—Así no podemos seguir, no me dejas espacio.
—No es cierto, te acabo de hacer un hueco.
—¿Un hueco? ¿Tú crees que necesito un hueco?
—¿Qué más quieres?
—Espacio, aire, libertad, ¿te parece poco?
—Bueno, abre la ventana. Pero, te lo advierto, hace un frío de cojones.
—Era en sentido figurado, que todo te lo tomas al pie de la letra.
—¿Al pie de la letra? Si me estás pidiendo aire, abre la ventana, ¿no?
—No te pido aire, te pido espacio.
—Me has pedido aire, pero si quieres espacio, vete a la calle. Ahí enfrente hay un parque con mucho espacio.
—No quieres entenderme.
—Sí quiero, pero a veces te pones en un plan filosófico que no hay quien te entienda.
—Vamos a ver, es muy sencillo: me acogotas, me abrumas, me controlas; ya sé que me quieres y que te sale de natural, no lo haces adrede, pero me tienes en un rincón, no me dejas espacio.
—Y dale con el espacio. Te acabo de hacer un hueco, ¿no? Así cabemos los dos en el sofá.
—No me refiero a eso.
—Entonces, ¿a qué?
—A que me dejes un poco en paz, a que me dejes vivir mi vida.
—Ya la vives. ¿Acaso te prohíbo algo?
—No.
—¿Te obligo a hacer algo?
—No.
—¿Te pido muchas cosas?
—No.
—¿Te impido hacer lo que te apetece?
—No.
—¿Entonces?
—Pues que tengo la sensación de que me ahogas...
—¿Que te ahogo? ¿Cómo?
—Con tu presencia.
—¡Ah! Quieres que me vaya, ¿no?
—No, no es eso. Es que...
—Claro, ya sé lo que pasa. Te casaste y ahora echas de menos la soltería. Te gustaría una vida sin compromisos, ¿es eso?
—No, claro que no.
—Pues explícate.
—Ya te lo he dicho, necesito aire, necesito espacio.
—Pues abre la ventana o vete al parque. Pero te advierto que hace un frío de cojones.
—Y dale, ¡joder!, no me entiendes.
—Oye, estoy pensando... tú no me quieres, ¿verdad?
—Claro que te quiero, te adoro.
—Pues no lo parece. Me has dicho que te ahogo, que te acogoto, que te abrumo y te controlo. Y yo eso no lo hago. Simplemente, te quiero.
—Sí lo haces, aunque sea inconscientemente.
—También me has dicho que no tienes libertad, y yo te la doy toda.
—Sí, es cierto, no me quejo.
—Entonces, ¿a qué viene todo esto?
—Ya te lo he dicho: necesito espacio, aire.
sábado, 27 de marzo de 2010
157. Así no podemos seguir, en 400 palabras (ciento dos).
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domingo, 21 de marzo de 2010
156. Escribir por escribir, en 400 palabras (ciento una).
No se debe escribir por escribir, o hablar por hablar. Hay que tener algo que contar, bien sea mediante palabra escrita o verbalmente.
Pero hoy mi caso es precisamente éste: no tengo nada que contar y escribo por escribir. Ya sé que no se debe, pues, entre otras cosas, uno corre el riesgo de escribir tontunas. O el riesgo de encadenar palabras, una tras otra, que no dicen nada, absolutamente nada. El lector, si hay lector que se atreva a leer esto, se dirá, y con razón: “¡vaya tontería!” o “¡vaya ristra de palabras sin sentido!” o “¡vaya tomadura de pelo, se podía haber ahorrado escribir!”.
Algunos dicen que para hablar por hablar hay que tener cierto arte. Supongo que eso se aplica también al escribir por escribir. ¿Es la escritura un medio o un fin? Si es un medio, que lo es, sin duda, y no se comunica nada, es obvio que se ha perdido el tiempo escribiendo por escribir. Pero, veámoslo de otra forma, la escritura también puede ser un fin en sí misma. El DRAE define escritura como el arte de escribir, en su tercera acepción; como acción y efecto de escribir en su primera. Bien, lo que escribo es escritura, lo que yo no sé es si se le puede aplicar la tercera o la primera acepción. Desde luego, la primera sí, pues estoy realizando la acción. La tercera es cuestionable, no creo que tenga ningún arte lo que escribo. Es escribir por escribir, ya lo he dicho (por cierto, me gusta la repetición, si no abuso de ella).
