Bienvenido a este mi cuaderno de bitácora

Querido visitante: gracias por pasar por aquí y leerme.
Aquí encontrarás ligeros divertimentos y algunas confidencias personales, pocas.
A mí me sirve de entretenimiento y si a ti también te distrae, ¡estupendo!.
Si, además, dejas un comentario... ¡miel sobre hojuelas! Un abrazo,
Guarismo.

domingo, 27 de febrero de 2011

205. Dudas, en 400 palabras (ciento treinta y nueve).

Dudas

Ya sé que la vida está cuajada de dudas. ¿Hago esto o aquello?, ¿voy o no voy?, ¿hablo o me callo?, ¿leo o veo la tele?, ¿escucho música o apago la radio?, ¿me caso o no me caso?, ¿tengo hijos o no?, ¿cambio de trabajo?, ¿qué coche me compro?, ¿hago deporte?, ¿cruzo por aquí o por el semáforo?, ¿me presento a este examen?, ¿qué como hoy?, ¿invito o dejo que pague otro?, ¿me levanto ya o me quedo unos minutos más en la cama?, ¿hago este trabajo ahora o lo dejo para más tarde?, ¿le contesto o me callo?, ¿me enfado o lo dejo pasar?, ¿le insulto?, ¿discuto?, ¿doy una limosna a ése que me la pide?, ¿voy al médico o espero?, ¿fumo un pitillo ahora?, ¿le llamo la atención?, ¿le felicito su cumpleaños?, ¿felicito la Navidad?, ¿me cojo el puente?, ¿me llegará el sueldo?, ¿podré comprarme una camisa?, ¿cuál elijo?, ¿se lo debo contar?, ¿cómo se lo digo?, ¿la llamo?, ¿lloverá mañana?, ¿me tocará la lotería?, ¿hago esta semana la quiniela?, ¿cómo preparo esta charla?, ¿voy a clase?, ¿me meto en ese asunto?, ¿me embarco en esa aventura?, ¿pinto la casa?, ¿pongo la lavadora?, ¿creo en Dios?, ¿qué película quiero ver?, ¿habré adelgazado de ayer a hoy?, ¿soñé esto realmente?, ¿CUÁL ES MI FUTURO?

Bien, ¿cuántas dudas resolvemos al cabo del día? ¿Cuántas preguntas nos hacemos, consciente o inconscientemente? ¿Cuántas resolvemos? ¿Las respondemos o las dejamos pasar? ¿Cómo lo hacemos? ¿Acertamos o tomamos la decisión equivocada? ¿Las pensamos, o respondemos a “bote pronto”? ¿Tomamos decisiones o somos indecisos?

¡Qué compleja es la mente humana! ¿Cuántos pensamientos tengo al cabo del día? ¿Cuántos son positivos? ¿Cuántos me preocupan y cuántos me ocupan? ¿Cuáles son trascendentes y cuántos absolutamente estúpidos? ¿Qué sentimientos me produce esta persona? ¿Cuáles esta situación? ¿De verdad opino así o me estoy engañando? ¿Soy sincero? ¿Lo fui con fulanito? ¿Soy honrado? ¿Soy bueno? ¿Me conformo con lo que tengo? ¿Me alegro de la suerte de mis amigos? ¿Qué es lo que de verdad me gusta? ¿Me hace feliz mi entorno familiar? ¿De verdad me entrego a ellos? ¿Me importa lo que le pase a menganito? ¿Por qué me repugna zutanito? ¿Por qué no aguanto a esta persona? ¿Por qué no le ayudé? ¿Por qué la amo? ¿Por qué odio? ¿A qué tengo miedo? ¿Por qué? ¿Me encuentro animado? ¿Estoy deprimido?

Difícil respuesta a todo. ¡Cuántas dudas!

sábado, 19 de febrero de 2011

204. Amigo, en 400 palabras (ciento treinta y ocho).

Amigo

Bueno, le llamo amigo porque coincido con él fumando en la puta calle y charlamos los minutos que dura un pitillo. Y no siempre coincidimos, aunque es curioso cómo el ansia de nicotina se nos sincroniza unos días sí, casi al segundo, y otros no.

