Bienvenido a este mi cuaderno de bitácora

Querido visitante: gracias por pasar por aquí y leerme.
Aquí encontrarás ligeros divertimentos y algunas confidencias personales, pocas.
A mí me sirve de entretenimiento y si a ti también te distrae, ¡estupendo!.
Si, además, dejas un comentario... ¡miel sobre hojuelas! Un abrazo,
Guarismo.

domingo, 15 de julio de 2012

274. El anciano, en 400 palabras (ciento noventa y tres).

El anciano

Parecía cansado, muy cansado, el hombre. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando él se sentó a mi lado, con esfuerzo. “Me cuesta hasta sentarme, me duelen todos los huesos”. “¡Vaya!, lo siento”, dije. “No, no se preocupe, la vejez es así. Y gracias que vivo, que voy a cumplir noventa y tres. Lo que pasa es que esto no es vida. Y no me quejo: la cabeza aún me funciona, aunque otras cosas ya no. Si ando un rato, me canso y me duele la cadera derecha, me duelen las rodillas y todos los músculos; si me quedo sentado o tumbado unas horas, apenas si puedo levantarme, me duele todo, no se puede imaginar usted cuánto; de la próstata, ni le cuento; el corazón se me acelera a veces, sin avisar; tengo el estómago hecho una birria, apenas tolero nada; estoy medio sordo y cada vez veo menos; las manos me tiemblan, imagínese el numerito para comer, para lavarme y para leer el periódico. En fin, que es una pena llegar a viejo”. “Bueno, pero le veo bien, no parece que tenga noventa y tres”, dije yo, no exento de pena. “No, sí, si para la edad que tengo estoy bien. Estoy en una residencia, ¿sabe? Mis hijos no querían, pero tomé yo la decisión. Cuando vivía mi mujer, que en paz descanse, nos fuimos los dos a una residencia. Yo no quería ser una carga para nuestros hijos y, aunque mi mujer no estaba muy convencida, yo la obligué. Pobrecilla. Murió de una neumonía hace unos meses. Yo me he quedado solo. Los domingos me trae mi hija a comer a su casa. Está bien, pues veo a mis nietos y a mis bisnietos, que me alegran la vida. Tengo cuatro nietos y nueve bisnietos, ¿sabe usted? Por ellos quiero vivir, y por conocer a mi primer tataranieto, que está en camino. Pero esto no es vida. Yo creo que la naturaleza es injusta. Me hace vivir a mí y se lleva a gente joven. No, no es justa. A mí no me importa sufrir, pero me duele ver cómo sufre la gente. Yo debería estar muerto ya y, en cambio, otros deberían vivir. Yo ya no sirvo para nada, soy un estorbo”.

