Bienvenido a este mi cuaderno de bitácora

Querido visitante: gracias por pasar por aquí y leerme.
Aquí encontrarás ligeros divertimentos y algunas confidencias personales, pocas.
A mí me sirve de entretenimiento y si a ti también te distrae, ¡estupendo!.
Si, además, dejas un comentario... ¡miel sobre hojuelas! Un abrazo,
Guarismo.
Mostrando entradas con la etiqueta diálogos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta diálogos. Mostrar todas las entradas

martes, 10 de julio de 2018

311. Por guasap, en más de 400 palabras

En mi familia somos muchos y tenemos, cómo no, un guasap familiar. Yo participo poco, porque a mí eso de las redes sociales, los chats y demás historias no me entusiasman. Pero lo leo regularmente. Lo de hoy es hilarante y por eso lo traslado aquí, a este blog moribundo, a ver si así resucita…

Hermano1: Hermana2... ¿estás despierta?

Hermana2: ¡Ahora, SÍIIIII!😫😳

Hermano1: Que alguien me diga dónde está el Registro Civil en este pueblo. Urgente... No coincide mi búsqueda en internet con lo que me dijisteis

Sobrina1: Google dice que plaza san José

Cuñada1: Ofúuuuuu. Entra en la página del ayuntamiento

Cuñada2 (desde Madrí): Nooo. Que el Registro Civil no tiene nada que ver con el ayuntamiento.

Sobrina1: A mí me suena de hace tiempo cerca del parque Sacramento... Pero ni idea

Cuñada1: Ha cambiado todo. Antes estaba en la calle S. Lázaro.
Hermano1: Sí, por eso...pero me dijeron que estaba por el Carmen. Y hermana2 estuvo hace poco allí. Hmmmana2, ¿dónde tás?

Hermana2: Despertando… Cuando fui, estaba en la calle Milagros, 37. Pero hace años.

Hermano1:¡¡¡ Hermana2!!!!

Cuñada2 (desde Madrí): Plaza de San José, 2

Hermano1: sí, pero no, cuñada2... Hermana2 me comentó que estuvo hace poco y que estaba por la iglesia del Carmen

Hermana2: No. En la calle Milagros, 37. Pero hace muchos años.
Cuñada2 (desde Madrí): https://www.certificadonline.es/certificados-registro-civil-pueblo/

Hermano1: muy bien, cuñada2

Sobrina1: Telf. de atención al ciudadano :956999999 y 956777777. Llama a ver

Hermano1: Qué bueno, cuánta información. Gracias. Pues parece que en Plz. San José, finalmente

Cuñada2 (desde Madrí): No. Acabo de hablar con ellos. El número que ponen es de una señora particular, que está hasta el gorro de que le pregunten por el Registro Civil seis veces al día durante los dos últimos años. Se sabe el bueno de memoria. Es este: 956444444

Hermano1: ¿cómo que no?

Cuñada2 (desde Madrí): Calle Real 229.Tel. 956444444. INSISTO.

Cuñada1: Yo iba a poner el tfno de info del registro civil, pero cuñada2 ha sido más rápida. Paciencia que tiene la señora.

Hermano1: jejejeje. Este chat es mejor que Google

Hermano1: Llamo al que me dio Cuñada2. Comunica.

Hermano 1: Llamo otra vez. Me dice que todos los operadores y operadoras están ocupados (estarán tomando café, ¡son las 9 de la mañana!)

Cuñada1: Aunque no es ninguno de los que ha dicho ella. Es 956888888

Hermano1: Nooo, es el que me dio Cuñada2. Lee lo que he dicho, cuñada1.

Cuñada1: ¡Ah! Perdón.😳😄😂

Hermano1: Efectivamente, junto a la Iglesia del Carmen

Cuñada2: ¿Cómo lo has sabido?

Hermano1: Melo has dicho tú: calle Real 229.

Cuñada2: ¡Ah!

Hermano7: ¡Vaya lío! Hermano1: ¿necesitas ayuda?

Hermano1: Ya ves que sí. Échame una mano.

Hermano7: Espera, que llamo.

Hermano1: No llames, que ya llamé yo. Busca la dirección en google.

Hermano7: Espera. Ya. Pone calle Almorávides, 33

Cuñada1: ¡Noooo! ese debe ser en otro pueblo.

Hermano7: Perdón. Sí. Ya . En calle Milagros, 37

Hermano1: Creo que esa era la antigua dirección

Hermana2: ¡Hermanoooooo1!!! Está al lado del liceo

Hermano1: Sí, ya lo vi

Hermana2: En la calle q baja

Hermano1: Salgo para allá

Hermana2: Lo leí tarde, je, je

Hermano1: ¿Cómo que en la calle que baja? Pone Real 229. La que baja junto al Liceo, ¿no?

Hermana2: Sí. En lateral del liceo en esa calle que baja, nada, al principio de la calle

Hermano1: Entonces no es Real 229, ¿no?

Hermana2: Sí, pero está escondío en la calle que baja. Hasta las 12 te atienden

Hermano3: El misterioso caso del registro de hermano1. Siga las últimas noticias en este chat. Hay gran polémica sobre la localización real e incluso sobre su próxima existencia. El chat de la familia deja a Google Maps bien tocada. Se rumorea una oferta millonaria por los Big Data de la Family. 🤣

Hermano1: Ya en el registro y ahora resulta que no traje dinero. Veremos si lo consigo. Qué desastre. ¿Alguien viene a traerme dinero? Es que pierdo la cola, que hay mucha gente.

Hermana2: ¡¡¡hermanooooooo1!!! Yo voy, pero tardo una hora.

Hermano1: No. Ya me apañaré. ¿aceptarán tarjeta?

Hermana4: ¿q tienes en el registro civil, hermano1?

Hermano1: Pues un certificado de nacimiento

Cuñada2 (desde Madrí): Caótico hermano1. Si lo puedes pedir por la web…

Hermano1: La Seguridad social me puso que nací el 1 de Enero

Hermano3: ¡Siga las últimas noticias sobre el caso en este chat!

Hermano1: Y para cambiarlo me piden eso

Cuñada2 (desde Madrí): Lo que no te pase a ti…

Hermano3: ¡Me parto!😂

Hermano1: Ja,ja, ja. Cuñada2: ¿de verdad se puede pedir por la web? ¿Y qué hago yo aquí?

Cuñada2 (desde Madrí): Tú sabrás, ja, ja, ja.

Hermano3: ¿Me dejáis publicar este chat en Facebook? ¿O mejor en el jueves?

Hermana2: Qué arte, hermano3

Hermana2: hermano1, no hay q pagar nadaaaaa

Hermano1: Ahhh...bien, porque tampoco tengo tarjetas. Cogí solo el DNI

Hermano1: Es increíble que el DNI no sirva para cambiar tu fecha de nacimiento en la S.Social

Hermana2: Así va el país

Hermano1: No existo en el registro civil. Ni mi hermano gemelo. Están buscándome

Hermano1: Aparecimos

Hermano1: Apellido con letras bailadas

Hermano1: Los demás sí lo tenéis bien (el apellido)

Hermano1: Hermano gemelo, que sepas que a ti te quitaron el apellido compuesto

Hermano8: ¿En serio?

Hermano1: Sí, hermano8, por lo visto en el Registro Civil no somos hermanos.

Hermano3: ¡Me parto otra vez!

Hermana5: Qué divertido.  Caminando a la playa y leyéndolo.  😱Dos veces tropecé y a punto de caerme. Ya me he parado porque me quedaba sin dientes 😂.

Hermana5: Hermano1, yo sabía dónde estaba, pero lo acabo de leer.  Llegué tarde.

Hermano1: ¡Jo, hermana5, hay que leer los guasaps a tiempo!

Cuñada2 (desde Madrí): Yo pasando la aspiradora  y el polvo

Hermana5: Creo que no llego...

Hermana2: ¿A dónde?

Hermana5: A la playa.

Hermana2: Hermana5, cuidadín

Hermana2: Yo, con fregona

Hermana5: Suéltala y vente...

Hermana2: ¿A dónde? ¿Al Registro?

Hermana5: No, a la playa.

Hermana2: ¡Ah!

(…horas más tarde) Hermana2: Todavía no sabemos si tiene en su poder la partida

(…horas más tarde) Hermano6: No puedo terminar de leerlo; me río tanto que lloro y las lágrimas me impiden ver el chat.

