Bienvenido a este mi cuaderno de bitácora

Querido visitante: gracias por pasar por aquí y leerme.
Aquí encontrarás ligeros divertimentos y algunas confidencias personales, pocas.
A mí me sirve de entretenimiento y si a ti también te distrae, ¡estupendo!.
Si, además, dejas un comentario... ¡miel sobre hojuelas! Un abrazo,
Guarismo.

domingo, 17 de febrero de 2013

300. Qué hora es, en 400 palabras (doscientas catorce).

Qué hora es

—¿Qué hora es?
—Las cuatro.
—¿En punto?
—Bueno, no, falta un minuto.
—Entonces, ¿por qué me dices las cuatro?
—Por simplificar.
—Pues te he preguntado qué hora es, no una aproximación.
—Ya, no pensé que fuera importante.
—Lo es.
—¿Por?
—Porque a mí me gusta saber la hora exacta.
—Bien.
—¿Qué hora es?
—Las cuatro, un minuto, doce segundos. Trece, ya.
—¿Y tienes tu reloj ajustado?
—Sí. Lo puse en hora ayer.
—¿Con qué señal?
—Con la de una emisora. Ya sabes: pi, pi, pi, píiii.
—Pues no lo tienes en hora, pues por radio se produce un retraso de milisegundos.
—¡Ah! ¿También quieres que te dé los milisegundos?
—No, no hace falta, pero que sepas que tienes el reloj atrasado.
—Ya. ¿Y qué quieres que haga?
—No, nada, es tu problema.
—¿Eso es un problema?
—Pues sí. A mí me gusta la hora exacta, pero veo que a ti no.
—¿Y por qué no llevas reloj?
—Pues porque no consigo llevar la hora exacta.
—Vaya… Y, por cierto, ¿para qué quieres saber la hora exacta?
—¿Y para qué quiero la hora si no es la hora exacta?
—Buen, yo creo que vale una aproximación.
—Pues yo, no. O la hora exacta o nada.
—Me parece una idiotez.
—¿Qué hora es?
—Las cuatro, tres minutos, veinte segundos y trescientas siete milésimas.
—Eso está mejor.
—¡Pero si te he engañado…!
—No, no lo has hecho. Pero te has equivocado en doscientos quince milisegundos.
—¿Cómo sabes que te dije la hora real?
—Porque mi cabeza es un reloj.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué preguntas la hora?
—Para discutir.
—Ya. ¿Y qué hora es ahora?
—¿Para qué quieres saberlo?
—Para ajustar mi reloj, por ejemplo. Así, cuando me preguntes la hora te la diré con exactitud.
—Bueno, pues prepárate. Cuando diga píiii, serán las cuatro y cinco minutos exactamente. Espera.
—Espero.
—¿Preparado?
—Sí, ya he parado el reloj a las cuatro y cinco minutos, exactamente.
—Bien. Atento. Cinco, cuatro, dos, uno, píiii.
—Ya.
—Te has retrasado treinta y tres milisegundos.
—Vaya. ¿Y qué hago?
—Pues, una de dos, o sumar esas milésimas cuando te pregunte la hora o ajustarla de nuevo.
—Prefiero sumarlas.
—De acuerdo, ¿Qué hora es?
—¿Estás de coña?
—No, va en serio.
—Las cuatro, seis minutos y ciento treinta y cinco milisegundos.
—¿Cómo cuentas los milisegundos?
—Los estimo.
—Te has equivocado. No estimas bien.
—¡Vaya, qué problema!

viernes, 25 de enero de 2013

299. Una barbaridad, como otra cualquiera, en 400 palabras (doscientas trece).

Una barbaridad, como otra cualquiera

El ministro japonés de Finanzas, Taro Aso, culpó a las personas mayores de los altos niveles de gasto sanitario y les pidió «que se den prisa en morir».