Charlamos y nos vamos contando paulatinamente nuestras vidas. De él he sabido que le da por la meditación y es un hombre feliz. “Cada día”, me decía ayer, “me influyen menos los acontecimientos externos”. “La felicidad está dentro de uno mismo”, me dijo hace unos días, “y no depende de lo que uno posea”. Me explicó varias veces lo de la meditación, aunque reconozco que necesitaría más tiempo para entenderla y practicarla. No es que no crea en ella, no es así. De hecho, durante un tiempo, seguí un pequeño manual de meditación Vipassana que otro amigo me dio y la practiqué durante unos días. Reconozco que relaja y fortalece, pero se necesita romper muchos vicios y lazos que a estas alturas de mi vida, y tan acostumbrado ya, no sé si seré capaz.

A lo que iba. Este “amigo” (lo entrecomillo porque realmente aún no lo puedo calificar así, pero algo emanamos que, al menos a mí, me atrae; habrá química, como se suele decir hoy), este amigo, decía, tiene una forma de ser especial. No es frecuente encontrar a alguien así. Filosofa y me dice que al final cada uno de nosotros forma parte de un todo y que el día que la humanidad así lo entienda, se acabarán los conflictos y el mundo será feliz. Más o menos. No recuerdo sus palabras textuales ni sé en qué creencias, orientales sin duda, se basa. Me habló también de la reencarnación. Cuando le pegunté, en plan irónico, si me podía reencarnar en escarabajo me dijo algo así como “eso depende del karma”. No pudo explicarme más porque se acabó el pitillo... y, además, había que volver al trabajo. Me quedé con las ganas, pero se lo preguntaré otro día.

Me he propuesto que me enseñe a meditar, aunque será difícil hacerlo en clases de tres minutos cuatro veces al día, el día en que nuestra ansia de nicotina está sincronizada en el tiempo, y ninguna vez muchos días. Pero reconozco que me atrae mucho eso de que la felicidad está dentro de uno y no depende de nada más. Y yo quiero aprenderlo.

A Óscar

sábado, 12 de febrero de 2011

203. Paseando, en 400 palabras (ciento treinta y siete).

Paseando

Me gusta pasear, sí, pero no me gusta andar. Me explico: al pasear, ando, claro, pero lo hago lentamente, sin prisa, un paso tras otro, con parsimonia. Otra cosa es andar. Andar para mí es andar deprisa, casi como si estuviera desfilando en la mili. Y eso no me gusta: me agota y me produce daño en el músculo opuesto al gemelo, que no sé cómo se llama (lo buscaré ahora en la Red; ya: el tibial anterior). Se me pone como una piedra y me impide seguir. Sobre todo si voy cuesta arriba. Y me sorprende, porque hago deporte con asiduidad (squash, tres veces en semana). Pero no puedo andar rápido.

A mi mujer no le gusta pasear, le gusta andar. Y la hemos liado, claro. Dice que si pasea como yo, le duelen los riñones. ¡Estupendo! Ella anda y yo paseo. Y cuando salimos a hacerlo vamos por el mismo sitio, ella me adelanta y, a la vuelta, nos cruzamos. ¡Hola...!¡Adiós...!

Nos ocurre lo mismo en la playa: ella anda, yo corro. Cuando nos cruzamos intercambiamos un ¡hola, ¿qué tal? Y cuando me canso, a la media hora, más o menos, yo paseo y ella sigue andando, hasta la hora y media. O sea, que nos cruzamos otra vez. ¡Adiós...! ¡Hasta luego...!

En definitiva, que no hay manera de coincidir. Aunque a veces lo intentamos: ella baja la marcha y yo avivo el paso. Pero terminamos mal. ¡No corras tanto! ¡Ve más deprisa! Yo así no puedo. Yo tampoco. Y es una pena, porque es el dulce momento de la charla, de cambiar impresiones, de proponer iniciativas, de repasar el día, de hablar de los hijos, del trabajo, del futuro o de recordar el pasado. Duramos poco así y en seguida se rompe la charla. Luego seguimos, ve a tu paso. Así acabamos.

Cuando teníamos a Golfo, nos ocurría por el estilo, pero entonces era Golfo el que mandaba y discrepábamos menos. Golfo era un golfo e íbamos por donde él quería y al ritmo que él marcaba: tiraba, se paraba a oler, volvía a tirar, volvía a pararse, nos arrastraba de nuevo... la verdad es que pasear con él era todo un suplicio, pero nos unía. Ahora no tenemos a Golfo (¡cuánto lo echamos de menos!) y cada uno va a su aire.