(…horas más tarde) Hermana2: Hermano1, ¡CONFIRMA QUE TIENES LA PARTIDA DE NACIMIENTO!

(...al día siguiente) Cuñada2: Pues hermano1 empieza todos sus guasap así: Desastre total. Me he olvidado en casa camino de Almería mil cosas. Le aconsejo: coge un papel y lápiz y ve apuntando. Respuesta: Mil gracias, cuñada2 ☕. Lo hace y dice que éxito total. Llega a Algeciras y dice: Desastre total, me he dejado las maletas en el jardín. La vida no sería igual sin ti, hermano1. Eres único. Los buenos ratos que nos haces pasar 😂😂😂

Cuñada1: Pues la verdad es que sí

Hermana9: Hermano1, ¿dónde andas?

Heramano1: en mi casa, ¿por qué?

Heramana9: ¿No te habías ido a Almería?

Hermano1: Noooo... ¿de dónde sacas eso?

Hermana2: Hermana9 x diooos, si hermano1 acaba de llegar, prácticamente😂😂😂😂

Hermano1: 😂😂😂😂😂🤣🤣🤣🤣🤣

Hermana2: Ay, hermano1, tu hermana9, como siempre, en las☁☁☁☁☁☁🌩

Hermano1: 😁😁😁😁😁

Cuñada2: Esto es una auténtica locura. No me extraña que hermana8 haya mandado a hermano1 a Almería. Deberíamos sacarle partido al chat. No tiene desperdicio

Hermano1: Sigo con mi historia. Esta mañana me olvidé de coger la cartera para mi cita de la Seguridad Social....desastre total. Si no te identificas, aunque lleves tu partida de nacimiento, ná de ná. Tocó volver a casa y pedir cita de nuevo. Pero lo peor es lo mal preparados que están los funcionarios para informarte. Me dijeron que para cambiar mi fecha de nacimiento hacía falta la partida de nacimiento. Y a pesar de decirles, ¿con el DNI no es suficiente?, pues no. En fin, hoy voy, me atiende otro y me dice, con el DNI es suficiente, vamos que ni me miró la puñetera partida de nacimiento que tanto me costó conseguir...

Cuñada1: 😂😂😂😂😂

Cuñada2: 😂😂😂😂😂😂

Hermana2: 😂😂😂😂😂

Hermana6: 😂😂😂😂😂

Hermana9: Po zi 🤣🤣

Hermano1: ¡¡¡Qué fríiiiiooooo!! ¿Y el verano dónde anda?

Cuñado3 (a su mujer, hermana9): ¿Dónde estás? No te encuentro...

domingo, 4 de noviembre de 2012

292. Diálogo sin sentido, en 400 palabras (doscientas seis).

Diálogo sin sentido

—Buenos días.
¡Buenos días!
—Parece usted muy contento, ¿no?
¡Sí, lo estoy!
—Pues me alegro, pero no hace falta que chille, le oigo bien.
¡Ah, perdone! pero, ya sabe, la alegría…
—Así está mejor.
—Dígame, ¿en qué puedo ayudarle?
—Pues, verá, tengo un caso muy complicado.
—No se preocupe, aquí estamos para resolver sus problemas.
—Bien, muchas gracias, pero no creo que puedan.
—¿Que no? ¿Y cómo lo sabe?
—Porque es la quinta vez que vengo.
—Ya. ¿Y con quién habló?
—Pues con varios. Dos veces con esa compañera suya, la que está ahí al fondo, otras dos con un señor calvo, que creo que está a punto de jubilarse, y la otra con una joven muy simpática.
—¿Y?
—Nada, no me ayudaron.
—Lo suponía, pero, verá. Esa compañera que usted señala es una inútil, lo sabe todo el mundo, pero ahí sigue; dicen que le gusta mucho al jefe, no sé si habrá algo más. El compañero calvo se jubila el mes que viene, efectivamente, y presume de que todo le importa un bledo. Y la joven simpática es eso: una joven muy simpática, pero que está aprendiendo.
—Oiga, apenas si le oigo.
—Ya, acérquese. Digo que los tres son unos incompetentes por una u otra razón, y comprenderá que no se lo puedo decir en voz alta, que me pueden oír.
—Entiendo.
—Bien, cuénteme su problema.
—¿Seguro? Es un tema muy complejo.
¡No importa! Para eso estoy aquí.
—No chille, por favor.
—Vaya, perdone. Es que estoy contento.
—Sí, ya me lo dijo. Y yo le dije que me alegro, pero que no hace falta que grite.
—Cierto. Perdóneme, pero ¡es que soy tan feliz!
—Me alegro, me alegro. Pero lo puede decir con un tono normal, no soy sordo.
—Sí, sí, claro.
—Y dígame: ¿por qué es usted tan feliz? No es que me importe mucho pero, efectivamente, desborda usted felicidad.
—Si quiere que se lo cuente… pero usted no ha venido aquí para felicitarme, ¿verdad? Ha venido a resolver su problema.
—Claro, a eso he venido, sí.
—Pues dígame.
—Verá, no sé por dónde empezar. ¿Ha hablado usted con sus compañeros inútiles?
—¡Shsh! No grite, que le oyen.
—¡Caramba! Perdone. Le preguntaba que si ha hablado con ellos sobre mi caso.
—No.
—Pues no voy a contarlo otra vez.
—Entonces, ¿cómo le ayudo?
—No sé. Es su problema... mejor me voy.
Sí, mejor.

domingo, 2 de septiembre de 2012

283. Aburrimiento, en 400 palabras (ciento noventa y siete).

Aburrimiento

—¿Tienes algo que contar?
—No.
—¡Pues vaya, qué aburrimiento!
 —¿Por qué? ¿Cuentas tú algo?
—Tampoco. Por eso digo que qué aburrimiento.
—Sí, estoy de acuerdo. Va a ser aburrido.
—¿Y qué hacemos?
—Nada.
—¿Y de qué hablamos?
—De nada.
—Pues qué divertido.
—Sí.
—Oye.
—Qué.
—No, nada.
—¿Y si…?
—¿Y si… qué?
—Pues… no sé, estaba pensando.
—¿Y qué piensas?
—Creo que nada.
—¿Entonces?
—Lo intento.
—Bien. Me cuentas. Voy a pensar yo también.
—El mundo es un caos.
—Y el Universo, infinito.
—No, finito.
—Infinito. Si fuera finito, ¿qué habría fuera de él?
—Nada.
—¿Qué es nada?
—No lo sé, pero si el Universo se expande, es que es finito.
—Pues yo creo que es infinito. Si fuera finito, al expandirse ocuparía el espacio de otra cosa. Y esa “otra cosa” es también el Universo.
—Lo que tú llamas “otra cosa” no existe.
—Entonces, ¿qué espacio ocupa?
—Ninguno. No existe.
—¿Cómo puede no existir?
—Porque no existe el tiempo fuera de los límites del Universo. Por eso tampoco existe el espacio.
—No entiendo. ¿Cómo puede ocupar algo al expandirse que antes no existía?
—Es la teoría del Big Bang.
—Será, pero no lo entiendo.
—Yo tampoco, pero los sabios dicen que es así.
—Pues a mí que me expliquen lo que hay fuera del Universo.
—Y dentro. Dicen que hay materia oscura y energía oscura.
—Lo de “oscura” es porque no se entiende, ¿no?
—Debe ser.
—¿Y dices que el Universo se expande?
—Sí.
—Y si se expande, se expande también lo que contiene, ¿no?
—Supongo.
—O sea, que la distancia de la Tierra al Sol cada vez será mayor, ¿no?
—Pues no sé.
—Pues vamos bien. Si es cierto, algún día la Tierra se enfriará. Si no es cierto, ¿qué es lo que se expande?
—Ni idea, no soy cosmólogo.
—Entonces, ¿por qué defiendes que el Universo se expande?
—Es lo que he leído.
—Pues hay astrofísicos que no opinan así, como el inglés Fred Hoyle, a quien, por cierto, se debe el nombre de Big Bang.
—Vaya, cuánto sabes.
—No, no sé nada. Lo he leído.
—La Humanidad es egoísta.
—La vida es una tragedia.
—El futuro es incierto.
—El hombre está destruyendo la Naturaleza.
—La Naturaleza es injusta.
—La Maldad existe.
—También la Bondad.
—¿No son frases muy profundas?
—Sí.
—Lo que hace el aburrimiento…
—Del aburrimiento nació la filosofía.

sábado, 24 de marzo de 2012

256. Te quiero, en 400 palabras (ciento setenta y ocho).

Te quiero

—Te quiero.

