Estaban enervados, los dos, ella y él. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando una joven pareja se sentó a mi lado, discutiendo. Debían llevar discutiendo ya un buen rato, pues se les veía acalorada a ella y muy serio a él. “No, así no”, decía ella. “Pues tendrá que ser así”, contestaba él. “Pues no, ni pensarlo”. “Pues tú verás”. Se callaron, quizá al denotar mi presencia. Yo seguí leyendo el periódico. Los miraba de reojo. No creo que pasaran de los treinta ninguno de los dos. Los dos, guapos: ella, rubia, con muy buen tipo, cutis perfecto y unos ojos azul mar; él, de piel morena, ojos castaños y porte elegante. Ella lo miró y trató de sonreír. Más que una sonrisa le salió una mueca. Él la miró, muy serio, como diciendo: ¿intentas sonreír con la que estás liando?, pero no lo dijo. Al rato, él le cogió la mano y ella dio un respingo y quitó la mano inmediatamente. No se dijeron nada. Más tarde, yo ya había leído el periódico, él dijo: “Muy bien. Tenemos que aclarar esto”. “Sí”, respondió ella. “Entonces, ¿lo analizamos otra vez?”. “Mira que eres pesado, ¿no?”. “Acabas de decirme que sí”. “Que sí, ¿a qué?”. “A que tenemos que aclararlo”. “Sí, pero no me refería a ahora”. “¿Cuándo, entonces?”. “Cuando me calme, estoy excitada”. “¿Excitada? Pero si tú no te excitas, ése es el problema”. “Mira, eso es culpa tuya, no sabes hacerlo”. “¡Que no sé…! Bueno, mira, lo que no puede ser es que sólo lo hagamos una vez a la semana y encima no lo disfrutemos. Porque, si tú no disfrutas, yo tampoco”. “¡Cínico!”. “Es verdad”. “Tú siempre piensas en lo mismo y no me das tiempo”. “¿Qué no te doy tiempo? ¡Venga ya! Ahora la excusa es el tiempo, ¿no?”. “No es excusa. Es que me siento acosada. Alguna vez me gustaría llevar a mí la iniciativa”. “Bien, de acuerdo. Tú me dices”. “Pues ya está”. “¿Ya está qué?”. “Que ya está aclarado, ¿no?”. “Si tú lo dices… lo que ha pasado es que yo he cedido, como siempre”. “¡Qué cínico eres! El problema es que tú siempre quieres salirte con la tuya y nunca me comprendes”. Me hice el sueco.
viernes, 22 de junio de 2012
269.La pareja discutidora, en 400 palabras (ciento ochenta y nueve).
Estaban enervados, los dos, ella y él. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando una joven pareja se sentó a mi lado, discutiendo. Debían llevar discutiendo ya un buen rato, pues se les veía acalorada a ella y muy serio a él. “No, así no”, decía ella. “Pues tendrá que ser así”, contestaba él. “Pues no, ni pensarlo”. “Pues tú verás”. Se callaron, quizá al denotar mi presencia. Yo seguí leyendo el periódico. Los miraba de reojo. No creo que pasaran de los treinta ninguno de los dos. Los dos, guapos: ella, rubia, con muy buen tipo, cutis perfecto y unos ojos azul mar; él, de piel morena, ojos castaños y porte elegante. Ella lo miró y trató de sonreír. Más que una sonrisa le salió una mueca. Él la miró, muy serio, como diciendo: ¿intentas sonreír con la que estás liando?, pero no lo dijo. Al rato, él le cogió la mano y ella dio un respingo y quitó la mano inmediatamente. No se dijeron nada. Más tarde, yo ya había leído el periódico, él dijo: “Muy bien. Tenemos que aclarar esto”. “Sí”, respondió ella. “Entonces, ¿lo analizamos otra vez?”. “Mira que eres pesado, ¿no?”. “Acabas de decirme que sí”. “Que sí, ¿a qué?”. “A que tenemos que aclararlo”. “Sí, pero no me refería a ahora”. “¿Cuándo, entonces?”. “Cuando me calme, estoy excitada”. “¿Excitada? Pero si tú no te excitas, ése es el problema”. “Mira, eso es culpa tuya, no sabes hacerlo”. “¡Que no sé…! Bueno, mira, lo que no puede ser es que sólo lo hagamos una vez a la semana y encima no lo disfrutemos. Porque, si tú no disfrutas, yo tampoco”. “¡Cínico!”. “Es verdad”. “Tú siempre piensas en lo mismo y no me das tiempo”. “¿Qué no te doy tiempo? ¡Venga ya! Ahora la excusa es el tiempo, ¿no?”. “No es excusa. Es que me siento acosada. Alguna vez me gustaría llevar a mí la iniciativa”. “Bien, de acuerdo. Tú me dices”. “Pues ya está”. “¿Ya está qué?”. “Que ya está aclarado, ¿no?”. “Si tú lo dices… lo que ha pasado es que yo he cedido, como siempre”. “¡Qué cínico eres! El problema es que tú siempre quieres salirte con la tuya y nunca me comprendes”. Me hice el sueco.