Claro que también tiene su mérito. Plantarte con la pluma en la mano ante una hoja en blanco (hoy debería decir “con el teclado a mano y una pantalla en blanco...”) y ser capaz de escribir palabras con algún sentido no es una acción baladí. Aunque lo que tiene mérito, o debe tenerlo, es escribir algo con sentido, y no sé si lo que escribo lo tiene. El lector, si lo hay, si existe, juzgará, aunque me temo lo peor. No creo que sea indulgente; ni siquiera se lo pido: no debo ofenderlo.
Releo lo escrito y concluyo que es escritura, claro, aunque no sea en la acepción el arte de escribir. Pero a tontas y a locas, en unos minutos, he escrito sobre la escritura y he llenado estas 400 palabras, vacuas, probablemente.
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domingo, 14 de marzo de 2010
155. No entiendo nada, en 400 palabras (cien).
No entiendo nada
No, no entiendo nada. El mundo está mal hecho. Es injusto. Lo es a nuestros ojos, por torpes que seamos. En esta parte del mundo en la que nos ha tocado vivir no se vive mal, no. Al menos yo no debo ni puedo quejarme. Mucho menos viendo lo que ocurre por el mundo, y vemos, seguramente, apenas una millonésima parte del sufrimiento humano. Menos, mucho menos.
No lo entiendo. “Homo homini lupus”, el hombre es un lobo para el hombre, como afirmó Plauto en el año 200 A.C. y popularizó Thomas Hobbes en el s. XVII. Así es. Hobbes también dijo que en el “estado de naturaleza” el hombre vive una guerra de todos contra todos. Tiene razón. El hombre hace daño al hombre. Y de ahí surge cualquier cosa. Más daño, por ejemplo. Seguro: más daño.
No lo entiendo, aunque es para no entenderlo. No es posible que el hombre sea tan malvado como para producir un daño tremendo a sus semejantes. Pero así es. Aquí y allí. Por todas partes. Así fue siempre y así seguirá siendo. La verdad es que se le quitan a uno las ganas de oír las noticias del día: guerras, terrorismo, muertes, secuestros, asesinatos, malos tratos, corrupción, robos, abusos… así un día y otro. No hay buenas noticias. Y cuando no es por la maldad humana, es por accidentes trágicos del hombre o su entorno, o por dramáticos fenómenos la naturaleza. Pero a la naturaleza no la podemos controlar, como tampoco podemos evitar muchos accidentes. ¿Pero seremos capaces de controlarnos a nosotros mismos y evitar guerras, terrorismo, muertes, secuestros, asesinatos, malos tratos, corrupción, robos y abusos? Parece que no. No tengo esperanza. No parece que pueda haberla.
Ya sabemos que no vivimos en el paraíso terrenal. Ya sabemos que quien más quien menos tiene sus problemas y sus sufrimientos. Pero que algunos, o muchos, muchísimos, sufran tanto, no es justo. Y no lo es, mucho menos, cuando sufren por causa del hombre. Que sea el hombre el que provoque a conciencia tanto sufrimiento, tanto mal, tanta tragedia, tanta sangre, tanta barbaridad… que la humanidad no haya superado aún la Edad Media, o la Edad de Piedra, que sigamos peleando, educando, actuando como entonces… No lo entiendo. La maldad humana es inhumana.
El hombre es así por propia naturaleza, el hombre es un lobo para el hombre. No entiendo nada.
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miércoles, 10 de marzo de 2010
154. Tormentas en mis tierras de Cái.
Tremendo. El pasado sábado día 5, entre las 7 y las 11 de la mañana, llovió torrencialmente. Jamás había visto yo caer tanta agua de golpe. No llovía, jarreaba. No eran gotas de agua, sino chorros. En cuatro horas, parte de la provincia se inundó y colapsó: ríos desbordados, carreteras destrozadas, casas anegadas... buen drama para sus habitantes.
