sábado, 28 de mayo de 2011
218. Imaginación (2), en 400 palabras (ciento cincuenta).
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domingo, 22 de mayo de 2011
217. Nueva vida, en 400 palabras (ciento cuarenta y nueve).
Nueva vida
Mi padre le llamaba a esto el jubileo. No es exactamente así en mi caso, pero casi. La empresa va mal, con pocas perspectivas y he llegado a un acuerdo de mínimos para el despido.
Ahora, paro, subsidio y, luego, jubilación, con un periodo intermedio que veré cómo he de cubrir económicamente.
Cambio de vida. Después de treinta y muchos años trabajando día a día —que yo recuerde, sólo he faltado al trabajo tres días en mi vida laboral—, después de muchos años de actividad frenética y otros, especialmente los últimos, de relativa calma, ahora se me viene encima algo desconocido.
Y me digo: ya no tengo que madrugar, y madrugo; ya me puedo aburrir, y no me aburro; voy a echar de menos el trabajar, y trabajo; ya podré dedicarme a escribir, y aún no lo hice porque no he tenido tiempo; y a leer, que tampoco, porque no tengo un minuto libre. Tengo la agenda llena, aunque supongo que la iré vaciando poco a poco y pronto tendré tiempo para todo ello. De momento, estoy a tope. Cierto que ver tenis me ha entretenido, pero también lo hacía antes.
Supongo que es así en las primeras semanas. Luego me haré con la nueva situación, con la nueva vida. Aunque me he ofrecido a mis hijos como “chico de los recados” y no sé cuánto tiempo me va a ocupar eso.
Me he propuesto ayudar a mi mujer en casa, y en ello estoy. Creo que hora era ya.
Me he propuesto —y lo estoy haciendo— ajustar los gastos a mis nuevos ingresos. Fuera esto y aquello. En general, somos austeros mi mujer y yo y no nos costará mucho. En cualquier caso, no hay más remedio. Los grandes gastos —mis dos hijos se casan este año— ya estaban descontados, y los habituales habremos de recortarlos.
Me encuentro bien, liberado de una situación en la empresa un tanto angustiosa. Mejor voy a estar en casa, sin duda. Sospecho que pasaré momentos de cierto desespero, pero ante ellos he de hacerme fuerte y crearme una disciplina. No he de dejarme llevar. Si me he propuesto escribir, elaboraré mi horario y lo cumpliré. Para escribir, uno ha de estar inspirado, pero soy de los que creen que la inspiración llega trabajando. Desde luego, no en la siesta.
Y he de hacerme a la situación y aceptarla: nueva vida.
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domingo, 15 de mayo de 2011
216. Este mundo, en 400 palabras (ciento cuarenta y ocho).
Este mundo
Crisis, malos tratos, asesinatos, robos, niños muertos en incendios, novias asesinadas por sus inhumanos novios, mujeres asesinadas por sus maridos asesinos, indigentes muertos por el frío, o por un incendio en su pobretería, terrorismo salvaje, fallecidos y heridos graves en accidentes de tráfico, drogas, jueces que no juzgan, políticos que no actúan, injusticias por las esquinas, guerras olvidadas, muertos de hambre, niños guerreros, pobreza extrema, riquezas sin sentido, gente mala y mala gente, egoísmo extremo, maldad profunda, tragedias sin fin, sufrimiento eterno, niños maltratados, abusos sexuales, padres sin corazón, hijos sin sentimientos, atroces acontecimientos, tragedias naturales inexplicables, fanatismo sin sentido, vida en la edad media de algunos pueblos, pueblos que matan a sus varones recién nacidos para evitar guerras entre tribus, tribus que lesionan a sus mujeres, y las desprecian y las lapidan, sectas con principios satánicos, fanáticos religiosos (en el nombre de Dios se han hecho siempre barbaridades), mafias con poder desorbitado, guerras, muertos, heridos, muertos inocentes, guerras...
