Quince minutos
Miro el reloj y compruebo, con nerviosismo, que sólo faltan quince minutos. Hasta ahora había tratado de ignorar lo que iba a suceder ineludiblemente, distrayéndome con cualquier cosa y negando que aquello fuera a ser cierto, deseando un cataclismo que lo impidiera, imaginando raras circunstancias que lo harían imposible… pero ya no. A quince minutos vista, lo que va a ocurrir ocurrirá sin remedio. Quince minutos. No me queda más. Es hora de aceptarlo, ya no valen subterfugios mentales para huir de ello. Miro el reloj, quince minutos todavía… catorce ya (este reloj sin segundero me pone nervioso; el minutero salta a minuto pasado y parece que el tiempo se detiene). Catorce… ¿qué debo hacer para afrontarlo? Evitarlo no está en mi mano, así que sólo me queda eso: afrontarlo. Afrontarlo de la mejor forma posible, con humor, al menos con cierto humor, y con dignidad, la dignidad es importante. He de aparentar serenidad, aunque esté nervioso; paciencia, aunque la impaciencia me carcoma; honradez, aunque a veces no fui honrado; hombría de bien, aunque fuera un canalla… en fin, debo mostrarme firme en mi actitud y sólido en mi aptitud. Ya saltó el minutero, trece ya. Sin quererlo y sin darme cuenta, mi mente me hace dar un largo paseo por mi vida. Me veo desde fuera, como si yo fuera otro y me observara. Me veo de bebé, mamando la teta de mi madre; de niño, jugando con mis hermanos y dándoles órdenes, como si hubiera sido el mayor, que no lo soy, y con mis amigos ejerciendo de jefe de la pandilla en las travesuras que perpetrábamos; de joven, con la sexualidad a flor de piel, el ansia de libertad y la rebeldía frente a todos y contra todo… pasan por entre mis recuerdos escenas agradables, fugaces, y escenas crudas que duran más de la cuenta, pero no me resisto. Miro el reloj: quedan tres minutos. Qué rápido saltó el minutero, sin avisarme. Tres minutos. Fijo la mirada en la pared de enfrente y mi mente se queda en blanco, como la pared inmaculada. Miro el reloj: dos minutos. Me concentro en el tiempo: 45, 44, 43, 42; imagino mi reloj con segundero y cuento hacia atrás los segundos. 7, 6, 5, 4; tres segundos y quedará un minuto. Un largo minuto. Un rayo de esperanza: ¿adelantará mi reloj…? No. Avanzó el minutero y… ¡todo acabó!
martes, 26 de agosto de 2008
65. Quince minutos, en 400 palabras (cuarenta y una).
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miércoles, 20 de agosto de 2008
64. Mis playas de Cái. Detalles (uno).
Detalles de mis playas de Cái, fotografiados en este agosto delicioso de 2008, 18 días de Poniente, 2 de Levante en calma, fresco nocturno, agradable sol diurno, descanso, sosiego, paz, alegría al llegar, disfrute pleno al estar, pena al partir... Musha hente... y sacabó. ¡Lástima!
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viernes, 15 de agosto de 2008
63. Vecino, en 400 palabras (cuarenta).
(A mi amiga Bicho, que no Carolina...)
