Bienvenido a este mi cuaderno de bitácora

Querido visitante: gracias por pasar por aquí y leerme.
Aquí encontrarás ligeros divertimentos y algunas confidencias personales, pocas.
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Guarismo.

viernes, 22 de junio de 2012

269.La pareja discutidora, en 400 palabras (ciento ochenta y nueve).

La pareja discutidora

Estaban enervados, los dos, ella y él. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando una joven pareja se sentó a mi lado, discutiendo. Debían llevar discutiendo ya un buen rato, pues se les veía acalorada a ella y muy serio a él. “No, así no”, decía ella. “Pues tendrá que ser así”, contestaba él. “Pues no, ni pensarlo”. “Pues tú verás”. Se callaron, quizá al denotar mi presencia. Yo seguí leyendo el periódico. Los miraba de reojo. No creo que pasaran de los treinta ninguno de los dos. Los dos, guapos: ella, rubia, con muy buen tipo, cutis perfecto y unos ojos azul mar; él, de piel morena, ojos castaños y porte elegante. Ella lo miró y trató de sonreír. Más que una sonrisa le salió una mueca. Él la miró, muy serio, como diciendo: ¿intentas sonreír con la que estás liando?, pero no lo dijo. Al rato, él le cogió la mano y ella dio un respingo y quitó la mano inmediatamente. No se dijeron nada. Más tarde, yo ya había leído el periódico, él dijo: “Muy bien. Tenemos que aclarar esto”. “Sí”, respondió ella. “Entonces, ¿lo analizamos otra vez?”. “Mira que eres pesado, ¿no?”. “Acabas de decirme que sí”. “Que sí, ¿a qué?”. “A que tenemos que aclararlo”. “Sí, pero no me refería a ahora”. “¿Cuándo, entonces?”. “Cuando me calme, estoy excitada”. “¿Excitada? Pero si tú no te excitas, ése es el problema”. “Mira, eso es culpa tuya, no sabes hacerlo”. “¡Que no sé…! Bueno, mira, lo que no puede ser es que sólo lo hagamos una vez a la semana y encima no lo disfrutemos. Porque, si tú no disfrutas, yo tampoco”. “¡Cínico!”. “Es verdad”. “Tú siempre piensas en lo mismo y no me das tiempo”. “¿Qué no te doy tiempo? ¡Venga ya! Ahora la excusa es el tiempo, ¿no?”. “No es excusa. Es que me siento acosada. Alguna vez me gustaría llevar a mí la iniciativa”. “Bien, de acuerdo. Tú me dices”. “Pues ya está”. “¿Ya está qué?”. “Que ya está aclarado, ¿no?”. “Si tú lo dices… lo que ha pasado es que yo he cedido, como siempre”. “¡Qué cínico eres! El problema es que tú siempre quieres salirte con la tuya y nunca me comprendes”. Me hice el sueco.

sábado, 16 de junio de 2012

268. La mujer loca, en 400 palabras (ciento ochenta y ocho).

La mujer loca

Parecía loca, la mujer. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando ella se sentó a mi lado, con los ojos tan saltones que parecían que se le iban a salir de un momento a otro. “La María es una estúpida, no la aguanto más. Y hoy mi marido va y dice que se va de casa, que no me aguanta. ¡Y qué! Que se vaya. La María me ha engañado con otra y eso no se lo consiento. Pues sólo por eso hoy no compraré el pan. ¿A usted que le parece, buen hombre?”. “Pues yo…, no sé, ¿qué me parece qué? ¿Lo del pan, lo de María o lo de su marido?”. “Pues lo del pan, claro. Hoy no lo voy a comprar”. “¡Ah! Bueno”. “Es que, mire, lo de María no tiene nombre. Había quedado conmigo en acompañarme al Corte Inglés y me llama para decirme que no puede. Vale, le digo, no importa. Y luego la veo con la Maite tomando café. Pues que se quede con ella. Yo ya tengo bastante con mi marido”. Se calla unos segundos. Yo, para que parezca que le hago caso, le pregunto: “Pero su marido, ¿no se va de casa?”. “¡Ah! Sí, eso dice, pero no se va. Y hoy se queda sin pan. ¿Sabe? A mi marido le gusta mucho el pan. Así que hoy, que se joda. Pero no se va, no, no tenga usted cuidado. A él le gusta mi cuerpo más que comer con los dedos. ¿No le he contado lo de la farmacia? He ido a comprar lo de siempre y me dicen que no lo tienen. Les he armado un pollo. ¿Pero es que no lo compro todas las semanas desde hace años?, les he dicho. Y no crea que me han respondido: Perdón, señora. No, nada de eso. Me han dicho que vuelva mañana. Pues mi marido no se va, no, no se preocupe”. “No, si yo…”. “Lo conozco y me amenaza cada vez que le digo que no, y ayer se lo dije porque me dolía la cabeza. ¿Sabe? A mí también me duele la cabeza”. “Sí, claro”, dije, por cumplir. “Y a la María que le den. Tengo más amigas. Deje que le cuente…“. Desconecté.   