Y no fue lo peor este sábado: lo peor fue que llovía, o jarreaba, sobre mojado. Lleva así desde el 18 de diciembre, cuando empezó a llover y aún no ha parado. Va para tres meses sin sol y con agua, mucha agua.
Da pena ver mi tierra así, cierto que, a cambio, todo muy verde... pero con las playas casi sin arena, la mar sucia de barro y alborotada de temporales, los prados y caminos encharcados... mis playas sin sol, que lo ocultan las nubes negras que vienen, chorrean y desaparecen hasta que llegan otras casi de inmediato.
Os dejo unas imágenes de muestra.
Río desbordado. Lo que se ve entre las vallas de madera es una carretera.
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lunes, 8 de marzo de 2010
153. ¿Qué hacemos?, en 400 palabras (noventa y nueve).
—¿Qué hacemos?
—Lo que quieras.
—Prefiero que decidas tú. Sorpréndeme.
—Sí... Te puedo sorprender, pero quizá no te guste.
—Pues prueba.
—No creo que lo aceptes.
—Bueno, inténtalo.
—Bien. ¿Nos vamos a la cama?
—¿Qué dices? Si son las cinco de la tarde.
—No hay mejor hora.
—No hay mejor hora para qué.
—Pues para irnos a la cama.
—A hacer qué.
—¿Tú que crees?
—Pues... no sé. ¿A dormir la siesta?
—Sí, claro, o a jugar al parchís. Vamos a ver: ¿qué se puede hacer en la cama a las cinco de la tarde?
—Pues... mira, no caigo. Dímelo tú.
—No te apetece, ¿no?
—No me apetece qué.
—Que vayamos a la cama.
—Yo no he dicho que no me apetezca. He preguntado que para qué.
—¿Tengo que decirlo explícitamente?
—No hace falta, si no quieres. Pero si no me lo dices, no sé qué vamos a hacer.
—¿Me estás tomando el pelo?
—No. Simplemente quiero saber lo que quieres hacer en la cama.
—Bueno, veamos, estudiemos las posibilidades: estamos solos en casa, los niños no llegan hasta esta noche, hace una primavera fantástica, la temperatura es ideal, nos queremos, la música que has puesto es deliciosa e invita a...
—¿A qué?
—¿A qué crees?
—Dímelo tú.
—Pues invita a irnos a la cama. Cerramos la persiana y encendemos unas velas...
—Sí, no es mala idea. Es muy romántico. ¿Y luego?
—Pero qué torpe eres... ¿Tengo que decirlo todo?
—Me has llamado torpe.
—Sí, pero no era mi intención; es una forma de hablar.
—Pero me has insultado.
—Ya te he dicho que no quise decirlo. Perdona.
—Pero me has insultado.
—Bueno, sí, es cierto, te he insultado. Pero de forma cariñosa, ¿no?
—Pues me ha parecido que no.
—Mira, te llamé torpe porque no entiendes. Aunque yo creo que sí lo entiendes, pero no quieres hacerlo.
—No quiero hacer qué.
—¡Joder...! Pues lo que se hace en la cama.
—¿Dormir?
—Se hacen otras cosas, ¿no crees?
—Pues no lo tengo claro.
—Me estás exasperando.
—Te alteras por nada.
—¿Cómo no me voy a alterar? Llevo quince minutos tratando de convencerte.
—Pues no lo has conseguido, ya ves.
—O sea que no quieres.
—Sí, sí quiero, torpe, que eres más torpe...
—¿Torpe yo?
—Sí, no aguantas una broma.
—¿Una broma?
—Sí.
—Vaya, con que ésas tenemos, ¿eh? Pues ahora soy yo quien no quiere. Ya no tengo ni ganas...
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sábado, 27 de febrero de 2010
152. Me fui con lo puesto, en 400 palabras (noventa y ocho).
Me fui con lo puesto. Nada más. Salí a comprar tabaco y... no he vuelto. Estoy harto. Harto del trabajo, de la casa, de los amigos, del perro, harto de la vida que llevo. Así que salí con lo puesto y no he vuelto.