Supongo que con los años nos acostumbraremos. Aunque ya van unos cuantos... sí.

domingo, 6 de febrero de 2011

202. Vecina, en 400 palabtras (ciento treinta y seis).

Vecina

Me trae por la calle de la amargura, como suele decirse. La razón es contundente: me gusta, sueño con ella, la anhelo, me vuelve loco... y ella no me hace maldito caso. Así de sencillo, así de claro.

No pierdo ocasión de verla, he estudiado su horario y ya sé a qué hora sale hacia el trabajo, a qué hora vuelve a casa, cuándo sale los fines de semana y con quién. Siempre me hago el encontradizo, y creo que ella se ha dado cuenta. Entablo conversación, bueno, lo intento, ella me mira fijamente, me responde con monosílabos y sigue su camino acelerando el paso para que no coincidamos. Se llama Inés, que lo sé. No tiene novio, que yo sepa. Y si lo tiene, lo tiene lejos y no ha aparecido por su casa. Además la veo salir los sábados con gente diferente, grupos de amigas, dos o tres como mucho, y de vez en cuando distintas; algún amigo, que la recoge en coche, ¡qué envidia! aunque esto sucede pocas veces; sola, en varias ocasiones, cuando coge su coche, un “Golf” blanco, y se va a toda prisa. Y yo me quedo asomado a la calle desde la ventana de casa, con cara de imbécil y frustrado: “A lo mejor era hoy el día para haberla invitado a cenar”, me digo. Y ese día nunca llega porque nunca me atrevo y cuando decido “hoy la invito”, no consigo encontrarme con ella. Y cuando la vuelvo a encontrar, me vence de nuevo mi timidez. Claro, es que ella es una belleza. Su cara, preciosa, a veces semioculta por esa melena negra que brilla a la luz del sol; sus piernas, largas y bien contorneadas; su tipo, qué decir, lleno de suaves curvas que me atraen sobremanera; cuando anda, su movimiento es todo un espectáculo, pero un espectáculo finísimo, elegante, tiene estilo la niña. Porque es una niña, no creo que haya cumplido aún los veintiséis o así. Yo tengo treinta y uno y no tengo pareja. La tuve, pero la dejé por tonta. Mi vecina, en cambio, parece lista. Tiene carrera, trabaja, y la veo muy desenvuelta. Su voz es cálida, muy cálida, y desprende un ligero aire de coquetería, como si supiera que su voz es atractiva. En fin, un bombón, un buen partido.

Ayer me atreví: “¿Cenas conmigo?”. “Sí, ya era hora” me respondió. Me quedé perplejo.

sábado, 29 de enero de 2011

201. Enfado, en 400 palabras (ciento treinta y cinco).

Enfado

No se me quitaba de la cabeza. Una estúpida e inoportuna tontería produce un tremendo enfado. No hay razón para la tontería, aunque sí buena intención, y sí razón para el enfado, porque llueve sobre mojado. No es el hecho aislado en sí, sino el cúmulo de hechos semejantes en un relativamente corto periodo de tiempo. Y eso exaspera y termina enfadando, con razón.

Y no se me quitaba de la cabeza. El enfado duró unas 24 horas, 24 horas que sufrí silencioso, sin atreverme a tocar el tema. Ni siquiera a pedir perdón, por no reavivar las llamas. Lo mejor era no meneallo, ignorarlo, en apariencia, y hablar de cosas intrascendentes, de pocas, y con pocas palabras. Ni mirarnos a los ojos siquiera, por si acaso. Había que dejar pasar el tiempo como única medicina.

Cada parte hizo su vida normal, pero mostrando una frialdad que se notaba de lejos. Apenas monosílabos como respuestas a preguntas lo más cortas posibles, y muy espaciadas. Charlas con otros, aparentando de manera forzada una normalidad que no era tal. No creo que se notara. Luego, solos, silencio. Si acaso un comentario breve a una película de la tele, para sondear. Respuesta breve, sin abrir diálogo.

Rostros serios. Tristeza interior, insuperable. 24 horas sin sentido. Esperanza, pero sin saber hasta cuándo. Todo llega, sí, pero el silencio duele hasta entonces. Noche amarga, mañana amarga, tarde esperanzada, muy larga.

