Bienvenido a este mi cuaderno de bitácora

Querido visitante: gracias por pasar por aquí y leerme.
Aquí encontrarás ligeros divertimentos y algunas confidencias personales, pocas.
A mí me sirve de entretenimiento y si a ti también te distrae, ¡estupendo!.
Si, además, dejas un comentario... ¡miel sobre hojuelas! Un abrazo,
Guarismo.

sábado, 24 de marzo de 2012

256. Te quiero, en 400 palabras (ciento setenta y ocho).

Te quiero

—Te quiero.

—Y yo.

—¿Sí?

—Sí, claro.

—¿Tanto como yo a ti?

—O más.

—No es posible.

—Sí lo es.

—Pero es que yo te adoro.

—Y yo.

—¡Venga ya! Y los cuarenta años que llevamos juntos, ¿no te han cansado?

—No. ¿Y a ti?

—Tampoco. Aunque el amor no es el mismo, ¿no?

—No, no es el mismo, es cuarenta años más viejo.

—¿Y tú crees que es distinto?

—Sí, por supuesto.

—¿Por qué?

—Pues…, no sé. Yo creo que es más sereno, más consciente, más sensato, más equilibrado.

—¿Cuál te gusta más?

—Pues… yo creo que en cada momento el suyo.

—Pero yo echo de menos el calor. Ahora, nuestro amor es más frío, ¿no?

—¿Más frío? ¿Por qué lo dices?

—No sé, ya no es tan tempestuoso como antes.

—Mejor, ¿no?

—Bueno…, si tú lo dices. Pero a mí me gustaba la pasión de antaño.

—A mí también, pero ya no tenemos edad.

—¿Tú crees?

—Sí.

—Pues no estoy de acuerdo.

—¿Por qué?

—Porque sigo sintiendo pasión.

—Pero no como antes.

—Es distinta, pero es pasión al fin y al cabo.

—Más tranquila.

—Quizá.

—Más sensata.

—Sí.

—Más madura.

—Sí, lo cual es una pena.

—¿Una pena? Yo no opino así. La madurez nos produce una satisfacción que antes no sentíamos.

—Pero no me negarás que la pasión de antaño era puro fuego.

—Sí, pero se apagaba pronto.

—No tan pronto. Lo recuerdo con cierta nostalgia.

—Y yo, pero prefiero la pasión de ahora.

—Pues yo tengo mis dudas.

—Antes éramos más egoístas.

—Puede ser, pero disfrutábamos más.

—Yo, ahora, disfruto mucho.

—Sí, sí, pero entonces era puro fuego.

—Y ahora son brasas que duran más.

—Pero queman menos.

—No lo creo. Ayer casi me abraso.

—Pero no te quemaste.

—No, pero fue culpa mía. Pensé en lo que no debía.

—Claro, ahora te distraes más.

—No, no es eso, pero tengo que hacer esfuerzos para concentrarme.

—¿Y antes no?

—No, ya sabes que no.

—También te pasaba.

—No, no es cierto.

—Sí que lo es. Haz un esfuerzo de sinceridad, no me engañes.

—No te engaño. Bueno, sí, lo habré olvidado, no sé.

—A veces te costaba, no lo niegues.

—A ti también.

—Nunca.

—¿Cómo que nunca? Ahora me engañas tú.

—Dime un caso.

—Uno no, decenas.

—Dime uno, sólo uno.

—¡Fueron tantas las veces…!

—Creo que me mientes para compensar.

—No. Fue así.

domingo, 18 de marzo de 2012

255. Preocupar, en 400 palabras (ciento setenta y siete).

Preocupar

1.tr. Ocupar antes o anticipadamente algo.
2.tr. Prevenir a alguien en la adquisición de algo.
3.tr. Dicho de algo que ha ocurrido o va a ocurrir: Producir intranquilidad, temor, angustia o inquietud.

Éstas son las tres primeras acepciones con las que define el DRAE la palabra preocupar. No sé por qué la tercera no es la primera, que yo creo que es la acepción con la que más se utiliza la palabra.

