Yo estaba sentado a una mesa del bar de la esquina, con el frío que hace no hay quien se siente en el parque, tomando mi café y leyendo el periódico, sin mi perrita Pizca, que no la dejan entrar, cuando el niño se me acercó. “Brrrrr…”. “¡Niño, no cojas la taza, que la tiras!”. “Brrrrr…”. “¿Qué te pasa? ¿Estás enfadado?”. “Brrrr…”. “Bueno, vale. Toma”, y le doy el muñequito que hoy regalaban con el periódico (qué a punto). “Es mi herrrmano”, me dice una niña de unos cuatro años, “y yo quierrro otro muñeco”. “Vaya. Pues no tengo más… pero podemos jugar, si quieres”. “No, yo quierrro el muñeco”. “Verás, hija… sólo tenía ése y se lo di a tu hermano”. “Pues yo quierrro uno”. “¿Cómo te llamas?”. “Silvia”. “¿Y tu hermano?”. “David. Yo quierrro un muñeco”. “Bien, vamos a ver si David te lo da. David, ¿le dejas el muñeco a tu hermana?”. “Brrrr….”. “Creo que dice que no, Silvia”. “Yo no quierrro ése, quierrro otro nuevo”. “¿Estáis solos? ¿Dónde están tus padres?”. “Estamos con mi madrrre. Yo quierrro un muñeco”. “¿Y tu madre?”. “Mi madrrre no quiere un muñeco. Yo sí lo quierrro”. “Que dónde está tu madre”. “Mi madrrre se ha ido”. “¿Dónde?”. “No sé. Me ha dicho que vuelve prrronto. Yo quierrro un muñeco”. “Ya, ya lo sé, pero no tengo más”. “¿Me puedes comprrrar uno?”. “Sí, pero tenemos que salir, y si viene tu madre…”. “No imporrrta”. “Sí que importa, tenemos que esperarla. ¡David, cuidado, no tires el muñeco en la taza!”. “Brrrr…”. El café en mis pantalones, la taza hecha añicos en el suelo, el muñeco empapado y el niño llorando. “¡Buaaaaaaaaa!”. “A ver, David, tranquilo, no pasa nada, ¿eh?”. “Yo quierrro un muñeco”. “Espera, Silvia, ¿no ves que tu hermano llora, que tengo el pantalón mojado y que el suelo está lleno de café y restos de la taza rota?”. “Va a venirrr mi madrrre y se va a enfadarrr”. “¿Con quién se va a enfadar?”. “Contigo”. “¿Conmigo? ¿Por qué?”. “Porrrque no me das un muñeco”. “David, deja de llorar. Toma el muñeco”. “Brrrr…”. “Así está mejor, pero no lo metas ahora en el vaso de agua”. “Brrrr…”. “Yo quierrro un muñeco”. “Silvia, cuando venga tu madre te compro uno”. “No, lo quierrro ya”. “Verás, te explico”. “¡Mamá!”. “Señora, sus hijos!”. “Gracias, ¿le han dado guerra?”. “No, no… muy ricos, ¿sabe?”.
domingo, 25 de noviembre de 2012
295. Niños, en 400 palabras (doscientas nueve).
Yo estaba sentado a una mesa del bar de la esquina, con el frío que hace no hay quien se siente en el parque, tomando mi café y leyendo el periódico, sin mi perrita Pizca, que no la dejan entrar, cuando el niño se me acercó. “Brrrrr…”. “¡Niño, no cojas la taza, que la tiras!”. “Brrrrr…”. “¿Qué te pasa? ¿Estás enfadado?”. “Brrrr…”. “Bueno, vale. Toma”, y le doy el muñequito que hoy regalaban con el periódico (qué a punto). “Es mi herrrmano”, me dice una niña de unos cuatro años, “y yo quierrro otro muñeco”. “Vaya. Pues no tengo más… pero podemos jugar, si quieres”. “No, yo quierrro el muñeco”. “Verás, hija… sólo tenía ése y se lo di a tu hermano”. “Pues yo quierrro uno”. “¿Cómo te llamas?”. “Silvia”. “¿Y tu hermano?”. “David. Yo quierrro un muñeco”. “Bien, vamos a ver si David te lo da. David, ¿le dejas el muñeco a tu hermana?”. “Brrrr….”. “Creo que dice que no, Silvia”. “Yo no quierrro ése, quierrro otro nuevo”. “¿Estáis solos? ¿Dónde están tus padres?”. “Estamos con mi madrrre. Yo quierrro un muñeco”. “¿Y tu madre?”. “Mi madrrre no quiere un muñeco. Yo sí lo quierrro”. “Que dónde está tu madre”. “Mi madrrre se ha ido”. “¿Dónde?”. “No sé. Me ha dicho que vuelve prrronto. Yo quierrro un muñeco”. “Ya, ya lo sé, pero no tengo más”. “¿Me puedes comprrrar uno?”. “Sí, pero tenemos que salir, y si viene tu madre…”. “No imporrrta”. “Sí que importa, tenemos que esperarla. ¡David, cuidado, no tires el muñeco en la taza!”. “Brrrr…”. El café en mis pantalones, la taza hecha añicos en el suelo, el muñeco empapado y el niño llorando. “¡Buaaaaaaaaa!”. “A ver, David, tranquilo, no pasa nada, ¿eh?”. “Yo quierrro un muñeco”. “Espera, Silvia, ¿no ves que tu hermano llora, que tengo el pantalón mojado y que el suelo está lleno de café y restos de la taza rota?”. “Va a venirrr mi madrrre y se va a enfadarrr”. “¿Con quién se va a enfadar?”. “Contigo”. “¿Conmigo? ¿Por qué?”. “Porrrque no me das un muñeco”. “David, deja de llorar. Toma el muñeco”. “Brrrr…”. “Así está mejor, pero no lo metas ahora en el vaso de agua”. “Brrrr…”. “Yo quierrro un muñeco”. “Silvia, cuando venga tu madre te compro uno”. “No, lo quierrro ya”. “Verás, te explico”. “¡Mamá!”. “Señora, sus hijos!”. “Gracias, ¿le han dado guerra?”. “No, no… muy ricos, ¿sabe?”.