Lo bueno es que el sustrato es bueno y, al final, todo lo supera. Pero 24 horas de sufrimiento, esperanzado, eso sí, no hay quien te las quite. Cuentas las horas, no sabes cuándo actuar. Mejor, esperar. ¿O no? Nunca se sabe. Opté por hacerlo, sin que se me quitara de la cabeza. Cuando, por la mañana, jugué al squash, perdí, como era de esperar, aun teniendo un 11-4 a mi favor, sobre 15, para el 2-2. Luego, me distraje como pude, lo traté de asimilar, traté de entenderlo y de darle la razón. Pero no fue fácil, pues la angustia me impedía meditar. Entonces pensaba en otras cosas, aunque no me concentraba; leí, pero tenía que releer casi cada página; vi la tele, pero no me enteraba de nada; di un paseo, pero de poco me sirvió salvo para pasar frío; me senté al ordenador, leí la prensa, como por rutina, sin asimilar las noticias.

Y, por fin, llegó la reconciliación. ¡Bendita sea!

sábado, 22 de enero de 2011

200. Reencarnación, en 400 palabras (ciento treinta y cuatro).

Reencarnación

—¿Quién soy?
—Eres tú.
—Eso ya lo sé. Te lo pregunto de otra forma: ¿qué soy?
—Mírate.
—Me veo rara. Tengo muchas patas.
—¿Cuántas? Cuéntatelas.
—Una, dos, tres,... ocho. Tengo ocho patas.
—Sí. Es lo normal.
—¡Cómo que lo normal! Yo antes tenía dos, nada más que dos.
—Ya, pero ahora no.
—Pero tú tienes dos.
—Bueno, porque tú me ves como quieres verme. Yo no tengo forma. Es frecuente que eso ocurra: que me veas como un ser de tu anterior reencarnación.
—¿Reencarnación?
—Sí, te has reencarnado.
—Y tú, ¿quién eres?
—Yo soy el encargado de presentarte en tu nuevo mundo.
—¿Nuevo mundo?
—Sí. Ya ves que eres diferente. Tienes ocho patas.
—¿Tienes un espejo? Quiero verme.
—Los de tu especie no se miran al espejo.
—Y que yo sepa tampoco hablan. Al menos los humanos creían que sólo hablaban ellos.
—Craso error. Todas las especies de animales hablan.
...
—Quiero llorar, pero no puedo. No sé qué hago aquí ni de qué voy a vivir.
—Los de tu especie no lloran.
—¿Y qué voy a comer? ¿Y en qué voy a trabajar? ¿Y dónde voy a dormir? ¿Y con quién hablaré? ¿Y dónde me ducho? ¿Y en qué me voy a desplazar? ¿Y no tengo tele?
—No, aquí no hay tele, salvo que el azar te lleve a una de los humanos. Para lo demás, sigue tu instinto. Tu instinto es muy fuerte.
...
—Ya sé lo que soy.
—Ya era hora.
—¡Una araña hembra!
—Sí.
—¡No quiero ser una araña! Cuando era mujer me daban un miedo horrible. ¡No las soportaba!
—Ya.
—Ahora me doy miedo a mí misma. Mira mis patas peludas. ¡Me quiero morir!
—Tienes que aprender a soportarte. Para eso estoy yo aquí.
—¡Y qué vas a hacer! ¡No me gusto! ¡No me aguanto! ¡Me da asco tocarme!
—Ser araña tiene sus ventajas. Sueltas seda por tus hilas y puedes colgarte de ella, balancearte, tejer una telaraña para cazar a tus víctimas, envenenarlas con el veneno de tus quelíceros y luego comértelas. Puedes vivir en soledad, no hace falta que hables con nadie, excepto cuando tienes que aparearte. Entonces te buscará el macho y te hará la corte con sus pedipalpos. Si no te gusta, te lo comes, eres más grande que él. Si te gusta, puedes dejar que te haga el amor y luego te lo comes también.
—Bueno, si es así...

sábado, 15 de enero de 2011

199. ¿Cómo estás?, en 400 palabras (ciento treinta y tres).

¿Cómo estás?

