Soñar
Yo creo que soñar es propio del ser humano... aunque tengo mis dudas: juraría que mi perro sueña de vez en cuando, que lo pillo gimiendo profundamente dormido, recordando quizás algún momento vivido. Será que es propio de los seres vivos.
El DRAE define sueño, en su segunda y sexta acepciones, como “Acto de representarse en la fantasía de alguien, mientras duerme, sucesos o imágenes” y “Cosa que carece de realidad o fundamento, y, en especial, proyecto, deseo, esperanza sin probabilidad de realizarse”.
Se sueña dormido, entonces, que lo otro es una quimera, o sea, una gilipollez. En general uno no controla los sueños cuando duerme y sueña con controlar los sueños cuando despierta. Pero soñamos despiertos más que dormidos, o esa sensación tenemos los que no recordamos los sueños nocturnos. Yo sueño, claro, como todo el mundo. Me gusta soñar, quizás ahora más que cuando joven. Por ejemplo, me gusta soñar que soy joven. ¿Y por qué no? Me siento así, por varias decenas de años que ponga mi DNI. Sueño, por ejemplo, que puedo con aquello y con lo otro, y ya no puedo. Sueño que aún soy capaz de enamorar, y ni de broma. Sueño que me enamoro de nuevo, y lo consigo, pero es de otra forma (en absoluto mala; es, quizás, más plena).
Sueño con que el futuro de mis hijos sea esplendoroso y luego veo que mis hijos son estupendos, pero que tienen que ganarse el futuro ellos mismos. Ya les toca a ellos, y lo va consiguiendo, a Dios gracias.
Sueño con un futuro estupendo, y ¿quién sabe? Hoy la esperanza de vida es bien alta. Sueño en la cantidad de cosas que haré cuando llegue –que aún falta– mi jubilación, que también significaba “júbilo” antiguamente. En mi “júbilo” tengo mucho por leer, mucho por escribir, mucho por viajar, mucho por hablar, mucho que contar..., mucho que cuidar a mis futuros nietos, si las cosas se desarrollan normalmente. Mucho por deleitarme, todavía, con las playas de mi Cái, con la mar, justo cuando estén solitarias, no en pleno agosto. Mucho por padecer y disfrutar los vientos de mi tierra...
Sueño ya con el horario que me impondré y las cosas que haré. No es que ahora no las haga, pero el tiempo las limita.
Hace unos meses alguien me dijo: los sueños son libres, puedes soñar cuanto quieras. Y eso hago: soñar.
miércoles, 30 de abril de 2008
46. Soñar, en 400 palabras (veintisiete).
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sábado, 26 de abril de 2008
45. El squash, en 400 palabras (veintiséis).
El Squash
Hace años, cuando aún era casi joven, me aficioné a jugar al squash. Yo nunca fui deportista. De niño intenté el fútbol, todo un éxito: cuando el balón venía hacia mí, yo, entusiasmado –pocas veces me lo pasaban mis compañeros– iba a por él y... daba una patada al aire, el balón pasaba bajo mi pie y yo, con el impulso, me caía de culo al duro asfalto (de niño jugábamos en la calle, no había campos de césped, ni de tierra). Luego intenté el baloncesto; no lo hacía del todo mal, pero no daba la talla. De estudiante universitario intenté el tenis y seguí año tras año –como el inglés–, pero nada. Un desastre. Abandoné el deporte, porque del esquí ni hablo: ¡piiiistaaaa!
gritaba y terminaba sobre la nieve, con un esguince de tobillo y los esquís deslizándose a su aire, que no se sujetaban suficientemente a mis botas de la mili.
Cumplidos ya treinta y tantos, Carlos, compañero de trabajo, en bendito momento, me descubrió el squash. Me entusiasmé. Me cautivó ese juego feroz.
Cuatro paredes, suelo de parqué de 9,75 x 6,40 m. y techo a 5,64 m. del suelo. Chapa frontal de falta de 43 cm. desde el suelo, bandas rojas que determinan la superficie válida, etc. Puede llover, nevar o hacer un sol que raja las piedras, que se puede jugar. Y sólo necesitas a un contrario. Una ventaja.
