Bienvenido a este mi cuaderno de bitácora

Querido visitante: gracias por pasar por aquí y leerme.
Aquí encontrarás ligeros divertimentos y algunas confidencias personales, pocas.
A mí me sirve de entretenimiento y si a ti también te distrae, ¡estupendo!.
Si, además, dejas un comentario... ¡miel sobre hojuelas! Un abrazo,
Guarismo.

viernes, 12 de febrero de 2010

150. He de alimentar esta bitácora, en 400 palabras (noventa y seis).

He de alimentar esta bitácora

Sí, he de alimentar esta bitácora con algo, con 400 palabras quizá; para no perder la costumbre. Mis lectores (de los que tengo la impresión de que cada vez son menos) me acusarán, y con razón, de que lo que escribo es vacuo. No lo niego. En este momento estoy tratando de escribir algo con el simple y único objetivo de crear una entrada más en esta mi bitácora. No os engaño: si me leéis, sabed que hoy escribo por el puro placer de escribir y, sobre todo, por cumplir con mi compromiso. Compromiso que, inicialmente, fue conmigo mismo y, más tarde, fue tácito con mis lectores; compromiso que consiste en publicar una nueva entrada cada semana, más o menos. Llevo ya 150 y lo he cumplido casi escrupulosamente.

Cierto que no siempre de forma acertada, pero he cumplido y es mi intención seguir haciéndolo, aunque sea con vacuidades. Siempre me gustó cumplir con mis compromisos, obligarme y ser fiel. Aunque diciendo esto, algún día tenga que tragarme estas palabras, quizás...; la imaginación se agota y la vida da muchas vueltas... Por si acaso, pido humildemente perdón por adelantado pero, hoy por hoy, mantengo mi compromiso.

Decía antes que mis lectores son cada vez menos. Desde luego hay menos comentarios, aunque mis estadísticas indican cierta regularidad, con altibajos, en torno a las 100 visitas semanales. Es poquísimo, ya lo sé, pero para mí es suficiente. Nunca pensé llegar a tantas. Pero es cierto que algunos lectores me han abandonado, aparentemente, pues no se les ve por aquí y, además, han cerrado sus blogs. Por ejemplo, Berrendita, a la que debo esta bitácora, o Marina, una deliciosa niña con un delicioso blog. O Kambalache, Ana, Mara o Fusa (bueno, Fusa desapareció unos instantes pero sigue, afortunadamente, con un cambio de look). Ellas eran, lo digo por sus comentarios, asiduas a estas letras. Pero, a fuer de ser sincero, diré que echo más de menos sus bitácoras que sus comentarios en la mía. Son dignas de leer semanalmente, estupendamente escritas, ocurrentes, sinceras, atractivas, enriquecedoras...


Otras, afortunadamente, siguen, como Bicho, Noelia, Minisuina y Estrella de Mar.

¡Bien!, Berrendita ha vuelto. ¡Qué gozada!


Habré de descubrir nuevos blogs que leer y con cuyos autores relacionarme. Aunque eso tiene el peligro de la dispersión y el riesgo de entretenerme demasiado y no avanzar en mis novelas. ¡Es, ciertamente, más cómodo!

viernes, 5 de febrero de 2010

149. Lo suyo no tiene remedio, en 400 palabras (noventa y cinco).

Lo suyo no tiene remedio.

Es mejor que lo deje y no haga nada. Aquel domingo fue glorioso.

Se levantó con su enorme dolor de cabeza, cosa que le ocurre siempre que duerme más de siete horas. Él lo sabe, pero no pone el despertador. Al incorporarse de un salto da con el brazo a la lámpara de la mesilla, que cae al suelo y se destroza. Los mil cristales en que se rompe la bombilla se esparcen por el suelo. La mujer se despierta, sobresaltada, y grita “¿qué ha pasado?”. “Nada”, responde él, “que he tirado la lámpara al suelo. Voy a recoger los cristales”. “No, deja, ya lo hago yo”. “No, ni hablar, yo lo recojo”.