También hay cosas buenas, claro, y gente buena, sobre todo gente buena. Si no, este mundo no existiría o no debiera existir. Gente que se entrega a los demás, sin reservas, sin egoísmo, renunciando a todo lo suyo; gente que lucha por los demás, de buena fe, con entusiasmo, aún a riesgo de su bienestar, cuando no de su vida. Gente que da ejemplo con su bondad, gente generosa que comparte lo que tiene. Gente, en fin, que salva a la Humanidad de catástrofes mayores con su admirable bonhomía, si no su santidad.
Y gente normal: que estudia (si puede), trabaja (si puede), cuida de su familia y vive por ella, se relaciona con sus amigos, los cuida, se divierte, disfruta, sufre a veces, sueña, discute, se enfada, perdona y, en general, no hace daño a nadie, o no conscientemente. La inmensa mayoría, en este mundo occidental que nos ha tocado vivir, con sus grandes comodidades, ventajas y beneficios que nos proporciona tanto progreso económico, social, tecnológico. Gente normal que se ocupa de su vida personal, laboral y familiar sin meterse con nadie, que desea vivir en paz y ambiciona, con licitud, un nivel de felicidad razonable. Felicidad que no siempre alcanza, o lo hace sólo por temporadas y luego se trunca por una desgracia. Aunque las estadísticas dicen que el nivel de felicidad de nuestra gente es moderadamente elevado (no sé qué significa moderadamente elevado, pero suena bien).
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domingo, 8 de mayo de 2011
215. Lecturas, en 400 palabras (ciento cuarenta y siete).
Lecturas
“El Hipnotista”, de L. Kepler. Bueno, entretenida novela negra sueca, interesante en tanto en cuanto quieres saber el final de la trama, pero mezcla dos historias con una relación débil entre ellas. Prefiero historias paralelas que al final convergen. Sin calidad.
“Maldito Karma”, de D. Safier. Curiosa. Te ríes un par de veces con ganas. Un tanto reiterativa. Diría que no de mucha calidad. Intrascendente.
“El tiempo entre costuras”, de M. Dueñas. Muy buena prosa, muy bien escrita. Demasiados trapos, pero lógico, siendo la protagonista quien es. Historia entretenida y, a trozos, muy interesante. Personajes bien dibujados. La parte histórica de nuestra guerra civil parece verídica, muy bien documentada.
“Riña de gatos. Madrid, 1936”, de E. Mendoza. Bien escrita, claro. Interesante historia que da pinceladas de nuestra preguerra civil. Reconozco que esperaba más de esta novela, pero no está mal.
“Vivir para contarla”, de G. García Márquez. Autobiografía escrita con humildad; y, supongo, con sinceridad. En su estilo. Tiene mérito llegar a lo que ha llegado. Algunos episodios, interesantes. Otros, un tanto livianos. A veces salta de una época a otra, aunque bien definidas. Demasiados nombres de apellidos desconocidos, pero es lógico, es su vida.
“Crónica de una muerte anunciada”, de G. García Márquez. Ya era hora. Buena, como esperaba. Y breve.
“El guardián entre el centeno” de J. D. Salinger. Original. Un “clásico” de 1951 que hay que leer, aunque su fama es superior a su contenido, en mi opinión. Quizá haya que leerlo dos veces para apreciarlo bien. Utiliza muy bien el recurso de la repetición, que me gusta, así como la chaladura del protagonista. La crítica a la sociedad que emana es muy sutil y el humor muy fino, acertado.
“Cien años de soledad” de G. García Márquez. En su estilo. Pero excesivamente localista.
“La gran aventura del reino de Asturias: así empezó la Reconquista”, de J.J. Esparza. Muy interesante: dibuja bien los primeros siglos de la invasión árabe-mora-musulmana y supone hipótesis perfectamente plausibles sobre la Reconquista. Quizás contada con demasiada familiaridad.