—Y yo.

—¿Sí?

—Sí, claro.

—¿Tanto como yo a ti?

—O más.

—No es posible.

—Sí lo es.

—Pero es que yo te adoro.

—Y yo.

—¡Venga ya! Y los cuarenta años que llevamos juntos, ¿no te han cansado?

—No. ¿Y a ti?

—Tampoco. Aunque el amor no es el mismo, ¿no?

—No, no es el mismo, es cuarenta años más viejo.

—¿Y tú crees que es distinto?

—Sí, por supuesto.

—¿Por qué?

—Pues…, no sé. Yo creo que es más sereno, más consciente, más sensato, más equilibrado.

—¿Cuál te gusta más?

—Pues… yo creo que en cada momento el suyo.

—Pero yo echo de menos el calor. Ahora, nuestro amor es más frío, ¿no?

—¿Más frío? ¿Por qué lo dices?

—No sé, ya no es tan tempestuoso como antes.

—Mejor, ¿no?

—Bueno…, si tú lo dices. Pero a mí me gustaba la pasión de antaño.

—A mí también, pero ya no tenemos edad.

—¿Tú crees?

—Sí.

—Pues no estoy de acuerdo.

—¿Por qué?

—Porque sigo sintiendo pasión.

—Pero no como antes.

—Es distinta, pero es pasión al fin y al cabo.

—Más tranquila.

—Quizá.

—Más sensata.

—Sí.

—Más madura.

—Sí, lo cual es una pena.

—¿Una pena? Yo no opino así. La madurez nos produce una satisfacción que antes no sentíamos.

—Pero no me negarás que la pasión de antaño era puro fuego.

—Sí, pero se apagaba pronto.

—No tan pronto. Lo recuerdo con cierta nostalgia.

—Y yo, pero prefiero la pasión de ahora.

—Pues yo tengo mis dudas.

—Antes éramos más egoístas.

—Puede ser, pero disfrutábamos más.

—Yo, ahora, disfruto mucho.

—Sí, sí, pero entonces era puro fuego.

—Y ahora son brasas que duran más.

—Pero queman menos.

—No lo creo. Ayer casi me abraso.

—Pero no te quemaste.

—No, pero fue culpa mía. Pensé en lo que no debía.

—Claro, ahora te distraes más.

—No, no es eso, pero tengo que hacer esfuerzos para concentrarme.

—¿Y antes no?

—No, ya sabes que no.

—También te pasaba.

—No, no es cierto.

—Sí que lo es. Haz un esfuerzo de sinceridad, no me engañes.

—No te engaño. Bueno, sí, lo habré olvidado, no sé.

—A veces te costaba, no lo niegues.

—A ti también.

—Nunca.

—¿Cómo que nunca? Ahora me engañas tú.

—Dime un caso.

—Uno no, decenas.

—Dime uno, sólo uno.

—¡Fueron tantas las veces…!

—Creo que me mientes para compensar.

—No. Fue así.

domingo, 5 de febrero de 2012

249. La camisa, en 400 palabras (ciento setenta y una).

La camisa

—Creo que cometí un error. Metí tu camisa en la secadora.

—¡Joder! ¿Cómo se te ocurre?

—Creí que era un trapo blanco.

—¡Si es que no te fijas, haces todo a la carrera, no tienes cuidado!

—No es así, simplemente la confundí con un paño blanco. No tiene nada que ver con las prisas.

—No, es porque todo lo haces alocadamente. Eres un desastre.

—Bueno, lo que me queda es pedirte perdón… y comprarte una camisa si es que se ha estropeado.

—No, ni hablar.

—Pues si la he roto, bueno, si ha encogido, te compro una y no hay más que hablar.

—No, porque no la encuentras. Es de verano y estamos en invierno.

—Pues busco una parecida.

—No la hay. Fue una oportunidad y ya no se encuentra.

—Alguna habrá.

—Que no, no insistas.

—¿Y qué puedo hacer?

—Pues rezar para que no haya encogido.

—Pruébatela.

—No quiero.

—Entonces, ¿cómo sabes que ha encogido?

—Seguro que sí. No hay más que verla.

—Pues yo la veo y no noto nada.

—Porque no es tuya, es mía.

—Pues te la pruebas y salimos de dudas.

—No.

—¿Entonces?

—Lo sabré en verano.

—Pero te la has puesto hace poco, ¿no?, estaba en la lavadora.

—Sí, pero no me la pondré otra vez. Además, ahora me quedará pequeña.

—Y dale; si no te la pruebas no lo puedes afirmar así.

—Seguro que ha encogido.

—¿Por qué, para salir de dudas, no te la pruebas en lugar de discutir?

—Porque no me da la gana. Ya te lo he dicho antes.

—Bueno, pues te compraré una camisa.

—Ya te he dicho que no. Además, no la vas a encontrar.

—Quizá, pero a lo mejor sí.

—No. Es imposible.

—Pues una parecida.

—No la quiero, quiero ésa.

—Pruébatela.

—No.

—Bien, ¿y qué puedo hacer para arreglarlo?

—Nada.

—No entiendo. Vamos a ver: he metido la pata, te lo he confesado, te he pedido perdón, quiero compensarte… y tú me dices que no a todo.

—Sí.

—¿Quieres que me flagele?

—Si te apetece…

—No me das ninguna opción.

—Sí, que te flageles.

—Vale, pero eso no recupera la camisa.

—No, pero sufres.

—Vaya. Eso te gusta, ¿no? Bien, dame el látigo. Pero, antes, pruébate la camisa, no sea que me flagele en balde.

—No, no me la voy a probar.

—¿Tanto trabajo te cuesta?

—Sí. Es cuestión de orgullo.

—¿De orgullo?

—Sí.

sábado, 28 de enero de 2012

248. No te aguanto más, en 400 palabras (ciento setenta).

No te aguanto más

—¿Sabes?

—Qué.

—Que no te aguanto.

—¿Por qué?

—Porque eres insoportable.

—¿Insoportable yo?

—Sí, tú.

—¿No será al revés?

—¿Cómo? ¿Que soy yo insoportable?

—Sí.

—No, no. Eres tú a quien no soporto. Yo a mí me soporto muy bien.

—Claro, y yo a mí.

—Me cuesta creerlo, porque eres insoportable. Y si eres insoportable lo eres para todos. Para ti también.

—Pues yo me soporto muy bien.

—Permíteme que lo dude. Ayer me decías que no te aguantabas.

—Bueno, era una forma de hablar, no te lo tomes al pie de la letra. Ayer pasé un mal día.

—Ayer y anteayer, y hoy. Estás insoportable.

—Pues no estás tú mejor.

—¿Que no? A mí se me aguanta. Pero a ti no. Llevas una temporada que no hay quien te soporte.

—Eso lo dirás tú. Ni mi familia, ni mis compañeros de trabajo, ni mis amigos me dicen eso.

—Será porque te han visto poco últimamente.

—Me ven todos los días.

—Pues se lo han callado, como me lo he callado yo todos estos meses. Llevas mucho tiempo así.

—¿Meses?

—Meses, sí. Hasta ahora me he callado y he intentado soportarte. Pero ya no puedo más.

—Dime las razones.

—Hay muchas. ¿Por cuál quieres que empiece?

—Y yo qué sé. Eres tú quien dice tener razones. Dímelas.

—Bien, en primer lugar estás insoportable.

—Eso ya me lo has dicho, pero quiero saber por qué.

—Porque no te aguanto más.

—Eso no es una razón, es una consecuencia. Si no me aguantas será por algo, ¿no?

—Sí, claro, por supuesto. Por muchas cosas.

—¿Cómo cuáles?

—Pues mira, llevo tiempo aguantándome si decirte nada con la esperanza de que cambiaras. Así un día y otro. Supongo que te has dado cuenta de mi paciencia, ¿no?

—Pues no. No me he dado cuenta de nada. Lo único que sé es que hoy me estás insultando diciéndome que no me aguantas más y no sé por qué si no me lo dices.

—Te lo estoy diciendo, pero tú no quieres entender.

—¿Entender? Entender qué, si no me lo dices.

—¿Cómo que no te lo digo? Llevo un buen rato diciéndote que estás insoportable y no me haces ni caso.

—¿Que no te hago caso? Te pido que me des razones y no me das ninguna.

—¿Pero qué razones necesitas?

—Al menos una, dime sólo una.