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sábado, 16 de junio de 2012
268. La mujer loca, en 400 palabras (ciento ochenta y ocho).
La mujer loca
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domingo, 10 de junio de 2012
267. La mujer guapísima (2), en 400 palabras (ciento ochenta y siete).
La mujer guapísima (2)
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sábado, 2 de junio de 2012
266. El hombre con bigote, en 400 palabras (ciento ochenta y seis).
El hombre con bigote
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domingo, 27 de mayo de 2012
265. La joven descarada, en 400 palabras (ciento ochenta y cinco).
La joven descarada
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domingo, 20 de mayo de 2012
264. El hombre del sombrero, en 400 palabras (ciento ochenta y cuatro).
Estaba feliz, el hombre. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando un hombre, quizás de unos setenta años, con un sombrero blanco de ala, se sentó a mi lado, riendo. “¡Vaya! Le veo contento”, le dije. Se lo dije porque ya lo había visto otras veces por el barrio y sentí como si lo conociera. “¡Sí!”, me respondió, “estoy contento. Lo hago como terapia, ¿sabe? Quiero decir, estoy contento por obligación. A lo largo de los años me he convencido de que estar triste no conduce a nada, sólo a una tristeza cada vez más profunda. Así que me propuse hace ya tiempo estar contento. Y, créame, se consigue. Yo, lo he conseguido. Y ahora puedo decir que vivo feliz. Me río, pienso en cosas bonitas, me entretengo con mis recuerdos más dulces, rechazo los más amargos, cuento chistes, echo piropos a las chicas, beso a mi mujer, aunque a ella cada vez le gusta menos, pero yo lo hago, juego con los niños, cuido a mis nietos, me he comprado un perro, no veo los telediarios ni sigo las tertulias en la radio, tan crudas, tan pesimistas, sólo veo películas cómicas o románticas y algunas policíacas, juego a la lotería todas las semanas y mantengo la esperanza de que me toque, hasta que no me toca y vuelvo a jugar pensando que me tocará la próxima vez, me río de mí mismo, doy saltitos por la calle, me pongo este ridículo sombrero y saludo a todo el mundo. Créame, yo antes era una persona triste, siempre preocupado por todo y por todos, que no dejaba en mi mente ningún hueco a la alegría. Me hacía creer a mí mismo que era una persona responsable… pero, no. Lo que era es una persona triste, sin ánimo, sin ilusión, pesimista, siempre preocupado por cosas nimias e incapaz de afrontar la vida con optimismo. No me reía. Me di cuenta una vez que estaba con unos amigos y a uno de ellos le dio por contar chistes. Me reí como nunca y me salieron agujetas en los músculos de la cara. Esto no puede ser, me dije, y estudié mi vida. La vi triste. Me prometí cambiar y, ya ve usted, he cambiado. Soy feliz”.
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domingo, 13 de mayo de 2012
263. El hombre sin rastro (2), en 400 palabras (ciento ochenta y tres).
El hombre sin rastro (2)
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sábado, 5 de mayo de 2012
262. La mujer guapísima, en 400 palabras (ciento ochenta y dos).
La mujer guapísima
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domingo, 29 de abril de 2012
261. El hombre sin rastro, en 400 palabras (ciento ochenta y una).
El hombre sin rastro.