Me cautivó ese juego endemoniado. Duro, dramático, rápido, rompedor de rodillas, riñones, piernas, espalda... pero genial. Competitivo, divertido, provocador. En fracciones de segundo has de llegar a la bolita, que no bota. Duele el codo derecho, a los diestros, que a los zurdos es el izquierdo; pierdes el resuello, te duele el alma si pierdes, discutes cada bola, cada let y cada stroke. Lamentas los nicks del contrario y disfrutas los tuyos. Sales a la pista a ganar, vas a romper, a luchar. Y pierdes, con deportividad, claro, porque siempre hay alguien mejor que tú. Y cuando ganas, sudoroso y agotado pero feliz, ¡qué placer!
Le debo mucho al squash. Quemas adrenalina, oxigenas tus pulmones, acabas con el estrés del día, te olvidas de los problemas y terminas relajado. Luego, sauna y ducha. Una gozada.
Ahora, con los años, “bola gorda”, más suave, aunque intenso también.
Juego casi a diario y me mantengo en forma, de cuerpo y de alma. Os lo recomiendo.
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miércoles, 23 de abril de 2008
44. La cabaña, en 400 palabras (veinticinco).
La cabaña
A Lucía le gustaba pasear por el bosque. Lo hacía desde niña y solía ir una vez al día. Siempre paseaba por la misma zona, a la
que ella llamaba mi bosque. No importaba el tiempo que hiciera. Podía hacer calor o frío, o llover, incluso nevar, que ella no se perdía sus paseos por nada del mundo. En setenta y tantos años sólo había faltado a su cita durante tres semanas, dos por el tifus, que casi la mata, y la otra porque sus padres se empeñaron en llevarla a la playa, “tienes que conocer el mar” le dijeron y no le dieron opción. Aquella tarde de invierno caminaba con dificultad por la nieve, en la que se hundía hasta los tobillos, aterida de frío por el fuerte viento norte que soplaba sin descanso y que hacía golpear el aguanieve contra su rostro
descubierto. De pronto, se topó con una cabaña que jamás había visto. Había pasado por allí infinidad de veces y nunca la vio. Su cuerpo tembló ligeramente, quizá de miedo, aunque ella lo achacó al frío. Se acercó con cautela y la rodeó, expectante. Intentó ver a través de las ventanas, pero el interior estaba oscuro. Volvió a la puerta principal y llamó con los nudillos. Nada. Insistió. Le pareció oír un ligero murmullo que se acalló tan pronto llamó de nuevo. Esperó. Llamó otra vez acompañándose de un “¿hay alguien ahí?”. Silencio. Ya se iba cuando oyó a sus espaldas el chirrido de la puerta que se abría. Dio un respingo. Volvió sobre sus pasos y escudriñó a través de la puerta abierta. El murmullo que antes oyera era ahora más intenso. Creía identificar voces que cuchicheaban pero no estaba segura. “¿Hay alguien ahí?” gritó de nuevo y dio unos pasos hacia el interior. Silencio. La oscuridad era absoluta, lo que le llamó poderosamente la atención.
“Aún no es de noche, debería entrar algo de luz por la puerta”, se dijo, al tiempo que miraba hacia atrás para comprobar que la puerta seguía abierta. Así era. Deslizando los pies por el suelo, y extendiendo los brazos para detectar cualquier obstáculo, avanzó con valentía unos cuantos pasos hasta que la oscuridad se la tragó. “¿Hay alguien ahí?”, repitió. Suavemente volvieron los murmullos y las voces que cuchicheaban llegaron claras a sus oídos. Poco a poco, uno a uno, fue reconociendo a sus amigos muertos.