No sé adónde ir, qué voy a hacer, cómo voy a vivir, dónde pasaré la noche ni en qué ocuparé mi tiempo durante los próximos días. No sé nada de lo que pasará a continuación. Per sí sé que no volveré al trabajo, que estoy harto de mis clientes, que me dan de comer con los proyectos que nos contratan, sí, pero que son una panda de desgarramantas, abusones, chantajistas, exigentes y prepotentes, además de ignorantes y estúpidos; de mis colaboradores, que no hacen otra cosa que plantearme problemas y no solucionar ninguno; de mi secretaria, estupenda pero estúpida; de algunos técnicos, listos pero soberbios; de mi jefe, simplón, dictador, vago, incompetente, inútil, inepto, egoísta, tacaño, avaro... pero dueño de la empresa; de mis proveedores, que me engañan como a un chino, mienten como bellacos.
También estoy harto de mi casa. Mi mujer no me engaña, pero siempre le duele la cabeza; mis hijos no me hacen maldito caso, y me han perdido el respeto. En casa no mando nada, ni siquiera se tienen en cuenta mis opiniones y me ignoran. Si pido un beso, a lo sumo me ponen la cara... y con mala cara; si pido explicaciones, me dan la callada por respuesta; si sugiero algo —ya no me atrevo a ordenar— me toman por el pito del sereno y se ríen abiertamente de mí. Y no digamos de mis suegros, que me desprecian; ni de mis cuñados, que me ignoran.
De los amigos... bueno, también estoy harto. Son buenos amigos, pero se olvidan de mí cuando hay algo importante, o sea, que les paso desapercibido. Y dicen que sí, que me aprecian, que soy buen tío aunque no sepa jugar al mus, pero se olvidan de mí.
Del perro, estoy hasta las narices. Sólo me ladra a mí cuando intento acariciarlo.
De mi vida, bueno, no tendría que quejarme: tengo trabajo, con buen sueldo, tengo familia, tengo amigos, tengo perro. Pero estoy harto de todos.
Y yo creo que soy buena persona. Quizá, no.
Hoy he dado un portazo y me he ido a comprar tabaco. No volveré.
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domingo, 21 de febrero de 2010
151. Grandioso partido de squash, en 400 palabras (noventa y siete).
¡Ah, el squash! Hoy he jugado un gran partido. He levantado un 2-0, ganando finalmente por 3-2. Ha sido genial.
Antaño se jugaba cada set a 15: punto ganado puntuaba. Luego se cambió a 9: punto ganado se ganaba el saque, o puntuaba si se había sacado. Ahora se juega a 11, con punto ganado, punto anotado. Yo creo que se ha hecho así para que el juego sea más corto y en una hora se puedan jugar hasta 5 sets. A mí me gustaba más cuando era a 15 tantos; pero ahora es así.
El hecho es que hoy hice un gran partido, jugando a 11. Empecé perdiendo por 11-7 y 11-9, luego gané por 11-3 y 15-13 (si se empata a once se ha de ganar por 2 de diferencia). El 11-3 fue fácil: el contrario se confió, dando por hecho el 3-0 y lo dominé sin problemas. En estos deportes de la bolita no hay nada como confiarse y dormirse en los laureles: el otro se crece y gana, no hay solución. El 15-13 fue más duro: mi contrario luchó hasta la extenuación; dejada, pared, fondo... empatamos a 11: sacaba él y le resté profundo y con fuerza, de manera que falló; 12-11; volví a sacar, me restó, ataqué y me dejó la bola muerta en una espléndida dejada. 12 iguales; sacó él y resté mal: 12-13; me concentré y resté a sus pies:13 iguales; saqué yo y se produjo una jugada larga, una de las delicias del juego: varias paralelas de revés, una cruzada, que devuelvo bien, una dejada, que me devuelve con otra, llego y machaco: 14-13; saco y resta fuerte, la coloco paralela y me responde; tiro a la pared lateral, dejándolo desconcertado y sin llegar a la bola: 15-13.
2-2: jugamos el set definitivo. Antes, descansamos unos segundos para recuperara el resuello. Yo estoy lanzado y mi contrario receloso y algo frustrado: contaba con el 3-0. Saco yo: 1-0; vuelvo a sacar: 1-1 tras un espléndido resto. Llegamos al 9 iguales, asfixiados y sin apenas fuerzas. Mi moral, alta, aunque con tremendas dudas: he ido siempre por delante y me ha igualado en sucesivas jugadas. Saca él y me la juego con una dejada cruzada, a la que no llega: 10-9; ahora tiene miedo él. Saco con el mejor saque del partido y él falla: 11-9. ¡Bien! Partido resuelto.
