sábado, 4 de mayo de 2013
303. Olas de primavera (ahora sí) y gaviotas en mis playas de Cái.
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sábado, 6 de abril de 2013
302. Más olas de invierno (en primavera) en mis playas de Cái.
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sábado, 30 de marzo de 2013
301. Olas de invierno (en primavera) en mis playas de Cái.
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domingo, 17 de febrero de 2013
300. Qué hora es, en 400 palabras (doscientas catorce).
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viernes, 25 de enero de 2013
299. Una barbaridad, como otra cualquiera, en 400 palabras (doscientas trece).
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domingo, 13 de enero de 2013
298. Mi clon, en 400 palabras (doscientas doce).
Estaba yo sentado a una mesa del bar de la esquina, con el frío que hace no hay quien se siente en el parque, tomando mi café y leyendo el periódico, sin mi perrita Pizca, que no la dejan entrar, cuando un hombre se sentó enfrente: “¿Puedo?”, me preguntó, y se sentó sin esperar mi respuesta. “Claro, sí”, le dije, no tuve otra opción. Me miró, lo miré. El parecido era asombroso. ¡Se parecía a mí! Por un momento pensé estar mirando un espejo y ver mi imagen reflejada. Absorto, no dejé de mirarlo. Él, absorto también, me miraba también fijamente. “¡Vaya! Nos parecemos”, dijo. “Sí, parece que sí”, dije. “Pero, ¿a ver? —y me mira con atención, examinándome—, yo soy más guapo”. “Puede ser. Y mayor”, me desquité. “Cumpliré —susurra los años— en dos meses”. “Sí, eres mayor que yo, diez años”. “¿Cómo te llamas?”. Le dije mi nombre. “Yo también me llamo así”. “No es posible”. “Pues lo es”. “Curioso, ¿no?”. “Sí… ¿Dónde naciste?”. “No lo sé”. “¿Qué no lo sabes? ¡Qué raro!”. “Bueno, verás, hace años perdí la memoria y no sé ni dónde nací, ni quiénes fueron mis padres, ni si tuve hermanos. No recuerdo nada de diez años para atrás”. “Pero de los últimos diez, ¿sí?”. “Sí”. “Interesante. Son los años que me llevas”. “¡Ah, sí! Qué casualidad, ¿no?”. “Pues sí…”. “O puede que no”. “¿Por qué dices eso?”. “No sé…”. “Ya”. “¿Y si soy tu futuro?”. “¿Mi futuro?”. “Sí, tengo diez años más que tú, justo los años que recuerdo, nos llamamos igual, nos parecemos o, mejor, somos casi idénticos, aunque yo más guapo, y…”, dijo, dejando en suspenso la frase. “¿Y…?”, pregunté, invitándolo a continuar. “Pues no sé, son muchas casualidades”. “Ya, pero no puedes ser mi futuro, eso sería un fenómeno extraordinario y yo no creo en esas cosas”. “Busquemos más coincidencias”, dijo. Y las buscamos. Y coincidimos en todo. “Esto no es normal”, dije. “¡No!”, respondió. “¿Cómo es posible?”. “No lo sé”. “Me asustas… pero, ¿y si me cuentas tus últimos diez años? A lo mejor me dices cómo voy a vivir, qué me va a pasar, cómo me van a ir las cosas a mí y a mi familia…”. “Si quieres…”, y soltó una profunda carcajada; parecía feliz. “¿Me pides un vaso de agua?”. “Claro”. Me levanté y, cuando volví a la mesa, ya no estaba allí.
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domingo, 23 de diciembre de 2012
297. Revolución, en 400 palabras (doscientas once).
La famosa crisis “¿qué crisis?” de los últimos años, vivida, y aún vívida, por el llamado mundo occidental, la “primera parte”, es el disparador de una nueva revolución, o lo va a ser en no mucho tiempo. Ya hay conatos.
No sé cómo la vamos a denominar, ni mucho menos sé cuál será su resultado. Pero sí sé que es necesaria.
Los que vivimos en el “estado del bienestar”, tan cacareado, deberemos aprender a renunciar a lujos y atenciones innecesarios, injustos si miramos más allá de nuestras narices.
Alabo al empresario que lucha por su empresa y por sus trabajadores, que los hay, sin duda. Detesto al que se “forra” a costa de su empresa y sus trabajadores, a los que deja en la calle porque el único objetivo es hacerse él millonario. Desvía el dinero a otra empresa suya y hunde a la que le hizo rico. De éstos, lamentablemente, hay demasiados. También detesto al trabajador que no cumple.
Detesto a estos sindicatos que no son capaces de luchar contra las injusticias laborales, contra los abusos, contra los empresarios que detesto, y no defienden de verdad al trabajador que lo necesita. Están politizados al máximo, la política les ha envenenado y les ha hecho perder la necesaria objetividad.