Va por el recogedor y la escoba y, al sacar ésta, engancha el cubo de la limpieza que aún tenía agua con jabón y lo tira al suelo. “¡Joder! Ahora lo secaré”. “¿Qué ha sido eso?”. “Nada, ¡no te muevas!”. El perro entra en ese momento en la cocina y lo intenta agarrar; se le escapa, aunque consigue sujetarlo por una oreja. El perro chilla; luego, asustado, ladra. Lo encierra en el dormitorio de los niños. El perro sigue ladrando y los despierta. “¡Papá, mamá! Chispa me ha despertado...!” grita la niña mayor. Y empieza a llorar el pequeño. “Ahora los calmaré, tú no te levantes”.

Barre los cristales, mientras el perro sigue ladrando, la niña chillando y el niño llorando. La mujer hace ademán de levantarse, pero él la empuja sobre la cama. “¡No te muevas!”.

Va a la habitación de los niños, abre la puerta y el perro se escapa. Cómo no, se va a la cocina, se moja las patas y se da un paseo por toda la casa, dejando huellas húmedas por doquier.

Calma a los niños como puede y va a la cocina a recoger el agua. Le patina una zapatilla, se agarra al mantel de la mesa y lo arrastra en la caída, tirando el desayuno cuidadosamente preparado la noche anterior por su mujer. Se rompen varios platos y tazas y la fruta se esparce por el suelo. Menos mal que la leche no estaba aún servida. Se levanta y comienza a coger los trozos rotos. Entra Chispa, pisa los cristales y se hiere una pata, que le sangra por las almohadillas. Él lo mira desesperado, impotente, va al dormitorio y se mete en la cama.

sábado, 30 de enero de 2010

148. ¿Qué tal estás?, en 400 palabras (noventa y cuatro).

—¿Qué tal estás?
—Bien.
—¿Te aburres conmigo?
—No.
—Pues lo parece, contestas con monosílabos.
—Sí.
—¿Estás pensando, quizás, que soy pesado?
—No.
—¿No te importa que te interrogue?
—No.
—¿Me estás prestando atención?
—Sí.
—Voy a apagar la tele, así no te me distraes.
—Bien.
—Ya. ¿Piensas en algo ahora?
—No.
—Yo, sí.
—Qué.
—Pues pienso que te aburro, que te canso.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—Quizás te estoy interrumpiendo.
—No.
—¿En qué piensas?
—Psss...
—¿En mí?
—No.
—¿En nosotros?
—Sí.
—¿En nuestra relación?
—Sí.
—¿Estás satisfecha?
—No.
—¿Puedo preguntarte por qué?
—No.
—Entonces, si no me dices por qué, no podré solucionarlo.
—No.
—¿Me quieres?
—Sí.
—¿Entonces?
(Silencio)
—¿Quieres contestarme?
—No.
—Me estás exasperando.
—Sí.
—Lo haces adrede.
—Sí.
—No me quieres.
—Sí.
—Sí, qué. ¿Que me quieres o que no?
—Sí.
—¿Me das un beso?
—No.
—¿Por qué?
(Silencio, mirándome fijamente a los ojos).
—Me estoy empezando a enfadar. A ver, sólo sabes contestar sí o no, o te quedas callada.
—Sí.
—Creo que me tomas el pelo.
—No.
—¿Lo dices en serio?
—Sí.
—¿Sabes cuántas palabras tiene el diccionario de la Lengua?
—No.
—Yo tampoco, pero creo que superan las ochenta y ocho mil, y tú sólo has utilizado cinco, y una no está en el diccionario.
—¿Cuál?
—Psss.
—¡Ah!
—¿Es que quieres que me enfade?
—No.
—¿Entonces?
(Silencio)
—¿Me quieres explicar?
—No.
—Bien, me callaré.
(Pasa un rato)
—Oye.
—Qué.
—¿Hablamos?
—Sí.
—¿Sobre qué te gustaría hablar?
—Psss...
—¡Otra vez! ¿Podrías ser más explícita?
—No.
—Mira, que te zurzan. No aguanto más.
(Silencio)
—Me estás cabreando y así no vamos a ninguna parte.
—No.
—¿Quieres hablar en serio de una vez por todas?
—Sí.
—Bueno, menos mal... Cuéntame algo.
—No.
—¿En qué quedamos? ¿Vas a hablar o no?
—Sí.
—Pero no me cuentas nada.
—No.
—¿Y?
(Silencio)
—Bueno, vale, ahí te quedas. Yo me voy. No aguanto más.
—¡Eh!
—Qué.
—No.
—¿No, qué?
—No.
—¿Que no me vaya?
—Sí.
—¡Uf! No te entiendo.
—No.
—Eso ya lo sé. Ni te entiendo ni tú me entiendes a mí. Esto no tiene solución.
—Sí.
—Que sí, qué. ¿Que tiene solución?
—Sí.
—Sí, sí la tiene: que me vaya de una vez.
—No.
—¿Que no me vaya?
—Sí.
—Me desesperas, corazón.
—Sí.
—Otra vez. Sí, ¿qué? Mira, si quieres tomarme el pelo, me lo dices; si te has cansado de mí, me lo dices también y yo me voy.
—Sí.