domingo, 10 de junio de 2012

267. La mujer guapísima (2), en 400 palabras (ciento ochenta y siete).

La mujer guapísima (2)

Era guapa, la mujer. Ya la conocía. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando ella se sentó a mi lado, sonriendo. “¡Hola!”. “¡Hola!”. “¿Me va a echar un piropo hoy?”. “Claro. Está usted estupenda”. “¿Nada más?”. “Sí. Puedo decirle más cosas: es usted guapa, elegante, atractiva…”. “Gracias. Me gusta”. “¿Le gusta lo que le digo o le gusto yo?”. “Me gusta usted, y también lo que me dice”. “¡Vaya! No me lo esperaba”. “¿No se esperaba qué?”. “Que yo le gustara”. “Pues así es. No le molestará, ¿no?”. “No, por supuesto. Me encanta”. “¿Se lo va a decir a su mujer?”. “Pues no sé, supongo que sí, aunque a lo mejor no le gusta”. “¿No le gusta que se lo cuente o no le gusta que usted me guste?”. “Supongo que no le gustará que yo le guste a usted”. “¿Por qué no? Debe sentirse orgullosa de que su marido le guste a otra”. “Sí, imagino que sí, pero a lo mejor, o a lo peor, ella piensa que estoy ligando con usted”. “¿Y no lo está haciendo?”. “Bueno, pues no sé… es usted quien ha dicho que le gusto, yo no he dicho nada”. “Sí, me ha echado piropos, me ha dicho que estoy estupenda”. “Sí, claro, es que usted lo está”. “Entonces, ¿le gusto?”. “Sí, me gusta, pero eso no significa que quiera ligar con usted”. “Ya, pero es el primer paso, ¿no?”. “Yo diría que es una condición necesaria porque, si no me gustara, no querría ligar con usted”. “Entonces, ¿quiere ligar conmigo?”. “Yo no he dicho eso”. “No, por eso le pregunto”. “Pues… bueno, me gustaría, claro, es usted guapísima, parece simpática y seguro que es cariñosa”. “Lo soy, y mucho”. “Me lo imagino, sí, pero, ya sabe, estoy casado y…”. “Yo también estoy casada”. “¿Y su marido?”. “Es muy celoso”. “Lo entiendo. Yo también lo soy”. “¿Es guapa su mujer?”. “Sí, mucho”. “¿Y celosa?”. “No, yo creo que no”. “Pues mejor, ¿no? Así se lo puede contar y no tendrá problemas”. “Contarle qué, ¿qué yo le gusto a usted o que usted me gusta a mí?”. “Ambas cosas. Nos gustamos, ¿no?”. “Sí, claro, bueno, pero yo…”. “Mire, hay que ser realistas”. “Sí, sí, es mejor”. “Usted me gusta”.