domingo, 8 de julio de 2012

273. La mujer feliz, en 400 palabras (ciento noventa y dos).

La mujer feliz

Parecía muy feliz, la mujer. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando ella se sentó a mi lado, canturreando. La miré sorprendido. “¡Buenos días!”, me saludó riendo. “Buenos días. Parece usted contenta”. “Sí, lo estoy. ¿Sabes por qué?”. “Pues no, no lo sé, pero me alegro. No es habitual encontrase con gente feliz”. “Pues yo lo soy. Y lo tengo que contar”. “¡Estupendo, cuéntame!”. “Pues mira, tengo 41 años, estoy casada, tengo tres hijos, el mayor de 13 años y las gemelas de 10, tengo un marido que me quiere, tengo trabajo, que me gusta, y no tengo más problemas que los normales, sin importancia”. “¡Vaya! Da gusto oírte”. “A lo mejor te molesto; igual piensas que soy pesada”. “No, no, en absoluto. Me encanta oír a alguien feliz. Últimamente pasan por este banco muchas penas…”. “Pues mira, me alegro de que me escuches; estoy tan contenta que no podría callarme. La vida me sonríe. Mis hijos son una delicia: el mayor cuida de sus hermanas, es responsable y muy listo y no da ninguna guerra. Las gemelinas, así las llamamos, son una ricura. Casi unas mujercitas, ya. Sólo me dan satisfacciones los tres. Y mi marido… bueno, un ángel, todo un caballero, me adora y me mima. Y yo lo quiero mucho. Todavía disfrutamos a tope en la cama y…”. Se interrumpió; yo creo que se ruborizó un poco. “¡Qué bien! Me alegro”, le dije para animarla a seguir. “Sí, la verdad es que estoy viviendo una época feliz, de calma chicha en la playa y viento en popa a toda vela en la mar…”. “¿Te gusta la mar?”. “Me chifla. A mi marido le entusiasma todo lo relacionado con la mar. Él me dijo que es la mar, no el mar. Le gusta la playa, la disfruta, le gustan las olas, la arena. Le enamora navegar. A veces, en verano, alquilamos un barquito y navegamos cerca de la costa. Son días muy felices. Los niños lo pasan en grande, y…”. Me pareció que se ruborizaba otra vez. “Pues, ¿sabes?, me da apuro decirlo, pero es que es una delicia…”. Dudó. Bajó la voz: “… en el barquito practicamos el nudismo, es una gozada. Y en la playa, siempre que podemos, también. Libera”. 

jueves, 5 de julio de 2012

272. El hombre con bigote (2), en 400 palabras (ciento noventa y una).

El hombre con bigote (2)

Estaba cabreado, el hombre, muy cabreado. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando el hombre del bigote se sentó a mi lado, echando chispas de nuevo. “Esto no puede ser, no puede ser”. Hablaba rápido y en voz bien alta. Creo que quería que se enterara todo el barrio. “Este Rajoy es un pasmao. El anterior, ese Rodríguez iluminado, incompetente y fláccido, lleno de rencor, que hundió este país en la miseria, anda por ahí, de consejero, cobrando una pasta gansa. Y a saber sus ministros”. “Bueno, ya, pero…”. “De bueno, nada,”, me interrumpió, “no hay derecho. Y este Rajoy sin denunciarlos. Tenían que estar todos en la cárcel, demandados por malversación de fondos públicos. Pero no pasa nada. Ahora nos toca pagar a nosotros, al ciudadano de a pie. Bajan los sueldos, suben los impuestos, nos hacen pagar más medicamentos, congelan las pensiones, si es que no las van a bajar, recortan el subsidio… pero no, a ellos ni tocarlos. Estos son como los otros, iguales. Todo lo que hacen es joder al ciudadano, como si el ciudadano tuviera la culpa del caos económico”. “Ya, pero es que Europa nos obliga”, dije tímidamente. “¿Europa? Si Rajoy tuviera cojones, que no los tiene, reuniría a sus colegas europeos y les diría: Hasta aquí hemos llegado. Ya no subo más los impuestos, ni bajo los sueldos ni toco las pensiones, ya no recorto más en educación ni en sanidad. Ya no jodo más a mis conciudadanos. Si les gusta, bien. Y si no, échenme del euro, si tienen güevos”. “Estaría bien”, contesté. “Es que esto no puede ser. Y que eche a la calle a la mitad de los políticos, y que meta en vereda a las autonomías para que dejen de gastar en chorradas varias, y que deje en cero las subvenciones de todo tipo, y que…”. “Quiere usted arrasar con todo”, dije. “Sí, claro. El problema, sabe usted, es que no coge el toro por los cuernos. Lo ha cogido por el rabo y, en una de éstas, el toro nos va a empitonar. O nos ha empitonado ya, y si no pregúntele a esos seis millones de parados. Por eso digo que Rajoy es un pasmao”. Lo miré fijamente, asintiendo.

domingo, 1 de julio de 2012

271. La mujer guapísima (3), en 400 palabras (ciento noventa).

La mujer guapísima (3)