viernes, 22 de enero de 2010

147. Un hecho real, en 400 palabras (noventa y tres).

Tengo información de primera mano sobre el hecho que relato. Es verídico: la historia que me cuentan los protagonistas coincide.

Un hecho real

Quisieron darse un masaje una tarde de vacaciones. Llamaron a un tailandés. “Bien, les abrimos. ¿Cuántos son?”. “Tres”. Él, su novia y la hermana de ésta. Llegan a las 18,45. Llaman a la puerta. Les abren y les dicen: sólo dos, que la tercera masajista no está. “Bien”, dice él, “pasad vosotras”. Él, mientras tanto, se va a dar una vuelta por la ciudad. Al rato recibe una llamada, que tarda en oír y cuando coge el teléfono habían colgado. No conoce el número. Lo busca en Internet (su móvil tiene acceso). Es el número de la casa de masajes. Devuelve la llamada; comunica; espera; llama de nuevo; sigue comunicando. Llama al móvil de su novia: “apagado o fuera de cobertura”; llama al de su cuñada: lo mismo. Llama otra vez al fijo: continúa comunicando. Empieza a ponerse nervioso. Ya son las 19,45. Se dirige hacia la casa de masajes. Llega y llama al timbre: no contesta nadie. Lo intenta de nuevo con el teléfono, con idéntica respuesta. Se pone más nervioso. Las ocho. Aporrea la puerta. Silencio. Aporrea más, sin resultado. Mira por el ventanuco y no detecta luz alguna. Espera: las 20,15. Repite el timbre, aporrea de nuevo, usa el teléfono otra vez. “¡Joder! ¡Las han secuestrado!”. Llama a la Policía. La Policía le pide datos y le dice que tiene que ir allí a poner una denuncia. Piensa, calcula: por lo menos una hora en ir, denunciar y volver. Duda. Llama a la tía de su novia, donde estaban alojados, porque su suegra es muy nerviosa: “Pilar, que creo que han secuestrado a las niñas”, “¿Quéeee? ¡Vamos para allá!”, responde alteradísima. La tía y la madre salen corriendo al coche, llorando a lágrima viva. Vuelve a golpear la puerta y luego intenta echarla abajo, cogiendo carrerilla y estampanándose contra ella. No se mueve, es blindada. Saca su móvil y busca en Google: “cerrajeros urgencia”. Llama a uno. Va para allá. 20,45: llega el cerrajero. Él, desquiciado, no articula una palabra coherente, pero consigue hacerse entender. El cerrajero saca sus herramientas y, en ese preciso momento, salen dos bellas chicas, relajadas y tranquilas.

Él grita un ¡hola! lleno de emoción y luego dice: “¿Pero no os han secuestrado?”. Llega la familia, descompuesta. Las chicas se explican: “Apareció la tercera masajista y te llamamos. No respondiste y descolgamos todos los teléfonos para relajarnos a gusto”. ¡Uff!

viernes, 15 de enero de 2010

146. Caos tras viaje, en 400 palabras (noventa y dos).

He recibido este correo de mi hermano. Lo he recortado para dejarlo en 400 palabras, mi costumbre. Lo publico aquí como un ejemplo de caos en Navidad, cuando siempre sucede algo...