sábado, 2 de junio de 2012

266. El hombre con bigote, en 400 palabras (ciento ochenta y seis).

El hombre con bigote

Estaba como enfadado, el hombre. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando un hombre con bigote se sentó a mi lado, despotricando. “Es una barbaridad”, decía. Yo lo miré y callé prudentemente. Él siguió: “Es que esto no puede ser, hay que arreglarlo, este país se cae a trozos y no hay nadie que lo solucione, los políticos son unos incompetentes, los banqueros, unos ladrones, los jueces, unos cantamañanas, los empresarios, unos egoístas, los sindicatos, unos desgarramantas, los trabajadores, unos vagos, los nacionalistas, unos pueblerinos…”. “Vaya, no deja usted títere con cabeza”, le interrumpí, un poco alarmado. “La prima de riesgo en las alturas (podríamos santificarla ya), los bancos son un agujero negro…”, continuó, sin tener en cuenta mi interrupción. “Y la sociedad está adormecida, anestesiada. Aparece de pronto un 15M, pero no resuelve nada, son cuatro gatos, desorganizados además. Esto no puede seguir así. Hay que hacérselo ver a estos políticos que tenemos. Unos, con su maquinaria de propaganda y su demagogia, sólo se dedican a mentir para ganar votos y dicen que se preocupan por la sociedad… ¡Ja! Resulta que son los primeros en bajar sueldos y subir impuestos, y gastan a manos llenan como si esto fuera Jauja. Los otros, tan listos ellos, no dan pie con bola: prometen sin saber y no les queda más remedio que desdecirse. Toman las medidas que los otros no tomaron y resulta que no arreglan nada. Empiezan a acojonarse… Para colmo, tenemos a los nacionalistas, que sólo piensan en su ombligo y quieren ser independientes, pero con ayuda del Estado. Y Europa, ¡vaya patulea de funcionarios sin espíritu! Llevan años viendo la crisis y hablando, reuniéndose, discutiendo, analizando… total para nada. No dan una. Amenazan, obligan, restringen, recortan. Pero no impulsan, no deciden, no ayudan, no resuelven, no cogen el toro por los cuernos. Cuando las vacas gordas, alimentadas artificialmente con ladrillos y cemento, engordadas por la codicia humana, atiborradas de dinero fácil, ningún sabio europeo advirtió de que la gordura era falsa, de que iban a pinchar algún día y se les iba a escapar el engorde convertido en gases. Ahora todo son lamentos. Es necesaria una revolución, pacífica, claro, y nadie se ha enterado. ¿Reaccionará algún día la sociedad?”. “Espero”, dije.

domingo, 27 de mayo de 2012

265. La joven descarada, en 400 palabras (ciento ochenta y cinco).

La joven descarada

Estaba alegre, la joven. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando una joven, quizás de unos veinte años, se sentó a mi lado, sonriendo. La miré, no era para menos: joven, bella, alegre. Pero no dije nada. “Hola”, me dice. “Hola”, le digo. “Eres muy atractivo”. “¡Vaya! Gracias”, respondí aturdido. “Es verdad… y te lo debo decir, ¿no?”. “Pues… no sé, bueno, sí, gracias. Tú también eres muy atractiva. Y muy joven”. “Sí, soy guapa, ¿no? Y joven, veintiún años”. “¡Quién pudiera!”. “¿Te gustaría tener ahora veintiún años?”.”Sí, claro”. “¿Y qué harías?”. “Pues no lo sé, disfrutar de la juventud, supongo”. “¿Ligarías conmigo?”. “¡Seguro!”. “¿Y ahora?”. “Bueno, verás, yo... eres muy joven”. “Sí, veintiún años”. “Sí, y yo soy viejo para ti”. “Me gustan los hombres maduros”. “Bien…”. “Y tú me gustas. Te he venido observando estos días. Te he visto aquí con un hombre mayor, con una mujer muy guapa, mayor también, con un hombre con un sombrero… Hablabas con ellos y parecías pasarlo bien”. “Sí, así es. Me gusta hablar con la gente”. “Y a mí. Por eso me he acercado”. “Un detalle, que te agradezco”. “Pero no lo he hecho sólo por hablar”. ‘¡Ah!, ¿no?”. “No. Es que me gustas, ya te lo dije”. “Eres muy amable”. “No, soy egoísta. Mira, si tú me gustas, y nos conocemos, sería absurdo que no te lo dijera, ¿no?”. “Pues no sé”. “Sí, lo sería. Tú me gustas, me encanta verte de cerca, me encanta hablar contigo… y me encantarían otras cosas”. “¿Otras cosas? Cómo cuáles”. “¿Necesitas que te las diga? ¿No tienes imaginación?”. “Sí, supongo, claro, pero quizás soy muy mayor para eso”. “¿Para qué?”. “Para eso que piensas”. “¿Y qué pienso?”. “No sé, dímelo tú”. “¿Sabes? Te imagino acariciando mi espalda y un cosquilleo delicioso recorre mi cuerpo. Mira, se me pone el bello de punta”. “Pero ¿no te parece arriesgado? No me conoces”. “Sí, ya te conozco, eres buena persona, seguro, y me gustaría que me acariciaras la espalda. ¿Me das unos masajes en el cuello?”. “¿Aquí?”. “Sí, no es nada malo, ¿no?”. “No, no, por supuesto”. “Espera que me bajo un poco la camiseta. Ya. Empieza suave”. “Sí”. “Me estás poniendo”. “Oye, preciosa, mejor lo dejamos, ¿no?”. “No. Sigue, sigue”.   