Vecino
Nos encontramos por primera vez en la escalera. Él subía sudoroso, con el chándal pegado al pecho y húmedo por su zona central, y la respiración agitada; yo bajaba hecha un pincel, aunque con cara de sueño. Izquierda, centro, derecha, izquierda otra vez… no había manera de pasar. Nos miramos a los ojos y sonreímos sin cruzar palabra, no eran horas de entablar conversación. Me cogió suavemente por el brazo y me hizo pasar por su derecha al tiempo que me miraba de arriba abajo; luego, nuestros ojos se encontraron de nuevo, fugazmente. Mi corazón latió algo más de lo normal y seguí bajando la escalera. No volví la vista atrás, pero tuve la sensación de que él me observaba y se fijaba sobre todo en mis piernas… la verdad es que llevaba una minifalda más que corta y estoy segura de que, con los tacones, mis piernas eran atractivas aquella mañana (siempre he creído tener unas bonitas piernas). No se me quitó su imagen de la cabeza durante todo el día. Veía su frente perlada con el sudor y sus ojos negros mirándome intensamente. Mi cuerpo se agitaba cada vez que pensaba en la posibilidad de encontrarlo de nuevo. Fue por la noche. Yo subía por la escalera, la respiración agitada por el esfuerzo, y él bajaba hecho un pincel con un traje gris marengo, camisa azul cielo y corbata roja. Sus ojos negros me examinaron de arriba abajo con rapidez y luego se fijaron en los míos con esa mirada intensa que me había cautivado por la mañana. Izquierda, centro, derecha, izquierda otra vez… no había manera de pasar, aunque yo creo que esta vez forzamos la situación. Sonreímos sin dejar de mirarnos. Me cogió suavemente por el brazo y me hizo pasar por su derecha. Me volví de espaldas y confirmé que tiene un tipazo. Él continuó escaleras abajo hasta que en el descansillo volvió su cabeza hacia mí y me miró de nuevo. Mi corazón se agitó otra vez. Se me hicieron largas las horas hasta el encuentro del día siguiente. Jugamos al juego de coincidir en la escalera, izquierda, centro, derecha al unísono. La tímida sonrisa se convirtió en carcajada en unos segundos y segundos más tarde nos mirábamos con intensidad, sin cruzar palabra. Luego él me cogió suavemente por el brazo y me hizo pasar por su derecha. Nos volvimos y nos miramos…
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miércoles, 6 de agosto de 2008
62. Cara de tonto, en 400 palabras (treinta y nueve).
Con cara de tonto
Se me debió quedar cara de tonto cuando me contaron aquello. Digo que se me debió quedar porque no pude mirarme al espejo, pero seguro que sí. Lo podía haber preguntado, pero la gente suele ser amable y no iban a decirme que tenía cara de tonto, o cara de más tonto, porque, a lo peor, la cara de tonto la he tenido siempre. La cara de tonto, o de más tonto, se me quedó cuando me contaron, mientras jugábamos la partida de mus de los viernes por la tarde, que habían visto a Carmina con Alfonso. Bueno, no me lo contaron directamente, pero salió. “Parecían muy acaramelados”, dijo Juan; “las manos de Alfonso se perdían por entre las faldas de Carmina”, contó Antonio; “bueno, no exageres, que estaba muy oscuro”, terció mi amigo Alberto. “Mus, mus, habla”. A mí se me quedó cara de tonto, o de más tonto, pero reaccioné enseguida y seguí jugando con mi cara de tonto, o de más tonto, que aún no lo sé. “Carmina no es capaz de hacer eso”, dije entre dientes, sin mirar a nadie. “Paso, envido, envido más, quiero”. Me pareció notar algunas miradas cómplices entre ellos, pero no estoy seguro. “Paso, paso, ¡hala!, se fue”. Juan dijo: “me dijo Alfonso que ayer echó el polvo de su vida”, pero yo no lo creí, porque Juan me la tiene guardada, aunque la cara que debió ponérseme fue de más tonto que nunca, supongo. “¡Sírvenos otra copa, Ernesto!”, gritó Antonio al camarero, “que estamos celebrando algo…”. Lo miré con esa mirada que uno pone cuando quiere matar a alguien, pero Antonio bajó los ojos rápidamente, “…que vamos a celebrar que Juan y yo ganaremos esta partida”, corrigió, quizás avergonzado. “Pares, llevo, llevo, no llevo, tengo”. “¡No celebramos nada!” le dije a Ernesto, “éstos no nos van a ganar”; en voz baja, añadí: “y ésa no es mi Carmina, os habéis confundido”. “Paso, paso, envido, tres más, órdago, llévate cinco”. “Pues era morena, como la tuya“, afirma Juan, “y con unas piernas perfectas, como Carmina”, insiste Antonio. “Juego sí, sí, sí, sí”. “Sí, las tiene preciosas”, dice Alberto. Y yo, con cara de tonto. “Las copas, ¿te pasa algo?”, dice Ernesto poniendo su manaza sobre mi hombro. “Envido,… llévate dos”. No le contesto y cuento los puntos. “¡Jo, macho!”, insiste, “¡vaya cara de tonto que se te ha quedao!”.