Caos tras viaje

Bueno, sin parar desde que llegamos. Vaya tela, por unas gambitas a la brasa nos venimos malísimos los cuatro. Al llegar, cansadísimos, qué lío: vemos los Reyes, la locura, el entusiasmo de mis hijas, busca pilas, prueba juguetes, “papá, juega conmigo”, “no, conmigo”, chuches, globos, envoltorios, esto no funciona, y yo, agotado... Tanto descontrol que hemos perdido un regalo de mi mujer, un súper MP5 que nadie ha visto; eso sí, tenemos los cables, las instrucciones, todo... menos el aparato. “Papá, la wii no funciona, el disco es para play3, no para play2, y le he quitado el celofán”, “¡vaya!” Mi tocadiscos no tiene salidas, hay que cambiarlo... Bien, unos Reyes estupendos. Yo me caigo de sueño, mis hijas quieren jugar conmigo, y mi mujer, en pleno caos y yendo y viniendo al cuarto de baño, buscando su MP5. Intento ordenar el desastre, sin éxito. Domingo, llueve. Vienen amigos con moto bici eléctrica que nos traen de China, la mañana montándola, llueve, nos empapamos, no le va la luz de freno, ¿hay alguna máquina que me funcione a la primera? Comemos todos aquí, más trabajo, no siesta, sobremesa eterna. Fantástico, mañana trabajo.... Conseguimos acostar niñas, 10:30, bravo. De pronto, sin luz. Linternas, fusibles, llueve, no es de aquí, azotea, veo luces, no es de afuera, no entiendo nada. No luz, no agua, no encuentro electricistas, llamo suministradora, “que no se hacen cargo”. Dormimos. Me levanto, no me ducho, llego tarde y sin afeitar al trabajo, no doy pie con bola. Carrefour, no me devuelven la play3 por lo del celofán, compro la play2. Mediamarkt: devolver tocadiscos, 12:30, no veas la cola, más de 100 personas con bolsas. Me voy. Mercadona... compra. 18:00, reviso y constato que algo le pasa a un cable. 19:00, compro 30 metros del mejor, y manguera y clips y todo. 20:30, termino de montarlo. Pongo fusible, no veas las chispas. Buena señal, quito fusibles, los pongo. ¡Bingo!, hay luz. 21,30: se va. ¡Oh, no! Linterna, diluvia, ¡ah!, el limitador ha saltado, ¿por qué ponemos todas la estufas, secadores y microondas al mismo tiempo? Contentos, a la cama. Martes, 9:00, en el coche, móvil: “¡No hay luz!”. Vuelvo, reviso instalación: ahora no llega corriente. La suministradora, que sí, que están haciendo una reparación... ¿coincidencia? Casa patasparriba, sigue sin aparecer el MP5, he conseguido devolver el tocadiscos... También esta tarde sincronizamos el wii. ¡Eureka, funciona!

miércoles, 6 de enero de 2010

145. Haikus de muerte y vida.

Haikus de muerte y vida

Tras esta vida,
la muerte; ¿habrá otra
después de ésta?

La vida es la
que vivimos, no hay
otra más allá…

…O sí la hay y
la viviremos cuando
así nos toque.

La vida tiene
como fin la muerte.
Mas hay más vida.

Vida después de
la vida. ¿Acaso no
existe? ¿Qué hay?

Vive la vida,
disfrútala, ámala,
que se acaba.

Ni un segundo
que perder, que se hace
corta la vida.

No mires atrás,
sino siempre adelante
y reinvéntate.

Recuerda lo que
fuiste, vive ahora
y sé futuro.

Ni estúpido
que fuera dejaría
la vida esta.

Vida injusta,
vida exagerada,
vida extraña.

Qué rara es la
vida. Células y más
células, vivas.

Vive y deja
vivir; alguno te lo
agradecerá.

Respeta lo que fuiste,
ama lo que eres,
crea futuro

Vive con fuerza,
con apasionamiento,
con satisfacción.

Vive con la paz
que ansía el mundo
y compártela.

No vivas con la
pena de haber vivido,
vive con afán.

Si Dios nos creó
y creó este mundo,
¿Dios nos destruirá?

¡Qué bonito es
vivir, si no estás
en la miseria!