“Africanus - El Hijo del Cónsul, de S. Posteguillo. Buena novela histórica sobre Aníbal y los Escipiones. Se viven las crueles batallas entre cartagineses y romanos, casi salpica la sangre, durante el S. III a.C. Bien relatada y de un ritmo más que aceptable, no se puede dejar de leer. Te empapas del ambiente romano. Le siguen dos en la trilogía, que leeré ahora.
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domingo, 1 de mayo de 2011
214. Secuestro, en 400 palabras (ciento cuarenta y seis).
Secuestro
Ángela había sido secuestrada. Salía del supermercado cuando un hombre la paró para charlar con ella y la fue dirigiendo con habilidad hacia una furgoneta aparcada en la esquina.
—No, no muchas gracias —decía Ángela.
—De acuerdo, pero acérquese a verlo, será sólo un segundo.
—Le he dicho que no. Adiós.
En ese instante, el hombre la empujó dentro de la furgoneta, que tenía las puertas traseras abiertas, y las cerró rápidamente. Dentro, su compinche le tapó la boca, le puso una cinta adhesiva y le ató pies y manos no sin dificultad. El hombre miró a su alrededor buscando algún testigo inoportuno, pero no vio a nadie atento a la maniobra. Respiró tranquilo, se subió a la furgoneta y arrancó.
—Tápale también los ojos —le dijo a su compinche.
Su compinche lo hizo. Inmovilizada y sin poder gritar, Ángela se revolvía como una fiera sobre el suelo del vehículo y daba patadas contra las paredes del habitáculo. El compinche la hizo parar:
—Una patada más y te desnudo —le dijo.
Ángela dejó de patear y comenzó a llorar de impotencia y de miedo. Ahora se daba cuenta de lo que había pasado: la habían secuestrado. Repasó en unos segundos su vida buscando alguna razón que lo explicara, pero no encontró ninguna. Ella era una persona normal, con un trabajo normal, cierto que con un buen sueldo; su marido también tenía ingresos altos: como empresario en el sector farmacéutico no le iba nada mal y el tren de vida que llevaban era de lujo.
“Pedirán un rescate”, pensó Ángela, ligeramente esperanzada y creyendo que podrían pagarlo.
La furgoneta paró y entre el hombre y su compinche la metieron en el sótano de una casa que, por la ausencia de ruidos y el suelo de tierra, Ángela supuso que estaba aislada en el campo. Le quitaron la venda de los ojos, pero no la cinta de la boca ni las ataduras de manos y pies. La tumbaron sobre una cama cochambrosa. El cuarto estaba apenas iluminado. El hombre y su compinche llevaban pasamontañas que les tapaban toda la cara excepto los ojos.
—Dame el teléfono de tu marido.
—Diez millones, son diez millones por tu mujer. Pagas, o la violamos y la matamos —le dijo el hombre delante la mujer.
El pánico se adueñó de ella.
El compinche le dijo al hombre:
—Mientras esperamos, podemos disfrutar. Mira qué cuerpo tiene.
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domingo, 24 de abril de 2011
213. Olas, gaviotas y WinDreamer en mis playas de Cái
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domingo, 17 de abril de 2011
212. Conduciendo, en 400 palabras (ciento cuarenta y cinco).
Conduciendo
Yo soy un hombre tranquilo conduciendo. Procuro cumplir las normas de circulación, respetar los pasos de peatones, no excederme en velocidad, mantener la distancia de seguridad..., en fin, me empeño en ser un buen conductor a conciencia, cada día me da más miedo tener un accidente.
De joven no era así. Entonces no había límite de velocidad y yo apretaba de lo lindo. De lo lindo, entonces, era llegar a 120 Km/h como mucho con mi Simca 1000 de estudiante. Toda una proeza. Recuerdo que, acelerando a tope en la autopista Cádiz Sevilla —a lo mejor llegué a 140 Km/h— reventé el coche. No recuerdo qué le pasó, pero sí que nos quedamos tirados.