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martes, 29 de julio de 2008
61. La ventana, en 400 palabras (treinta y ocho).
La ventana
Estaba condenado a mi inmovilidad. Mi única fuente de vida era la que me daba la ventana. Miraba por ella hacía mucho tiempo, muchos años ya, pero nunca vi nada realmente, aunque sí vi muchas cosas con mi imaginación. Mi ventana daba a una estrecha calle de edificios altos y desde mi posición en el décimo piso no alcanzaba a ver a la gente pasar. Sólo podía ver las ventanas de enfrente, las ventanas de una casa que llevaba años vacía. En aquella casa había situado yo a María y Roberto, la pareja que me entretenía haciéndome sufrir unas veces y disfrutar otras. Les veía discutir a través de los visillos amarillentos del salón que se transparentaban cuando encendían la luz. Les veía amarse cuando dejaban la ventana abierta del dormitorio. Eran una pareja un tanto extraña, diría yo. Tanto la veía a ella sola durante días como a los dos juntos, discutiendo o haciendo el amor sin descanso, no tenían término medio. A mí me gustaba cuando María estaba sola en casa. Ponía música, porque la veía bailar en el salón como si le fuera la vida en ello, aunque mi sordera me impedía oír la melodía. Sin embargo podía verla bailar, retorciendo su cuerpo con esa gracia especial que me volvía loco, lanzando sus manos al aire con unos movimientos imposibles y moviendo sus pies como si estuviera suspendida en el aire. La adoraba. Ella bailaba durante horas y yo la contemplaba embelesado. A veces bailaba desnuda, en verano, cuando hacía calor, y entonces pensaba que no le podía pedir más a la vida… Luego llegaba Roberto y se ponía a bailar con ella. Intentaba imaginar que era yo, pero me caía al suelo, por mis piernas inválidas, y no volvía a intentarlo. Roberto bailaba poco, en seguida se la llevaba a la cama.
Un día vi a dos personas en la casa. No eran ni María ni Roberto. Las observé. Quitaron los visillos amarillentos y pusieron unas cortinas que impedían ver en el interior del salón aunque encendieran la luz. Colocaron también cortinas en el dormitorio, que apenas corrían. Únicamente ella, una mujer gorda, fea y con el pelo revuelto de recién levantada, abría la ventana por las mañanas, supongo que para ventilar un poco, y las cerraba inmediatamente. Quise volver a ver a María y Roberto, pero sólo veía las cortinas. ¡Qué horrible decepción!
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viernes, 25 de julio de 2008
60. Reflexiones, en 400 palabras (treinta y siete).
Reflexiones
A veces uno reflexiona sobre el pasado y el futuro... y termina concluyendo que lo del futuro es mejor dejarlo.
Me explico: recordar el pasado es posible, aunque yo creo que del pasado sólo se recuerda lo que tu subconsciente quiere. Desconozco la razón, pero hay años de mi vida que he borrado sin querer. Mi primer recuerdo de niño data de cuando yo debía tener siete años. Son recuerdos intrascendentes, aunque significarán algo, supongo: una noche de Reyes en que me traían una bici, un paseo con mi padre en el que perdí una pelota y él me razonó y me enseñó muchas cosas, una visita con mi madre a una vecina que daba el pecho a su hijo y poco más. Entre los siete y once años, escenas borrosas, algún enamoramiento incluido y alguna que otra gamberrada. De los once a los diecisiete, sólo algunos recuerdos vagos, enamoramientos incluidos también, olvidando a mucha, mucha gente. Hasta los veintitrés, un par de novias, un par de amigos, alguna que otra escaramuza... Desde entonces algo más. Pareciera que empecé a vivir a esa edad –será cuando por fin tuve uso de razón- porque recuerdo esos años con mayor intensidad, aunque tampoco mucha.