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viernes, 12 de febrero de 2010
150. He de alimentar esta bitácora, en 400 palabras (noventa y seis).
Sí, he de alimentar esta bitácora con algo, con 400 palabras quizá; para no perder la costumbre. Mis lectores (de los que tengo la impresión de que cada vez son menos) me acusarán, y con razón, de que lo que escribo es vacuo. No lo niego. En este momento estoy tratando de escribir algo con el simple y único objetivo de crear una entrada más en esta mi bitácora. No os engaño: si me leéis, sabed que hoy escribo por el puro placer de escribir y, sobre todo, por cumplir con mi compromiso. Compromiso que, inicialmente, fue conmigo mismo y, más tarde, fue tácito con mis lectores; compromiso que consiste en publicar una nueva entrada cada semana, más o menos. Llevo ya 150 y lo he cumplido casi escrupulosamente.
Cierto que no siempre de forma acertada, pero he cumplido y es mi intención seguir haciéndolo, aunque sea con vacuidades. Siempre me gustó cumplir con mis compromisos, obligarme y ser fiel. Aunque diciendo esto, algún día tenga que tragarme estas palabras, quizás...; la imaginación se agota y la vida da muchas vueltas... Por si acaso, pido humildemente perdón por adelantado pero, hoy por hoy, mantengo mi compromiso.
Decía antes que mis lectores son cada vez menos. Desde luego hay menos comentarios, aunque mis estadísticas indican cierta regularidad, con altibajos, en torno a las 100 visitas semanales. Es poquísimo, ya lo sé, pero para mí es suficiente. Nunca pensé llegar a tantas. Pero es cierto que algunos lectores me han abandonado, aparentemente, pues no se les ve por aquí y, además, han cerrado sus blogs. Por ejemplo, Berrendita, a la que debo esta bitácora, o Marina, una deliciosa niña con un delicioso blog. O Kambalache, Ana, Mara o Fusa (bueno, Fusa desapareció unos instantes pero sigue, afortunadamente, con un cambio de look). Ellas eran, lo digo por sus comentarios, asiduas a estas letras. Pero, a fuer de ser sincero, diré que echo más de menos sus bitácoras que sus comentarios en la mía. Son dignas de leer semanalmente, estupendamente escritas, ocurrentes, sinceras, atractivas, enriquecedoras...
Otras, afortunadamente, siguen, como Bicho, Noelia, Minisuina y Estrella de Mar.
¡Bien!, Berrendita ha vuelto. ¡Qué gozada!
Habré de descubrir nuevos blogs que leer y con cuyos autores relacionarme. Aunque eso tiene el peligro de la dispersión y el riesgo de entretenerme demasiado y no avanzar en mis novelas. ¡Es, ciertamente, más cómodo!
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viernes, 5 de febrero de 2010
149. Lo suyo no tiene remedio, en 400 palabras (noventa y cinco).
Es mejor que lo deje y no haga nada. Aquel domingo fue glorioso.
Se levantó con su enorme dolor de cabeza, cosa que le ocurre siempre que duerme más de siete horas. Él lo sabe, pero no pone el despertador. Al incorporarse de un salto da con el brazo a la lámpara de la mesilla, que cae al suelo y se destroza. Los mil cristales en que se rompe la bombilla se esparcen por el suelo. La mujer se despierta, sobresaltada, y grita “¿qué ha pasado?”. “Nada”, responde él, “que he tirado la lámpara al suelo. Voy a recoger los cristales”. “No, deja, ya lo hago yo”. “No, ni hablar, yo lo recojo”.
Va por el recogedor y la escoba y, al sacar ésta, engancha el cubo de la limpieza que aún tenía agua con jabón y lo tira al suelo. “¡Joder! Ahora lo secaré”. “¿Qué ha sido eso?”. “Nada, ¡no te muevas!”. El perro entra en ese momento en la cocina y lo intenta agarrar; se le escapa, aunque consigue sujetarlo por una oreja. El perro chilla; luego, asustado, ladra. Lo encierra en el dormitorio de los niños. El perro sigue ladrando y los despierta. “¡Papá, mamá! Chispa me ha despertado...!” grita la niña mayor. Y empieza a llorar el pequeño. “Ahora los calmaré, tú no te levantes”.