Era guapa, la mujer, guapísima, y muy atrevida. Ya éramos casi amigos. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando ella se sentó a mi lado, seria. “El otro día le dije que me gustaba y usted huyó”. “No, no huí, se lo expliqué, tenía que irme”. “¿Se lo contó a su mujer?”. “Sí”. “¿Y qué le dijo?”. “No me creyó”. “Mejor, ¿no?”. “No sé, bueno, quizá sí”. “Sí, así podemos ligar. Usted se lo cuenta, cumple, y como no le cree, tiene las manos libres”. “Es… no es tan sencillo. Yo quiero a mi mujer”. “Ya, pero yo le gusto”. “Sí”. “Y usted me gusta a mí”. “Eso me dice”. “¿No me cree?”. “Sí, si me lo dice, sí, supongo que sí”. “Entonces, nos gustamos, ¿no?”. “Sí”. “Pues…”. “¿Y qué dice su marido?”. “Nada. No se lo he contado. Si se lo cuento se pone hecho una furia”. “Vaya”. “Es que es muy celoso”. “Sí, ya me lo dijo”. “Bien, estábamos en que nos gustamos, ¿no?”. “Sí”. “¿Y qué hacemos?”. “No sé. ¿Usted qué quiere?”. “Me gustaría intimar con usted”. “¿Qué quiere decir con intimar?”. “¿Hace falta que se lo explique?”. “Quizá sí, ¿no? Hay muchas formas de intimar… de hecho, ya estamos intimando”. “Sí, pero me refiero a más, quiero intimar más”. “Paso a paso, ¿no?”. “Es que usted me gusta mucho”. “También usted me gusta, es muy atractiva, ya se lo dije, pero…”. “¿Pero qué? Yo le gusto, usted me gusta, ¿no le gustaría avanzar más?”. “Mire, si pudiera abstraerme de mi vida actual, me encantaría, está usted estupenda, pero…”. “¿Más peros? Usted me gusta y me atrae. Cada día sueño con encontrarme aquí con usted. Quiero más”. “¿Y qué quiere?”. “¿No se lo imagina? A ver si resulta que es usted torpe”. “Torpe no, estúpido sí, probablemente”. “Pues no sea estúpido y no me rechace”. “No la rechazo, es que…”. “Ya, ya me ha contado que quiere a su mujer, pero yo le gusto, ¿no?”. “Sí, ya se lo he dicho”. “¿Entonces?”. “Entonces, ¿qué?”. “Pues si nos gustamos, usted me atrae y yo le atraigo, podemos avanzar, ¿no?”. “Sí, supongo que sí, pero…”. “Vaya, otra vez un pero. Veo que no le gusto”. “Sí, sí me gusta”. “Pues avancemos más”.

sábado, 30 de junio de 2012

viernes, 22 de junio de 2012

269.La pareja discutidora, en 400 palabras (ciento ochenta y nueve).