domingo, 20 de mayo de 2012

264. El hombre del sombrero, en 400 palabras (ciento ochenta y cuatro).

El hombre del sombrero

Estaba feliz, el hombre. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando un hombre, quizás de unos setenta años, con un sombrero blanco de ala, se sentó a mi lado, riendo. “¡Vaya! Le veo contento”, le dije. Se lo dije porque ya lo había visto otras veces por el barrio y sentí como si lo conociera. “¡Sí!”, me respondió, “estoy contento. Lo hago como terapia, ¿sabe? Quiero decir, estoy contento por obligación. A lo largo de los años me he convencido de que estar triste no conduce a nada, sólo a una tristeza cada vez más profunda. Así que me propuse hace ya tiempo estar contento. Y, créame, se consigue. Yo, lo he conseguido. Y ahora puedo decir que vivo feliz. Me río, pienso en cosas bonitas, me entretengo con mis recuerdos más dulces, rechazo los más amargos, cuento chistes, echo piropos a las chicas, beso a mi mujer, aunque a ella cada vez le gusta menos, pero yo lo hago, juego con los niños, cuido a mis nietos, me he comprado un perro, no veo los telediarios ni sigo las tertulias en la radio, tan crudas, tan pesimistas, sólo veo películas cómicas o románticas y algunas policíacas, juego a la lotería todas las semanas y mantengo la esperanza de que me toque, hasta que no me toca y vuelvo a jugar pensando que me tocará la próxima vez, me río de mí mismo, doy saltitos por la calle, me pongo este ridículo sombrero y saludo a todo el mundo. Créame, yo antes era una persona triste, siempre preocupado por todo y por todos, que no dejaba en mi mente ningún hueco a la alegría. Me hacía creer a mí mismo que era una persona responsable… pero, no. Lo que era es una persona triste, sin ánimo, sin ilusión, pesimista, siempre preocupado por cosas nimias e incapaz de afrontar la vida con optimismo. No me reía. Me di cuenta una vez que estaba con unos amigos y a uno de ellos le dio por contar chistes. Me reí como nunca y me salieron agujetas en los músculos de la cara. Esto no puede ser, me dije, y estudié mi vida. La vi triste. Me prometí cambiar y, ya ve usted, he cambiado. Soy feliz”.


domingo, 13 de mayo de 2012

263. El hombre sin rastro (2), en 400 palabras (ciento ochenta y tres).

El hombre sin rastro (2)