Barre los cristales, mientras el perro sigue ladrando, la niña chillando y el niño llorando. La mujer hace ademán de levantarse, pero él la empuja sobre la cama. “¡No te muevas!”.
Va a la habitación de los niños, abre la puerta y el perro se escapa. Cómo no, se va a la cocina, se moja las patas y se da un paseo por toda la casa, dejando huellas húmedas por doquier.
Calma a los niños como puede y va a la cocina a recoger el agua. Le patina una zapatilla, se agarra al mantel de la mesa y lo arrastra en la caída, tirando el desayuno cuidadosamente preparado la noche anterior por su mujer. Se rompen varios platos y tazas y la fruta se esparce por el suelo. Menos mal que la leche no estaba aún servida. Se levanta y comienza a coger los trozos rotos. Entra Chispa, pisa los cristales y se hiere una pata, que le sangra por las almohadillas. Él lo mira desesperado, impotente, va al dormitorio y se mete en la cama.
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sábado, 30 de enero de 2010
148. ¿Qué tal estás?, en 400 palabras (noventa y cuatro).
—¿Qué tal estás?
—Bien.
—¿Te aburres conmigo?
—No.
—Pues lo parece, contestas con monosílabos.
—Sí.
—¿Estás pensando, quizás, que soy pesado?
—No.
—¿No te importa que te interrogue?
—No.
—¿Me estás prestando atención?
—Sí.
—Voy a apagar la tele, así no te me distraes.
—Bien.
—Ya. ¿Piensas en algo ahora?
—No.
—Yo, sí.
—Qué.
—Pues pienso que te aburro, que te canso.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—Quizás te estoy interrumpiendo.
—No.
—¿En qué piensas?
—Psss...
—¿En mí?
—No.
—¿En nosotros?
—Sí.
—¿En nuestra relación?
—Sí.
—¿Estás satisfecha?
—No.
—¿Puedo preguntarte por qué?
—No.
—Entonces, si no me dices por qué, no podré solucionarlo.
—No.
—¿Me quieres?
—Sí.
—¿Entonces?
(Silencio)
—¿Quieres contestarme?
—No.
—Me estás exasperando.
—Sí.
—Lo haces adrede.
—Sí.
—No me quieres.
—Sí.
—Sí, qué. ¿Que me quieres o que no?
—Sí.
—¿Me das un beso?
—No.
—¿Por qué?
(Silencio, mirándome fijamente a los ojos).
—Me estoy empezando a enfadar. A ver, sólo sabes contestar sí o no, o te quedas callada.
—Sí.
—Creo que me tomas el pelo.
—No.
—¿Lo dices en serio?
—Sí.
—¿Sabes cuántas palabras tiene el diccionario de la Lengua?
—No.
—Yo tampoco, pero creo que superan las ochenta y ocho mil, y tú sólo has utilizado cinco, y una no está en el diccionario.
—¿Cuál?
—Psss.
—¡Ah!
—¿Es que quieres que me enfade?
—No.
—¿Entonces?
(Silencio)
—¿Me quieres explicar?
—No.
—Bien, me callaré.
(Pasa un rato)
—Oye.
—Qué.
—¿Hablamos?
—Sí.
—¿Sobre qué te gustaría hablar?
—Psss...
—¡Otra vez! ¿Podrías ser más explícita?
—No.
—Mira, que te zurzan. No aguanto más.
(Silencio)
—Me estás cabreando y así no vamos a ninguna parte.
—No.
—¿Quieres hablar en serio de una vez por todas?
—Sí.
—Bueno, menos mal... Cuéntame algo.
—No.
—¿En qué quedamos? ¿Vas a hablar o no?
—Sí.
—Pero no me cuentas nada.
—No.
—¿Y?
(Silencio)
—Bueno, vale, ahí te quedas. Yo me voy. No aguanto más.
—¡Eh!
—Qué.
—No.
—¿No, qué?
—No.