La pareja discutidora

Estaban enervados, los dos, ella y él. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando una joven pareja se sentó a mi lado, discutiendo. Debían llevar discutiendo ya un buen rato, pues se les veía acalorada a ella y muy serio a él. “No, así no”, decía ella. “Pues tendrá que ser así”, contestaba él. “Pues no, ni pensarlo”. “Pues tú verás”. Se callaron, quizá al denotar mi presencia. Yo seguí leyendo el periódico. Los miraba de reojo. No creo que pasaran de los treinta ninguno de los dos. Los dos, guapos: ella, rubia, con muy buen tipo, cutis perfecto y unos ojos azul mar; él, de piel morena, ojos castaños y porte elegante. Ella lo miró y trató de sonreír. Más que una sonrisa le salió una mueca. Él la miró, muy serio, como diciendo: ¿intentas sonreír con la que estás liando?, pero no lo dijo. Al rato, él le cogió la mano y ella dio un respingo y quitó la mano inmediatamente. No se dijeron nada. Más tarde, yo ya había leído el periódico, él dijo: “Muy bien. Tenemos que aclarar esto”. “Sí”, respondió ella. “Entonces, ¿lo analizamos otra vez?”. “Mira que eres pesado, ¿no?”. “Acabas de decirme que sí”. “Que sí, ¿a qué?”. “A que tenemos que aclararlo”. “Sí, pero no me refería a ahora”. “¿Cuándo, entonces?”. “Cuando me calme, estoy excitada”. “¿Excitada? Pero si tú no te excitas, ése es el problema”. “Mira, eso es culpa tuya, no sabes hacerlo”. “¡Que no sé…! Bueno, mira, lo que no puede ser es que sólo lo hagamos una vez a la semana y encima no lo disfrutemos. Porque, si tú no disfrutas, yo tampoco”. “¡Cínico!”. “Es verdad”. “Tú siempre piensas en lo mismo y no me das tiempo”. “¿Qué no te doy tiempo? ¡Venga ya! Ahora la excusa es el tiempo, ¿no?”. “No es excusa. Es que me siento acosada. Alguna vez me gustaría llevar a mí la iniciativa”. “Bien, de acuerdo. Tú me dices”. “Pues ya está”. “¿Ya está qué?”. “Que ya está aclarado, ¿no?”. “Si tú lo dices… lo que ha pasado es que yo he cedido, como siempre”. “¡Qué cínico eres! El problema es que tú siempre quieres salirte con la tuya y nunca me comprendes”. Me hice el sueco.

sábado, 16 de junio de 2012

268. La mujer loca, en 400 palabras (ciento ochenta y ocho).

La mujer loca

Parecía loca, la mujer. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando ella se sentó a mi lado, con los ojos tan saltones que parecían que se le iban a salir de un momento a otro. “La María es una estúpida, no la aguanto más. Y hoy mi marido va y dice que se va de casa, que no me aguanta. ¡Y qué! Que se vaya. La María me ha engañado con otra y eso no se lo consiento. Pues sólo por eso hoy no compraré el pan. ¿A usted que le parece, buen hombre?”. “Pues yo…, no sé, ¿qué me parece qué? ¿Lo del pan, lo de María o lo de su marido?”. “Pues lo del pan, claro. Hoy no lo voy a comprar”. “¡Ah! Bueno”. “Es que, mire, lo de María no tiene nombre. Había quedado conmigo en acompañarme al Corte Inglés y me llama para decirme que no puede. Vale, le digo, no importa. Y luego la veo con la Maite tomando café. Pues que se quede con ella. Yo ya tengo bastante con mi marido”. Se calla unos segundos. Yo, para que parezca que le hago caso, le pregunto: “Pero su marido, ¿no se va de casa?”. “¡Ah! Sí, eso dice, pero no se va. Y hoy se queda sin pan. ¿Sabe? A mi marido le gusta mucho el pan. Así que hoy, que se joda. Pero no se va, no, no tenga usted cuidado. A él le gusta mi cuerpo más que comer con los dedos. ¿No le he contado lo de la farmacia? He ido a comprar lo de siempre y me dicen que no lo tienen. Les he armado un pollo. ¿Pero es que no lo compro todas las semanas desde hace años?, les he dicho. Y no crea que me han respondido: Perdón, señora. No, nada de eso. Me han dicho que vuelva mañana. Pues mi marido no se va, no, no se preocupe”. “No, si yo…”. “Lo conozco y me amenaza cada vez que le digo que no, y ayer se lo dije porque me dolía la cabeza. ¿Sabe? A mí también me duele la cabeza”. “Sí, claro”, dije, por cumplir. “Y a la María que le den. Tengo más amigas. Deje que le cuente…“. Desconecté.   

domingo, 10 de junio de 2012

267. La mujer guapísima (2), en 400 palabras (ciento ochenta y siete).

La mujer guapísima (2)