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sábado, 19 de abril de 2008
43. Amor platónico, en 400 palabras (veinticuatro).
Amor platónico
Yo creo que lo de amor platónico es un eufemismo. Bueno, no exactamente, porque no sustituye a una expresión violenta, ni grosera, ni malsonante o proscrita, condición de eufemismo. Aunque, a lo mejor, sí. Yo creo que amor platónico es realmente amor inalcanzable, unilateral, imposible… y ¿hay algo más violento que un amor imposible? Yo tengo uno. Se llama Ainhoa. Me la encuentro de vez en cuando, cuando bajo a fumar un pitillo a la puta calle, que en la oficina ya no se puede fumar. Ella es pecadora como yo; quiero decir, fumadora; ya no se sabe si uno peca por fumar, fuma pecando o peca fumando; quizás uno fuma por pecar, no sé. El hecho es que ella y yo fumamos y coincidimos en la puta calle, al pie de la oficina. Ella me encanta: tiene un tipazo, es alta, rubia, joven, simpática, guapa… es perfecta. A lo que iba: Ainhoa es mi amor imposible. Sé que lo es porque ella es joven, yo no; ella es guapa, o guapísima, yo, feo; ella simpática y abierta, yo, antipático y tímido; ella, alta, yo, bajito; ella, esbelta, yo, gordo; ella, deportista –me cuenta que hace “pilates” y juega al tenis cada fin de semana–, yo… todo lo que hago es jugar al mus; ella es ingeniero –me gusta más que ingeniera– y yo, un simple oficinista –me gusta más que oficinisto–; ella, en fin, es una maravilla de niña y yo un cuarentón sin muchas luces. Por eso digo que es inalcanzable... o imposible. Obvio. Pero me gusta y la amo con pasión no confesada. Sueño con ella. Vivo por ella. Es mi ilusión de cada día laborable, que los fines de semana los paso fatal. Y si un día de trabajo no sale a fumar… me quedo triste y angustiado en el despacho, ni fumo siquiera, y me sumerjo entre montañas de papel. Allí me oculto hasta que la veo bajar por un espejito estratégico que me he instalado en la ventana y que está orientado a la puta calle, donde ella y yo (y una jartá de gente más) salimos a pecar, digo, a fumar. Cuando la veo, me salta el corazón y bajo corriendo. Un día de éstos me dirá: “¡Qué coincidencia! Siempre que bajo yo, baja usted a pecar, digo, a fumar conmigo”. Entonces, ¿todo habrá acabado… o será el comienzo?
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viernes, 11 de abril de 2008
42. En la red de los blogs, en 400 palabras (veintitrés).
En la red de los blogs
Es curioso este fenómeno de los blogs, antes weblog, luego we blog, y ahora blog (en el diccionario panhispánico de dudas ya se incluye blog con el significado de “bitácora”. Bitácora es el “armario, junto al timón, donde está la brújula”. Aunque, en mi opinión, es mejor la acepción “cuaderno de bitácora” –“libro en que se apunta, en orden cronológico, el rumbo, la velocidad, las maniobras y demás accidentes de la navegación”–; pero la economía que practicamos hoy con nuestra lengua nos lleva a simplificarlo. Veremos, algún día, blog, bloguero y bloguear en el DRAE como palabrejas importadas. ¡Qué pena, con lo bonita que es la palabra bitácora!).
Es curioso este fenómeno. Parece que fue Justin Hall el primero que comenzó a escribir un weblog en la Red, allá por 1994, y que fue Peter Merholz quien acuñó el nombre corto blog en 1999.
Los hay de todo tipo, no hace falta decirlo. Cualquiera que navegue por la Red los puede encontrar a miles, o a millones, que es más cierto. Yo, que trabajo desde hace años en este oficio de chalaos que es la Informática, he de reconocer que nunca me interesaron y, mucho menos, pensé en tener uno propio. Pero un día caí en uno que me gustó (una lectora de esta bitácora sabe que me refiero al suyo), me dio envidia (sana, por supuesto) y me decidí a publicar “mis cosas”. Algunas son íntimas –aún no sé por qué las escribí, pero lo hice, las publiqué y ahí están– y otras, la mayoría, un divertimento.
Ahora debo reconocer que me he enganchao a leer otras bitácoras y a publicar en la mía. Y, como el tiempo libre es finito, tengo abandonada la revisión de mi tercera novela y la continuación de la cuarta, ya iniciada, lo que está mal. ¡Ah, la pereza...! Es más fácil escribir 400 palabras que 83.000.
He conseguido tener algunos visitantes fieles. En 60 días, desde que activé las estadísticas, he tenido 671 visitas de 390 usuarios distintos –de los cuales 220 repiten– que han visto 1.420 páginas, cifras bajas desde luego, pero sorprendentes para mí.
Pero, no, no me quiero engañar. Quizás escribo para leerme a mí mismo. ¿Lo hará así la mayoría de los bloguers? No lo sé. Lo cierto es que un visitante me alegra, y un comentario me colma. ¡Ah, la vanidad...!