G. a D., no he tenido accidentes. Sólo una vez, con el seiscientos de mi novia, di un pequeño golpe al de delante por mirar donde no debía (a saber lo que miraba). En otras tres ocasiones he estado a punto, pero no me considero responsable: un coche con una rueda pinchada a la entrada de un túnel (me pego a la derecha, entre el coche parado y el muro, no mato a nadie de milagro y el que me sigue se empotra con el coche pinchado); hielo en una curva yendo a Cádiz un uno de enero de madrugada, con deslizamiento indomable hacia fuera, hasta que conseguí dominar no sé cómo ese desplazamiento anómalo; y una enorme rueda que se desprende del camión que me precedía y no nos mató por casualidad o porque no estaba escrito (ya lo conté en esta bitácora). La verdad es que no me puedo quejar.
Sin embargo, hay conductores que son muy imprudentes, y digo imprudentes por no utilizar los apelativos groseros que se merecen. Tengo un amigo que es pacífico, pero que, en cuanto conduce, se transforma: corre, frena en seco, acelera, adelanta por la izquierda o por la derecha, según le dé, ignora los pasos de peatones, va pegado al culo del de delante... y, además, insulta al contrario, compite con él si le ha adelantado... En una ocasión se bajó del coche y le quiso pegar a uno que no se había dejado adelantar. Menos mal que lo frené.
Sí, hay gente que conduce de forma temeraria. Luego hay accidentes, claro. De cajón. Por ejemplo: ¿por qué no se respeta la distancia de seguridad? Es muy sencillo y muy seguro. Pues no. No lo entiendo.
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sábado, 9 de abril de 2011
211. Estudio, en 400 palabras (ciento cuarenta y cuatro).
Estudio
Estudio. Eso hago. Tengo que hacerlo, no me queda más remedio; me examino pasado mañana, y al día siguiente y al otro. No puedo fallar. Pero no me concentro. Me siento, abro el libro, cojo un lápiz y papel, leo, subrayo, escribo y... me levanto. Voy a la cocina, como algo, lo que pillo, me paseo por la casa, tropiezo con mi madre, que me pregunta: ¿qué haces? Estudiar, le contesto, pero estaba estirando las piernas. ¡Ah! me dice. Entro en mi habitación, cierro la puerta, me vuelvo a sentar, pongo música, suave, y sigo por donde iba. ¿Por dónde iba? Me cuesta un rato recordarlo y coger el hilo otra vez. Leo, subrayo, tomo notas. Paro. Enciendo un pitillo y escucho la música. Es bueno este Telemann. Vuelvo al libro, bajo un poco más el volumen, respiro tres veces por la nariz y con los pulmones (me lo enseñó mi padre) y leo de nuevo y subrayo y escribo un resumen. No puedo más. Me levanto. Paseo por la habitación. Fumo otro pitillo. Salgo a la cocina y bebo agua. Voy a mi cuarto. Vuelvo a la cocina por una cocacola. Y vuelta a empezar: cierro la puerta, me siento, cojo el lápiz, leo, subrayo, resumo, leo, subrayo, resumo; vuelvo atrás e intento repetir lo ya estudiado; nada, sólo algunos recuerdos vagos. Releo lo ya leído y subrayado y lo memorizo. Intento concentrarme, apago la música. Pero, antes, otro pitillo. Hago el esfuerzo y repito la lección como si de un loro se tratara. Ahora ha ido mejor. Casi recuerdo el 80 por ciento, el resto es que no lo entiendo. Salto en el libro al siguiente capítulo. Leo, subrayo. Me agoto. Vuelvo a poner la música. Vuelvo a levantarme. Paseo, otro pitillo.
