestético”. “Estoy con Ud. Lo que pasa es que ellas dicen que si no lo llevan se les cae el pecho”. “No es cierto. Hay estudios (en EE.UU., claro, no podría ser en otra parte) que demuestran que, si se usa sostén, los músculos del pecho se hacen vagos y, con el tiempo, el pecho se cae. En cambio, si no se usa, los músculos se fortalecen y mantienen el pecho enhiesto por muchos más años”. “Tiene lógica. Además, no hay nada más bonito que los senos de la mujer insinuándose, sin sostén, bajo una camisa o un jersey…”. “Sí, es una delicia para la vista. ¡Quememos las fábricas de sostenes!”.

domingo, 19 de mayo de 2013

304. ¿Vamos a la playa?, en 400 palabras (doscientas quince).

¿Vamos a la playa?

—¿Para qué?
—Pues… yo qué sé. Para disfrutar de la mar, las olas, la arena, el sol… para pasear, correr, tomar un baño...
—No está mal. Pero, ¿a ti eso te gusta?
—Claro que me gusta. Es mi pasión.
—No lo sabía.
—¿Que no lo sabías? ¿Es que aún no me conoces después de 40 años?
—Sí, pero no había caído en que te gusta la playa.
—¡Venga ya!
—Sí, vale, es broma. Claro que sé que te gusta la playa.
—¡Ah! ¿Entonces?
—Quería que me lo explicaras.
—Creo que no necesitas que te lo explique.
—Sí, es cierto.
—¿Entonces?
—Era broma, ya te lo dije.
—Sí. Bueno, ¿vamos a la playa?
—¿Para qué?
—¿Otra vez?
—¡Ah! Ya te lo he preguntado, ¿no?
—Sí, y te contesté.
—Es verdad. Pero no me ha quedado muy claro.
—Pues te lo repito: para disfrutar de la mar, las olas, la arena, el sol… para pasear, correr, tomar un baño...
—Pero no me dices toda la verdad.
—¿No?
—No. Ocultas lo que más te gusta.
—¡Ah! ¿Sí?
—Sí.
—Y qué es.
—Que te gusta hacer todo eso desnudo.
—Claro. No lo oculto, doy por sentado que ya lo sabes.
—Sí, pero me gusta que me lo digas.
—Pues te lo digo: me gusta bañarme, tomar el sol y correr desnudo en la playa.
—A mí también.
—Ya. Y me alegro. Es una auténtica gozada.
—Sí. Tú me lo enseñaste. Y me convenciste, aunque al principio me costó.
—Te costó poco. En cuanto comprobaste lo que se disfruta, dejaste de usar  bikini.
—La verdad es que sí. Da una sensación de libertad increíble. Desde entonces no sé bañarme con bañador.
—Eso me pasa a mí. En la playa disfruto el nudismo. Es sano, bonito, agradable, limpio, placentero.
—Sí.
—Aún no entiendo que no lo practique todo el mundo.
—Yo tampoco. Creo que hay muchos prejuicios.
—La gente es muy pacata.
—Y muy puritana.
—Es que piensan que el nudismo es pecaminoso.
—¡Qué tontería! Nada más puro…
—Yo creo que muchos lo desean pero no se atreven.
—Ellos se lo pierden. Si no saben disfrutar…
—El que prueba, repite.
—Es cierto. Tú y yo lo descubrimos hace casi cuarenta años y repetimos siempre.
—Quizá, algún siglo de estos, la gente lo pruebe y se imponga.
—¡Ojalá! Pero me cuesta creerlo. Tengo la sensación de que vamos para atrás.
—Sí. ¡Qué pena!