—Que no te aguanto más.

domingo, 22 de enero de 2012

247. Importante, en 400 palabras (ciento sesenta y nueve).

Importante

—Tengo algo importante que decirte.
—Ya, y yo que hoy voy a cocinar de cine. Verás…
—Vale, vale, seguro que lo haces muy bien, pero es que lo que tengo que decirte es importante.
—Ya me lo has dicho. Como siempre tú tienes preferencia, lo tuyo siempre es más importante que lo mío, tú…
—Mira, no empieces. Lo que dices no es cierto. Siempre te doy preferencia a ti y te escucho.
—¡Eso quisiera yo! Nunca me escuchas y si lo haces, rara vez, ignoras lo que te digo.
—Vuelves a faltar a la verdad, o a mentir, como prefieras. Tienes obsesión con que no te hago caso y no es cierto.
—¡Ah! Con que siempre me haces caso, ¿no? Y el otro día cuando te dije…
—Ya, ya. Reconozco que ese día actué mal y no te hice caso, pero fue sólo esa vez. “Una vez maté un burro y me llaman mataburros”.
—¿Sólo esa vez? ¿Y cuando te dije que pusieras…?
—¿La bombilla? Bueno, dos veces. La verdad es que me lié escribiendo y, aunque te dije que sí, luego me olvidé.
—Ya van dos. ¿Quieres que te recuerde más?
—No, porque no hay más.
—¿Qué no? Y el mes pasado cuando…
—Vale ya. Si te remontas en el tiempo… creo que es pasarse, ¿no?
—¿Pasarse? Es que no me haces caso nunca, o no me escuchas. Por ejemplo, ¿qué te dije que iba a cocinar hoy?
—Pues, pues…, sí, una carne exquisita, creo.
—No, ¿lo ves como no me escuchas? No dije qué iba a hacer, sólo te dije que hoy iba a cocinar de cine.
—Sí, de acuerdo, pero es que yo tengo que decirte algo importante.
—Lo tuyo siempre es importante; en cambio lo mío es siempre una nadería.
—No, no digo eso. Pero es que en este caso lo que tengo que decirte es de verdad muy importante.
—Claro, como siempre.
—No, no es el caso. Esta vez va en serio. Otras veces lo que te digo o tengo que decirte no es tan importante y normalmente te escucho y te hago caso. Rara vez te interrumpo.
—Eso no te lo crees ni tú.
—Bueno, pues si no quieres escucharme, no lo hagas. No te contaré nada, aunque lo que tenía que decirte era importante.
—¡Ah! ¿Ya no me lo vas a decir?
—Ya no.
—Pues entonces yo tampoco cocino. Come fuera.

sábado, 7 de enero de 2012

245. De compras, en 400 palabras (ciento sesenta y siete)

De compras

—¿Qué?

—Nada.

—Pero has dicho algo.

—Sí, pero te prometí no hacerlo, así que olvídalo.

—Como quieras. ¿Te gustan estos pantalones?

—¡Vaya…!

—¿Qué significa “vaya”?

—Según el DRAE algo que satisface o que, por el contrario, decepciona o disgusta. Pero yo creo que significa que ni mucho ni poco, que no me entusiasman esos pantalones, vamos.

—Pues a mí, sí.

—Pues cómpralos.

—Pero si a ti no te gustan…

—Yo no he dicho eso, he dicho un escueto “vaya” que no implica que no me gusten.

—Pero no te entusiasman, lo has dicho.

—Sí. Pero decides tú.

—Pues no sé… ¿tú qué opinas?

—Ya te lo he dicho: ¡vaya…!

—Bueno, pues… tienes razón, a mí tampoco me entusiasman. No me los compro.

—Pruébate éstos si quieres.

—Sí. Pero no. No me compro nada.

—Pero…

—Ya te lo he dicho. Nada. Y no te pongas pesado, no me obligues a comprar.

—Pero si no te obligo, sólo di mi opinión.

—Pero quieres que compre.

—Yo no quiero nada. Quien quería comprar eras tú.

—Sí, pero ya no quiero, no me obligues.

—Y dale, que no te obligo, sólo hice un comentario.

—Siempre dando órdenes.

—No, únicamente dije “pruébate éstos”. Eso no significa que tengas que comprar. Además, añadí “si quieres”. Yo no te ordené nada.

—Sí que lo hiciste.

—Piensa lo que quieras, pero no lo hice.

—Es el problema de ir de compras contigo: siempre me das órdenes, no respetas mi libertad.

—Mira, tú siempre entiendes las cosas como te da la gana. Yo sólo sugerí que te probaras esos pantalones. No te obligué a comprarlos.

—Sí que me obligaste.

—No. Lo que pasa es que me interpretas como quieres. Creo que pagas tu frustración de no encontrar algo que te guste conmigo. Y yo no tengo la culpa.

—Es que tú estás siempre mandando y eso ya sabes que no lo soporto.

—Pero si yo no mando nada… ¡Y eres tú quien se inventa todo!

—Es inútil, tú siempre has mandado mucho y nunca me dejas decidir a mí.

—¿Cómo que no? En esta ocasión te he dicho muy suavemente que si querías podías probarte otros pantalones.

—No fue así, me estabas obligando. Además, los primeros que me probé no te gustaron.

—Yo no dije que no me gustaran. Dije “vaya”.

—¿Y qué significa?

—Ya te lo expliqué.

—Creo que ese “vaya” significaba que no.

—No.

—¡Uf! Eres insoportable.

sábado, 2 de abril de 2011

210. Conversación ajena, en 400 palabras (ciento cuarenta y tres).

(No soy aficionado a escuchar conversaciones ajenas. Normalmente no me interesan, me aburren y, además, mi oído no es suficientemente fino para oír a cierta distancia. Por otro lado, mi cabeza es incapaz de mantener la atención continuada a una conversación que no tiene nada que ver conmigo. Sin embargo, ninguna de estas condiciones se cumplía ante lo que estaba oyendo: estaba yo sentado en una cafetería tomándome mi sándwich, cuando una pareja se sienta en una mesa cercana; él tenía cara de mal humor, ella, ojeras y ojos llorosos. Esto es lo que oí:)


Conversación ajena


—No, no, así no podemos seguir, así que piénsatelo.

—Estoy de acuerdo: así no podemos seguir, pero la culpa no es sólo mía.

—No lo creo. Es tuya y sólo tuya. Yo no entiendo que nunca quieras hacerlo. O estás cansada, o te duele la cabeza, o es tarde, o es temprano, o llueve, o nieva... cualquier excusa es buena para ti.

—No me entiendes lo más mínimo: a mí me gusta hacerlo, pero de vez en cuando, cuando realmente vamos a disfrutar. Y lo hacemos. Lo que pasa es que a ti te apetece demasiado. Por ti, mañana, tarde y noche. Y si es ración doble, mejor. Y yo ese ritmo no lo aguanto.

—Es cierto que yo quiero más y más, pero tú no me das nada. Podrías esforzarte un poco, ¿no?

—Y tú podrías dominarte. Tu relación conmigo sólo se basa en eso. Y yo quiero otras cosas: cariño, atención, delicadeza, interés.

—Todo eso te lo doy. Pero lo desprecias porque únicamente piensas en lo mismo. Crees que todo lo que hago contigo va orientado a eso y lo malinterpretas.

—No me engañes. Es que todo lo que haces por mí tiene un único fin y tú lo sabes.

—No es cierto. Lo que pasa es que no me quieres entender.

—Es que, efectivamente, no te entiendo. No entiendo que tu único objetivo y tu única forma de estar bien conmigo sea ésa. Tengo la impresión de que no me quieres, no me respetas y de que soy sólo un medio para tus fines. Para eso lo dejamos y te buscas a otra. Así yo no te aguanto.

—Yo sí, yo te quiero y estoy dispuesto a ceder... si cedes tú. Podemos llegar a un acuerdo.

—¿Qué acuerdo? ¿Hacerlo cuando tú quieres?

—No, una vez cedo yo y otra tú. Parece justo, ¿no?

—O sea, que como tú quieres a todas horas, ¿lo hacemos a diario?

—Bueno..., no, me bastaría un día sí y otro no.

—¿Estás loco? Una vez a la semana y vas que chutas.

—Tres.

—Dos.

—Dos, los fines de semana y una, otro día.

—Una el fin de semana y otra cuando realmente me apetezca a mí.

—Y eso, ¿cuándo es? Que yo sepa, no te apetece nunca.