Sí puedo resumir el pasado diciendo que toda mi vida ha sido una espera, desesperada a veces, esperanzada otras. Supongo que es así para todos. Todavía mi vida es una espera.
Entonces intentas reflexionar sobre tu futuro y te armas un lío, un gran lío. Es mejor dejarlo, decía, porque ¿acaso lo conozco? ¿Acaso lo conoce alguien? Esperas lo que ocurrirá mañana, más o menos, pero ¿y dentro de un año o de dos? Tantas veces planifiqué y tantas veces cambiaron las cosas que había previsto... No, no merece la pena reflexionar sobre el futuro. Merece la pena, eso sí, trazar la línea de lo que quieres ser, de lo que quieres hacer. Y empeñarte en ello cuando, tras pensarlo mucho, lo tienes claro, cosa nada fácil. La duda es mala compañera, por eso merece la pena dedicarse un rato a decidir. Uno puede, y debe, empeñarse en ser lo que pretende y en hacer lo que se quiere. Luego saldrá como salga, pero uno ha de emplearse a fondo.
Lo peor, claro, es la incertidumbre, aunque esto hace el futuro interesante en sí mismo; e inútil, probablemente, reflexionar sobre él. ¿Cómo será? Y quién lo sabe...
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domingo, 20 de julio de 2008
59. Estás difícil, en 400 palabras (treinta y seis).
Estás difícil
–Estás difícil últimamente.
–No, estoy como siempre.
–No es cierto, tú no eres así.
–Sí que lo soy.
–Yo creo que algo te pasa.
–No me pasa nada.
–Ya no me quieres.
–Es… sí, bueno, es el trabajo, que me agota. Mucha tensión.
–No es el trabajo.
–Sí, de verdad, y te lo he contado. Tenemos problemas.
–Otras veces los has tenido, y más gordos, y hemos hecho el amor como al principio.
–Ahora también.
–¿Ahora también? Si llevas dos semanas sin tocarme y la última vez fue un fracaso.
–Es el estrés, ya te lo he dicho.
–No me lo creo. Ni siquiera me miras.
–Sí que te miro.
–No cuando nos desnudamos. A ti siempre te he gustado.
–Y me sigues gustando.
–Ahora no me miras.
–Sí te miro, sabes que me gustas.
–Ya no.
–Sí, sí me gustas. Lo que ocurre es que estoy pasando una mala racha.
–Desde nuestro primer fracaso no me haces ni caso, ni me miras.
–Sí te miro.
–Pero no te gusto. Hay otra persona, seguro.
–¿Cómo? ¿Qué? ¿Otra persona? ¿Cómo se te ocurre…?
–¿Qué cómo se me ocurre? Si no hay más que verte. Tienes cara de cansancio, ya ni me das un beso, los fines de semana te acuestas antes que yo para evitar que te pida nada…y no quieres que te acompañe a sacar al perro… ¿Llamas entonces?
–¡A quién!
–A tu amante…
–¡No tengo amante!
–¡Hagamos el amor!
–¡No estás bien de la cabeza! Son las siete de la tarde.
–Es la mejor hora.
–Podría venir alguien…
–¿Quién va a venir? ¡No me pongas excusas!
–Bueno… pero sabes que he tenido un día duro, no sé si…
–¡Pamplinas! Antes, cuando trabajabas mucho, me buscabas y lo pasábamos en grande…
–Pero hoy no creo que…
–Has estado esta mañana con tu amante, ¿no? ¿Cuántos fueron, eh?
–¿Yo? ¿Qué he estado con quién?
–Con tu amante.
–Mi amante eres tú. Estás diciendo estupideces. No estuve con nadie esta mañana.