¡Qué duro ha de
ser vivir sufriendo y
no verle final!

Quisiera sentir
la fuerza de la vida
cada instante.

No quiero vivir
lejos de tu cariño,
me moriría.

Ser consciente de
vivir es lo primero
para no morir.

¡Qué contraste con
la muerte, la vida! ¿Lo
hay más extremo?

Vida y muerte
van unidas al cabo
de cierto tiempo.

La vida lleva,
inexorablemente,
a muerte cierta.

A la muerte le
gusta jugar la vida
a la ruleta.

Viva la vida;
que no venga la muerte,
que quiero vivir.

jueves, 31 de diciembre de 2009

144. 2010, en 400 palabras (noventa y una).

2010

Dos mil diez. Suena bien, ¿no? Año diez, que también suena redondo. Año 10 del siglo XXI.

¿Qué nos deparará? ¿Crisis galopante como en 2009? ¿Tiempo de bonanza? ¿Vacas gordas? ¿Más vacas flacas?

No lo sé, y probablemente no lo sepa nadie. O, mejor, habrá quienes crean que lo saben, pero no sabemos si acertarán. Si nos fiamos de unos, será el año de la recuperación económica. Si hacemos caso a otros, 2010 será peor que 2009. Yo creo que unos y otros nos engañan. Me gustaría creer a los primeros, pero me temo que no van a tener razón. El termómetro será el paro, que es, al final, el termómetro del bienestar de un país. Con 4,5 ó 4 millones de personas desempleadas y casi 2 millones de empleos destruidos en 2009, ¿va a crear 2010 cientos de miles de puestos de trabajo hasta compensar los destruidos el año anterior? Obviamente, no. O no parece; ojalá me equivoque.

¿Brotará el crédito a las familias y pequeñas empresas y autónomos? ¿Pagará la administración local y autonómica todo lo que debe? ¿Se reducirá el gasto institucional? ¿Dejarán nuestros gobernantes de despilfarrar los dineros de todos? ¿Se impondrá de una vez la austeridad, tan necesaria? ¿Se impulsarán las nuevas tecnologías? ¿Se llegará a ese pacto social tan necesario? ¿Se reformarán las reglas del empleo para que éste se produzca? ¿Se alcanzarán pactos de estado entre gobierno y oposición en los temas importantes? ¿Se cumplirán los presupuestos?

¿Se abstendrán de mentirnos los politicachos que tenemos? (¿Se extinguirá la clase política por pura incompetencia o consumida por su propia demagogia?) ¿Se acabará de una vez por todas con la corrupción, promovida en la mayoría de los casos por políticos de uno y otro signo?

¿Se apagarán los jueces estrella? ¿Se los tragará agujero negro?

¿Será justa la justicia? ¿Serán sensatos los jueces y les dominará el sentido común?

¿Se encontrará petróleo en Almería o aguas canarias? ¿O en la bahía de Cádiz?

¿Se acabará con ETA de una vez por todas?

¿Disminuirán los accidentes de tráfico? ¿Se eliminará la llamada violencia de género?

¿Llegará la paz al mundo? ¿Se acabará con el hambre y terribles enfermedades?

Preguntas, preguntas, preguntas que sólo implican profundos deseos, pero a las que me temo hay una sola respuesta: no. Es lamentable.

A pesar de todo, y a pesar de mi falta de esperanza, ¡FELIZ 2010 a todos!

jueves, 24 de diciembre de 2009

143. Felicidades

Esta noche es Nochebuena... Buen momento para felicitar a todos: a los que nos quieren y a los que no; a los amigos, reales y virtuales, y a algún enemigo que otro (de hecho, hoy no deberíamos tener enemigos; por mi parte, si alguien lo es, que se desapunte); a los que nos leen con asiduidad y a los que lo hacen muy de cuando en cuando; a todos, a todos hay que felicitar hoy.

Y desear esa paz imposible que uno quiere para el mundo entero. Esa paz que Alguien quiso traer al mundo y esparció con su ejemplo por doquier... aunque los hombres, pobres, no le hacemos ni caso. Allá nosotros...