Sí, es una barbaridad. Pero no le falta razón a ese señor en lo que dice. Los viejos amenazan (aún no me incluyo, pero no me quedará mucho) con destrozar el estado del bienestar, con tanta pensión que cobran y tan abultado gasto sanitario que sólo contribuye a que vivan más, no importa en qué condiciones, y sigan cobrando pensión y produciendo más gasto sanitario para vivir más y cobrar durante más tiempo la pensión y, pobrecitos, volver al médico a que les receten más medicinas y al hospital a que le salven de esa neumonía y…, en fin, a vivir del Estado que para eso cotizaron en su día y…

Los viejos están agotando las arcas del Estado y eso no puede ser. Pues eso, como dice el japonés: ¡que se den prisa en morir! Y si no, se buscan soluciones.

Yo crearía la brigada “¡Viejos fuera!”, que:
1. Estaría dotada de medios informáticos con la información necesaria accesible desde cualquier lugar.
2. Contaría con un numerosísimo cuerpo de inspectores, fríos, impasibles, jóvenes y sin escrúpulos que trabajarían sólo a comisión.

El trabajo de los inspectores de la brigada “¡Viejos fuera!” consistiría en:
1. Ir por la calle, metro, autobús, casas particulares, hospitales, residencias y bingos.
2. Detener a todo viejo que encuentren y pedirle identificación. Introducir sus datos en la tableta y ver el resultado.
3. Si el Estado aún le debe dinero, dejarlo ir con la advertencia de que su saldo es tanto, de que tenga cuidado en cómo lo gasta.
4. Si el Estado ha gastado más en él de lo que él ha cotizado durante su vida laboral, es decir, si está viviendo de gorra, entonces se le gasea. Cada inspector llevará consigo máscaras plegables. Desplegará una por sorpresa sobre la cabeza del viejo. Al hacerlo, el viejo respirará gas venenoso y morirá. La muerte será inmediata y el viejo no sufrirá.

Sí, ya sé: es una barbaridad, como otra cualquiera. Pero los viejos no pueden acabar con el estado del bienestar que a ellos tanto les costó crear. A los viejos, ¡que los gaseen! Desde luego, yo no quiero abusar. Cuando sea viejo y deba dinero al Estado, ¡que me gaseen!



domingo, 13 de enero de 2013

298. Mi clon, en 400 palabras (doscientas doce).

Mi clon

Estaba yo sentado a una mesa del bar de la esquina, con el frío que hace no hay quien se siente en el parque, tomando mi café y leyendo el periódico, sin mi perrita Pizca, que no la dejan entrar, cuando un hombre se sentó enfrente: “¿Puedo?”, me preguntó, y se sentó sin esperar mi respuesta. “Claro, sí”, le dije, no tuve otra opción. Me miró, lo miré. El parecido era asombroso. ¡Se parecía a mí! Por un momento pensé estar mirando un espejo y ver mi imagen reflejada. Absorto, no dejé de mirarlo. Él, absorto también, me miraba también fijamente. “¡Vaya! Nos parecemos”, dijo. “Sí, parece que sí”, dije. “Pero, ¿a ver? —y me mira con atención, examinándome—, yo soy más guapo”. “Puede ser. Y mayor”, me desquité. “Cumpliré —susurra los años— en dos meses”. “Sí, eres mayor que yo, diez años”. “¿Cómo te llamas?”. Le dije mi nombre. “Yo también me llamo así”. “No es posible”. “Pues lo es”. “Curioso, ¿no?”. “Sí… ¿Dónde naciste?”. “No lo sé”. “¿Qué no lo sabes? ¡Qué raro!”. “Bueno, verás, hace años perdí la memoria y no sé ni dónde nací, ni quiénes fueron mis padres, ni si tuve hermanos. No recuerdo nada de diez años para atrás”. “Pero de los últimos diez, ¿sí?”. “Sí”. “Interesante. Son los años que me llevas”. “¡Ah, sí! Qué casualidad, ¿no?”. “Pues sí…”. “O puede que no”. “¿Por qué dices eso?”. “No sé…”. “Ya”. “¿Y si soy tu futuro?”. “¿Mi futuro?”. “Sí, tengo diez años más que tú, justo los años que recuerdo, nos llamamos igual, nos parecemos o, mejor, somos casi idénticos, aunque yo más guapo, y…”, dijo, dejando en suspenso la frase. “¿Y…?”, pregunté, invitándolo a continuar. “Pues no sé, son muchas casualidades”. “Ya, pero no puedes ser mi futuro, eso sería un fenómeno extraordinario y yo no creo en esas cosas”. “Busquemos más coincidencias”, dijo. Y las buscamos. Y coincidimos en todo. “Esto no es normal”, dije. “¡No!”, respondió. “¿Cómo es posible?”. “No lo sé”. “Me asustas… pero, ¿y si me cuentas tus últimos diez años? A lo mejor me dices cómo voy a vivir, qué me va a pasar, cómo me van a ir las cosas a mí y a mi familia…”. “Si quieres…”, y soltó una profunda carcajada; parecía feliz. “¿Me pides un vaso de agua?”. “Claro”. Me levanté y, cuando volví a la mesa, ya no estaba allí.