Me enfado conmigo mismo, intento segregar adrenalina: pienso en el examen y me asusto. Otra vez el libro, el lápiz, el papel. Subrayo, repito, memorizo. Cierro el libro y diserto, pero disertar está muy lejos de la realidad. Compruebo. Leo las notas. Un 5 pelao, no más. Me desespero. Salgo a la calle. ¿Dónde vas? A comprar tabaco. Doy un paseo, tomo el aire, el aire fresco de febrero, me despejo, me prometo, me propongo. Pienso en el examen, en los exámenes y me acojono. Subo, me siento, cojo el libro, aguanto, me esfuerzo, me concentro. Una cierta alegría, profunda, me inunda. Llega la satisfacción.
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sábado, 2 de abril de 2011
210. Conversación ajena, en 400 palabras (ciento cuarenta y tres).
Conversación ajena
—No, no, así no podemos seguir, así que piénsatelo.
—Estoy de acuerdo: así no podemos seguir, pero la culpa no es sólo mía.
—No lo creo. Es tuya y sólo tuya. Yo no entiendo que nunca quieras hacerlo. O estás cansada, o te duele la cabeza, o es tarde, o es temprano, o llueve, o nieva... cualquier excusa es buena para ti.
—No me entiendes lo más mínimo: a mí me gusta hacerlo, pero de vez en cuando, cuando realmente vamos a disfrutar. Y lo hacemos. Lo que pasa es que a ti te apetece demasiado. Por ti, mañana, tarde y noche. Y si es ración doble, mejor. Y yo ese ritmo no lo aguanto.
—Es cierto que yo quiero más y más, pero tú no me das nada. Podrías esforzarte un poco, ¿no?
—Y tú podrías dominarte. Tu relación conmigo sólo se basa en eso. Y yo quiero otras cosas: cariño, atención, delicadeza, interés.
—Todo eso te lo doy. Pero lo desprecias porque únicamente piensas en lo mismo. Crees que todo lo que hago contigo va orientado a eso y lo malinterpretas.
—No me engañes. Es que todo lo que haces por mí tiene un único fin y tú lo sabes.
—No es cierto. Lo que pasa es que no me quieres entender.
—Es que, efectivamente, no te entiendo. No entiendo que tu único objetivo y tu única forma de estar bien conmigo sea ésa. Tengo la impresión de que no me quieres, no me respetas y de que soy sólo un medio para tus fines. Para eso lo dejamos y te buscas a otra. Así yo no te aguanto.
—Yo sí, yo te quiero y estoy dispuesto a ceder... si cedes tú. Podemos llegar a un acuerdo.
—¿Qué acuerdo? ¿Hacerlo cuando tú quieres?
—No, una vez cedo yo y otra tú. Parece justo, ¿no?
—O sea, que como tú quieres a todas horas, ¿lo hacemos a diario?
—Bueno..., no, me bastaría un día sí y otro no.
—¿Estás loco? Una vez a la semana y vas que chutas.
—Tres.
—Dos.
—Dos, los fines de semana y una, otro día.
—Una el fin de semana y otra cuando realmente me apetezca a mí.
—Y eso, ¿cuándo es? Que yo sepa, no te apetece nunca.
—Como siempre, estás confundido. No me das tiempo, siempre te me adelantas. Ten paciencia, por favor.
—Mira, mejor lo dejamos.
—Creo que sí.
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sábado, 26 de marzo de 2011
209. Haikus varios, en 400 palabras (ciento cuarenta y dos).
Vuela, gaviota,
tus alas desplegadas
contra el viento.
El pajarillo
que canta lo hace por
comunicarse.
El pajarillo
que canta, canta porque
lo necesita.
El pajarillo
que canta lo hace por
lo que lo hace.
Vuela, pájaro,
disfruta siempre de tu
bella libertad.
Naturaleza
viva, sus mil colores
me dan vida.
No ha nevado,
¡qué lastima, la nieve
me entusiasma!
El sol se pone,
llega noche oscura
lejos del día.
La mar salada,
la arena húmeda,
playas queridas.
Las olas rompen,
y con una cadencia
irremediable.
Las olas lamen
las arenas rubias, que
se dejan mojar.
Bella playa es
donde termina la mar
plácidamente.