—¿Cómo estás?
—Bien, si no entramos en detalles.
—¿Qué detalles?
—¿Qué quieres que te cuente?
—Quiero que me cuentes todo, y con detalle.
—¡Vaya! Pues siéntate, que va para largo.
—¿Tan mal estás?
—No, yo no he dicho eso. He dicho que te sientes.
—¿Tanto tienes que contarme?
—No, en principio, pero si me pides detalles te los daré.
—O sea que no estás bien, ¿no?
—Vamos a ver: lo que te digo no indica que esté mal. Estoy bien, pero si te cuento todo creerás que no lo estoy tanto, cuando no es cierto.
—Pero antes me has dicho que estás bien si no entras en detalles.
—Es una forma de hablar; siempre hay algo, pero estoy bien.
—Me preocupa que me preguntes que si quiero que me cuentes. Eso es que algo te preocupa y no estás del todo bien.
—Insisto, es una frase hecha; estoy bien. Pero, si quieres, te cuento.
—¿Qué me vas a contar?
—Puedo entrar en detalles, contarte mi vida, mis preocupaciones, mis problemas, mis cuitas en definitiva, y también mis alegrías, mis satisfacciones, mis anhelos, mis planes... en fin, puedo contarte lo que tú quieras.
—No te enrolles. Sólo quiero saber cómo estás.
—Pues ya te lo dije: bien.
—¿Seguro?
—Seguro.
—Entonces, ¿por qué me dices que me vas a contar todo eso?
—Porque tú me lo has pedido.
—No, te confundes. Sólo me interesa saber si estás bien. Lo demás me trae al pairo.
—Bueno, pues si te digo que estoy bien, ¿por qué lo dudas?, ¿por qué preguntas otra vez?
—Sólo te pregunté una vez.
—No es cierto. Van por lo menos tres veces, o cuatro, y no te crees lo que te digo.
—Sí que me lo creo, pero tú me haces dudar.
—O sea, que no te lo crees.
—Sí.
—Sí qué, ¿que no te lo crees, que dudas, o que aceptas que estoy bien?
—Pues no sé, me estás haciendo un lío.
—Tú sabrás lo que quieres saber.
—Vamos a ver como te lo explico. Mi pregunta es muy sencilla: ¿CÓMO ESTÁS?
—Qué quieres, ¿empezar otra vez?
—Sí.
—Vale. Pregunta.
—¿Cómo estás?
—Bien. ¿Y tú?
—Bueno, más o menos.
—Vaya, cuéntame. ¿Qué te pasa?
—No, nada.
—¿Y a qué viene ese más o menos? Será por algo.
—No, por nada. Es que quizás me preocupo por ti.
—Pues no debes preocuparte, ¡joder!, ahora me preocupo yo.

domingo, 9 de enero de 2011

198. Mal día, en 400 palabras (ciento treinta y dos).

Mal día

Se levantó aquel día con el pie izquierdo. No cabía duda. Había dormido mal y el maldito despertador le sorprendió en su sueño más profundo. Pero aquel día no podía permitirse el lujo de llegar tarde, así que se levantó como pudo, puso primero el pie izquierdo sobre el suelo, pisó la fría losa que la alfombra, desplazada, había dejado desnuda, soltó un taco, buscó sin éxito las zapatillas y decidió salir descalzo a desayunar. Calentó el café del día anterior y vertió en la taza los restos de la botella de leche que anoche había dejado cerca del radiador. La leche, claro, estaba cortada. Tiró todo y preparó la cafetera para hacer café. Sacó una nueva botella de leche del frigorífico. Esperó impaciente el ruido que hizo la cafetera italiana cuando el café subía a borbotones. Se sirvió de nuevo. Echó azúcar, que era sal. Alguien le había cambiado de sitio el tarro de azúcar por el tarro de sal, que eran inexplicablemente iguales, salvo que en uno ponía azúcar y en otro sal, pero en letras que a las seis de la mañana y muerto de sueño no se distinguían. Ni siquiera intentó leerlas, lo que hace la costumbre. Escupió el café soltando otro taco. Se sirvió por tercera vez, pero echó poca leche y se quemó. Dejó el café y se fue al cuarto de baño. Se afeitó y se dejó la cara como un cristo. Se fue a duchar. Pisó restos de jabón líquido que alguien dejó vertido en la bañera y resbaló. No se abrió la cabeza, a pesar del golpe, pero se torció la muñeca de la mano derecha. Le dolía, y también la cabeza. Se duchó al fin, se secó y se vistió a duras penas. La muñeca se le hinchaba por momentos. No podría conducir. Ya en la calle, llamó a un taxi; y a un segundo y a un tercero. Pasaron unos veinte, ocupados todos. Por fin le para uno y dudó si decirle al taxista lléveme a urgencias o a la oficina. Optó por lo segundo. Sale del taxi y diluvia; no lleva paraguas ni gabardina y el agua le cala hasta los huesos. Mal asunto presentarse así ante sus nuevos clientes, que ya le esperaban en la sala de reuniones. Disculpas, dijo, mientras tropezaba con la pata de una silla y caía al suelo cuan largo era.

sábado, 1 de enero de 2011

197. Un buen día, en 400 palabras (ciento treinta y una).

Un buen día

Se levantó contento. Desayunó lo que le gusta mientras escuchaba la música que le gusta, que tarareó luego en la ducha. Hizo repaso de los temas pendientes mientras se afeitaba y comprobó que todo estaba en orden. Ningún problema, todo bajo control.