—Como siempre, estás confundido. No me das tiempo, siempre te me adelantas. Ten paciencia, por favor.

—Mira, mejor lo dejamos.

—Creo que sí.

sábado, 5 de marzo de 2011

206. ¿Qué vemos hoy?, en 400 palabras (ciento cuarenta).

¿Qué vemos hoy?

—No lo sé. ¿Qué te apetece?
—Cualquier cosa que sea buena.
—Tenemos casi 70 canales con la TDT. ¿Buscamos algo?
—De acuerdo.
...
—Llevo ya 30 y no encuentro nada. Sólo basura.
—Sigue, no pierdas la esperanza.
—Ya, pero es un procedimiento lento. Y la guía no funciona muy bien que digamos. Algunos canales no la publican; otros dan mal la hora.
—¿Y si buscas en Internet?
—Sí, quizá sea más rápido.
—Pues vamos.
—A ver... hay tres películas.
—¿Sólo?
—Sólo. Y las hemos visto las tres.
—Busca series.
—Cuatro series. Y no me apetece ninguna. Además, no las hemos seguido, no sé si tiene sentido empezar a verlas.
—Busca tertulias.
—Dos. Una de cada bando.
—Ya. La verdad es que no me apetece oír de política. Estoy hasta la coronilla de políticos, economía, críticas y chorradas varias.
—Pues nos queda por ver qué hay de deportes y programas basura.
—¿Algún documental?
—No. De pago, y no pagamos. Al medio día creo que hay un canal con documentales, pero no a estas horas.
—Bien, 70 canales y no podemos ver ninguno.
—Así es.
—¿Tienes algo grabado?
—Algunas películas.
—Pues intentémoslo.
—A ver... ¿ésta?
—Bien.
...
—¿No te perece un rollo?
—Sí.
—Pues intenta otra.
—¿Te vale ésta?
—Sí.
...
—¿No te suena haberla visto ya?
—Sí. Creí que no, pero esta escena la recuerdo y el final también.
—Pues cambia.
...
—¡Qué mala! ¿no?
—Horrible.
—Otra.
...
—Ésta es muy violenta.
—Sí, pero creo que no la hemos visto.
—No, pero no sé si la aguantaré.
—Espera un rato, a ver si pillamos el argumento.
—¿Tú crees que lo tiene?
—No lo sé. Vamos a ver...
...
—Nada. Horrible. Mejor cambiamos.
—De acuerdo, pero ya hay pocas. Mira, estas cinco las vimos ya. Estas otras dos son francesas, que suelen ser malísimas. Las tres españolas ni lo intento, pueden ser insufribles. Nos quedan James Bond y un par de películas antiguas.
—Intenta las antiguas.
—Las hemos visto cuarenta veces.
—Pero son buenas.
—Ya. Si quieres...
...
—Ésta no, que la recuerdo con detalle.
...
—Y yo ésta me la sé de memoria.
—¡No hay quien vea la tele, manda narices!
—¿Sabes que llevamos hora y media sin decidir?
—Sí. Creo que lo mejor será irnos a la cama y leer un rato.
—¿Leer? ¿Y si...?
—No, ni hablar. Mañana tengo que madrugar.
—Uno rápido.
—No, ni pensarlo.

sábado, 22 de enero de 2011

200. Reencarnación, en 400 palabras (ciento treinta y cuatro).

Reencarnación

—¿Quién soy?
—Eres tú.
—Eso ya lo sé. Te lo pregunto de otra forma: ¿qué soy?
—Mírate.
—Me veo rara. Tengo muchas patas.
—¿Cuántas? Cuéntatelas.
—Una, dos, tres,... ocho. Tengo ocho patas.
—Sí. Es lo normal.
—¡Cómo que lo normal! Yo antes tenía dos, nada más que dos.
—Ya, pero ahora no.
—Pero tú tienes dos.
—Bueno, porque tú me ves como quieres verme. Yo no tengo forma. Es frecuente que eso ocurra: que me veas como un ser de tu anterior reencarnación.
—¿Reencarnación?
—Sí, te has reencarnado.
—Y tú, ¿quién eres?
—Yo soy el encargado de presentarte en tu nuevo mundo.
—¿Nuevo mundo?
—Sí. Ya ves que eres diferente. Tienes ocho patas.
—¿Tienes un espejo? Quiero verme.
—Los de tu especie no se miran al espejo.
—Y que yo sepa tampoco hablan. Al menos los humanos creían que sólo hablaban ellos.
—Craso error. Todas las especies de animales hablan.
...
—Quiero llorar, pero no puedo. No sé qué hago aquí ni de qué voy a vivir.
—Los de tu especie no lloran.
—¿Y qué voy a comer? ¿Y en qué voy a trabajar? ¿Y dónde voy a dormir? ¿Y con quién hablaré? ¿Y dónde me ducho? ¿Y en qué me voy a desplazar? ¿Y no tengo tele?
—No, aquí no hay tele, salvo que el azar te lleve a una de los humanos. Para lo demás, sigue tu instinto. Tu instinto es muy fuerte.
...
—Ya sé lo que soy.
—Ya era hora.
—¡Una araña hembra!
—Sí.
—¡No quiero ser una araña! Cuando era mujer me daban un miedo horrible. ¡No las soportaba!
—Ya.
—Ahora me doy miedo a mí misma. Mira mis patas peludas. ¡Me quiero morir!
—Tienes que aprender a soportarte. Para eso estoy yo aquí.
—¡Y qué vas a hacer! ¡No me gusto! ¡No me aguanto! ¡Me da asco tocarme!
—Ser araña tiene sus ventajas. Sueltas seda por tus hilas y puedes colgarte de ella, balancearte, tejer una telaraña para cazar a tus víctimas, envenenarlas con el veneno de tus quelíceros y luego comértelas. Puedes vivir en soledad, no hace falta que hables con nadie, excepto cuando tienes que aparearte. Entonces te buscará el macho y te hará la corte con sus pedipalpos. Si no te gusta, te lo comes, eres más grande que él. Si te gusta, puedes dejar que te haga el amor y luego te lo comes también.
—Bueno, si es así...

sábado, 15 de enero de 2011

199. ¿Cómo estás?, en 400 palabras (ciento treinta y tres).

¿Cómo estás?

—¿Cómo estás?
—Bien, si no entramos en detalles.
—¿Qué detalles?
—¿Qué quieres que te cuente?
—Quiero que me cuentes todo, y con detalle.
—¡Vaya! Pues siéntate, que va para largo.
—¿Tan mal estás?
—No, yo no he dicho eso. He dicho que te sientes.
—¿Tanto tienes que contarme?
—No, en principio, pero si me pides detalles te los daré.
—O sea que no estás bien, ¿no?
—Vamos a ver: lo que te digo no indica que esté mal. Estoy bien, pero si te cuento todo creerás que no lo estoy tanto, cuando no es cierto.
—Pero antes me has dicho que estás bien si no entras en detalles.
—Es una forma de hablar; siempre hay algo, pero estoy bien.
—Me preocupa que me preguntes que si quiero que me cuentes. Eso es que algo te preocupa y no estás del todo bien.
—Insisto, es una frase hecha; estoy bien. Pero, si quieres, te cuento.
—¿Qué me vas a contar?
—Puedo entrar en detalles, contarte mi vida, mis preocupaciones, mis problemas, mis cuitas en definitiva, y también mis alegrías, mis satisfacciones, mis anhelos, mis planes... en fin, puedo contarte lo que tú quieras.
—No te enrolles. Sólo quiero saber cómo estás.
—Pues ya te lo dije: bien.
—¿Seguro?
—Seguro.
—Entonces, ¿por qué me dices que me vas a contar todo eso?
—Porque tú me lo has pedido.
—No, te confundes. Sólo me interesa saber si estás bien. Lo demás me trae al pairo.
—Bueno, pues si te digo que estoy bien, ¿por qué lo dudas?, ¿por qué preguntas otra vez?
—Sólo te pregunté una vez.
—No es cierto. Van por lo menos tres veces, o cuatro, y no te crees lo que te digo.
—Sí que me lo creo, pero tú me haces dudar.
—O sea, que no te lo crees.
—Sí.
—Sí qué, ¿que no te lo crees, que dudas, o que aceptas que estoy bien?
—Pues no sé, me estás haciendo un lío.
—Tú sabrás lo que quieres saber.
—Vamos a ver como te lo explico. Mi pregunta es muy sencilla: ¿CÓMO ESTÁS?
—Qué quieres, ¿empezar otra vez?
—Sí.
—Vale. Pregunta.
—¿Cómo estás?
—Bien. ¿Y tú?
—Bueno, más o menos.
—Vaya, cuéntame. ¿Qué te pasa?
—No, nada.
—¿Y a qué viene ese más o menos? Será por algo.
—No, por nada. Es que quizás me preocupo por ti.
—Pues no debes preocuparte, ¡joder!, ahora me preocupo yo.

sábado, 20 de noviembre de 2010

191. Patatas fritas, en 400 palabras (ciento veinticinco).

(Diálogo entre un padre y su hija de 4 años; real como la vida misma)

Patataz fritaz...