Bueno, copiadas las definiciones, diré que yo me preocupo en la tercera acepción. Supongo que como todo el mundo, aunque es cierto que hay quien se preocupa menos y hay quien se preocupa más. Yo muchas veces me digo: “no te preocupes, que se solucionará” cuando tengo un problema. Y a veces recomiendo: “no te preocupes, ocúpate”. Yo mismo me lo aplico cuando el problema depende de mí o es mío.

Otros dicen: “Si el problema no tiene solución, ¿para qué te preocupas? Y si la tiene, ¿por qué te preocupas?”. Es fácil: no te preocupes nunca. Ideal.

No es así. Me preocupo por las personas de mi entorno más cercano. Si lo están pasando mal por alguna razón, me preocupo, me da un salto el corazón cuando pienso en ello, siento angustia. Sobre todo cuando en mi mano no está la solución inmediata. Porque si está en mi mano, puedo actuar y la cosa cambia. Pero cuando alguien próximo a mí sufre, sufro yo también. Y me viene a la cabeza esa sensación de impotencia que tanto pesa, que te aplasta. Yo deseo lo mejor para los que me rodean e intento hacer lo que puedo por ellos. Pero si no depende de mí, la cosa cambia y entonces me preocupo. Cierto es que en unas ocasiones es estúpido preocuparme porque son problemas menores; en otras, porque son problemas que soluciona el tiempo y, además, no dependen de mí; finalmente, hay ocasiones en que me preocupo por alguien que tiene un problema, el problema se soluciona y ese alguien no me lo comunica… y sigo sufriendo inútilmente. ¡Joder! Debería saber filtrar los problemas y preocuparme por aquéllos que realmente lo merecen (que, ¿cuáles son?). Los demás, pues nada: ocuparme si puedo y, si no, ignorarlos. Pero no preocuparme. Hacerlo es sufrir de forma gratuita y sin conseguir nada. Sufro porque ellos sufren… ¿y si ya no sufren? Son horas de angustia sin sentido.

domingo, 11 de marzo de 2012

254. En un segundo, en 400 palabras (ciento setenta y seis).

Un segundo

“Ni ves, ni oyes, ni entiendes, ni sabes”. ¡Toma ya! Todo eso en un segundo, no más. Podría haber añadido: “inútil, imbécil, basura, incompetente”, pero no lo hizo. Menos mal. Claro que, entonces, si lo añade, habría tardado más de un segundo y no sería lo mismo. Los insultos tienen que ser rápidos y contundentes. Podría haberme dicho: “ciego, sordo, tonto y necio”, pero no habría sido lo mismo. “Ni ves, ni oyes, ni entiendes, ni sabes” es, ¿cómo diría? ¿Más elegante?, ¿más sutil?, ¿más educado?, ¿más fino? No lo sé. Quizá. Y todo por una idiotez. Ella dijo: “¡Anda, se me olvidó colocar a los chinos en orden” (lo dijo después de limpiar el polvo; los chinos son siete figuritas que adornan una de las estanterías de la librería de mi despacho; hoy le tocaba a ella limpiar la casa y, ¡vive Dios!, lo hace a fondo). Y yo le contesté: “Pues menos mal que no lo vi, que si no, te echo una bronca”. Se lo dije en broma, claro. No iba a echarle una bronca después de todo su trabajo, aunque lo hubiera visto. Pero ella no se lo tomó así y fue entonces cuando me dijo: “No, si tú ni ves, ni oyes, ni entiendes, ni sabes”. Aunque en este caso yo sólo “no había visto”. Lo de oír, entender o saber no venía a cuento. Pero era la ocasión: aprovecha y suelta todo lo que viene de atrás. No le quito razón, que la tiene: a veces, yo, tampoco oigo. O no entiendo. O no sé. Es cierto, pero creo que no es para echarlo en cara todo de golpe. O, por lo menos, para hacerlo por un hecho nimio.