Felicidad a todos.

sábado, 19 de diciembre de 2009

142. Una noche divertida, en 400 palabras (noventa).

Una noche divertida

Llegué a casa algo tarde, y cansado. El día había sido agotador, entre quejas de los clientes, problemas técnicos y una rebelión solapada de algunos de mis colaboradores. Mientras lidiaba con todo eso, intenté pergeñar los presupuestos del año que viene y plantear las subidas salariales, de las que mi jefe no quiere ni oír ni hablar. Es decir, un día redondo.
Pero, por fin, llegué a casa, dispuesto a cambiar el chip y a olvidarlo todo hasta el día siguiente. Tenía unas once horas por delante para estar con la familia, charlar, cenar, descansar un rato ante la caja tonta y dormir.
—¡Qué cara traes, hijo! Ni que te hubieran matado —empieza mi mujer.
—Papá, ¿me ayudas? Tengo unos problemas de integrales que no sé cómo abordar —suelta mi hijo, sin dejarme contestar.
—¡Me tienes que ayudar a mí, papá, que siempre lo ayudas a él y a mí ni caso! —espeta mi hija sin contemplaciones—. Tengo un problema de Química que no sé cómo resolver.
—Vayamos por partes —dije tratando de tranquilizar el ambiente—. Primero, mamá, sí, he tenido un día duro; segundo, hijo, no sé si me acordaré de hacer integrales; tercero, hija, también te ayudaré a ti, aunque de Química sé muy poco; yo soy matemático, aunque ya no sepa ni hacer una raíz cuadrada...
—Pues habrás tenido un día duro, pero el mío...
—Me tienes que ayudar a mí primero, porque...
—No, papá, lo mío es más urgente, mañana...
Hablaron los tres a la vez, por lo que no pude entender casi nada. No respondí y me fui al dormitorio a cambiarme. Los tres me siguieron, cada uno con su tema, hablando a un tiempo.
—¡Silencio! Vayamos a cenar y lo comentamos con orden y tranquilamente... ¿Qué cenamos hoy? —pregunté inocentemente, por cambiar de tema.
—¿Me lo preguntas a mí? —dice mi mujer—.Hoy te toca a ti hacer la cena...
—¡Joder! Cierto, se me había olvidado. Bueno, a ver, ¿qué hay en la nevera?
—Pues nada. Tuviste que hacer la compra ayer y te olvidaste.
—Bien, veremos... ¿pan y mantequilla?
—No hay pan.
—Ni mantequilla.
—¿Sobraron croquetas de la semana pasada?
—No.
—Bien, pidamos una pizza.
—Yo quiero una hamburguesa.
—Yo no quiero comida basura.
—¿Y qué quieres, corazón?
—Pues cenar como Dios manda.
—¿Huevos y patatas fritas, por ejemplo?
—Si hubiera huevos... Pero como ayer no los compraste...

domingo, 13 de diciembre de 2009

141. Pesadilla, en 400 palabras (ochenta y nueve).

Pesadilla

Estaba solo en casa el fin de semana.

Mi casa es una casa rústica situada en el medio de la nada, en una enorme finca que no es de nadie, llena de rastrojos y matorrales, con algunos árboles desperdigados por entre la maleza. Es una casa vieja que reformé hace ya tantos años que necesita, de nuevo, una reforma. La heredé y le tengo un cariño especial porque forma parte de mi vida. He pasado allí mis mejores momentos y, quizás, los peores también. Ha sido mi refugio cuando la tristeza me invadía y la soledad me llamaba. Ha sido mi lugar de trabajo cuando las musas me inspiraban y necesitaba tranquilidad y aislamiento. Ha sido mi nido de amor cuando me enamoraba y quería impresionar a mi pareja con un lugar aislado y excitante.

Bajé al trastero del sótano a buscar leña para mantener la chimenea encendida. Hacía un tiempo endiablado afuera y no quería salir hasta la leñera. Afortunadamente, siempre guardo unos cuantos troncos de pino y acebuche allí para emergencias como ésta. Con la luz que entraba por la puerta abierta veía lo suficiente para coger la leña, por lo que no accioné el interruptor. Al ir a salir, el extremo de un tronco empujó la puerta y la cerró delante de mis narices. No reaccioné a tiempo. Oscuridad absoluta. Era de noche y por el ventanuco no entraba la más mínima luz. Solté la leña en el suelo y, a tientas, localicé el interruptor. Encendí la desnuda bombilla que colgaba del techo y se produjo un chispazo, dejándome de nuevo a oscuras. Me acerqué a la puerta, tropezando con los troncos esparcidos por el suelo, e intenté abrirla, pero el picaporte no cedía, no se movía un milímetro. Eché mano al bolsillo en busca del encendedor que llevo con el tabaco y... me lo había dejado en el salón.