domingo, 23 de diciembre de 2012

297. Revolución, en 400 palabras (doscientas once).

Revolución

Sin entrar en las revoluciones políticas, culturales, sociológicas, intelectuales y filosóficas, que las ha habido a cientos a lo largo de la historia y han contribuido a los grandes cambios que la humanidad ha sufrido o disfrutado, las grandes revoluciones agrícolas, industriales, tecnológica e informática han conseguido el nivel de progreso y bienestar del que disfruta parte de la población mundial. La “otra parte” vive en la miseria, el hambre, la desesperanza y la tragedia sin que la “primera parte” haga gran cosa por remediarlo, aunque probablemente algo se hace, o algo hace una pequeñísima parte de la población de la “primera parte” que se entrega desinteresadamente a la “otra parte”.

La famosa crisis “¿qué crisis?” de los últimos años, vivida, y aún vívida, por el llamado mundo occidental, la “primera parte”, es el disparador de una nueva revolución, o lo va a ser en no mucho tiempo. Ya hay conatos.

No sé cómo la vamos a denominar, ni mucho menos sé cuál será su resultado. Pero sí sé que es necesaria.

Los que vivimos en el “estado del bienestar”, tan cacareado, deberemos aprender a renunciar a lujos y atenciones innecesarios, injustos si miramos más allá de nuestras narices.

Alabo al empresario que lucha por su empresa y por sus trabajadores, que los hay, sin duda. Detesto al que se “forra” a costa de su empresa y sus trabajadores, a los que deja en la calle porque el único objetivo es hacerse él millonario. Desvía el dinero a otra empresa suya y hunde a la que le hizo rico. De éstos, lamentablemente, hay demasiados. También detesto al trabajador que no cumple.

Detesto a estos sindicatos que no son capaces de luchar contra las injusticias laborales, contra los abusos, contra los empresarios que detesto, y no defienden de verdad al trabajador que lo necesita. Están politizados al máximo, la política les ha envenenado y les ha hecho perder la necesaria objetividad.

Odio la corrupción. Los políticos la permiten y engordan con ella.

No entiendo a la Justicia. No es justa. 

Odio la codicia. La codicia humana, que no tiene límites, es la última causa de la crisis “¿qué crisis?” que padecemos y que tiene asfixiada la economía de la “primera parte” y explotada la maltrecha economía de la “otra parte”.

Necesitamos esa revolución que cambie el mundo. No la harán los países. La hará la gente. Será tranquila, será justa.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