—¿Que no me vaya?
—Sí.
—¡Uf! No te entiendo.
—No.
—Eso ya lo sé. Ni te entiendo ni tú me entiendes a mí. Esto no tiene solución.
—Sí.
—Que sí, qué. ¿Que tiene solución?
—Sí.
—Sí, sí la tiene: que me vaya de una vez.
—No.
—¿Que no me vaya?
—Sí.
—Me desesperas, corazón.
—Sí.
—Otra vez. Sí, ¿qué? Mira, si quieres tomarme el pelo, me lo dices; si te has cansado de mí, me lo dices también y yo me voy.
—Sí.
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viernes, 22 de enero de 2010
147. Un hecho real, en 400 palabras (noventa y tres).
Un hecho real
Quisieron darse un masaje una tarde de vacaciones. Llamaron a un tailandés. “Bien, les abrimos. ¿Cuántos son?”. “Tres”. Él, su novia y la hermana de ésta. Llegan a las 18,45. Llaman a la puerta. Les abren y les dicen: sólo dos, que la tercera masajista no está. “Bien”, dice él, “pasad vosotras”. Él, mientras tanto, se va a dar una vuelta por la ciudad. Al rato recibe una llamada, que tarda en oír y cuando coge el teléfono habían colgado. No conoce el número. Lo busca en Internet (su móvil tiene acceso). Es el número de la casa de masajes. Devuelve la llamada; comunica; espera; llama de nuevo; sigue comunicando. Llama al móvil de su novia: “apagado o fuera de cobertura”; llama al de su cuñada: lo mismo. Llama otra vez al fijo: continúa comunicando. Empieza a ponerse nervioso. Ya son las 19,45. Se dirige hacia la casa de masajes. Llega y llama al timbre: no contesta nadie. Lo intenta de nuevo con el teléfono, con idéntica respuesta. Se pone más nervioso. Las ocho. Aporrea la puerta. Silencio. Aporrea más, sin resultado. Mira por el ventanuco y no detecta luz alguna. Espera: las 20,15. Repite el timbre, aporrea de nuevo, usa el teléfono otra vez. “¡Joder! ¡Las han secuestrado!”. Llama a la Policía. La Policía le pide datos y le dice que tiene que ir allí a poner una denuncia. Piensa, calcula: por lo menos una hora en ir, denunciar y volver. Duda. Llama a la tía de su novia, donde estaban alojados, porque su suegra es muy nerviosa: “Pilar, que creo que han secuestrado a las niñas”, “¿Quéeee? ¡Vamos para allá!”, responde alteradísima. La tía y la madre salen corriendo al coche, llorando a lágrima viva. Vuelve a golpear la puerta y luego intenta echarla abajo, cogiendo carrerilla y estampanándose contra ella. No se mueve, es blindada. Saca su móvil y busca en Google: “cerrajeros urgencia”. Llama a uno. Va para allá. 20,45: llega el cerrajero. Él, desquiciado, no articula una palabra coherente, pero consigue hacerse entender. El cerrajero saca sus herramientas y, en ese preciso momento, salen dos bellas chicas, relajadas y tranquilas.
Él grita un ¡hola! lleno de emoción y luego dice: “¿Pero no os han secuestrado?”. Llega la familia, descompuesta. Las chicas se explican: “Apareció la tercera masajista y te llamamos. No respondiste y descolgamos todos los teléfonos para relajarnos a gusto”. ¡Uff!
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viernes, 15 de enero de 2010