Poco tráfico para ser miércoles, quizá era algo más temprano que de costumbre. Encontró aparcamiento a la primera, sin necesidad de dar las consabidas vueltas por las calles circundantes. Una vez sentado a su mesa, tras un alegre buenos días a sus compañeros, leyó el correo. Nada relevante, salvo innumerables felicitaciones de Navidad a las que respondió atentamente. A varias, cariñosamente. Ningún mensaje de alerta, ningún tema urgente, ningún asunto que requiriese su inmediata atención. Se le presentaba un día tranquilo. Planificó las actividades del día como era su costumbre, tras comprobar la agenda, y realizó varias llamadas a clientes para revisar algunas operaciones que, simplemente, le habían llamado la atención. Todo correcto.

A última hora de la mañana tenía reunión con su jefe para rendirle cuentas de su actividad durante el año que estaba a punto de expirar. Revisó el informe que había preparado días atrás y retocó apenas un par de líneas. No se quejaría su jefe, esperaba, de su rendimiento y buen hacer. Esa expectativa era, quizá, la que le producía tanto contento esa mañana.

Reunión satisfactoria, con felicitación incluida y una suculenta subida salarial para el año que entraba. No podía quejarse. Su progresión en la empresa era destacable, cierto es que se dejaba la piel y ponía su máximo interés en hacer bien las cosas. Aunque él reconocía que no tenía ningún mérito: le gustaba lo que hacía.

A su vuelta a casa se conectó a Internet y comprobó los décimos de lotería que jugaba. No esperaba el gordo, pero no le fue mal. No le tocó mucho, aunque compensó con creces su inversión, unas cinco veces, casi seis.

Día redondo. Para celebrarlo, decidió salir con unos amigos. Pago yo la primera ronda, dijo, que hoy he tenido un buen día. Lo fue a explicar, pero su mirada se fijó en una chica al otro extremo de la barra, mirada que fue correspondida con la misma intensidad que la suya. Oía la cháchara de sus amigos, pero no los escuchaba. Su atención se centró en ella. Tras dudar unos instantes, se le acercó: ¿puedo invitarte? Y la invitó. E intimaron.

domingo, 26 de diciembre de 2010

196. Es hora de decidir, en 400 palabras (ciento treinta).

Es hora de decidir

Sí, ya es hora. Después de varios años de sequía, creo que debo decidir ya. Con el año nuevo. No puedo seguir inactivo en algo que me gusta, aunque no sé si sirvo para ello. No importa. Me gusta y punto. Lo prometo: con el nuevo año, empiezo. O continúo. Primero, debo reemprender y terminar “El número 29”, novela para chavales que tengo empezada. Fecha límite: el verano. Después abordaré otra que esbocé hace tiempo. Necesito actividad, no vale pasar las horas muertas, aunque tampoco es que las pase sin hacer nada: leo, charlo, veo algo de TV (series grabadas, sólo las de calidad), pero hay tiempos muertos que debería dedicar a escribir. He de mentalizarme y esforzarme. He de motivarme y recuperar la costumbre que tuve durante un tiempo. Aunque escribir no es sólo costumbre: es esfuerzo. Con el esfuerzo diario se obtiene la costumbre y quizás cuesta menos, pero no deja de ser esfuerzo. Es voluntad, fuerza de voluntad. Cuesta mucho a veces. Pero la echo de menos. Da satisfacción, mucha, ver la obra acabada. Siempre con la incógnita de si es buena, o suficiente, o no. De si gustará o se abandonará su lectura tras sus primeras páginas. Es la eterna duda.

De las tres novelas que escribí me celebraron la primera, me aceptaron la segunda, incluso con crítica positiva, y me pusieron a caer de un burro la tercera. Fui de más a menos. Es decepcionante, aunque yo ya lo sabía: la primera la escribí con entusiasmo en un año; la segunda la escribí convencido, pero tardé más de tres años; la tercera, casi cinco y lo hice porque me empeñé en que fuera una trilogía. Y la escribí casi por obligación. No me gustó la primera versión y la cambié. Pero no a mi satisfacción, y la cerré finalmente: llevaba demasiado tiempo con ella.