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miércoles, 21 de noviembre de 2012
294. La llorona, en 400 palabras (doscientas ocho).
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sábado, 10 de noviembre de 2012
293. Conferencia, en 400 palabras (doscientas siete).
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domingo, 4 de noviembre de 2012
292. Diálogo sin sentido, en 400 palabras (doscientas seis).
—Buenos días.
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domingo, 28 de octubre de 2012
291. Abuelo, en 400 palabras (doscientas cinco).
Ha sido un embarazo largo y duro: mi hija llevaba con contracciones desde julio, dolorosas y largas. Sin complicaciones, pero muy incómodo: no lo ha pasado bien. Supongo que ya, con su hijo en los brazos, lo ha olvidado.
En fin, bichito, ¡bienvenido a este mundo! ¡Que la suerte te sonría!
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domingo, 21 de octubre de 2012
290. De noche, en 400 palabras (doscientas cuatro).
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sábado, 13 de octubre de 2012
289. Reflexionando en el banco, en 400 palabras (doscientas tres).
Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando me puse a pensar. “A ver, qué está pasando. Desde que leo el periódico en este banco, me he hecho confidente de personas a las que no conocía: un hombre con sombrero que me contó que era feliz por obligación (me lo encontré el otro día y me saludó, alegre); un hombre con bigote, cabreado, que se desahogó conmigo varias veces despotricando contra todo; una mujer feliz que me contó su vida; una mujer loca que no sabía lo que decía; una pareja que discutía de sexo y se peleaban; un joven energúmeno; un hombre que me contaba que no había dejado rastro, dos veces (casi se me olvida: efectivamente, no deja rastro); una señora guapísima que está empeñada en llevarme a la cama; una joven descarada que quiere lo mismo. Esto último es preocupante. Nunca me había pasado. Que dos mujeres, una madurita y otra joven, me quieran llevar a la cama es algo insólito. Algo falla. Muy desesperadas han de estar, porque yo nunca he levantado pasiones… O sí, no lo sé. Pero me llama la atención que esto me ocurra ahora. Les he dicho que no a las dos, pero ambas insisten. ¡Son unas pesadas! ¿Estaré como ellas me dicen? No creo. Más bien creo que están un poco alteradas y buscan una aventura. En otras circunstancias, quizás les hubiera dicho que sí. Pensándolo bien, sí, les habría dicho que sí. Y habríamos montado un trío... ja ja, nunca lo he vivido. Bueno, a lo que iba. Es curioso que el hecho de sentarme en un banco a leer atraiga a tanta gente y me cuenten cosas. Me deben ver como a alguien de confianza, pues me cuentan todo. Debe ser por la barba blanca, que me hace mayor (¿será que soy mayor?) y puede que me haga parecer afable. Divertido. La verdad es que me gusta. Debo plantearme hacerlo todos los días, que ahora sólo me siento en el banco una vez por semana. Aunque dependo del tiempo. Cuando hace bueno, da gusto. Pero cuando llueva, haga frío en invierno o calor en verano, no sé si podré. Quizás, entonces, me tome un café en un bar, aunque no será lo mismo”.