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domingo, 6 de abril de 2008
41. Naturaleza caprichosa... en mis playas de Cái.
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miércoles, 2 de abril de 2008
40. Cuatrocientas palabras, en 400 palabras (veintidós).
Cuatrocientas palabras, en 400 palabras
Cuatrocientas palabras, sí, ni una más, ni una menos. Incluyendo el título, aunque no el preámbulo que a veces escribo. Tiene su historia: hace unos años se publicó un concurso de relato corto en un periódico digital que lo limitaba a cuatrocientas palabras. Me presenté y no gané, como era de esperar.
Pero descubrí que era un buen ejercicio. Te obliga a condensar, a resumir, a decir lo que quieres en no más de lo que debes, sin demasiados adornos; te obliga a ir al grano. Y el ejercicio de contar palabras no es esfuerzo baldío, agiliza la mente; aunque te desespera también, porque cada vez que cuentas, cuentas distinto y vuelta a empezar. Lástima que descubrí que el procesador de textos que utilizo me cuenta las palabras de forma automática. Ya no espabilo la mente, gana la pereza.
Tiene otra ventaja contar cosas en cuatrocientas palabras. No te aburro, lector. Si el tema es interesante, bien, te gustará. Si no lo es, tampoco me lo puedes echar en cara. Cuatrocientas palabras se leen en no más de sesenta y cinco segundos. Es decir, en un minuto y pico. Y el que hizo el curso de lectura rápida dividirá por dos el tiempo, seguro. Entonces, si el tema es malo, o está mal redactado o no gusta, sólo te he hecho perder un minuto. Tampoco es para que te enfades y a mí me deja la conciencia tranquila. No quiero que tú, lector, pierdas el tiempo con mis escritos.
Mis escritos. ¿De qué van? De todo un poco. Aquí, en mi bitácora de Guarismo, ya he publicado algunas cosas personales, pocas, y unos cuantos relatos en cuatrocientas palabras. Algún día me cansaré, supongo, pero hasta ahora me sirven para alimentar este invento. De algo hay que escribir. Escribí sobre la muerte de 2007 y el nacimiento de 2008, acerca de una pareja y la calita, las olas de las playas de mi Cái, la gaviota, el escritor y el viento, mi perro, sobre todoenorden y todoamedias, de mi desastre navideño, sobre la depresión y el sueño, éste a modo de homenaje a otra bitácora, sobre mis novelas, el tráfico, un día cualquiera, etc. Son mi divertimento, mi pasatiempo. A veces, tonterías o sinsentidos.
Si gustan, mi vanidad es halagada... si, además, alguien comenta, mi vanidad estalla. Y si no gustan, intentaré corregir, aunque será difícil...
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jueves, 27 de marzo de 2008
39. Un día cualquiera, en 400 palabras (veintiuna).
Un día cualquiera
Suena, lo apago, suena otra vez, lo apago de nuevo; me levanto, me estiro, bostezo con pereza, me pongo el albornoz; desayuno, enciendo un pitillo, me aseo, me visto; pongo el collar al perro, lo saco de paseo, breve, lo subo, le quito el collar, le doy de comer, le pongo agua; bajo, me siento en el coche, conduzco, llego, subo a la oficina; ¡buenos días!, reviso la agenda, hago llamadas; me llama el jefe, despacho, discuto, sugiero, analizo, comento, insinúo, acato. Enciendo el equipo, me conecto, accedo, leo, reviso, escribo, corrijo, guardo, imprimo, recojo, leo, corrijo, escribo, guardo, imprimo. Llamo a García, se sienta, me cuenta, le digo, propone, discuto, le cambio, discute, decido. Bajo a la calle, enciendo un pitillo, medito, lo apago, subo, me siento. Llamo a López, lo espero, no llega, lo busco, le insto, entra, se sienta, me mira, se excusa; me cuenta, le pregunto, me expone, le sugiero, se opone, me explica, le insisto, le aclaro, le razono, le sonrío, se niega, discutimos; le demuestro, se calla, piensa, responde, me argumenta, le replico, me refuta, lo rechazo, le