Era guapa, la mujer. Ya la conocía. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando ella se sentó a mi lado, sonriendo. “¡Hola!”. “¡Hola!”. “¿Me va a echar un piropo hoy?”. “Claro. Está usted estupenda”. “¿Nada más?”. “Sí. Puedo decirle más cosas: es usted guapa, elegante, atractiva…”. “Gracias. Me gusta”. “¿Le gusta lo que le digo o le gusto yo?”. “Me gusta usted, y también lo que me dice”. “¡Vaya! No me lo esperaba”. “¿No se esperaba qué?”. “Que yo le gustara”. “Pues así es. No le molestará, ¿no?”. “No, por supuesto. Me encanta”. “¿Se lo va a decir a su mujer?”. “Pues no sé, supongo que sí, aunque a lo mejor no le gusta”. “¿No le gusta que se lo cuente o no le gusta que usted me guste?”. “Supongo que no le gustará que yo le guste a usted”. “¿Por qué no? Debe sentirse orgullosa de que su marido le guste a otra”. “Sí, imagino que sí, pero a lo mejor, o a lo peor, ella piensa que estoy ligando con usted”. “¿Y no lo está haciendo?”. “Bueno, pues no sé… es usted quien ha dicho que le gusto, yo no he dicho nada”. “Sí, me ha echado piropos, me ha dicho que estoy estupenda”. “Sí, claro, es que usted lo está”. “Entonces, ¿le gusto?”. “Sí, me gusta, pero eso no significa que quiera ligar con usted”. “Ya, pero es el primer paso, ¿no?”. “Yo diría que es una condición necesaria porque, si no me gustara, no querría ligar con usted”. “Entonces, ¿quiere ligar conmigo?”. “Yo no he dicho eso”. “No, por eso le pregunto”. “Pues… bueno, me gustaría, claro, es usted guapísima, parece simpática y seguro que es cariñosa”. “Lo soy, y mucho”. “Me lo imagino, sí, pero, ya sabe, estoy casado y…”. “Yo también estoy casada”. “¿Y su marido?”. “Es muy celoso”. “Lo entiendo. Yo también lo soy”. “¿Es guapa su mujer?”. “Sí, mucho”. “¿Y celosa?”. “No, yo creo que no”. “Pues mejor, ¿no? Así se lo puede contar y no tendrá problemas”. “Contarle qué, ¿qué yo le gusto a usted o que usted me gusta a mí?”. “Ambas cosas. Nos gustamos, ¿no?”. “Sí, claro, bueno, pero yo…”. “Mire, hay que ser realistas”. “Sí, sí, es mejor”. “Usted me gusta”.