146. Caos tras viaje, en 400 palabras (noventa y dos).
Caos tras viaje
Bueno, sin parar desde que llegamos. Vaya tela, por unas gambitas a la brasa nos venimos malísimos los cuatro. Al llegar, cansadísimos, qué lío: vemos los Reyes, la locura, el entusiasmo de mis hijas, busca pilas, prueba juguetes, “papá, juega conmigo”, “no, conmigo”, chuches, globos, envoltorios, esto no funciona, y yo, agotado... Tanto descontrol que hemos perdido un regalo de mi mujer, un súper MP5 que nadie ha visto; eso sí, tenemos los cables, las instrucciones, todo... menos el aparato. “Papá, la wii no funciona, el disco es para play3, no para play2, y le he quitado el celofán”, “¡vaya!” Mi tocadiscos no tiene salidas, hay que cambiarlo... Bien, unos Reyes estupendos. Yo me caigo de sueño, mis hijas quieren jugar conmigo, y mi mujer, en pleno caos y yendo y viniendo al cuarto de baño, buscando su MP5. Intento ordenar el desastre, sin éxito. Domingo, llueve. Vienen amigos con moto bici eléctrica que nos traen de China, la mañana montándola, llueve, nos empapamos, no le va la luz de freno, ¿hay alguna máquina que me funcione a la primera? Comemos todos aquí, más trabajo, no siesta, sobremesa eterna. Fantástico, mañana trabajo.... Conseguimos acostar niñas, 10:30, bravo. De pronto, sin luz. Linternas, fusibles, llueve, no es de aquí, azotea, veo luces, no es de afuera, no entiendo nada. No luz, no agua, no encuentro electricistas, llamo suministradora, “que no se hacen cargo”. Dormimos. Me levanto, no me ducho, llego tarde y sin afeitar al trabajo, no doy pie con bola. Carrefour, no me devuelven la play3 por lo del celofán, compro la play2. Mediamarkt: devolver tocadiscos, 12:30, no veas la cola, más de 100 personas con bolsas. Me voy. Mercadona... compra. 18:00, reviso y constato que algo le pasa a un cable. 19:00, compro 30 metros del mejor, y manguera y clips y todo. 20:30, termino de montarlo. Pongo fusible, no veas las chispas. Buena señal, quito fusibles, los pongo. ¡Bingo!, hay luz. 21,30: se va. ¡Oh, no! Linterna, diluvia, ¡ah!, el limitador ha saltado, ¿por qué ponemos todas la estufas, secadores y microondas al mismo tiempo? Contentos, a la cama. Martes, 9:00, en el coche, móvil: “¡No hay luz!”. Vuelvo, reviso instalación: ahora no llega corriente. La suministradora, que sí, que están haciendo una reparación... ¿coincidencia? Casa patasparriba, sigue sin aparecer el MP5, he conseguido devolver el tocadiscos... También esta tarde sincronizamos el wii. ¡Eureka, funciona!
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Guarismo
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19:51:00
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miércoles, 6 de enero de 2010
145. Haikus de muerte y vida.
Tras esta vida,
la muerte; ¿habrá otra
después de ésta?
La vida es la
que vivimos, no hay
otra más allá…
…O sí la hay y
la viviremos cuando
así nos toque.
La vida tiene
como fin la muerte.
Mas hay más vida.
Vida después de
la vida. ¿Acaso no
existe? ¿Qué hay?
Vive la vida,
disfrútala, ámala,
que se acaba.
Ni un segundo
que perder, que se hace
corta la vida.
No mires atrás,
sino siempre adelante
y reinvéntate.
Recuerda lo que
fuiste, vive ahora
y sé futuro.
Ni estúpido
que fuera dejaría
la vida esta.
Vida injusta,
vida exagerada,
vida extraña.
Qué rara es la
vida. Células y más
células, vivas.
Vive y deja
vivir; alguno te lo
agradecerá.
Respeta lo que fuiste,
ama lo que eres,
crea futuro
Vive con fuerza,
con apasionamiento,
con satisfacción.
Vive con la paz
que ansía el mundo
y compártela.
No vivas con la
pena de haber vivido,
vive con afán.
Si Dios nos creó
y creó este mundo,
¿Dios nos destruirá?
¡Qué bonito es
vivir, si no estás
en la miseria!
¡Qué duro ha de
ser vivir sufriendo y
no verle final!
Quisiera sentir
la fuerza de la vida
cada instante.
No quiero vivir
lejos de tu cariño,
me moriría.
Ser consciente de
vivir es lo primero
para no morir.
¡Qué contraste con
la muerte, la vida! ¿Lo
hay más extremo?
Vida y muerte
van unidas al cabo
de cierto tiempo.
La vida lleva,
inexorablemente,
a muerte cierta.
A la muerte le
gusta jugar la vida
a la ruleta.
Viva la vida;
que no venga la muerte,
que quiero vivir.
Publicado por
Guarismo
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13:49:00
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