impongo; baja la vista, se levanta, se va. Me llaman, contesto, espero, escucho, me disculpo, prometo, cuelgo, anoto, convoco reunión. Preparo, reviso, busco, contrasto, estudio, analizo. Salgo a comer, vuelvo, preparo café, charlo de fútbol, gasto una broma, me miran, repito, no se ríen, me voy. Espero, nos sentamos, reclamo puntualidad, se callan; expongo el caso, silencio; pregunto, silencio; miro a Pardo, baja la vista; señalo a Lola, se me encara, se defiende, acusa, se calla; interviene López, ataca, Lola enrojece, acepta, se excusa; pido explicaciones, habla Pardo, justifica a Lola, Lola sonríe, López calla; me enfado, no reaccionan, analizamos, debatimos, exijo resultados, no acepto pretextos. Terminamos. Cojo el teléfono, llamo, me comprometo. Cierro el despacho. Subo al coche, arranco, conduzco, paro, arranco, circulo, llego a casa. Me pongo el chándal, leo el Quijote, fumo un pitillo, pongo la tele, zapeo, veo las noticias, zapeo, me trago anuncios, zapeo, bazofia, zapeo, apago la tele; preparo la cena, queso, anchoas, lechuga, cerveza; ceno; enciendo la tele, zapeo, bazofia, apago la tele. Enciendo el equipo, leo el correo, me río, reenvío, borro basura; abro Internet, leo la prensa, me cabreo, leo deportes, me aburro. Vuelvo al Quijote, me concentro, me relajo, disfruto, me río. Me meto en la cama, enciendo la radio y me duermo.
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domingo, 23 de marzo de 2008
38. Recogida del Nazareno en La Isla. Semana Santa de 2008.
Con una cámara pequeña, de lejos, mal sonido, con temblor en las manos por sostenerla en alto y con gente de por medio (o sea, estupendo) he sacado este vídeo del encuentro del Nazareno con la Virgen de los Dolores y la recogida, en La Isla. Merece la pena presenciarlo en directo. Tiene su emoción. Y el cómo mecen los pasos es único, no creo que lo hagan así en ningún otro sitio. La música es "Encarnacion de la Calzada", de J. Santos, 1983. Dura 7 min. y 27 seg. Puedes avanzar según se vaya descargando.
La música ("Encarnacion de la Calzada", de J. Santos, 1983) la puedes escuchar aquí, con mejor sonido:
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jueves, 20 de marzo de 2008
37. Viaje a Cái, en 400 palabras (veinte).
El viaje a Cái
Soy un ciudadano de los del montón, que intenta ser amable con todos y no quiere incomodar a nadie; soy sensible a la buena marcha de mi país (ya ven, no digo mi nación o mi patria, para no ofender) y que quiere vivir normalmente con los medios que el Estado proporciona y lo que uno se ha ganado con su trabajo.
Mi intención es irme el Jueves Santo a mis tierras de Cái. Estoy preocupado con el viaje. Me asusta pasarme diez o doce horas en la carretera. Intentaba decidir cuál sería la mejor hora para salir, cuando recordé que mi admirado Pere dijo hace algún tiempo que la culpa de no sé qué gran atasco era de la gente, que no habían escalonado la salida, vamos, que no se habían puesto de acuerdo. Su argumento me iluminó. "¡Claro, ya está!", me dije eufórico. "¿Cómo no se me había ocurrido antes?".
Tengo un día por delante y me pongo manos a la obra, que soy muy disciplinao. "Es muy sencillo, sólo tengo que saber cuántos se van de vacaciones el jueves y, de ellos, cuántos van a Cái, cuántos a las 6 de la mañana, cuántos a las 7, y así a lo largo de todo el día. Elegiré la hora menos cargada." Es de cajón. Este año llegaré a Cái en menos de 7 horas, todo un éxito.
No, no se trata de llamar a los 5 ó 6 millones de madrileños. Para eso uno es matemático y algo de estadística sabe. Calculo la muestra para que el error sea inferior al 5%.
Cojo la guía telefónica y empiezo por la A.
-¿El señor Aarón Abagorda, D. Abel?
-Sí, dígame.
-Mire, le llamo porque me voy de vacaciones el jueves...
-Y a mí qué puñetas me importa -me interrumpió.