sábado, 2 de junio de 2012

266. El hombre con bigote, en 400 palabras (ciento ochenta y seis).

El hombre con bigote

Estaba como enfadado, el hombre. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando un hombre con bigote se sentó a mi lado, despotricando. “Es una barbaridad”, decía. Yo lo miré y callé prudentemente. Él siguió: “Es que esto no puede ser, hay que arreglarlo, este país se cae a trozos y no hay nadie que lo solucione, los políticos son unos incompetentes, los banqueros, unos ladrones, los jueces, unos cantamañanas, los empresarios, unos egoístas, los sindicatos, unos desgarramantas, los trabajadores, unos vagos, los nacionalistas, unos pueblerinos…”. “Vaya, no deja usted títere con cabeza”, le interrumpí, un poco alarmado. “La prima de riesgo en las alturas (podríamos santificarla ya), los bancos son un agujero negro…”, continuó, sin tener en cuenta mi interrupción. “Y la sociedad está adormecida, anestesiada. Aparece de pronto un 15M, pero no resuelve nada, son cuatro gatos, desorganizados además. Esto no puede seguir así. Hay que hacérselo ver a estos políticos que tenemos. Unos, con su maquinaria de propaganda y su demagogia, sólo se dedican a mentir para ganar votos y dicen que se preocupan por la sociedad… ¡Ja! Resulta que son los primeros en bajar sueldos y subir impuestos, y gastan a manos llenan como si esto fuera Jauja. Los otros, tan listos ellos, no dan pie con bola: prometen sin saber y no les queda más remedio que desdecirse. Toman las medidas que los otros no tomaron y resulta que no arreglan nada. Empiezan a acojonarse… Para colmo, tenemos a los nacionalistas, que sólo piensan en su ombligo y quieren ser independientes, pero con ayuda del Estado. Y Europa, ¡vaya patulea de funcionarios sin espíritu! Llevan años viendo la crisis y hablando, reuniéndose, discutiendo, analizando… total para nada. No dan una. Amenazan, obligan, restringen, recortan. Pero no impulsan, no deciden, no ayudan, no resuelven, no cogen el toro por los cuernos. Cuando las vacas gordas, alimentadas artificialmente con ladrillos y cemento, engordadas por la codicia humana, atiborradas de dinero fácil, ningún sabio europeo advirtió de que la gordura era falsa, de que iban a pinchar algún día y se les iba a escapar el engorde convertido en gases. Ahora todo son lamentos. Es necesaria una revolución, pacífica, claro, y nadie se ha enterado. ¿Reaccionará algún día la sociedad?”. “Espero”, dije.

domingo, 27 de mayo de 2012

265. La joven descarada, en 400 palabras (ciento ochenta y cinco).

La joven descarada

Estaba alegre, la joven. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando una joven, quizás de unos veinte años, se sentó a mi lado, sonriendo. La miré, no era para menos: joven, bella, alegre. Pero no dije nada. “Hola”, me dice. “Hola”, le digo. “Eres muy atractivo”. “¡Vaya! Gracias”, respondí aturdido. “Es verdad… y te lo debo decir, ¿no?”. “Pues… no sé, bueno, sí, gracias. Tú también eres muy atractiva. Y muy joven”. “Sí, soy guapa, ¿no? Y joven, veintiún años”. “¡Quién pudiera!”. “¿Te gustaría tener ahora veintiún años?”.”Sí, claro”. “¿Y qué harías?”. “Pues no lo sé, disfrutar de la juventud, supongo”. “¿Ligarías conmigo?”. “¡Seguro!”. “¿Y ahora?”. “Bueno, verás, yo... eres muy joven”. “Sí, veintiún años”. “Sí, y yo soy viejo para ti”. “Me gustan los hombres maduros”. “Bien…”. “Y tú me gustas. Te he venido observando estos días. Te he visto aquí con un hombre mayor, con una mujer muy guapa, mayor también, con un hombre con un sombrero… Hablabas con ellos y parecías pasarlo bien”. “Sí, así es. Me gusta hablar con la gente”. “Y a mí. Por eso me he acercado”. “Un detalle, que te agradezco”. “Pero no lo he hecho sólo por hablar”. ‘¡Ah!, ¿no?”. “No. Es que me gustas, ya te lo dije”. “Eres muy amable”. “No, soy egoísta. Mira, si tú me gustas, y nos conocemos, sería absurdo que no te lo dijera, ¿no?”. “Pues no sé”. “Sí, lo sería. Tú me gustas, me encanta verte de cerca, me encanta hablar contigo… y me encantarían otras cosas”. “¿Otras cosas? Cómo cuáles”. “¿Necesitas que te las diga? ¿No tienes imaginación?”. “Sí, supongo, claro, pero quizás soy muy mayor para eso”. “¿Para qué?”. “Para eso que piensas”. “¿Y qué pienso?”. “No sé, dímelo tú”. “¿Sabes? Te imagino acariciando mi espalda y un cosquilleo delicioso recorre mi cuerpo. Mira, se me pone el bello de punta”. “Pero ¿no te parece arriesgado? No me conoces”. “Sí, ya te conozco, eres buena persona, seguro, y me gustaría que me acariciaras la espalda. ¿Me das unos masajes en el cuello?”. “¿Aquí?”. “Sí, no es nada malo, ¿no?”. “No, no, por supuesto”. “Espera que me bajo un poco la camiseta. Ya. Empieza suave”. “Sí”. “Me estás poniendo”. “Oye, preciosa, mejor lo dejamos, ¿no?”. “No. Sigue, sigue”.   