Odio la corrupción. Los políticos la permiten y engordan con ella.
No entiendo a la Justicia. No es justa.
Odio la codicia. La codicia humana, que no tiene límites, es la última causa de la crisis “¿qué crisis?” que padecemos y que tiene asfixiada la economía de la “primera parte” y explotada la maltrecha economía de la “otra parte”.
Necesitamos esa revolución que cambie el mundo. No la harán los países. La hará la gente. Será tranquila, será justa.
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miércoles, 5 de diciembre de 2012
296. El efecto mosquito, en 400 palabras (doscientas diez).
A lo lejos, en la mar, vi una ola que crecía y crecía y venía hacia nosotros.
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domingo, 25 de noviembre de 2012
295. Niños, en 400 palabras (doscientas nueve).
Yo estaba sentado a una mesa del bar de la esquina, con el frío que hace no hay quien se siente en el parque, tomando mi café y leyendo el periódico, sin mi perrita Pizca, que no la dejan entrar, cuando el niño se me acercó. “Brrrrr…”. “¡Niño, no cojas la taza, que la tiras!”. “Brrrrr…”. “¿Qué te pasa? ¿Estás enfadado?”. “Brrrr…”. “Bueno, vale. Toma”, y le doy el muñequito que hoy regalaban con el periódico (qué a punto). “Es mi herrrmano”, me dice una niña de unos cuatro años, “y yo quierrro otro muñeco”. “Vaya. Pues no tengo más… pero podemos jugar, si quieres”. “No, yo quierrro el muñeco”. “Verás, hija… sólo tenía ése y se lo di a tu hermano”. “Pues yo quierrro uno”. “¿Cómo te llamas?”. “Silvia”. “¿Y tu hermano?”. “David. Yo quierrro un muñeco”. “Bien, vamos a ver si David te lo da. David, ¿le dejas el muñeco a tu hermana?”. “Brrrr….”. “Creo que dice que no, Silvia”. “Yo no quierrro ése, quierrro otro nuevo”. “¿Estáis solos? ¿Dónde están tus padres?”. “Estamos con mi madrrre. Yo quierrro un muñeco”. “¿Y tu madre?”. “Mi madrrre no quiere un muñeco. Yo sí lo quierrro”. “Que dónde está tu madre”. “Mi madrrre se ha ido”. “¿Dónde?”. “No sé. Me ha dicho que vuelve prrronto. Yo quierrro un muñeco”. “Ya, ya lo sé, pero no tengo más”. “¿Me puedes comprrrar uno?”. “Sí, pero tenemos que salir, y si viene tu madre…”. “No imporrrta”. “Sí que importa, tenemos que esperarla. ¡David, cuidado, no tires el muñeco en la taza!”. “Brrrr…”. El café en mis pantalones, la taza hecha añicos en el suelo, el muñeco empapado y el niño llorando. “¡Buaaaaaaaaa!”. “A ver, David, tranquilo, no pasa nada, ¿eh?”. “Yo quierrro un muñeco”. “Espera, Silvia, ¿no ves que tu hermano llora, que tengo el pantalón mojado y que el suelo está lleno de café y restos de la taza rota?”. “Va a venirrr mi madrrre y se va a enfadarrr”. “¿Con quién se va a enfadar?”. “Contigo”. “¿Conmigo? ¿Por qué?”. “Porrrque no me das un muñeco”. “David, deja de llorar. Toma el muñeco”. “Brrrr…”. “Así está mejor, pero no lo metas ahora en el vaso de agua”. “Brrrr…”. “Yo quierrro un muñeco”. “Silvia, cuando venga tu madre te compro uno”. “No, lo quierrro ya”. “Verás, te explico”. “¡Mamá!”. “Señora, sus hijos!”. “Gracias, ¿le han dado guerra?”. “No, no… muy ricos, ¿sabe?”.
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miércoles, 21 de noviembre de 2012
294. La llorona, en 400 palabras (doscientas ocho).
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sábado, 10 de noviembre de 2012
293. Conferencia, en 400 palabras (doscientas siete).
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domingo, 4 de noviembre de 2012
292. Diálogo sin sentido, en 400 palabras (doscientas seis).
—Buenos días.
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domingo, 28 de octubre de 2012
291. Abuelo, en 400 palabras (doscientas cinco).
Ha sido un embarazo largo y duro: mi hija llevaba con contracciones desde julio, dolorosas y largas. Sin complicaciones, pero muy incómodo: no lo ha pasado bien. Supongo que ya, con su hijo en los brazos, lo ha olvidado.
En fin, bichito, ¡bienvenido a este mundo! ¡Que la suerte te sonría!
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