domingo, 17 de febrero de 2013

300. Qué hora es, en 400 palabras (doscientas catorce).

Qué hora es

—¿Qué hora es?
—Las cuatro.
—¿En punto?
—Bueno, no, falta un minuto.
—Entonces, ¿por qué me dices las cuatro?
—Por simplificar.
—Pues te he preguntado qué hora es, no una aproximación.
—Ya, no pensé que fuera importante.
—Lo es.
—¿Por?
—Porque a mí me gusta saber la hora exacta.
—Bien.
—¿Qué hora es?
—Las cuatro, un minuto, doce segundos. Trece, ya.
—¿Y tienes tu reloj ajustado?
—Sí. Lo puse en hora ayer.
—¿Con qué señal?
—Con la de una emisora. Ya sabes: pi, pi, pi, píiii.
—Pues no lo tienes en hora, pues por radio se produce un retraso de milisegundos.
—¡Ah! ¿También quieres que te dé los milisegundos?
—No, no hace falta, pero que sepas que tienes el reloj atrasado.
—Ya. ¿Y qué quieres que haga?
—No, nada, es tu problema.
—¿Eso es un problema?
—Pues sí. A mí me gusta la hora exacta, pero veo que a ti no.
—¿Y por qué no llevas reloj?
—Pues porque no consigo llevar la hora exacta.
—Vaya… Y, por cierto, ¿para qué quieres saber la hora exacta?
—¿Y para qué quiero la hora si no es la hora exacta?
—Buen, yo creo que vale una aproximación.
—Pues yo, no. O la hora exacta o nada.
—Me parece una idiotez.
—¿Qué hora es?
—Las cuatro, tres minutos, veinte segundos y trescientas siete milésimas.
—Eso está mejor.
—¡Pero si te he engañado…!
—No, no lo has hecho. Pero te has equivocado en doscientos quince milisegundos.
—¿Cómo sabes que te dije la hora real?
—Porque mi cabeza es un reloj.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué preguntas la hora?
—Para discutir.
—Ya. ¿Y qué hora es ahora?
—¿Para qué quieres saberlo?
—Para ajustar mi reloj, por ejemplo. Así, cuando me preguntes la hora te la diré con exactitud.
—Bueno, pues prepárate. Cuando diga píiii, serán las cuatro y cinco minutos exactamente. Espera.
—Espero.
—¿Preparado?
—Sí, ya he parado el reloj a las cuatro y cinco minutos, exactamente.
—Bien. Atento. Cinco, cuatro, dos, uno, píiii.
—Ya.
—Te has retrasado treinta y tres milisegundos.
—Vaya. ¿Y qué hago?
—Pues, una de dos, o sumar esas milésimas cuando te pregunte la hora o ajustarla de nuevo.
—Prefiero sumarlas.
—De acuerdo, ¿Qué hora es?
—¿Estás de coña?
—No, va en serio.
—Las cuatro, seis minutos y ciento treinta y cinco milisegundos.
—¿Cómo cuentas los milisegundos?
—Los estimo.
—Te has equivocado. No estimas bien.
—¡Vaya, qué problema!

viernes, 25 de enero de 2013

299. Una barbaridad, como otra cualquiera, en 400 palabras (doscientas trece).

Una barbaridad, como otra cualquiera

El ministro japonés de Finanzas, Taro Aso, culpó a las personas mayores de los altos niveles de gasto sanitario y les pidió «que se den prisa en morir».

Sí, es una barbaridad. Pero no le falta razón a ese señor en lo que dice. Los viejos amenazan (aún no me incluyo, pero no me quedará mucho) con destrozar el estado del bienestar, con tanta pensión que cobran y tan abultado gasto sanitario que sólo contribuye a que vivan más, no importa en qué condiciones, y sigan cobrando pensión y produciendo más gasto sanitario para vivir más y cobrar durante más tiempo la pensión y, pobrecitos, volver al médico a que les receten más medicinas y al hospital a que le salven de esa neumonía y…, en fin, a vivir del Estado que para eso cotizaron en su día y…

Los viejos están agotando las arcas del Estado y eso no puede ser. Pues eso, como dice el japonés: ¡que se den prisa en morir! Y si no, se buscan soluciones.

Yo crearía la brigada “¡Viejos fuera!”, que:
1. Estaría dotada de medios informáticos con la información necesaria accesible desde cualquier lugar.
2. Contaría con un numerosísimo cuerpo de inspectores, fríos, impasibles, jóvenes y sin escrúpulos que trabajarían sólo a comisión.