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domingo, 7 de octubre de 2012
288. El energúmeno (2), en 400 palabras (doscientas dos).
Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando el energúmeno del otro día se sentó de nuevo a mi lado. “¿Passa, colega?”. “¡Vaya! Vienes sin la música y sin la hamburguesa!”. “Sí. Es que el otro día me pasé. Me había fumado un porro, ya sabes, y todo me daba igual. Mis disculpas, viejo”. “Gracias, pero no soy viejo”. “Bueno, más que yo, sí”. “Sí, claro”. “¿Se enfadó mucho tu mujer?”. “¿Por?”. “Por la camisa”. “¡Ah! No, no, el que pone la lavadora soy yo. Si no se lo cuento, ni se entera”. “¿Y la calva?”. “Me tuve que duchar”. “Ya, lo siento, pero me pareció tentadora”. “¿Te gustan los hombres?”. “¡Qué va, tío! Pero allí, agachado, la calva tan reluciente… no me corté”. “Ya. ¿Y hoy no te has fumado un porro?”. “No. Si yo no suelo fumar, es que aquél día mi tronca me dio plantón por otro y yo me consolé con eso. Y con dos cervezas… pues, ya viste, estaba en una nube”. “Ya, ya vi, sí”. “Pero yo soy serio de natural. Y no creas que soy un vago, que trabajo y estudio”. “Eso está muy bien. ¿En qué trabajas, qué estudias?”. “Trabajo en artes gráficas y estoy aprendiendo informática para progresar. Hoy todo se hace con el ordenata. No veas cómo retoco las fotos. Si me das una de tu calva te la quito en un pis-pas”. “Sí, supongo, pero como no me la veo no me importa mi calva”. “Era un suponer. Verás, te voy a hacer una foto con el móvil y mañana te la traigo retocada sin barba, ya verás qué joven pareces”. “Bueno, entonces no podrás llamarme viejo”. “Te llamaré colega”. “Vale”. “Oye, no te enfadarías el otro día, ¿no? Te fuiste con muy mala cara”. “Sí, sí me enfadé, me pareció que eras un energúmeno. Pero no quise enfrentarme y opté por irme, después de que me mancharas la cara y la camisa y me besaras la calva”. “Fue lo mejor. Si te hubieras resistido habríamos tenido bronca. Luego la tuve con otro, que quería que bajara la radio”. “Es que la pusiste a un volumen insoportable”. “Sí. Cuando me despejé me di cuenta y la apagué”. “¿Y tu tronca?”. “¡Ah! Nada, ya volvió”.
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domingo, 30 de septiembre de 2012
287. El hombre con bigote (4), en 400 palabras (doscientas una).
El hombre con bigote (4)
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domingo, 23 de septiembre de 2012
286. El energúmeno, en 400 palabras (doscientas).
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sábado, 15 de septiembre de 2012
285. Contento, en 400 palabras (ciento noventa y nueve).
Salgo de casa, bajo silbando las escaleras. Me acerco al parque que tengo en frente, hace una mañana espléndida. Paseo como a mí me gusta, despacio. Me fijo en los árboles, ¡cómo han crecido!, y en los pajarillos que, por fin, han vuelto. Se fueron cuando destruyeron el parque para hacer un túnel. Ahora que los árboles ya han crecido, vuelven. Son una alegría. Echaba de menos el piar que me despertaba por la mañana temprano. Saludo a unos y a otros, vecinos y conocidos de cruzarme con ellos. Me siento en un banco cara al sol, no quiero perder el moreno, y cierro los ojos. Calma chicha. Todo en orden. Alguna preocupación, claro, siempre hay alguna, uno siempre se preocupa, pero ninguna grave, esperanzado, con optimismo. Las cosas irán bien, seguro. Paciencia, sólo. Conformado, por otro lado, con lo que hay. ¡Qué remedio! Pero contento, con ganas de hacer cosas, que ya las hago. Si acaso, que he de forzarme más en terminar ese cuento que estoy escribiendo. Lo he retomado de nuevo y esta vez he de terminarlo. Sí. Lo haré. Por lo demás, contento, digo. No me puedo quejar, no debo quejarme. Hoy la mañana es espléndida, ya lo dije, y la temperatura, ideal. Da gusto pasear o tomar el sol por un rato. Me encuentro bien. Este rato de ocio me permite pensar. Pienso en los más próximos, mi mujer, mis hijos: les irá bien. Pienso en nuevas actividades, que llenen mi tiempo y me llenen a mí. Yo siempre he sido un hombre activo y ahora no puedo dejar de serlo. Escribir, diseñar páginas Web, leer, colaborar en todo lo que me propongan, que sea interesante, claro, escribir (otra vez), asistir a algún curso o charla que me apetezca, recorrer Madrid, visitar sus museos y sitios interesantes (bueno, esto lo dejaré para hacerlo con mi mujer cuando se jubile, que sé que a ella le gusta), reunirme con amigos, disfrutar de mi tiempo haciendo cualquier cosa que me venga en gana… con ganas, con ilusión, con entrega; hacer deporte, que ya hago: juego al squash y racket cuatro veces por semana, no está mal, así me conservo en forma… y desde que me como un plátano (canario) todos los días, no me duelen los músculos (sugerencia de mi mujer, que lo sabe todo). En fin, contento. He releído “Huida a ninguna parte”: ¡qué diferencia!
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sábado, 8 de septiembre de 2012
284. Huida a ninguna parte, en 400 palabras (ciento noventa y ocho).
Huida a ninguna parte
Me sucedía, recurrentemente, hace muchos años, durante mi larga depresión.
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domingo, 2 de septiembre de 2012
283. Aburrimiento, en 400 palabras (ciento noventa y siete).
—¿Tienes algo que contar?
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