Haikus en mezcolanza
No des problemas,
conviértete en parte
de la solución.
El cuerpo, débil;
la voluntad, férrea;
la vida, dura.
Vecinos todos,
qué placer da convivir
con tanta gente.
Vecinos todos,
qué harto me tenéis con
vuestras manías.
Vil asamblea
la de pájaros negros,
negro augurio.
Como estoico
vivo la vida mía,
lujo ninguno.
No son estoicos
los políticos nuestros,
que despilfarran.
Estúpido sueño
que me hizo imaginar
que ganaba yo.
Cuando niño
era mayor; ahora,
de mayor, niño.
Niño, no jodas
con la pelota; vete
con tus amigos.
Pasado, cierto;
futuro, impredecible,
presente, real.
No sé qué pasa,
no lo tengo muy claro,
no sé qué haré.
Pienso, existo,
dijo Descartes, pero
¿se equivocó?
Música viva,
placer de los sentidos,
sonido pleno.
—¿Hay alguien ahí?
—Pasa, no tengas miedo.
—¿Y si me llevas?
La estupidez
humana es innata
al hombre tonto.
No hay nada
como creerse listo
y ser imbécil.
No hay mal que por
bien no venga, dice un
refrán popular.
Te acaricié bajo
las sábanas, pero te
habías ido.
Por la mañana
te echo de menos y
más por la noche.
Mis cumpleaños
no los celebro nunca,
que me aterran.
Un diputado
me dijo: métete en
la política
y vivirás de
maravilla. Yo dije:
la política
es para los que
no saben realizar
otra cosa y,
además, están
hechos a la mentira.
No. Muchas gracias.
No hay más cera
que la que arde, si se
le prende fuego.
No fijes en mí
tu mirada, que me das
más de lo que soy.
Si trabajo, mal.
Si no trabajo, peor.
¿Alternativa?
Si estás triste,
todo es negativo.
¿Por qué lo estás?
Estar alegre
debe ser tu objetivo.
¿Te lo propones?
Éste y ése
y aquél son mezquinos.
Otros, pródigos.
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domingo, 20 de marzo de 2011
sábado, 12 de marzo de 2011
207. Salvaje naturaleza humana, en 400 palabras (ciento cuarenta y una).
Es un tópico bien conocido. Y apoyado por hechos incontrovertibles a lo largo de la historia de la humanidad.
Vi estos días una serie de National Geographic sobre la segunda guerra mundial. Tremenda. No es que no lo supiera, claro, pero siempre se aprende algo más. La brutalidad humana no tuvo límites. Y qué decir de la primera gran guerra. Más brutal, si cabe, o menos, o igual, quién sabe; las armas eran menos contundentes pero la lucha fue atroz, encarnizada, horrible. Casi un siglo de ésta y unos 70 años de la anterior. Antes de ayer. Y qué decir de la guerra civil fraticida en casa.
Antaño, desde que el hombre es hombre, invasiones, exterminios, guerras sin piedad, razias, fanatismo religioso extremo... ¡cuántas barbaridades en nombre de un Dios!
Luego, más guerras, muchas y muy recientes, que sería largo enumerar. Hasta hoy, que siguen.
La Historia se escribe así: con las palabras guerra y fanatismo grabadas en sangre sobre la piel del hombre; con la palabra sufrimiento esculpida a fuego en el cuerpo humano; con las palabras odio, venganza, poder, desprecio, vejación, y muchísimas más, cinceladas a golpes de machete y de látigo sobre la espalda y el vientre del ser humano. Desgarrador.
El hombre no ha aprendido. La paz se queda en eso, en una palabra hermosa, pero nada más. El llamado mundo occidental sí está en paz, aunque no olvidemos los Balcanes, en pleno corazón europeo, y sus guerras raciales. Ni olvidemos las intervenciones en Irak, Afganistán y quién sabe si en Libia muy pronto. No olvidemos África, el continente ignorado, con sus guerras, sus hambrunas, su sufrimiento sin fin.