296. El efecto mosquito, en 400 palabras (doscientas diez).

El efecto mosquito

Estaba yo sentado a la mesa de un chiringuito en una de mis playas (cosa rara, pues a mí me gusta la playa, no los chiringuitos de la playa), cuando un molesto mosquito se me acerca tanto que su zumbido me ensordece el oído izquierdo. Abro la mano, estiro el brazo y lo impulso con todas mis fuerzas para cazarlo. El mosquito se escapa, pero mi mano abierta va a dar en la cara de un señor que en ese preciso momento se levantaba de la silla. El señor era bajito y fuerte. Se parecía a un vecino que tengo que es un venao, y que odio profundamente, y por un instante me pareció que le daba a él. ¡Que se joda! Pero no, ese señor no era. Cayó hacia atrás y se agarró al palo del sombrajo. ¡La que lió (liamos)! El palo cedió, el sombrajo se desplomó y destrozó la barra y el techo del chiringuito, destruyendo todo en un cataclismo inesperado. Oí gritos, vi heridos, olí sangre y escuché tacos en arameo. Llamé al 112 pidiendo una ambulancia y los bomberos. ¡De prisa, que esto se derrumba! Yo estaba ileso y acudí a ayudar al primer herido que me encontré: el hombre que recibió mi bofetada. Me quería pegar y yo quería ayudarlo. Sin solución: me devolvió la bofetada. Caí hacia atrás y le rompí la pierna a una pobre mujer que intentaba levantarse. Oí las sirenas. Al chiringuito se llega por un terraplén que baja hasta la playa. Vi bajar por él, a toda marcha, al coche de bomberos y tras él a la ambulancia. Los bomberos frenaron cuando empezaron a bajar por la empinada rampa, la tierra les hizo derrapar y el coche volcó, se salió del terraplén y se precipitó sobre lo que quedaba de chiringuito. La tierra tembló. Gritos, más sangre, más heridos. La ambulancia frenó en seco, al ver el coche de bomberos. El conductor salió por el parabrisas, no debía de llevar cinturón de seguridad, y enfermero y doctora, que iban detrás, se golpearon hasta quedar sin sentido. Eso lo supe después, reconstruyendo los hechos.

La tierra volvió a temblar, y esta vez no fue por el impacto, que ocurrió un rato antes. O sí. 

A lo lejos, en la mar, vi una ola que crecía y crecía y venía hacia nosotros.

Me río yo del efecto mariposa.

domingo, 25 de noviembre de 2012

295. Niños, en 400 palabras (doscientas nueve).

Niños

Yo estaba sentado a una mesa del bar de la esquina, con el frío que hace no hay quien se siente en el parque, tomando mi café y leyendo el periódico, sin mi perrita Pizca, que no la dejan entrar, cuando el niño se me acercó. “Brrrrr…”. “¡Niño, no cojas la taza, que la tiras!”. “Brrrrr…”. “¿Qué te pasa? ¿Estás enfadado?”. “Brrrr…”. “Bueno, vale. Toma”, y le doy el muñequito que hoy regalaban con el periódico (qué a punto). “Es mi herrrmano”, me dice una niña de unos cuatro años, “y yo quierrro otro muñeco”. “Vaya. Pues no tengo más… pero podemos jugar, si quieres”. “No, yo quierrro el muñeco”. “Verás, hija… sólo tenía ése y se lo di a tu hermano”. “Pues yo quierrro uno”. “¿Cómo te llamas?”. “Silvia”. “¿Y tu hermano?”. “David. Yo quierrro un muñeco”. “Bien, vamos a ver si David te lo da. David, ¿le dejas el muñeco a tu hermana?”. “Brrrr….”. “Creo que dice que no, Silvia”. “Yo no quierrro ése, quierrro otro nuevo”. “¿Estáis solos? ¿Dónde están tus padres?”. “Estamos con mi madrrre. Yo quierrro un muñeco”. “¿Y tu madre?”. “Mi madrrre no quiere un muñeco. Yo sí lo quierrro”. “Que dónde está tu madre”. “Mi madrrre se ha ido”. “¿Dónde?”. “No sé. Me ha dicho que vuelve prrronto. Yo quierrro un muñeco”. “Ya, ya lo sé, pero no tengo más”. “¿Me puedes comprrrar uno?”. “Sí, pero tenemos que salir, y si viene tu madre…”. “No imporrrta”. “Sí que importa, tenemos que esperarla. ¡David, cuidado, no tires el muñeco en la taza!”. “Brrrr…”. El café en mis pantalones, la taza hecha añicos en el suelo, el muñeco empapado y el niño llorando. “¡Buaaaaaaaaa!”. “A ver, David, tranquilo, no pasa nada, ¿eh?”. “Yo quierrro un muñeco”. “Espera, Silvia, ¿no ves que tu hermano llora, que tengo el pantalón mojado y que el suelo está lleno de café y restos de la taza rota?”. “Va a venirrr mi madrrre y se va a enfadarrr”. “¿Con quién se va a enfadar?”. “Contigo”. “¿Conmigo? ¿Por qué?”. “Porrrque no me das un muñeco”. “David, deja de llorar. Toma el muñeco”. “Brrrr…”. “Así está mejor, pero no lo metas ahora en el vaso de agua”. “Brrrr…”. “Yo quierrro un muñeco”. “Silvia, cuando venga tu madre te compro uno”. “No, lo quierrro ya”. “Verás, te explico”. “¡Mamá!”. “Señora, sus hijos!”. “Gracias, ¿le han dado guerra?”. “No, no… muy ricos, ¿sabe?”. 