-Déjeme que le explique, verá. Es que no quiero coger atasco y estoy haciendo una encuesta para ver qué madrileños van a Cái y a qué hora salen. Así podré elegir la mejor hora.
-Vaya, no es mala idea. Pero a mí no me cuente, que me voy a Benidorm.
-Pues va a tener el mismo problema...
-Tiene razón. Bueno, pues pregunte también por los que van allí y luego me llama.
-Faltaría más.
Es jueves, las once de la mañana y sigo colgado al teléfono. Voy pá Cái. Que sea lo que Dios quiera.
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viernes, 14 de marzo de 2008
36. A mi perro Golfo, en 400 palabras (diecinueve).
A mi perro Golfo
Desde que era pequeñita,
y casi todas las mañanas
me decía mi hija Yoana:
“Papá, quiero un perro en casita.”
“Si quieres en casa un perro,
entonces has de elegir:
¿por quién vas a decidir?
¿por tu padre... o por el perro?”Yo siempre le respondía así
y ella al rato me decía:
“perro, papá”. Sí, perro quería...
más tarde lo descubrí.
Un día me dice en el coche
“¿me compras un perro, papá?”;
“preguntémosle a mamá”,
respondí yo sin reproche.
Y es que estaba tan seguro
de que mamá diría que no
que en absoluto me importó
preguntarle sin apuro.
Pero, ya una vez en casa,
cuál no sería mi sorpresa
que, sentados a la mesa,
dijo su madre, con guasa:
“Pues me hace mucha ilusión
y nunca me atreví a pedirlo.
¿Querrás, papá, permitirlo?”
¡Vaya, qué gran decepción!,
pues contaba con su apoyo.
Me sentía yo tan seguro
de que a mi favor sería un muro...
¡y resulta que fue un escollo!Entonces me debieron pillar
en un momento muy débil,
pues dije, poniéndome flébil,
“lo tendremos que pensar,
¿de qué raza lo queremos?
¿será hembra o vale un macho?,
¿bobalicón o vivaracho?
¿con pedigrí o callejero?”
Y la decisión tomamos.
Pronto fuimos a por él;
de raza, Cócker Spaniel,
que así lo seleccionamos.
Nariz chata, hocico largo,
pelo negro de azabache
y suave como un mapache;
en los brazos me hice cargo.
Dije yo: “Esto es el colmo.
“¿Y cómo le llamaremos?"
“Tiene cara de pilluelo”.
“Pues le llamaremos Golfo”.
Y ahora he de confesar
que estoy con él encantado
que duerme en cama a mi lado
¡y que le he querido besar!
Es de casa la alegría,
aúlla cuando nos vamosy, cuando de nuevo entramos,
nos hace unas perrerías...
Ahora está tan sordo el pobre
que da pena cuando lo llamo,
cuando le grito o lo reclamo,
pero sigue siendo noble.
Es, como nadie, mimoso,
nunca se nos separa.
Cuando nos ve, ya se prepara
y se pone cariñoso.
En la playa corre conmigo,
del uno al otro extremo,
y ladra sin ningún freno
hasta que por fin hago el giro.
Le dan miedo las grandes olas,
pero si la mar está calmada
nada, nada y requetenada,
moviendo a ritmo la cola.
Tiene edad ya de jubilado,
sesenta y cinco ha cumplido;
y sigue como siempre ha sido,
juguetón, alegre, animado.
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viernes, 7 de marzo de 2008
35. Todo a medias, en 400 palabras (dieciocho).
Todoamedias.com
Yo llamo a mi mujer todoenorden y ella me llama a mí todoamedias.com.