–Pues te llamé a la oficina y me dijeron que no estabas.
–Fui a ver a un cliente.
–Si tú no sales nunca.
–Hoy fue una excepción.
–Para hacer el amor, ¿no?
–¡No! Tenía que salir… a hacer… a hacer unos trámites... Por favor, no pienses cosas raras.
–Pues hagamos el amor.
–Es que… no me apetece.
–Lo hiciste esta mañana, ¿no?
–No.
–Y ayer, y anteayer…
–No, no.
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miércoles, 16 de julio de 2008
58. Los números primos (uno), en 400 palabras (treinta y cinco).
Los números primos
Un número primo (o primero) es aquél que sólo es divisible por sí mismo o por la unidad. Los números primos son los ladrillos de los números naturales en el sentido de que “todo número natural o bien es primo o puede ser representado como el producto de números primos de un modo único”. Tal es la importancia de esta afirmación que se la conoce como el teorema fundamental de la aritmética.
Existen infinitos números primos.
Ilustres y geniales matemáticos han dedicado su tiempo a estudiarlos. Algunos enunciaron teoremas cuya demostración no mostraron y que tardaron años en demostrarse. Por ejemplo, el conocido como pequeño teorema de Fermat, que dice así: si a es un número natural cualquiera y p un número primo que no divide a a, entonces p divide a a**(p-1) - 1. Este teorema fue enunciado en 1640 y demostrado finalmente por Euler en 1736. Y todavía hay enunciados que no se han demostrado, como la conjetura de Goldbarg, escrita en 1742, que establece que todo número par mayor que 2 es la suma de dos números primos.
Los números primos han tenido una importancia fundamental en la Matemática y sus aplicaciones prácticas. Por ejemplo, el sistema de cifrado actual para transmitir información segura por Internet está basado en ellos. El sistema PKS (sistema de cifrado de clave pública) ideado por Diffie y Hellman en 1975 y el diseñado por Rivest, Shamir y Adleman, conocido como el sistema RSA, son utilizados hoy día para cifrar la información de manera eficaz (rápida) y de forma tal que sea prácticamente imposible descifrarla sin conocer la clave (o posible con los potentes ordenadores actuales procesando la información durante cientos de años).
Y una curiosidad: el monje francés Mersenne, en 1644, estableció que los números de la forma 2**n – 1, para n primo (denotados como M sub n, números de Mersenne), son primos para los valores de n: 2, 3, 5, 7, 13, 17, 19, 31, 67, 127 y 257, y compuestos para todos los demás valores de n menores que 257. En 1947 se descubrió que erró en algunos: los números de Mersenne para n = 67 y 257 no son primos y para n = 61, 89 y 107 sí lo son. Hoy se conocen 44 números de Mersenne que son primos. El mayor es para n = 32.582.657 y tiene ¡9.808.358 dígitos!
**: elevado a
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domingo, 13 de julio de 2008
57. Olas y atardecer en mis playas de Cái. Luna y cielo.
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sábado, 12 de julio de 2008
56. Breve paseo por Cái.
8 de julio. Deliciosa tarde de Poniente en calma, predecesora del Levante, aunque finalmente no saltó. Un paseo por Cái, breve paseo, por la Caleta, el castillo de Santa Catalina, cerrando, el de S. Sebastián, cerrado, preciosa puesta de sol, bonito barrio de la Viña, exquisito tapeo en el Faro...
Sin intentar emular a guaykyky, os dejo unas fotos del paseo.
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jueves, 3 de julio de 2008
55. ¡Déjame! en 400 palabras (treinta y cuatro).
¡Déjame!
–¡Déjame!
–¿Por qué?
–Porque lo necesito. Necesito calmarme, necesito estar lejos de ti por un rato.
–Pues vete tú.
–No.
–De acuerdo, me voy yo.
–¿Dónde vas?
–No lo sé, me voy; ¿no quieres que me vaya?
–Sí, claro, eso te he pedido.