Estaba triste, el hombre. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando él se sentó a mi lado, resignado. “¿Cómo está hoy? Lo veo serio”, le dije. “Sí, lo estoy. Ya le dije que soy el hombre sin rastro, y se lo expliqué, ¿se acuerda?”. “Sí, claro, eso no se me olvida. Hizo usted una reflexión muy interesante”. “Sí, supongo. Pero he reflexionado más y no creo que siempre haya sido así”. “Me alegro. ¿Por qué lo dice?”. “La realidad es que tengo la sensación de no haber dejado rastro…, aunque creo que en algunos casos fue distinto. Mire, déjeme que le cuente: es cierto que no he dejado rastro alguno allá por donde he pasado. Nadie se acuerda de mí, nadie me llama para preguntarme qué tal estoy, soy insignificante en la vida de aquéllos con los que he convivido, laboralmente, durante años. Incluso, como ya le dije, aquéllos por los que me desviví y colmé de beneficios. Pero ayer descubrí que no todo es así, o no todos son así. Me encontré casualmente con un colaborador mío de hace más de 20 años. ¡No se puede imaginar cómo me puso! Para bien, gracias a Dios. Me dijo que soy el mejor jefe que nunca ha tenido, que soy el que más sabe de mi sector, que aprendió todo de mí, que mi calidad humana no la ha vuelto a encontrar jamás, que… bueno, no le digo más, que me ruborizo. Entonces le pregunté abiertamente: ¿y por qué nunca me has llamado? Tienes razón, tenía que haberlo hecho un montón de veces, pero, ya sabes, la vida nos come y no nos deja tiempo para nada, pero créeme, me acuerdo mucho de ti, te tengo en un pedestal, perdóname… me respondió. Eso me hizo reflexionar y concluí que es posible que todavía algunos se acuerden de mí y aún me quieran, pero no tienen tiempo u ocasión de expresármelo. Satisface pensarlo, ¿no?, aunque no deja de ser triste. Luego hice otra reflexión: habrá unos que piensen así, bien, y otros que sean incapaces de reconocer lo que hice por ellos; y me dije: allá ellos, que los zurzan, no los necesito. Hay gente estúpida que no se merece que uno la recuerde…”. 

sábado, 5 de mayo de 2012

262. La mujer guapísima, en 400 palabras (ciento ochenta y dos).

La mujer guapísima

Era guapa, la mujer. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando ella se sentó a mi lado, silenciosa. La miré de reojo, sin que se notara. Podría tener unos cincuenta años quizá. Melenita rubia, piel blanca e inmaculada, ojos azules, algunas arrugas en la comisura de los labios y alrededor de los ojos, ligeras arrugas en el cuello. Era bella. Seguramente lo fue más de joven. La falda, que le llegaba justo por encima de las rodillas, dejaba ver unas piernas bien formadas. La camisa, con los primeros botones desabrochados, dejaba adivinar unos senos muy atractivos. No pude evitarlo. Dejé el periódico y la miré sin disimulo. “Hola”, le tuve que decir ante mi descaro, “es…, es usted preciosa”. “Gracias”, me contestó, “es usted muy amable”. “No, no soy amable, es que de verdad que es usted muy guapa; ¿no le importa que se lo diga? No he podido evitar mirarla”. “Verá, sí, creo que he sido guapa y algo conservo. La Naturaleza me favoreció. No todas las mujeres pueden presumir de lo mismo. Dicen que, de joven, fui una belleza. Suerte que he tenido, pues no dependía de mí… Usted tampoco está mal…”. “¿Yo? ¡Ah!, bueno, muchas gracias, ya me hubiera gustado, pero no, no me parece. De hecho, me miro al espejo y no me gusto”. “Pues a mí sí. Creo que es usted guapo y debió serlo aún más de joven”. “Bueno, yo creo que me lo dice por corresponder, ¿no? Además, no se trata de mí, sino de usted. De verdad que es usted muy guapa. Da gusto mirarla. Disfruto, ¿sabe?”. “Me alegro, siempre me han gustado los piropos, no se lo niego. Y no, no me importa que me mire…”. “Pues la miraré más, si me lo permite. ¿Vive usted por aquí?”. “Sí, desde hace poco”. “¡Ah! Me extrañaba no haberla visto antes… si la hubiera visto, no la habría olvidado”. “¿Y usted?”. “Desde que me casé”. “¿Está usted casado?”. “Sí. ¿Y usted?”. “También”. “¿Nos veremos otro día?”. “¡Claro! Tiene que echarme un piropo”. “¡Faltaría más!”. “¿Se lo va a contar a su mujer?”. “Pues, no sé, supongo que sí, ¿no? ¿Y usted a su marido?”. “Mi marido es muy celoso”. “No me extraña, teniendo una mujer tan guapísima”.

domingo, 29 de abril de 2012

261. El hombre sin rastro, en 400 palabras (ciento ochenta y una).

El hombre sin rastro.