Ahora, finalizando 2010 y ante un nuevo año, es tiempo de compromisos (que, por cierto, yo nunca me hago en estas fechas, pero haré una excepción: lo necesito).

Buscaré energía, brío y entusiasmo. Sembraré semillas en mi cabeza para que provoquen que mi imaginación se desborde y sea capaz de crear. Me concentraré. Sufriré, lo sé, ante la pantalla en blanco y el teclado silencioso, mientras las neuronas se rebelan y se niegan a pensar. Habré de aprender a domarlas de nuevo para el oficio de escribir.

domingo, 19 de diciembre de 2010

195. Cosas que ocurren, en 400 palabras (ciento veintinueve).

Cosas que ocurren

No me lo creía. Estaba como un idiota mirando a Ester, la empleada del despacho de loterías, que ya estaba de fiesta, y escuchando simultáneamente el grito que pegaba. Miré hacia atrás, no podía creer que me hubiera tocado a mí. Era mucho dinero. “Cálmate, Ester, dime lo que me ha tocado y dime que no me estás engañando y no te confundes”. “¡No me confundo, no te engaño! ¡Tienes el gordo, el premio más gordo que ha dado jamás esta administración!”. “Pero eso es mucho dinero”. “¡Sí, mucho, mucho!”. “¿Y qué hago?”. “Tendrás que ir a un banco”. “No me lo creo, no me lo puedo creer, es mucho dinero”. “Hasta ahora eres el que más tiene, lo demás está muy repartido”. “Y eso que intercambié varios...”, dije finalmente pensando en la suerte que había repartido entre mis hermanos y mis amigos.

Seguí atontado unos segundos, sin creérmelo. Miraba alternativamente a ella, atónito, y la pantalla de la maquinita que mostraba una cifra con muchos ceros. “¿Todo eso me ha tocado a mí?”. “Sí, todo eso es tuyo, ¡enhorabuena!”. “Bueno, bien, bárbaro... y, ahora, ¿qué hago?”. “Toma los décimos y vete a un banco; te los pagan allí”. “Vale, bien, muchas gracias, vendré luego”.

Guardé los décimos como oro en paño, sin soltar la mano de la cartera. Entré en un bar a tomar café y calmarme un poco. Llamé a mi mujer. “Nos ha tocado”. “¿Qué?”. “Que nos ha tocado el gordo”. “¿En serio?”. “En serio”. “Y qué vamos a hacer?”. “Y yo que sé; de momento ingresarlo en algún banco; luego, veremos”. “¿Cuánto ha sido?”. “Bastante”. Le conté los detalles. “¡Qué barbaridad, no me lo puedo creer!”. “¡Pues créetelo, que es verdad! Aunque a mí también me parece mentira”. “Ahora mismo llamo a los niños”. “Espera, no les digas nada, diles que vengan a casa esta tarde y se lo decimos los dos”. “Habrá que compartirlo”. “¡Claro!”.

Fui a un banco, negocié, no me gustó. Fui a otro, tampoco. Me fui al mío de siempre y allí los ingresé. “Ya negociaremos las condiciones”, dije, y me fui. Deambulé pensando si iría a trabajar o me cogería el día de vacaciones. Tenía que hacer cuentas. Lo dejaría para la noche, cuando estuviéramos todos. Entonces decidiríamos. Me fui a trabajar, aunque llegué tarde. No dije nada. Como si tal cosa no me hubiera ocurrido a mí.
Y aún no me ha ocurrido...