–Pues me voy.
–¿Adónde?
–Aún no lo sé, ahora decidiré.
–¿Cuánto tardarás?
–No lo sé, cariño. ¿Cuánto quieres que tarde?
–No sé…, un rato.
–Bien, me iré un rato.
–Adiós.
–Hasta luego.
–Oye, ¿pero vas a la calle?
–Sí, ¡dónde quieres que vaya si no!
–Está bien, está bien.
–¿Te molesta?
–No, no, vete, vete.
–Me voy.
–¡Eh! ¿y a qué hora volverás?
–No lo sé, depende de lo que haga.
–¿Y qué vas a hacer?
–Ahora decidiré, cuando salga.
–No cojas el coche.
–¿Por qué?
–Porque no es necesario que vayas tan lejos.
–Pero, ¿no quieres que me vaya?
–Sí…
–¿Entonces?
–Pero sólo un rato.
–¿Y qué es en rato?
–Pues... un rato.
–Bueno, vale, me voy un rato.
–Tráeme tabaco. Un cartón. Toma.
–No paso por el estanco.
–Pues pasa, si aún no sabes dónde vas…
–Entonces cojo el coche.
–No te hace falta, ve dando un paseo.
–¿Un paseo? Si estamos a cuarenta grados.
–Ve por la sombra.
–¡So son casi dos kilómetros! Y no hay sombra, ¿quieres que me deshidrate?
–No.
–Bueno, si quieres que te compre un cartón, cojo el coche. Si no, te compro una cajetilla en el bar de la esquina.
–Como quieras.
–Como quiera, qué, ¿una cajetilla o un cartón?
–Un cartón.
–Adiós.
–El cartón de lait, como siempre.
–Ya lo sé.
–¿Puedes hacerme un favor?
–¡Qué quieres ahora!
–Echa 6 números a la loto.
–¿Para qué? Nunca me toca.
–Esta vez nos tocará.
–Dirás que me tocará, la voy a echar yo.
–Sí, pero yo te la pago.
–Entonces dame el dinero.
–Cógelo de la caja.
–Eso es dinero común.
–Pues lo pagamos a medias.
–Bien, la mitad para cada uno, si toca.
–De acuerdo. Vete.
–Ya me voy.
–No tardes…
–¿Cómo que no tarde? ¿En qué quedamos?
–En que te vas un rato.
–Vamos a ver: me echas, luego me entretienes con preguntas estúpidas, me encargas tabaco pero no quieres que coja el coche, me pides que eche la loto, ahora quieres que no tarde… ¿te quieres aclarar de una vez?
–Es que no puedo. Siento cierta confusión.
–Entonces, ¿qué coño quieres que haga?
–Pues… no sé.
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domingo, 29 de junio de 2008
54. El cliente presunto, en 400 palabras (treinta y tres).
El cliente presunto
A las nueve y diez, sin puntualidad británica, comencé mi presentación ante la plana mayor, incluido el director general, de mi presunto cliente. Digo buenos días, pido disculpas por los minutos de retraso con sonrisa de oreja a oreja, forzada, conecto el portátil y comienzo la presentación de mi oferta. Estoy algo acelerado, me lo noto, pero creo que voy bien. Con suerte me ajusto a los cincuenta minutos que me quedan, me digo para mis adentros. Sigo exponiendo mi propuesta. Entro en detalles técnicos, no hay más remedio. De repente, el director general se levanta y se va. Tranquilo, me digo. Sigo. Al rato hace lo mismo el director financiero. Me desconcentro, dudo, tartamudeo ligeramente durante unos segundos. Desgraciadamente, no puedo encender un pitillo para calmarme. Me interrumpo y pregunto si debo continuar. Las tres personas que quedan me dicen que sí, pero una de ellas se va inmediatamente. Sigo. Cuando abordo el aspecto económico, se va otra y la que queda no hace más que mirar el reloj. Miro la hora y aún faltan quince minutos para cumplir mi tiempo. Desalentado, me vuelvo hacia la pantalla para señalar unos números y oigo un ruido sospechoso que suena al de una silla que se arrastra. Al volverme, veo que la puerta se cierra sigilosamente. Cojonudo, me han dejado solo.