Estaba triste, el hombre. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando él se sentó a mi lado, suspirando. “¿Le ocurre algo?”, pregunté. “No, nada especial”, me respondió. Callamos. Lo observé de reojo. Bien vestido, recién afeitado, porte elegante, su cara denotaba bonhomía. El hombre tendría unos 80 años, quizá algunos más. Pasado un rato me dice: “¿Le importa que le hable?”. “No, en absoluto, dígame”. “Soy el hombre sin rastro”. “¿El hombre sin rastro?”. “Sí, verá: he estado repasando mi vida y me doy cuenta de que no he dejado rastro. Le explico: de niño, de joven, tuve amigos: en el vecindario, en el colegio, en la Universidad; con el tiempo, esos amigos fueron desapareciendo, aunque intenté mantener viva esa amistad llamándolos o escribiéndoles de vez en cuando. Ellos no hacían lo mismo y la amistad se perdió. Luego, en el trabajo, conviví con mucha gente durante muchos años y en varias empresas: jefes, compañeros y subordinados. Contraté a muchos, les di trabajo, siempre me desviví por ellos, especialmente por los que dependían de mí, y no fueron pocos los favores que hice a la mayoría de ellos. Además, trato exquisito siempre (excepto a un par de jefes, lo reconozco, a los que cogí una inquina especial). Cambié de empresa, varias veces, y era yo el que llamaba para interesarme por ellos. Pero ni aquéllos por los que más peleé, a los que más cuidé o favorecí, se acordaron de mí. Yo los llamaba, pero ellos no hacían lo mismo y la relación se perdió. ¿Qué amigos tengo “de toda la vida”? Mire usted: ninguno. He luchado por ellos, los he tratado de la mejor manera que sé, a veces me he desvivido… pero si yo no contactaba con ellos, no había contacto. Y el tiempo pasa y hace olvidar. Cuento con los dedos de una mano los compañeros con los que aún sigo teniendo alguna relación y es así porque la iniciativa la llevo yo. Y, ¿sabe usted?, me duele. Llego a la conclusión de que no dejé rastro en ninguna persona, en ningún sitio. Nadie se acuerda de mí. Creo que hice muchas cosas buenas por mucha gente, pero no dejé rastro. Por eso digo que soy el hombre sin rastro…”.