miércoles, 21 de noviembre de 2012

294. La llorona, en 400 palabras (doscientas ocho).

La llorona

Yo estaba sentado a una mesa del bar de la esquina, con el frío que hace no hay quien se siente en el parque, tomando mi café y leyendo el periódico, sin mi perrita Pizca, que no la dejan entrar, cuando ella se sentó a la mesa de al lado, llorando. La miré sobrecogido, pues su llanto era bien manifiesto. Parecía desconsolada. Alta, espigada, morena, atractiva, le calculé unos treinta años. Apoyó los codos en la mesa y se enjugó las lágrimas con una servilleta de papel, de esas que no enjugan nada. Yo diría que consumió medio servilletero hasta que, por fin, dejó de llorar. Me miró y no perdí la ocasión de decirle “¿puedo ayudarte?”. “Sí”, me respondió. Me acerqué y me senté a su lado. “Cuéntame”. “¿Perdona?”. “No, perdona tú, pero te he preguntado si puedo ayudarte y me has dicho que sí”. “¡Ah, sí, claro!”. “Pues cuéntame”. “Estoy triste”. “Ya lo veo, ya”. “Es que…”. Y comienza a llorar de nuevo. Le acerco mi pañuelo, más efectivo que las servilletas para enjugar sus lágrimas. “Gracias, pero es que…” y sus lágrimas brotan de nuevo sin remedio. “Pero mujer, cálmate. Seguro que no hay nadie que merezca que llores así por él”, aventuré yo, pensando en un desencuentro amoroso, y acerté. “Es que el muy canalla…”. “¡Vaya! Es eso, ¿no?”. “Sí, se me ha liado con otra”. “Bueno, peor para él”. “Y para mí”. “No lo creo. Si se ha ido es que no te merece”. “Estoy enamorada”. “¿Enamorada de alguien que te abandona por otra? No seas tonta. Olvídalo”. “Eso me digo, pero no puedo”. “Sí puedes”. “No puedo”. “Bien, pues búscate otro novio”. “Ya quisiera. No me gusta ninguno”. “Seguro que alguno sí”. “Bueno, sí, pero no es igual en la cama”. “Vaya”. “Es que el que me ha dejado era increíble”. “Pero hay algo más que cama, ¿no?”. “Sí. ¿Cómo eres tú en la cama?”. “Un fenómeno”. “¡Venga ya, a tu edad!”. “Pues sí”. “¿Probamos?”. “¡Uf! No”. “Me apetece un montón”. “Gracias, pero no”. “Es que… me lo imagino y me pongo muy… contenta”. “Me alegro, pero…”. “Demuéstrame que eres un fenómeno”. “No, no puedo, estoy casado y soy fiel a mi mujer”. “Pero no se va a enterar”. “O sí, si se lo cuento”. “Pues no se lo cuentes…”. “Ya, es una opción”.

Otra, y van tres. Debo de estar buenísimo.

sábado, 10 de noviembre de 2012

293. Conferencia, en 400 palabras (doscientas siete).

Conferencia

Era mi primera conferencia en inglés. Llevo tiempo aprendiéndolo, me voy soltando poco a poco… y esta vez acepté el reto. Fue en Pisa, ante un auditorio más que respetable procedente de más de treinta países.