—Papá, quero patataz.
—¿Qué patatas, hija?
—Fritaz, ¡Friiitaaaz!
—Claro, claro.
—Laz quero ya, papá.
—Vamos a ver dónde las encontramos. Allí hay un quiosco, ven.
—Laz quero en bolza amarilla.
—Bueno, primero veamos si las hay, luego cuáles tienen y entonces eliges.
—Vale.
...
—¿Tienen bolsas de patatas fritas?
—No.
—Vaya, hija, no hay.
—Poz yo quero patataz fritaz, tengo hambre.
—¿Te da igual panchitos, o ganchetos?
—No, quero patataz fritaz, ya te lo he dicho.
—Ya lo sé, pero no hay.
—Da igual, quero patataz fritaz.
—Bueno, tranquila, vamos a otro sitio.
...
—¿Me da una bolsa de patatas fritas?
—Lo siento, señor, se me han agotado.
—¿No le queda ni una? Mi hija quiere patatas fritas.
—Ya se lo dije, no tengo.
—Mala suerte, hija: aquí tampoco hay.
—¡Yo quero (llorando) patataz fritaz, papá!
—Ya lo sé, hija, pero ya ves que no las encontramos. ¿Quieres alguna otra cosa?
—¡No! (gritando).
—Bien, no te enfades, seguiremos buscándolas.
—Papá (llorando), ¿te haz enterado? No quero otra coza, quiero patataz fritaz.
—Pero no hay, ya las estamos buscando, ten paciencia y no llores.
—Lloro porque quero.
—Ya, pero no debes llorar. Si lloras me enfado.
—Ya eztáz enfadado.
—No, hija, me enfadaré si sigues llorando. Eres mayor y debes entender que esos señores no tienen patatas fritas. Andamos un poquito más y las buscamos, ¿vale?
—Zí, ¡eztoy canzada! (gritando).
—¿Pero no quieres patatas fritas?
—Zí.
—Tenemos que ir a otro sitio.
—No quero. ¡Me canzo!
—Entonces no podemos comprarlas.
—Yo quero patataz fritaz.
—Ya lo sé hija, estamos intentando encontrarlas. Pero si no las hay, no las hay y no puedo comprártelas.
—¡Yo quero patataz fritaz! (gritando y llorando).
—Pues vamos, no te pares.
—Erez malo, no me querez (llorando).
—Sí que te quiero, hija, y no me gusta que llores por una cosa así. Yo intento solucionarlo, pero tú no me dejas.
—Zí te dejo. Tienez que comprarlaz.
—Bien, vamos.
—¿Me llevaz en brazoz? (sin llorar).
—Ya eres mayor para eso.
—Zoy pequeñita.
—Está bien. Sube.
...
—Tampoco hay patatas fritas, lo siento, hija.
Poz vete de mi caza (con el ceño fruncido).
—Yo no tengo la culpa, estamos buscándolas.
¡Vete de mi mundo! (gritando y el ceño aún más fruncido).
—Hija, no te enfades conmigo, tranquila, aún nos quedan sitios por mirar...
—No te quero. ¡Y vete de mi vida! (gritando más, con el ceño fruncidísimo).
A mi hija

sábado, 2 de octubre de 2010

184. Aburrimiento, en 400 palabras (ciento diecinueve).

Aburrimiento

—¿Qué haces?
—Nada.
—Nada no puede ser, algo harás.
—Pues no hago nada. No tengo trabajo.
—¿Y no se te ocurre hacer algo?
—Sí, muchas cosas, pero aquí no puedo.
—¿Por qué?
—Porque son cosas que no debo hacer aquí; aparentemente estoy trabajando.
—Pero no trabajas.
—No.
—¿Y qué vas a hacer?
—Nada. Bueno, sí, tiempo. Voy a hacer tiempo.
—¿Y qué es hacer tiempo?
—En definitiva, esperar sin hacer nada.
—¡Ah! Y esperar ¿qué?
—Esperar a tener cosas que hacer.
—Ya.
—Así es.
—Podrías ayudar a algún compañero.
—Estupendo. Si quieres, ayudo a Alberto.
—Buena idea. ¿Y qué hace Alberto?
—Creo que nada.
—Entonces, ¿a qué vas a ayudarle?
—A no hacer nada. Puede ser divertido.
—Sí, puede serlo.
...
—Jefe, ¿tienes algo para mí?
—No.
—¿Y qué hago?
—Pues... nada.
—Es lo que hacía.
—Hace un rato me has dicho que hacías tiempo.
—Sí, pero es lo mismo que no hacer nada, ¿no crees? Hago tiempo mientras a ti se te ocurre qué puedo hacer.
—Pues... ahora no se me ocurre nada. Quizá mañana.
—Me aburro. ¿No puedes adelantármelo?
—No, no depende de mí. Depende del cliente.
—Pero podemos avanzar algo.
—No si no paga.
—Pero qué más te da. Si no firma, y no paga, al menos he empleado mi tiempo.
—¿Trabajar gratis? Ni hablar.
—Y si firma, tengo adelantado un día.
—No quiero correr riesgos.
—No corres ninguno. Sólo que evitas que me aburra no haciendo absolutamente nada.
—Seguro que tienes cosas más útiles que hacer.
—¿Por ejemplo?
—Documentar el último proyecto, revisar lo que hiciste, reflexionar si lo desarrollaste de la mejor forma posible...
—Eso ya lo hice.
—¿Y?
—Creo que ahora lo haría mejor; quiero decir, lo haría de otra forma y el desarrollo sería más eficaz.
—Pues hazlo.
—Sería trabajar gratis. El proyecto ya está entregado y funcionando.
—Tienes razón, y no me gusta que trabajemos gratis.
—Entonces, ¿qué hago?
—Nada.
—Ya, es lo que hago, pero es tremendamente aburrido.
—Échale imaginación.
—La tengo agotada.
—Lee la prensa.
—No tenemos acceso a Internet, tú nos lo has quitado.
—Mmm, cierto.
...
—Oye, ya he pensado: puedes aprender.
—¿Aprender? Vale. Qué.
—Pues mejorar tus conocimientos de logística, por ejemplo.
—Un curso dices, ¿no?
—Sí, por ejemplo.
—¿Me lo pagas?
—No, claro, no están las cosas para gastos.
—¿Entonces?
—Autoestudio, por Internet.
—Pero si nos has quitado Internet.
—Es verdad... pues no hagas nada.