domingo, 20 de mayo de 2012

264. El hombre del sombrero, en 400 palabras (ciento ochenta y cuatro).

El hombre del sombrero

Estaba feliz, el hombre. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando un hombre, quizás de unos setenta años, con un sombrero blanco de ala, se sentó a mi lado, riendo. “¡Vaya! Le veo contento”, le dije. Se lo dije porque ya lo había visto otras veces por el barrio y sentí como si lo conociera. “¡Sí!”, me respondió, “estoy contento. Lo hago como terapia, ¿sabe? Quiero decir, estoy contento por obligación. A lo largo de los años me he convencido de que estar triste no conduce a nada, sólo a una tristeza cada vez más profunda. Así que me propuse hace ya tiempo estar contento. Y, créame, se consigue. Yo, lo he conseguido. Y ahora puedo decir que vivo feliz. Me río, pienso en cosas bonitas, me entretengo con mis recuerdos más dulces, rechazo los más amargos, cuento chistes, echo piropos a las chicas, beso a mi mujer, aunque a ella cada vez le gusta menos, pero yo lo hago, juego con los niños, cuido a mis nietos, me he comprado un perro, no veo los telediarios ni sigo las tertulias en la radio, tan crudas, tan pesimistas, sólo veo películas cómicas o románticas y algunas policíacas, juego a la lotería todas las semanas y mantengo la esperanza de que me toque, hasta que no me toca y vuelvo a jugar pensando que me tocará la próxima vez, me río de mí mismo, doy saltitos por la calle, me pongo este ridículo sombrero y saludo a todo el mundo. Créame, yo antes era una persona triste, siempre preocupado por todo y por todos, que no dejaba en mi mente ningún hueco a la alegría. Me hacía creer a mí mismo que era una persona responsable… pero, no. Lo que era es una persona triste, sin ánimo, sin ilusión, pesimista, siempre preocupado por cosas nimias e incapaz de afrontar la vida con optimismo. No me reía. Me di cuenta una vez que estaba con unos amigos y a uno de ellos le dio por contar chistes. Me reí como nunca y me salieron agujetas en los músculos de la cara. Esto no puede ser, me dije, y estudié mi vida. La vi triste. Me prometí cambiar y, ya ve usted, he cambiado. Soy feliz”.


domingo, 13 de mayo de 2012

263. El hombre sin rastro (2), en 400 palabras (ciento ochenta y tres).

El hombre sin rastro (2)