Hablo inglés con mi acento andalú. Los que me quieren me dicen que ese acento me da un gracejo especial y simpático y que me queda muy bien. Eso espero.

Llega el día y la hora. Para empezar, la compañía aérea me pierde la maleta, con traje y ordenador incluidos. Me presento en vaqueros y camisa arrugada, deportivas y barba de dos días. Pude comprarme una hojilla de afeitar pero, la verdad, con los nervios ni se me ocurrió. Todos trajeados y con corbata, menos yo. Me miraban raro.

Afortunadamente, llevaba la presentación en un “pendrive” y se la pude dar al técnico. Me dice que hay dos diapositivas en negro. “Bórralas” le dije. Al rato me dijo algo en italiano que no entendí, pero asumí que lo había hecho.

Llega mi turno: “Good morning and thank you very much…” comienzo. Mientras digo las clásicas palabras de agradecimiento, miro la pantalla donde debería mostrarse mi presentación. Nada. Anuncio que, en breve, podrán ver las diapositivas. Me pongo nervioso y hablo inseguro, pero me lanzo en caída libre a dar mi conferencia tan ensayada. Por fin aparece un técnico, que se me acerca. “Excuse me”, digo al público, y lo atiendo. “What do you mean? Have you deleted my presentation? Sure?”. “Yes, sir”. “¡Oh, my God!”. Carcajadas, porque no cerré el micrófono. Miro al público buscando a mi compañero, que tiene una copia, y, levantando las cejas hasta la altura del flequillo, le hago indicaciones. No me entiende. “¡Pisha, ven!”, en andalú (lo de “pisha” no lo habrán entendido, espero).

Aprovecho para explicar mi atuendo. Me lío con mi inglés porque eso no estaba en el guión, pero consigo hacerme entender y, de nuevo, hacer reír al público, que me aplaude. Mientras, lanzo la presentación y… ¡horror, no es mi conferencia! “¡Pepe, caraho! ¿Te importa?”, en castellano y chillando (lo de “caraho” no lo habrán entendido, espero). Risas. Pepe vuelve al ordenador. “Excuse me”, otra vez.

Finalmente, mis diapositivas se proyectan. Avanzo hasta la que toca. “Great! Here you are…”. Y la presidencia me dice: “Just five minutes”. “Ah, no!”. Aguanté estoicamente las múltiples advertencias de tiempo y terminé mi conferencia. Por mis cohones.

(Ésta es una historia real. Le ocurrió a unos de mis hermanos no hace mucho. Me he permitido contarla en primera persona, con alguna licencia. Gracias, J. Ramón).