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domingo, 22 de abril de 2012
260. El camino, en 400 palabras (ciento ochenta).
El camino
Veía el final del camino allá a lo lejos. Demasiado lejos. Me daba pereza andar tanto, pero había de hacerlo. Era mi camino y no tenía otra opción que recorrerlo. Me puse a andar. Desde aquella perspectiva, el camino parecía recto y limpio. Bordeado por multitud de árboles y matorrales, algunos con flores, hasta parecía bonito. A mí me lo pareció y me entusiasmé mientras andaba. Aceleré el paso y terminé corriendo. A medida que corría, mi contento era mayor y mi entusiasmo, desbordante. Era joven. La pasión me invadía y el camino parecía esperanzador y sin obstáculos. La verdad es que no veía el final del camino, sólo lo imaginaba. El camino se perdía allá a lo lejos y no podía ver el final. No importaba. Yo lo recorría con entusiasmo, y con prisas. Lo veía tan largo que tenía que correr. Lo entiendo, porque entonces era joven y tenía que ser así. Bendita juventud. No recuerdo que tuviera obstáculos… o sí, no lo sé: quizás, si los había, los superaba sin problemas, con ganas, con ilusión. Corrí mucho, aunque no siempre con éxito, supongo. Pero no importaba: vivía la vida con fruición. Bendita juventud. Corrí mucho, sí, tanto que no hubo tiempo de fijar todo en mi memoria. Lástima. Intento revivir aquellos años de joven y no lo consigo. Me hago un resumen, pero no consigo revivirlos. Tengo sólo una idea vaga de aquellos años. Y me da rabia tener tan mala memoria porque me gustaría recordar cada detalle, cada vivencia, cada sensación. Si recordara todo, podría volver a vivirlo. Supongo que por eso no lo recuerdo, porque no es posible vivir la vida dos veces. Ni siquiera con la mente. No sé qué dirán los psicólogos y psiquiatras al respecto, pero yo creo que no es posible. Si lo fuera, yo me enfrascaría en vivir mi vida de nuevo y entonces, quizá, no viviría mi vida actual. O sí, no lo sé. O no viviría mi vida actual hasta que no reviviera la de años atrás. Vaya lío. En cualquier caso, no puedo hacerlo, o no sé hacerlo, y he de vivir mi vida actual. No me quejo de ello, en absoluto. Es cierto que el final del camino está más cerca, claro, es ley de vida, pero espero que esté aún muy lejos. Aunque no pueda revivir mi juventud, viviré lo que toca ahora.
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domingo, 15 de abril de 2012
domingo, 8 de abril de 2012
domingo, 1 de abril de 2012
257. Diferencias, en 400 palabras (ciento setenta y nueve).
Diferencias
A él le gustaba el deporte; a ella, no. A ella le gustaba el cine; a él, no. Ella era ordenada; él, un desorden en sí mismo. Él era la decisión personificada; ella, la indecisión más absoluta. Él era de ideas fijas; ella, una variación continua. Él quería siempre; a ella le dolía la cabeza. Ella trabajaba en la oficina y en casa; él sólo trabajaba en la oficina, muchas horas, eso sí, y en casa descansaba. Él nunca entendía que ella estuviera cansada; ella no entendía que él no la entendiera. A ella le encantaba leer; él prefería la tele, más si retransmitían deporte. Él madrugaba; ella, trasnochaba. Ella aprendía francés; él, inglés. Ella cocinaba; él, a lo sumo, hacía el café. Ella quería tener un hijo; él prefería esperar. A él le volvía loco viajar al extranjero; ella prefería no salir de España. A ella le encantaba la playa; él huía del sol. Él era alto y fuerte; ella, un metro sesenta y delgada. Ella disfrutaba practicando nudismo; él era un pacato. A él le atraían casi todas las mujeres; a ella, ningún hombre excepto él. Ella era generosa; él, egoísta. Él fumaba; ella, no. Él bebía; ella, no. Ella comía frugalmente; él comía de forma exagerada. A él le gustaba comer fuera de casa; a ella, comer en casa. Él no reparaba en gastos; ella era ahorradora. Él necesitaba aclarar las cosas cuando discutían y llegar al fondo de la cuestión; ella, dejar el tema y no profundizar. Cuando él se enfadaba, hablaba sin parar; ella, en cambio, cuando se enfadaba, callaba. Él perdonaba pronto; ella tardaba mucho más. Ella era rubia; él, moreno. Él era celoso; ella, no. Él era ambicioso; ella, se conformaba con lo que tenían. Si por él fuera, cambiarían de coche cada año; a ella le daba absolutamente igual. Ella quería una casa en la playa; él, en la nieve. Él practicaba esquí; ella, hacía natación. Ella andaba mucho; él odiaba caminar. Él era previsible; ella, imprevisible. Él no sabía mentir; ella, sí. Él era débil; ella, fuerte. Él era más sensible que ella. A él le seducía la pereza; ella era diligente. A ella le gustaban los animales; él los odiaba. Ella tenía un perro; él nunca lo consideró suyo. Ella bailaba muy bien; él era un patoso.
Y, a pesar de todo, o quizá por eso, se amaban locamente.
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