Pero, claro, las mujeres son así (yo, a mi mujer, la quiero que la adoro). Son muy complicadas. Es difícil acertar con ellas. Requieren dedicación continua y no tienes otra opción que dársela. No importa lo que estés haciendo. Puedes estar concentrado en tus cosas, que eso no vale. Por ejemplo, te concentras leyendo. Si estás con ella, es imposible, porque te interrumpe continuamente. Está en su derecho, probablemente. Pero a ella tienes que prestarle atención en todo momento, hagas lo que hagas. Tienes que escucharla, entenderla, mirarla, saber del tema y contestarle adecuadamente. Pobre de ti si no lo haces. Porque, entonces, ya sabes: “ni ves, ni oyes, ni entiendes, ni sabes”.

martes, 6 de marzo de 2012

253. Trabajar, en 400 palabras (ciento setenta y cinco).

Trabajar

Como ya conté, últimamente hago nada. Como dije también, lo divertido es que no termino y al día siguiente hago nada de nuevo. Esto ya lo publiqué basado en un chiste genial que me llegó por correo. Hay que reconocer que el chiste es ingenioso y refleja la situación de muchos, la mía en concreto. Hay un matiz que quiero resaltar: digo que hago nada, no que no hago nada. Es distinto. Que cada uno lo interprete como quiera.

Pues estaba yo muy feliz haciendo nada cuando a mi hijo y su mujer se les ocurre mandarme trabajo. Se quieren especializar en unos temas determinados dentro del mundo infinito de Internet y quieren que les eche una mano. Y, casi al mismo tiempo, qué casualidad, un amigo me pide que le remoce unas páginas web que le hicimos hace un montón de años para su empresa. Miel sobre hojuelas. Aplicaremos lo que vayamos aprendiendo a esas nuevas páginas.

Así que ahora me toca trabajar. Se acabó el hacer nada, con lo bien que me lo pasaba. Tendré que actualizarme, estudiar para aprender nuevas técnicas y, además, trabajar. Ya llevo dos días haciéndolo y me he enganchado. Hasta me he obsesionado con lo que tengo que hacer y mi conciencia se rebela si me dedico a otra cosa. Por ejemplo a esto, a escribir mi blog semanal que, por cierto, olvidé publicar este domingo, como es mi costumbre obligada, porque me obsesioné con el trabajo. Yo tengo ese problema: me obsesiono cuando algo me gusta, o me obligo a hacerlo porque quiero, y no hago otra cosa a gusto, pienso que estoy perdiendo el tiempo. Por eso no escribo, a pesar de mis propósitos, porque realmente no lo quiero hasta el punto de obsesionarme. Cuando me obsesione, escribiré.

Ahora, como empiezo a obsesionarme con este trabajo, trabajo. Y me entra ansiedad. Yo me digo que soy ya muy viejo para aprender y, además, me da una pereza infinita. Reconozco que me cuesta. Lo de la ansiedad es porque quiero empezar ya a “trabajar”, es decir, a producir, antes de estudiar, de aprender. Pero no es así. Primero, he de recordar cosas que supe y habilidades que tuve; segundo, he de aprender. Espero que me ayude eso de que “más sabe el diablo por viejo...” y poder aplicar mi experiencia pasada, que es mucha o, al menos, larga. Que así sea.

domingo, 26 de febrero de 2012

252. Escribir, en 400 palabras (ciento setenta y cuatro).

Escribir

Me he propuesto escribir de nuevo. No es fácil. Llevo tiempo sin hacerlo y es que no me ha dado la gana. No encuentro otra razón, porque escribir es cuestión de querer. Eso, al menos, creo yo. Y si no quiero, no escribo. Y si quiero, escribo. Así de sencillo. Me he propuesto escribir, pero ¿quiero? No lo tengo muy claro. He retomado una novela que ya empecé y de la que tenía escritas apenas diez páginas. Me he apuntado a un taller de escritura, por si me ayuda. Llevo varios meses queriendo querer escribir y ya he revisado las diez páginas escritas de la novela que tenía empezada y hasta he escrito hasta cuatro páginas nuevas. Empiezo a querer escribir, pero aún no lo consigo. Y digo esto porque escribir es querer, ya lo he dicho, pero también es algo más: pensar en ello hasta obsesionarte con lo que escribes. Y esto aún no lo he conseguido.