domingo, 27 de junio de 2010

170. Tu risa, en 400 palabras (ciento diez).

—Me gustas más cuando ríes.
—Pues hoy no río.
—Es una pena.
—No es una pena. No todos los días se ha de reír.
—Yo creo que sí. La risa es muy sana. Además, es contagiosa y yo necesito que me contagies con tu alegría.
—Eso es muy cómodo... ¿por qué no te ríes tú?
—Yo me río cuando tú te ríes.
—Podría ser al revés, ¿no?
—No, yo no sé reírme sin ti.
—Pues hoy no busques mi risa, que estoy triste.
—Ya, ya lo veo. Y es una pena, insisto.
—¿Has probado a reírte tú?
—Sí, lo he probado, pero no me sale. Necesito tu risa.
—No estoy de humor.
—Cuéntame por qué.
—No, no sabría explicarlo. No sé qué me pasa.
—¿Lo intentamos?
—No, no insistas. Creo que lo mejor es dejarlo. Ya se me pasará.
—Como quieras.
...
—Oye.
—Qué.
—Necesito tu risa.
—Y yo.
—¿Entonces?
—Entonces, ¿qué?
—Pues que te rías.
—No puedo.
—¿Todavía no?
—No.
...
—¿Sabes? Tu risa es como la vida para mí. Es un soplo de aire fresco, es el sol que me alumbra cada día, es el agua clara que baña mi cuerpo, es...
—¡No seas cursi!
—Vale, pero adoro tu risa.
—No es para tanto.
—Sí, lo es. Sin tu risa el día está como nublado, no luce el sol.
—Pues hoy lloverá. Es más, hoy va a diluviar.
...
—No te enfades, pero déjame preguntarte: ¿qué puedo hacer para que te rías?
—Nada.
—¿Te hago cosquillas, te cuento un chiste?
—No te esfuerces. Y no me canses más, que hoy no tengo ganas de reírme.
—Como quieras.
...
—¿Sigues triste?
—Sí.
—¿Me lo quieres contar?
—No.
—¿Es por mi culpa?
—No lo sé.
—¿Quieres que me vaya?
—No.
—¿Te vas a reír?
—No.
—Ven, que te enseño algo.
—¿Qué es?
—Una foto.
—¿De quién?
—Tuya.
—¿Y por qué tengo que verla?
—Porque en ella te ríes... a ver si te contagias.
—Hoy no, no estoy de humor, ya te lo dije.
—Pero si la ves a lo mejor te ríes.
—No quiero.
—Allá tú.
...
—Está lloviendo.
—Ya te lo dije. Y diluviará.
—Si te rieras, no llovería.
—No lo creo, llovería igual.
—Prueba a reír y dejará de llover.
—No estoy de humor.
—¿Por qué?
—Porque no me río.
—¿Qué te pasa?
—Creo que la he perdido.
—¿Has perdido qué?
—La risa.
—¿La buscamos?
—No. No aparecerá.

viernes, 14 de mayo de 2010

164. No sigas por ahí, en 400 palabras (ciento seis).

—No sigas por ahí, eso no conduce a nada.
—¡Que te lo crees tú! Ese camino es el bueno.
—Yo creo que no.
—Te equivocas.
—Mira, la prudencia dicta que no debemos aventurarnos sin estar seguros. Y ni tú ni yo lo estamos.
—Yo casi lo estoy.
—Pero no del todo.
—Bueno, pero merece la pena correr el riesgo.
—Mide las consecuencias.
—Ya lo hago y creo que debemos hacerlo.
—¿Y adónde nos llevará?
—No lo sé, precisamente se trata de averiguarlo.
—Es como caer en el vacío, tengo esa sensación.
—Pues yo, no. Además, creo que es la única alternativa que tenemos.
—Hay otra.
—¿Cuál?
—No abordarlo.
—Ya, pero entonces no solucionamos nada.
—Quizá sea mejor.
—Yo creo que no. Esto hay que aclararlo.
—Nos conocemos y los dos sabemos que no es el mejor camino.
—Hazme caso. Si lo hacemos, nos quedaremos tranquilos.
—O saltará todo por los aires.
—No, no lo creo.
—Te veo con mucha seguridad, pero no depende sólo de ti.
—Ya lo sé, depende de los dos, y cuento contigo.
—No lo sé. A lo mejor, si tomamos ese camino... yo creo que es mejor dejarlo como está.
—Yo no opino así. Ya sé que no estamos de acuerdo pero, si no tomamos la decisión, lo que estamos haciendo es trasladar un tema serio a una discusión estúpida.
—Ésta no es una discusión estúpida, estoy tratando de evitar problemas.
—Las cosas hay que aclararlas, si no, saltan cualquier día y con más virulencia.
—Ésa será tu forma de pensar, la mía es la contraria: lo mejor es dejarlo pasar y así no discutimos.
—Pero estamos discutiendo ya.
—Sí, pero sobre un tema sin importancia, no sobre el problema real.
—Lo que es absolutamente estúpido.
—Al revés, discutimos sobre esto, nos desfogamos, y olvidamos la discusión gorda.
—¡Ah! con que iba a ser una discusión gorda, ¿no? ¿Esas tenemos?
—Bueno, no te pongas así, pero sabes que es muy probable que discutamos a brazo partido.
—A lo mejor, no. Sólo se trata de aclarar el tema, no tenemos por qué discutir.
—¡Vamos ya! Si estamos discutiendo por esto, imagínate lo que discutiríamos por el tema que nos ocupa.
—No nos ocupa todavía.
—Mejor.
—¿Mejor?
—Sí, es obvio. Tal y como te pones terminaríamos fatal y yo no quiero eso.
—Yo tampoco, pero necesito aclarar el tema, no puedo más.
—¿Y si lo dejamos ya?
—¡No!

sábado, 27 de marzo de 2010

157. Así no podemos seguir, en 400 palabras (ciento dos).

—Así no podemos seguir, no me dejas espacio.
—No es cierto, te acabo de hacer un hueco.
—¿Un hueco? ¿Tú crees que necesito un hueco?
—¿Qué más quieres?
—Espacio, aire, libertad, ¿te parece poco?
—Bueno, abre la ventana. Pero, te lo advierto, hace un frío de cojones.
—Era en sentido figurado, que todo te lo tomas al pie de la letra.
—¿Al pie de la letra? Si me estás pidiendo aire, abre la ventana, ¿no?
—No te pido aire, te pido espacio.
—Me has pedido aire, pero si quieres espacio, vete a la calle. Ahí enfrente hay un parque con mucho espacio.
—No quieres entenderme.
—Sí quiero, pero a veces te pones en un plan filosófico que no hay quien te entienda.
—Vamos a ver, es muy sencillo: me acogotas, me abrumas, me controlas; ya sé que me quieres y que te sale de natural, no lo haces adrede, pero me tienes en un rincón, no me dejas espacio.
—Y dale con el espacio. Te acabo de hacer un hueco, ¿no? Así cabemos los dos en el sofá.
—No me refiero a eso.
—Entonces, ¿a qué?
—A que me dejes un poco en paz, a que me dejes vivir mi vida.
—Ya la vives. ¿Acaso te prohíbo algo?
—No.
—¿Te obligo a hacer algo?
—No.
—¿Te pido muchas cosas?
—No.
—¿Te impido hacer lo que te apetece?
—No.
—¿Entonces?
—Pues que tengo la sensación de que me ahogas...
—¿Que te ahogo? ¿Cómo?
—Con tu presencia.
—¡Ah! Quieres que me vaya, ¿no?
—No, no es eso. Es que...
—Claro, ya sé lo que pasa. Te casaste y ahora echas de menos la soltería. Te gustaría una vida sin compromisos, ¿es eso?
—No, claro que no.
—Pues explícate.
—Ya te lo he dicho, necesito aire, necesito espacio.
—Pues abre la ventana o vete al parque. Pero te advierto que hace un frío de cojones.
—Y dale, ¡joder!, no me entiendes.
—Oye, estoy pensando... tú no me quieres, ¿verdad?
—Claro que te quiero, te adoro.
—Pues no lo parece. Me has dicho que te ahogo, que te acogoto, que te abrumo y te controlo. Y yo eso no lo hago. Simplemente, te quiero.
—Sí lo haces, aunque sea inconscientemente.
—También me has dicho que no tienes libertad, y yo te la doy toda.
—Sí, es cierto, no me quejo.
—Entonces, ¿a qué viene todo esto?
—Ya te lo he dicho: necesito espacio, aire.

lunes, 8 de marzo de 2010

153. ¿Qué hacemos?, en 400 palabras (noventa y nueve).