El trabajo de los inspectores de la brigada “¡Viejos fuera!” consistiría en:
1. Ir por la calle, metro, autobús, casas particulares, hospitales, residencias y bingos.
2. Detener a todo viejo que encuentren y pedirle identificación. Introducir sus datos en la tableta y ver el resultado.
3. Si el Estado aún le debe dinero, dejarlo ir con la advertencia de que su saldo es tanto, de que tenga cuidado en cómo lo gasta.
4. Si el Estado ha gastado más en él de lo que él ha cotizado durante su vida laboral, es decir, si está viviendo de gorra, entonces se le gasea. Cada inspector llevará consigo máscaras plegables. Desplegará una por sorpresa sobre la cabeza del viejo. Al hacerlo, el viejo respirará gas venenoso y morirá. La muerte será inmediata y el viejo no sufrirá.

Sí, ya sé: es una barbaridad, como otra cualquiera. Pero los viejos no pueden acabar con el estado del bienestar que a ellos tanto les costó crear. A los viejos, ¡que los gaseen! Desde luego, yo no quiero abusar. Cuando sea viejo y deba dinero al Estado, ¡que me gaseen!



domingo, 13 de enero de 2013

298. Mi clon, en 400 palabras (doscientas doce).

Mi clon

Estaba yo sentado a una mesa del bar de la esquina, con el frío que hace no hay quien se siente en el parque, tomando mi café y leyendo el periódico, sin mi perrita Pizca, que no la dejan entrar, cuando un hombre se sentó enfrente: “¿Puedo?”, me preguntó, y se sentó sin esperar mi respuesta. “Claro, sí”, le dije, no tuve otra opción. Me miró, lo miré. El parecido era asombroso. ¡Se parecía a mí! Por un momento pensé estar mirando un espejo y ver mi imagen reflejada. Absorto, no dejé de mirarlo. Él, absorto también, me miraba también fijamente. “¡Vaya! Nos parecemos”, dijo. “Sí, parece que sí”, dije. “Pero, ¿a ver? —y me mira con atención, examinándome—, yo soy más guapo”. “Puede ser. Y mayor”, me desquité. “Cumpliré —susurra los años— en dos meses”. “Sí, eres mayor que yo, diez años”. “¿Cómo te llamas?”. Le dije mi nombre. “Yo también me llamo así”. “No es posible”. “Pues lo es”. “Curioso, ¿no?”. “Sí… ¿Dónde naciste?”. “No lo sé”. “¿Qué no lo sabes? ¡Qué raro!”. “Bueno, verás, hace años perdí la memoria y no sé ni dónde nací, ni quiénes fueron mis padres, ni si tuve hermanos. No recuerdo nada de diez años para atrás”. “Pero de los últimos diez, ¿sí?”. “Sí”. “Interesante. Son los años que me llevas”. “¡Ah, sí! Qué casualidad, ¿no?”. “Pues sí…”. “O puede que no”. “¿Por qué dices eso?”. “No sé…”. “Ya”. “¿Y si soy tu futuro?”. “¿Mi futuro?”. “Sí, tengo diez años más que tú, justo los años que recuerdo, nos llamamos igual, nos parecemos o, mejor, somos casi idénticos, aunque yo más guapo, y…”, dijo, dejando en suspenso la frase. “¿Y…?”, pregunté, invitándolo a continuar. “Pues no sé, son muchas casualidades”. “Ya, pero no puedes ser mi futuro, eso sería un fenómeno extraordinario y yo no creo en esas cosas”. “Busquemos más coincidencias”, dijo. Y las buscamos. Y coincidimos en todo. “Esto no es normal”, dije. “¡No!”, respondió. “¿Cómo es posible?”. “No lo sé”. “Me asustas… pero, ¿y si me cuentas tus últimos diez años? A lo mejor me dices cómo voy a vivir, qué me va a pasar, cómo me van a ir las cosas a mí y a mi familia…”. “Si quieres…”, y soltó una profunda carcajada; parecía feliz. “¿Me pides un vaso de agua?”. “Claro”. Me levanté y, cuando volví a la mesa, ya no estaba allí.