Estaba triste, el hombre. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando él se sentó a mi lado, resignado. “¿Cómo está hoy? Lo veo serio”, le dije. “Sí, lo estoy. Ya le dije que soy el hombre sin rastro, y se lo expliqué, ¿se acuerda?”. “Sí, claro, eso no se me olvida. Hizo usted una reflexión muy interesante”. “Sí, supongo. Pero he reflexionado más y no creo que siempre haya sido así”. “Me alegro. ¿Por qué lo dice?”. “La realidad es que tengo la sensación de no haber dejado rastro…, aunque creo que en algunos casos fue distinto. Mire, déjeme que le cuente: es cierto que no he dejado rastro alguno allá por donde he pasado. Nadie se acuerda de mí, nadie me llama para preguntarme qué tal estoy, soy insignificante en la vida de aquéllos con los que he convivido, laboralmente, durante años. Incluso, como ya le dije, aquéllos por los que me desviví y colmé de beneficios. Pero ayer descubrí que no todo es así, o no todos son así. Me encontré casualmente con un colaborador mío de hace más de 20 años. ¡No se puede imaginar cómo me puso! Para bien, gracias a Dios. Me dijo que soy el mejor jefe que nunca ha tenido, que soy el que más sabe de mi sector, que aprendió todo de mí, que mi calidad humana no la ha vuelto a encontrar jamás, que… bueno, no le digo más, que me ruborizo. Entonces le pregunté abiertamente: ¿y por qué nunca me has llamado? Tienes razón, tenía que haberlo hecho un montón de veces, pero, ya sabes, la vida nos come y no nos deja tiempo para nada, pero créeme, me acuerdo mucho de ti, te tengo en un pedestal, perdóname… me respondió. Eso me hizo reflexionar y concluí que es posible que todavía algunos se acuerden de mí y aún me quieran, pero no tienen tiempo u ocasión de expresármelo. Satisface pensarlo, ¿no?, aunque no deja de ser triste. Luego hice otra reflexión: habrá unos que piensen así, bien, y otros que sean incapaces de reconocer lo que hice por ellos; y me dije: allá ellos, que los zurzan, no los necesito. Hay gente estúpida que no se merece que uno la recuerde…”. 

sábado, 5 de mayo de 2012

262. La mujer guapísima, en 400 palabras (ciento ochenta y dos).

La mujer guapísima

Era guapa, la mujer. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando ella se sentó a mi lado, silenciosa. La miré de reojo, sin que se notara. Podría tener unos cincuenta años quizá. Melenita rubia, piel blanca e inmaculada, ojos azules, algunas arrugas en la comisura de los labios y alrededor de los ojos, ligeras arrugas en el cuello. Era bella. Seguramente lo fue más de joven. La falda, que le llegaba justo por encima de las rodillas, dejaba ver unas piernas bien formadas. La camisa, con los primeros botones desabrochados, dejaba adivinar unos senos muy atractivos. No pude evitarlo. Dejé el periódico y la miré sin disimulo. “Hola”, le tuve que decir ante mi descaro, “es…, es usted preciosa”. “Gracias”, me contestó, “es usted muy amable”. “No, no soy amable, es que de verdad que es usted muy guapa; ¿no le importa que se lo diga? No he podido evitar mirarla”. “Verá, sí, creo que he sido guapa y algo conservo. La Naturaleza me favoreció. No todas las mujeres pueden presumir de lo mismo. Dicen que, de joven, fui una belleza. Suerte que he tenido, pues no dependía de mí… Usted tampoco está mal…”. “¿Yo? ¡Ah!, bueno, muchas gracias, ya me hubiera gustado, pero no, no me parece. De hecho, me miro al espejo y no me gusto”. “Pues a mí sí. Creo que es usted guapo y debió serlo aún más de joven”. “Bueno, yo creo que me lo dice por corresponder, ¿no? Además, no se trata de mí, sino de usted. De verdad que es usted muy guapa. Da gusto mirarla. Disfruto, ¿sabe?”. “Me alegro, siempre me han gustado los piropos, no se lo niego. Y no, no me importa que me mire…”. “Pues la miraré más, si me lo permite. ¿Vive usted por aquí?”. “Sí, desde hace poco”. “¡Ah! Me extrañaba no haberla visto antes… si la hubiera visto, no la habría olvidado”. “¿Y usted?”. “Desde que me casé”. “¿Está usted casado?”. “Sí. ¿Y usted?”. “También”. “¿Nos veremos otro día?”. “¡Claro! Tiene que echarme un piropo”. “¡Faltaría más!”. “¿Se lo va a contar a su mujer?”. “Pues, no sé, supongo que sí, ¿no? ¿Y usted a su marido?”. “Mi marido es muy celoso”. “No me extraña, teniendo una mujer tan guapísima”.