—¿Qué hacemos?
—Lo que quieras.
—Prefiero que decidas tú. Sorpréndeme.
—Sí... Te puedo sorprender, pero quizá no te guste.
—Pues prueba.
—No creo que lo aceptes.
—Bueno, inténtalo.
—Bien. ¿Nos vamos a la cama?
—¿Qué dices? Si son las cinco de la tarde.
—No hay mejor hora.
—No hay mejor hora para qué.
—Pues para irnos a la cama.
—A hacer qué.
—¿Tú que crees?
—Pues... no sé. ¿A dormir la siesta?
—Sí, claro, o a jugar al parchís. Vamos a ver: ¿qué se puede hacer en la cama a las cinco de la tarde?
—Pues... mira, no caigo. Dímelo tú.
—No te apetece, ¿no?
—No me apetece qué.
—Que vayamos a la cama.
—Yo no he dicho que no me apetezca. He preguntado que para qué.
—¿Tengo que decirlo explícitamente?
—No hace falta, si no quieres. Pero si no me lo dices, no sé qué vamos a hacer.
—¿Me estás tomando el pelo?
—No. Simplemente quiero saber lo que quieres hacer en la cama.
—Bueno, veamos, estudiemos las posibilidades: estamos solos en casa, los niños no llegan hasta esta noche, hace una primavera fantástica, la temperatura es ideal, nos queremos, la música que has puesto es deliciosa e invita a...
—¿A qué?
—¿A qué crees?
—Dímelo tú.
—Pues invita a irnos a la cama. Cerramos la persiana y encendemos unas velas...
—Sí, no es mala idea. Es muy romántico. ¿Y luego?
—Pero qué torpe eres... ¿Tengo que decirlo todo?
—Me has llamado torpe.
—Sí, pero no era mi intención; es una forma de hablar.
—Pero me has insultado.
—Ya te he dicho que no quise decirlo. Perdona.
—Pero me has insultado.
—Bueno, sí, es cierto, te he insultado. Pero de forma cariñosa, ¿no?
—Pues me ha parecido que no.
—Mira, te llamé torpe porque no entiendes. Aunque yo creo que sí lo entiendes, pero no quieres hacerlo.
—No quiero hacer qué.
—¡Joder...! Pues lo que se hace en la cama.
—¿Dormir?
—Se hacen otras cosas, ¿no crees?
—Pues no lo tengo claro.
—Me estás exasperando.
—Te alteras por nada.
—¿Cómo no me voy a alterar? Llevo quince minutos tratando de convencerte.
—Pues no lo has conseguido, ya ves.
—O sea que no quieres.
—Sí, sí quiero, torpe, que eres más torpe...
—¿Torpe yo?
—Sí, no aguantas una broma.
—¿Una broma?
—Sí.
—Vaya, con que ésas tenemos, ¿eh? Pues ahora soy yo quien no quiere. Ya no tengo ni ganas...

sábado, 30 de enero de 2010

148. ¿Qué tal estás?, en 400 palabras (noventa y cuatro).

—¿Qué tal estás?
—Bien.
—¿Te aburres conmigo?
—No.
—Pues lo parece, contestas con monosílabos.
—Sí.
—¿Estás pensando, quizás, que soy pesado?
—No.
—¿No te importa que te interrogue?
—No.
—¿Me estás prestando atención?
—Sí.
—Voy a apagar la tele, así no te me distraes.
—Bien.
—Ya. ¿Piensas en algo ahora?
—No.
—Yo, sí.
—Qué.
—Pues pienso que te aburro, que te canso.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—Quizás te estoy interrumpiendo.
—No.
—¿En qué piensas?
—Psss...
—¿En mí?
—No.
—¿En nosotros?
—Sí.
—¿En nuestra relación?
—Sí.
—¿Estás satisfecha?
—No.
—¿Puedo preguntarte por qué?
—No.
—Entonces, si no me dices por qué, no podré solucionarlo.
—No.
—¿Me quieres?
—Sí.
—¿Entonces?
(Silencio)
—¿Quieres contestarme?
—No.
—Me estás exasperando.
—Sí.
—Lo haces adrede.
—Sí.
—No me quieres.
—Sí.
—Sí, qué. ¿Que me quieres o que no?
—Sí.
—¿Me das un beso?
—No.
—¿Por qué?
(Silencio, mirándome fijamente a los ojos).
—Me estoy empezando a enfadar. A ver, sólo sabes contestar sí o no, o te quedas callada.
—Sí.
—Creo que me tomas el pelo.
—No.
—¿Lo dices en serio?
—Sí.
—¿Sabes cuántas palabras tiene el diccionario de la Lengua?
—No.
—Yo tampoco, pero creo que superan las ochenta y ocho mil, y tú sólo has utilizado cinco, y una no está en el diccionario.
—¿Cuál?
—Psss.
—¡Ah!
—¿Es que quieres que me enfade?
—No.
—¿Entonces?
(Silencio)
—¿Me quieres explicar?
—No.
—Bien, me callaré.
(Pasa un rato)
—Oye.
—Qué.
—¿Hablamos?
—Sí.
—¿Sobre qué te gustaría hablar?
—Psss...
—¡Otra vez! ¿Podrías ser más explícita?
—No.
—Mira, que te zurzan. No aguanto más.
(Silencio)
—Me estás cabreando y así no vamos a ninguna parte.
—No.
—¿Quieres hablar en serio de una vez por todas?
—Sí.
—Bueno, menos mal... Cuéntame algo.
—No.
—¿En qué quedamos? ¿Vas a hablar o no?
—Sí.
—Pero no me cuentas nada.
—No.
—¿Y?
(Silencio)
—Bueno, vale, ahí te quedas. Yo me voy. No aguanto más.
—¡Eh!
—Qué.
—No.
—¿No, qué?
—No.
—¿Que no me vaya?
—Sí.
—¡Uf! No te entiendo.
—No.
—Eso ya lo sé. Ni te entiendo ni tú me entiendes a mí. Esto no tiene solución.
—Sí.
—Que sí, qué. ¿Que tiene solución?
—Sí.
—Sí, sí la tiene: que me vaya de una vez.
—No.
—¿Que no me vaya?
—Sí.
—Me desesperas, corazón.
—Sí.
—Otra vez. Sí, ¿qué? Mira, si quieres tomarme el pelo, me lo dices; si te has cansado de mí, me lo dices también y yo me voy.
—Sí.


lunes, 29 de junio de 2009

117. Hola, en 400 palabras (setenta y ocho).

—¡Hola!
—…
—Bien, ¿y tú?
—…
—Qué parco eres, hijo, para eso no te llamo.
—…
—Sólo te preguntaba que qué tal tú. No es para que te pongas así.
—…
—¡Bueno…! Vaya humor que tenemos hoy…
—…
—Ya lo sé, es cierto que estoy un tanto susceptible, pero lo tuyo es exagerado.
—…
—Venga, de acuerdo. Empecemos otra vez.
—¡Hola!
—…
—Muy bien, ¿y tú?
—…
—¿Lo ves? Esto ya es otra cosa. ¿Qué tal tu día?
—…
—El mío regular, pero contenta. He tenido muchísimo trabajo hasta ahora, pero todo me ha salido bien.
—…
—Gracias. Por eso te llamo, para contártelo y porque tengo un ratito.
—…
—Ya, ya sé que estás liado, pero podemos hablar un rato, ¿no?
—…
—Te entretengo poco, ya verás.
—…
—Es que… te echo de menos.
—…
—No, no te preocupes, no me oye nadie.
—…
—Había pensado que esta tarde…
—…
—¿Qué llegarás tarde? Vaya, ¡qué pena!
—…
—Porque te iba a proponer algo distinto…
—…
—Pues, hijo, si te pones así se me quitan las ganas.
—…
—Pues las ganas… las ganas de contártelo… y de hacerlo.
—…
—¡Que no me oye nadie! Estoy sola, ¿y tú?
—…
—¡Ah! Pues disimula ¿no? A mí no me oyen.
—…
—Vale, pues sigo.
—…
—No te enfades y escúchame.
—…
—Me estoy controlando.
—…
—Es que… te quiero mucho.
—…
—No será momento para ti, pero para mí sí lo es.
—…
—Y te iba a proponer… ¿tienes tiempo?
—…
—Pues te iba a proponer que llegáramos pronto a casa, antes de que aparezcan los niños y…
—…
—Hoy los niños tiene extraescolares. No vuelven hasta las ocho.
—…
—¿Que no puedes? Seguro que sí, cuéntale una milonga a tu jefe y te dejará.
—…
—¡Jo, eso lo puedes hacer mañana!
—…
—Ya veo lo que me quieres.
—…
—Creo que hace años que no te lo pido.
—…
—Ya, lo entiendo, es importante… pero aún no conoces mi propuesta.
—…
—¿Qué no puedes seguir hablando?
—…
—Bueno, dime si vas a poder o no estar en casa a las cinco.
—…
—¿Que no sabes?
—…
—Descolgaremos el teléfono.
—…
—Y apagaremos los móviles y echaremos la gitana.
—…
—Pero…
—…
—Vale, espero.

—…
—¿Que no puedes?
—…
—¿Que es más importante tu trabajo?
—…
—¿Cómo que no?
—…
—No me quieres nada.
—…
—¡Que te vayas a la…!
—…
—¿Qué no te diga qué?
—…
—Estoy en mi derecho
—…
—No estoy de acuerdo. Eres un borde.
—…
—Mañana no me apetecerá. Me dolerá la cabeza.
—…
—Mira, te espero a las cinco. Si no llegas, no se te ocurra ni ir por casa.
—…
—No. A ninguna hora.
—…
—Y mañana tampoco.