domingo, 4 de noviembre de 2012

292. Diálogo sin sentido, en 400 palabras (doscientas seis).

Diálogo sin sentido

—Buenos días.
¡Buenos días!
—Parece usted muy contento, ¿no?
¡Sí, lo estoy!
—Pues me alegro, pero no hace falta que chille, le oigo bien.
¡Ah, perdone! pero, ya sabe, la alegría…
—Así está mejor.
—Dígame, ¿en qué puedo ayudarle?
—Pues, verá, tengo un caso muy complicado.
—No se preocupe, aquí estamos para resolver sus problemas.
—Bien, muchas gracias, pero no creo que puedan.
—¿Que no? ¿Y cómo lo sabe?
—Porque es la quinta vez que vengo.
—Ya. ¿Y con quién habló?
—Pues con varios. Dos veces con esa compañera suya, la que está ahí al fondo, otras dos con un señor calvo, que creo que está a punto de jubilarse, y la otra con una joven muy simpática.
—¿Y?
—Nada, no me ayudaron.
—Lo suponía, pero, verá. Esa compañera que usted señala es una inútil, lo sabe todo el mundo, pero ahí sigue; dicen que le gusta mucho al jefe, no sé si habrá algo más. El compañero calvo se jubila el mes que viene, efectivamente, y presume de que todo le importa un bledo. Y la joven simpática es eso: una joven muy simpática, pero que está aprendiendo.
—Oiga, apenas si le oigo.
—Ya, acérquese. Digo que los tres son unos incompetentes por una u otra razón, y comprenderá que no se lo puedo decir en voz alta, que me pueden oír.
—Entiendo.
—Bien, cuénteme su problema.
—¿Seguro? Es un tema muy complejo.
¡No importa! Para eso estoy aquí.
—No chille, por favor.
—Vaya, perdone. Es que estoy contento.
—Sí, ya me lo dijo. Y yo le dije que me alegro, pero que no hace falta que grite.
—Cierto. Perdóneme, pero ¡es que soy tan feliz!
—Me alegro, me alegro. Pero lo puede decir con un tono normal, no soy sordo.
—Sí, sí, claro.
—Y dígame: ¿por qué es usted tan feliz? No es que me importe mucho pero, efectivamente, desborda usted felicidad.
—Si quiere que se lo cuente… pero usted no ha venido aquí para felicitarme, ¿verdad? Ha venido a resolver su problema.
—Claro, a eso he venido, sí.
—Pues dígame.
—Verá, no sé por dónde empezar. ¿Ha hablado usted con sus compañeros inútiles?
—¡Shsh! No grite, que le oyen.
—¡Caramba! Perdone. Le preguntaba que si ha hablado con ellos sobre mi caso.
—No.
—Pues no voy a contarlo otra vez.
—Entonces, ¿cómo le ayudo?
—No sé. Es su problema... mejor me voy.
Sí, mejor.

domingo, 28 de octubre de 2012

291. Abuelo, en 400 palabras (doscientas cinco).

Abuelo

Sí, ya soy abuelo. El pasado miércoles a las 18,41 horas. La madre (mi hija) y el niño, bien los dos. El niño, mi nieto, un bichito. Pequeño, 2,800 kg., 49,5 cm. Fue más fácil el parto, rápido después de once horas; con miedo unos instantes porque se le enredó el cordón, pero sin consecuencias, a Dios gracias. Yo lo supe más tarde, los que sufrieron el miedo fueron los padres. Felizmente, todo bien.

Es un bichito: pequeño, de piel sonrosada, pelo moreno, ojos azul marino de momento. No llora mucho, hasta ahora, y empieza a mamar, aunque creo que aún le cuesta.

Ha sido un embarazo largo y duro: mi hija llevaba con contracciones desde julio, dolorosas y largas. Sin complicaciones, pero muy incómodo: no lo ha pasado bien. Supongo que ya, con su hijo en los brazos, lo ha olvidado.

Es mi nieto. Me parece mentira. Tengo sentimientos encontrados: muy feliz por esa nueva vida, preocupado por él: que no le pase nada. Pero gana el primero. Es un bichito, indefenso y precioso. Lo cogí un rato en mis brazos, inseguro: no sé cómo hacerlo, me da miedo, es muy pequeñito; y ya no recuerdo cómo cogía yo a mis hijos con sólo horas de vida (bueno, a mi hijo, que a mi hija, no, que la metieron en la incubadora durante un mes: ella sí que fue pequeñita).

Ahora, a comer, llorar, dormir, crecer, aprender, madurar… hasta que sea “mayor” y ya no me dé miedo cogerlo y pueda jugar con él. Lo llevaré a pasear, le hablaré mucho, le ensañaré cosas… todas las que sé, cada una a su tiempo; quiero que aprenda a jugar al squash desde que pueda sostener una raqueta. Será un digno rival, el nieto contra el abuelo. Me ganará con los años…

Lo mimaré, que para educarlo están sus padres, aunque no descarto reñirle alguna vez. ¿Seré capaz? Sólo cuando claramente se lo merezca. Pues no voy a permitirle que llore sin razón o coja rabietas, ni que sea muy desobediente, ni que conteste mal, ni que rompa cosas… bueno, ya veré.

Ayer lo cogí otra vez en mis brazos, con miedo, y juraría que me miró y me sonrió. Será pasión de abuelo. Hoy no lo veré, creo, que los padres no paran y han de descansar.

En fin, bichito, ¡bienvenido a este mundo! ¡Que la suerte te sonría!