Es la tremenda hipocresía del mundo en que vivimos. Dedicamos más presupuesto a destruir que a construir. Y nos atrevemos a hablar de paz. Y no corregimos —ni siquiera lo predicamos— la ambición, la codicia, el poder desmedido... Triste historia la de la humanidad. No queremos aprender. No hemos aprendido.
Uno está aquí más o menos cómodo, con egoísmo sobrado, en este mundo que nos ha tocado vivir. Con problemas, sin duda, pero la mayoría menores si los comparamos. ¡Bendita fortuna!
Esto deberá cambiar. Los poderes políticos y económicos que gobiernan el mundo tendrán que reflexionar. Tendrán, algún día, que hacer el bien. Deberán usar la palabra, no las armas, para hacer un mundo digno, con un reparto justo de tanta riqueza. (¡Seré ingenuo!).
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sábado, 5 de marzo de 2011
206. ¿Qué vemos hoy?, en 400 palabras (ciento cuarenta).
—No lo sé. ¿Qué te apetece?
—Cualquier cosa que sea buena.
—Tenemos casi 70 canales con la TDT. ¿Buscamos algo?
—De acuerdo.
...
—Llevo ya 30 y no encuentro nada. Sólo basura.
—Sigue, no pierdas la esperanza.
—Ya, pero es un procedimiento lento. Y la guía no funciona muy bien que digamos. Algunos canales no la publican; otros dan mal la hora.
—¿Y si buscas en Internet?
—Sí, quizá sea más rápido.
—Pues vamos.
—A ver... hay tres películas.
—¿Sólo?
—Sólo. Y las hemos visto las tres.
—Busca series.
—Cuatro series. Y no me apetece ninguna. Además, no las hemos seguido, no sé si tiene sentido empezar a verlas.
—Busca tertulias.
—Dos. Una de cada bando.
—Ya. La verdad es que no me apetece oír de política. Estoy hasta la coronilla de políticos, economía, críticas y chorradas varias.
—Pues nos queda por ver qué hay de deportes y programas basura.
—¿Algún documental?
—No. De pago, y no pagamos. Al medio día creo que hay un canal con documentales, pero no a estas horas.
—Bien, 70 canales y no podemos ver ninguno.
—Así es.
—¿Tienes algo grabado?
—Algunas películas.
—Pues intentémoslo.
—A ver... ¿ésta?
—Bien.
...
—¿No te perece un rollo?
—Sí.
—Pues intenta otra.
—¿Te vale ésta?
—Sí.
...
—¿No te suena haberla visto ya?
—Sí. Creí que no, pero esta escena la recuerdo y el final también.
—Pues cambia.
...
—¡Qué mala! ¿no?
—Horrible.
—Otra.
...
—Ésta es muy violenta.
—Sí, pero creo que no la hemos visto.
—No, pero no sé si la aguantaré.
—Espera un rato, a ver si pillamos el argumento.
—¿Tú crees que lo tiene?
—No lo sé. Vamos a ver...
...
—Nada. Horrible. Mejor cambiamos.
—De acuerdo, pero ya hay pocas. Mira, estas cinco las vimos ya. Estas otras dos son francesas, que suelen ser malísimas. Las tres españolas ni lo intento, pueden ser insufribles. Nos quedan James Bond y un par de películas antiguas.
—Intenta las antiguas.
—Las hemos visto cuarenta veces.
—Pero son buenas.
—Ya. Si quieres...
...
—Ésta no, que la recuerdo con detalle.
...
—Y yo ésta me la sé de memoria.
—¡No hay quien vea la tele, manda narices!
—¿Sabes que llevamos hora y media sin decidir?
—Sí. Creo que lo mejor será irnos a la cama y leer un rato.
—¿Leer? ¿Y si...?
—No, ni hablar. Mañana tengo que madrugar.
—Uno rápido.
—No, ni pensarlo.
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