domingo, 12 de diciembre de 2010

194. A la búsqueda del camino, en 400 palabras (ciento veintiocho).

A la búsqueda del camino

Estaba desorientado. Salió a la calle como siempre y no la reconoció. Se dispuso a andar camino de su destino, como todos los días, y se encontró perdido. Tenía la sensación de que ya le había pasado lo mismo en semanas y meses anteriores, pero sabía que siempre había encontrado el camino, aunque algún día le costara más que otros. Hoy, en cambio, era distinto. Estaba confuso. No reconocía los edificios colindantes, no reconocía las calles. Le sonaba a nueva la cafetería que hacía esquina y la tintorería que estaba al lado. Juraría no haberlas visto nunca. Se enfrentó a un semáforo que no recordaba y cruzó como si no estuviera allí, a riesgo de ser atropellado. De hecho, el frenazo en seco de un autobús le salvó la vida. Al conductor no le dio tiempo ni a tocar el claxon, los viajeros cayeron unos sobre otros, debió haber algún herido, pero él ni se enteró. Cruzó la calle y siguió adelante, aunque sin saber dónde estaba ni adónde tenía que dirigirse. Miró el reloj: le pareció que era tarde, pero no estaba muy seguro. Se paró en la acera y miró los edificios a ambos lados de la calle. Los veía altísimos, estilizados, todos de un color gris cemento con ventanas largas y estrechas. No alcanzó a contar los pisos; la vista se le perdió a la mitad, cuando había contado cuarenta y siete. Juraría que nunca los había visto. “Me he confundido”, se dijo, “he cogido una calle nueva”. Miró el nombre de la placa en la siguiente esquina: “no, no me he confundido, ésta es mi calle”. Volvió, perplejo, a mirar hacia arriba y sintió como si los edificios se le vinieran encima, de tan altos. Grises, los edificios eran todos de color gris. Grises eran las aceras y la calzada, grises los carteles de los comercios. Hasta el cielo, cubierto de nubes, era gris. Comenzó a andar de nuevo, buscando colores distintos, buscando cómo orientarse para encontrar su camino. “Este camino lo he recorrido miles de veces”, se decía, “tiene que estar por aquí”. Anduvo sin rumbo toda la mañana. Miraba la hora de vez en cuando y siempre le parecía que era algo tarde, pero nunca estuvo seguro. Una cierta resignación le envolvía la consciencia, una cierta tristeza le atenazaba levemente el corazón, pero él seguía caminando buscando el camino.

lunes, 6 de diciembre de 2010

193. Comemos allí, en 400 palabras (ciento veintisiete).

Comemos allí...

Un pequeño caos, ayer domingo. Lo cuento.

Por la mañana, temprano, fuimos a navegar con los WINDreamers a la playa. A una de esas playas de Cái, enorme, con kilómetros de arena húmeda y compacta, marea baja, viento del Suroeste de unos 15 nudos, aunque racheado. Lluvia, frío, pero una delicia recorrer la playa a bordo de un WINDreamer, volando, volcando, navegando a velocidades superiores a 40 Km/h. Adrenalina a flor de piel. Placer indescriptible. Ya conté en otra entrada de esta bitácora lo que es navegar en la playa con un carro a vela, con un WINDreamer: seguro, apasionante, placentero... una gozada, en fin.

Éramos un montón: diez de doce hermanos con cónyuges e hijos. Todo rueda de maravilla, como los WINDreamers... ningún incidente, alegría, risas, pasión...

Sube la marea, y el frío y la lluvia arrecian, y hay que dejar la playa. Recogemos los carros a vela. Hablamos de comer juntos. Vale, ¿dónde? Pues no sé. Pues allí, pues aquí, pues faltan algunos, pues que vengan. Somos treinta y tantos. Vamos a R. a tomar pizzas. Pero allí no se puede entrar sin pase. Podremos entrar unos 20, que hay cuatro pases y por cada uno dejan a cinco. Pues yo me quedo fuera, que ya fuimos muchas veces. Ni hablar. Yo he venido aquí a veros y tenemos que comer juntos, así que busquemos otro sitio. No, no, nos apañamos, seguro que entramos. Ya, pero es una idiotez ir tan lejos; yo vengo aquí a comer pescaíto frito, no pizzas. Y ya son las tres, hay que decidir. Pues no entramos. Pues yo no voy. Es una pérdida de tiempo. Y tengo hambre.

En resumen: llegamos todos a las puertas de R., algunos rezagados, que se perdieron, las cuatro ya. Dos de los que tenían pase ya estaban dentro y no quería salir: una llama a otra y la otra le cuelga el teléfono. ¡Me ha colgado minhhhmana!, ¿será posible? ¡Y ahora apaga el teléfono! Pues no entramos. ¡Que sí! ¡Qué no! Pues yo me voy. ¿A quién se le ocurrió venir aquí? Es una idiotez. Me cabreo y suelto tacos en castellano y en arameo. Me subo al coche. Arranco. Me paran. Me convencen. Vuelvo a soltar tacos, me enfado más. Al final entramos todos, haciendo todas las trampas posibles.

Pido disculpas por mi enorme cabreo y los tacos... Las pizzas estaban riquísimas. Repetí.