Oscuridad, frío. La temperatura exterior no superara los -10ºC. Dentro, rondaba los cero grados, calculé, con el viento helado entrando por el pequeño ventanuco sin cristales ni postigos. Y yo, en mangas de camisa, porque en el salón, con la chimenea, se estaba bien. Me disponía a cenar, o sea, que también tenía hambre.

Busqué a tientas un destornillador, una barra de hierro, un martillo, un hacha, un algo que me sirviera para abrir o destrozar la puerta. Nada.

Gritar no serviría de nada. Estaba solo.

viernes, 11 de diciembre de 2009

140. Terrible suceso.

Ayer falleció, en accidente de moto, el hijo de 26 años de una muy buena amiga mía. Terrible hecho que quisiera no hubiera ocurrido nunca.

—No te lo mereces, Inma.
—No se lo merece nadie.
—No te lo mereces tú.

Fueron casi las únicas palabras que crucé con ella, entre muchos abrazos y besos. “Con todo mi cariño”, les dije abrazándolas a ella y a su hija. Lágrimas no, que ellas las tenían que tener secas y yo no debía exteriorizar mi pena. No se me ocurría qué otra cosa hacer, qué otra cosa decir. Con su marido hablamos de alguna cosa estúpida con la única intención de que, durante uno o dos minutos, no pensara en su tremenda tragedia. Viéndolos, viendo al hijo muerto, se te hiela el corazón.

Ante un suceso tan dramático, ¿qué sentido tiene lo demás? ¡Nos preocupamos de tantas cosas sin importancia! Hasta que te estrellas con una tragedia como ésta y entonces pasas a relativizarlo todo. Por poco tiempo, eso sí, que la vida te devuelve a la rutina y pronto olvidas lo que pasó.

Pero Inma, su marido, su hija, no lo olvidarán. Tendrán que aprender a convivir con la ausencia. ¡Dura e injusta realidad!

No creo que haya nada más terrible para unos padres que sobrevivir a un hijo.

martes, 8 de diciembre de 2009

139. Un delicioso fin de semana

Aquí dejo fotos y un vídeo para constatar el buen fin de semana que he pasado en mis playas de Cái. Mientras media Península se helaba de frío o se inundaba de agua, yo me bañaba en la mar con un sol cuasi veraniego y el agua sólo fresca, que no fría. Una delicia, este primer fin de semana largo de diciembre. Cierto que, cuando el sol se ponía, la temperatura bajaba a unos siete grados y en la casa hacía frío. De ahí la chimenea. Pero una delicia, en cualquier caso. La única pena es que no soplaran mis vientos de Levante o de Poniente y no haya podido navegar en un WinDreamer (http://www.windreamer.es).

Ola reflejando el sol
Ola rompiendo

Alimentando a su cría

La mar en calma

Un baño en diciembre...

Ola antes de romper...

...y rompiendo

Contraste: chimenea para calentar la casa
Y un vídeo de la mar y las olas...

sábado, 5 de diciembre de 2009

138. Te amaría de nuevo como siempre...

Te amaría de nuevo como siempre.
De hecho, te amo.

Aunque distemos mucho del amor físico que nos consumía.
Será que ya no tenemos treinta años, ni cuarenta siquiera.

Pero quiero que lo sepas. Te amo igual,
aunque sea distinto nuestro amor.

Y no es la costumbre,
que la costumbre amortigua las cosas
y mi amor no está amortiguado.

Y tampoco amortizado, que aún me queda.
Aún te debo mucho amor y te lo quiero dar,
pese a que, a veces, no te lo demuestre.
Eso se debe a mi torpeza, que sabes que soy torpe.

Te quiero.