Es fácil de entender. No voy a definirla a ella, que ya el nombre lo dice todo. Pero lo mío sí merece la pena que le dedique, al menos, unas cuatrocientas palabras. Veréis:
Yo hago pocas cosas en casa, porque el peso, desde siempre, lo lleva ella. No es justo, lo sé, pero es así. Por temporadas intento cambiarlo, pero creo que ya no es posible. Además, las pocas cosas que hago las hago a medias: si saco la basura, no pongo la bolsa nueva (bronca); si lleno el lavaplatos, no lo enciendo (bronca) o lo lleno y lo enciendo sin poner la pastilla de jabón, que no sé qué es peor (bronca); si salgo del cuarto de baño, no apago la luz (bronca); si voy a por el pan, se me olvida el periódico (claro, iba sólo por el pan, ¿eh?); si programo una grabación de la tele, se me olvida apagar el vídeo (condición sine quanon para que funcione) y la dejo sin su programa favorito; si llevo a los niños a las clases de squash, vuelvo sólo con uno, que la niña me la dejo en el club -me ocurrió hace años, cuando eran pequeños, es verídico- (broncazo, claro); tras la deliciosa siesta, el fin de semana, me pongo a trabajar en el ordenador y no saco las cosas del lavaplatos -el día que me acuerdo de ponerlo-, que es lo único que me toca (entonces las saca ella, sólo hay bronca si intento ayudarla); si saco al perro yo solo, se me olvida ponerle el collar o dejo la correa en casa; si le pongo la comida, se me olvida el agua, o al revés; si estoy escuchando música y mi mujer me habla, le contesto, si la oigo, y mantengo un rato la conversación hasta que me despisto, me callo y la dejo a la mitad de la charla (bronca); si hago la cama, algún día que madrugo menos, no pongo la colcha o dejo las almohadas al aire; si recojo la mesa, nunca friego la placa; y, en fin, si hago otras cosas con mi mujer, me olvido de ella y la dejo a medias. ¡Un éxito!
Sobre las broncas no digo nada, que tiene toda su santa razón.
Me tengo bien ganado el nombre. ¡Aunque algo tendré que hacer!
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viernes, 29 de febrero de 2008
34. Cái, la mar de cerca, la mar de lejos; en 400 palabras (diecisiete).
Cái, la mar de cerca, la mar de lejos.
Hasta el 92, año de la “Expo”, yo tardaba a Cái una jartá de horas. Antes de adecentar el Paso de Despeñaperros, desde Madrid echaba doce, trece horas... o más. Claro que, entonces, estudiante y con mi Simca mil de quinta mano no es que pudiera correr mucho, no. Pero tampoco había oportunidad. Si pillabas un camión delante –raro era no estar detrás de alguno– tardabas la intemerata en adelantarlo... y, total, pa qué, que luego tenías que adelantar a otro y a otro y a otro más... hasta novecientos camiones adelanté en un viaje, que los conté (entonces daba tiempo).
Luego desdoblaron Despeñaperros y el viaje bajó a nueve o diez horas. Pasabas por Aranjuez, donde comprabas fresas, La Guardia, Puerto Lápice, Manzanares, Valdepeñas, Santa Cruz de Mudela, entre los cipreses que conducen al cementerio, hasta que le hicieron el túnel, Almuradiel, que señala en un bonito monumento el Museo de la Marina en Viso del Marqués, Santa Elena, donde comías, La Carolina, Guarromán, con su doble vía (¡albricias, se podía adelantar un camión al menos!), Bailén, donde comprabas cerámica, Andújar, El Carpio, Córdoba, La Carlota, Écija, con la caló, Sevilla, Dos Hermanas, Los Palacios, La Cabezas de San Juan, El Puerto de Santa María, Puerto Real, donde to er mundo era guardia, San Fernando... y llegabas, agotao, a Cái. Pasabas por el centro de todos y cada uno de los pueblos citados, salvo que mi memoria falle.
Y llegó el 92, año de la “Expo”. Autovía hasta Sevilla. Autopista hasta Puerto Real, donde to er mundo era guardia, que ya no, no es necesario. Bajé a las seis horas de un tirón. Se podía hacer en cinco, si corrías un poco, y hasta en cuatro y media.
Había entonces un cartel a mitad de camino que rezaba: “Cádiz, la mar de cerca”. Y era cierto, en su doble sentido.
Pero ahora no. Ya no se pasa por el centro de los pueblos, que tenía su encanto, pero tardo entre siete y ocho horas: la autovía no la han remozado desde que la parieron, dieciséis años van ya; tiene baches, muchos; curvas malas, muchas; limitación de velocidad, a mogollón, 120, 100, 90, 80, 60, 50... y radares, muchos radares. Y camiones... ya ni los cuento.

Cái, la mar de lejos. Aunque repose sobre la mar. ¡Qué pena! Y sin AVE.
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