Me siento, intento calmarme. Trece minutos sólo. Y solo. Pienso. Enciendo un pitillo; no hay cenicero pero utilizaré el cenicero grande, el suelo. Trago el humo que ha de calmarme, con calma, profundamente. Me siento. Mastico mi cabreo, medito; repaso mentalmente la presentación intentando entender las razones por las que me han abandonado así.
Doy la última y placentera calada al cigarro, lo tiro al suelo sobre la espléndida moqueta y lo piso. Cojo papel y pluma y escribo:
“Señores: sé que he llegado tarde. Mis disculpas de nuevo. Sé también que mi oferta es la mejor, como lo saben todos ustedes. La he discutido con la directora técnica durante más de un mes y la he modificado hasta adaptarla a sus caprichosas necesidades… y a sus necedades. No obstante, la retiro en este preciso momento. Son ustedes, como poco, unos maleducados. O, mucho mejor, son ustedes un atajo de imbéciles. Atentamente,” y la firmo. La dejo encima de la mesa sobre una copia de la presentación, rota por la mitad. Recojo mi equipo y me voy.
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domingo, 22 de junio de 2008
53. Mi doble, en 400 palabras (treinta y dos).
Mi doble
Yo había pensado siempre que tenía un doble. Un doble exacto. Y hacía mis cuentas: ¿cuál es la probabilidad?, ¿de una diez mil millonésima?, ¿de una mil millonésima parte del número anterior? ¿Menos? No importa. ¿Cuántas estrellas hay?, ¿cuántos planetas?, ¿cuántos millones de años se supone que tiene el Universo? ¿Cuál es la probabilidad de que los nucleótidos de mi ADN sean iguales a los de otro ser que viva en algún lugar y tiempo precisos del inmenso Universo? Esa probabilidad, por infinitesimal que sea, se cumple, me decía.
Lo que no esperaba, como es natural, era encontrarme con él. Mi doble. Me invitaron unos amigos a la fiesta de unos amigos suyos. Fue el 13 de marzo del año pasado y desde entonces ya no soy el mismo. Aún me obsesiona entender por qué me vestí de aquella manera. Los amigos de mis amigos nos invitaron a pasar a su jardín, donde unos preparaban la barbacoa, otros ponían la mesa y algunos charlaban animadamente. Allí lo vi.
Pregunté a mi amigo si aquello era un espejo y me dijo que no, un tanto extrañado por la pregunta. Al parecer, nadie se había dado cuenta. Lo miré y él me miró. Me acaricié mi barba con la mano y él hizo lo mismo. Me puse y me quité las gafas repetidamente para verlo mejor y peor y él repitió, con absoluta sincronía, la misma operación. Nos acercamos. Nos dimos la mano (¡qué sensación más extraña!) sin cruzar palabra, no era necesario, y nos apartamos a un rincón del jardín donde nadie pudiera vernos. Fue una decisión simultánea que no requirió acuerdo previo. Nos miramos fijamente durante largo rato. No hizo falta, insisto, utilizar las palabras. Su cara era la misma que la mía, y su estatura, su tipo, sus formas, su piel morena. Sólo nos distinguía el atuendo. Él llevaba vaqueros azul oscuro y los míos eran blancos; él camisa blanca y yo, azul.
Aquella mañana iba a vestirme exactamente como él, pero, aún lo recuerdo, una extraña sensación que no pude racionalizar me hizo cambiar de idea. Sé que él sentía la misma sensación que yo. Sé que pensaba como yo y exactamente en lo mismo. Los dos pensábamos que ese hecho del que estábamos tan seguros, aun de probabilidad tan infinitesimal, era real. Sin embargo, ni él ni yo entendimos por qué vestíamos de forma diferente.
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