domingo, 22 de abril de 2012

260. El camino, en 400 palabras (ciento ochenta).

El camino

Veía el final del camino allá a lo lejos. Demasiado lejos. Me daba pereza andar tanto, pero había de hacerlo. Era mi camino y no tenía otra opción que recorrerlo. Me puse a andar. Desde aquella perspectiva, el camino parecía recto y limpio. Bordeado por multitud de árboles y matorrales, algunos con flores, hasta parecía bonito. A mí me lo pareció y me entusiasmé mientras andaba. Aceleré el paso y terminé corriendo. A medida que corría, mi contento era mayor y mi entusiasmo, desbordante. Era joven. La pasión me invadía y el camino parecía esperanzador y sin obstáculos. La verdad es que no veía el final del camino, sólo lo imaginaba. El camino se perdía allá a lo lejos y no podía ver el final. No importaba. Yo lo recorría con entusiasmo, y con prisas. Lo veía tan largo que tenía que correr. Lo entiendo, porque entonces era joven y tenía que ser así. Bendita juventud. No recuerdo que tuviera obstáculos… o sí, no lo sé: quizás, si los había, los superaba sin problemas, con ganas, con ilusión. Corrí mucho, aunque no siempre con éxito, supongo. Pero no importaba: vivía la vida con fruición. Bendita juventud. Corrí mucho, sí, tanto que no hubo tiempo de fijar todo en mi memoria. Lástima. Intento revivir aquellos años de joven y no lo consigo. Me hago un resumen, pero no consigo revivirlos. Tengo sólo una idea vaga de aquellos años. Y me da rabia tener tan mala memoria porque me gustaría recordar cada detalle, cada vivencia, cada sensación. Si recordara todo, podría volver a vivirlo. Supongo que por eso no lo recuerdo, porque no es posible vivir la vida dos veces. Ni siquiera con la mente. No sé qué dirán los psicólogos y psiquiatras al respecto, pero yo creo que no es posible. Si lo fuera, yo me enfrascaría en vivir mi vida de nuevo y entonces, quizá, no viviría mi vida actual. O sí, no lo sé. O no viviría mi vida actual hasta que no reviviera la de años atrás. Vaya lío. En cualquier caso, no puedo hacerlo, o no sé hacerlo, y he de vivir mi vida actual. No me quejo de ello, en absoluto. Es cierto que el final del camino está más cerca, claro, es ley de vida, pero espero que esté aún muy lejos. Aunque no pueda revivir mi juventud, viviré lo que toca ahora.

domingo, 15 de abril de 2012

259. Más gaviotas y olas en mis playas de Cái.

Tres minutos de gaviotas...

... y dos minutos de olas

domingo, 8 de abril de 2012

domingo, 1 de abril de 2012

257. Diferencias, en 400 palabras (ciento setenta y nueve).

Diferencias

A él le gustaba el deporte; a ella, no. A ella le gustaba el cine; a él, no. Ella era ordenada; él, un desorden en sí mismo. Él era la decisión personificada; ella, la indecisión más absoluta. Él era de ideas fijas; ella, una variación continua. Él quería siempre; a ella le dolía la cabeza. Ella trabajaba en la oficina y en casa; él sólo trabajaba en la oficina, muchas horas, eso sí, y en casa descansaba. Él nunca entendía que ella estuviera cansada; ella no entendía que él no la entendiera. A ella le encantaba leer; él prefería la tele, más si retransmitían deporte. Él madrugaba; ella, trasnochaba. Ella aprendía francés; él, inglés. Ella cocinaba; él, a lo sumo, hacía el café. Ella quería tener un hijo; él prefería esperar. A él le volvía loco viajar al extranjero; ella prefería no salir de España. A ella le encantaba la playa; él huía del sol. Él era alto y fuerte; ella, un metro sesenta y delgada. Ella disfrutaba practicando nudismo; él era un pacato. A él le atraían casi todas las mujeres; a ella, ningún hombre excepto él. Ella era generosa; él, egoísta. Él fumaba; ella, no. Él bebía; ella, no. Ella comía frugalmente; él comía de forma exagerada. A él le gustaba comer fuera de casa; a ella, comer en casa. Él no reparaba en gastos; ella era ahorradora. Él necesitaba aclarar las cosas cuando discutían y llegar al fondo de la cuestión; ella, dejar el tema y no profundizar. Cuando él se enfadaba, hablaba sin parar; ella, en cambio, cuando se enfadaba, callaba. Él perdonaba pronto; ella tardaba mucho más. Ella era rubia; él, moreno. Él era celoso; ella, no. Él era ambicioso; ella, se conformaba con lo que tenían. Si por él fuera, cambiarían de coche cada año; a ella le daba absolutamente igual. Ella quería una casa en la playa; él, en la nieve. Él practicaba esquí; ella, hacía natación. Ella andaba mucho; él odiaba caminar. Él era previsible; ella, imprevisible. Él no sabía mentir; ella, sí. Él era débil; ella, fuerte. Él era más sensible que ella. A él le seducía la pereza; ella era diligente. A ella le gustaban los animales; él los odiaba. Ella tenía un perro; él nunca lo consideró suyo. Ella bailaba muy bien; él era un patoso.

Y, a pesar de todo, o quizá por eso, se amaban locamente.