Recuerdo que, cuando escribí Viento de Levante, mis personajes me obsesionaban tanto que llegaban a tener vida propia dentro de mí y ellos mismos se escribían. Yo creo que fue porque quería escribir. Fue una sensación extraña pero satisfactoria: cuando mi trabajo, mis obligaciones y mi rutina me permitían un breve descanso, pensaba en ellos y progresaba mi escritura, que era la de mis personajes. En cuanto tenía un rato libre, me sentaba ante el ordenador y dejaba que lo ya pensado se reflejara en el papel y se escribiera solo. Luego venían los retoques, claro, y las muchas revisiones, pero la trama fundamental ya estaba escrita.

Viento de Poniente me costó algo más. Si VdL me costó un año, VdP me costó tres largos. No sufrí la misma obsesión y tuve que esforzarme. Quería querer escribir y lo conseguía parcialmente. Con Viento Norte, que cerró la trilogía, ya no quería escribir, ni siquiera quería querer escribir. Por eso me costó tanto, cinco años quizá, y el resultado no fue bueno pues la terminé porque era mi compromiso, no porque la novela terminara por sí misma.

Para escribir una novela, te tienen que obsesionar sus personajes y querer escribir. En ello estoy ahora: Nadia, David, Manel, Ramiro, Darío, ¿cuál era el nombre de la mujer de David? ¿Estela? No. Eso me está ocurriendo, aún no me han obsesionado los personajes. Estoy empezando a querer escribir, pero aún no quiero del todo.

domingo, 19 de febrero de 2012

251. El cierro, en 400 palabras (ciento setenta y tres).

El cierro

Me gusta asomarme a la calle. Lo hago por el cierro del salón, ese mirador que en mi tierra gaditana llaman así: cierro. El cierro está a nivel de calle y generalmente se cierra con puertas de cristales. Tiene una ventaja: te puedes ocultar tras los visillos y escuchar lo que se dice fuera sin ser visto; incluso puedes ver sin que te vean, si eres prudente. A mí me gusta ver y oír lo que pasa fuera, enfrente de mi casa. Hay una parada de autobús y siempre hay gente. Cerca hay un hospital y está el ayuntamiento, por lo que por delante de mi casa pasa mucha gente y mucha se detiene a esperar el autobús. Soy cotilla, lo sé, pero me encanta oír lo que dice la gente. Suelo tomar apuntes de lo que oigo, porque estoy escribiendo un libro. Sospecho que tardaré años en terminarlo, porque no todas las conversaciones que oigo ni todos los personajes que veo son dignos de aparecer en mi libro. Soy muy selectivo, sólo quiero escribir aquellas historias que tengan interés y describir sólo a la gente que sea interesante. Es muy entretenido, porque en cuanto oigo algo o veo a alguien empiezo a tomar apuntes. Cuando el tema o las personas no me interesan, tacho todo y espero a la siguiente conversación. Tengo que ser paciente, porque ¡hay que ver cuántas tonterías dice la gente! Hay días que no consigo salvar ni una historia de mis apuntes. Todo lo anotado son nimiedades, porque nimiedades son las que se han dicho delante de mi casa, mientras se espera al autobús. A veces me desespero, pero procuro tener paciencia. Algún día oigo un tema interesante y entonces me pongo como loco a escribir. Lo hago tan rápido que luego no entiendo mi letra, por eso procuro pasarlo a limpio pronto, para que me ayude mi memoria. Lo malo es cuando en plena conversación interesante llega el autobús. Me pierdo el final. Y para mi libro las historias deben de ser completas. En una ocasión en que el tema me interesaba mucho salí corriendo de casa, con mi cuaderno y mi pluma, a intentar coger el autobús. Lo perdí, pero corrí y lo cogí en la siguiente parada. Localicé a los personajes y me puse a su lado. Seguí tomando nota. Cuando se dieron cuenta, se callaron y casi me matan.

jueves, 16 de febrero de 2012

250. Lecturas (más) en 400 palabras (ciento setenta y dos).

Lecturas

“Las legiones malditas” y “La traición de Roma”, de S. Posteguillo. Buenas novelas históricas, continuación de “Africanus”, la primera de la trilogía. Las he disfrutado.

“Gog”, de G. Papini. De obligada lectura, relectura en mi caso después de un montón de años. Original, de vasta cultura, muy ingenioso y surrealista, este Papini. La obsesión de coleccionista de Gog es arrolladora e imaginativa. Las entrevistas o visitas a personajes famosos (Gandhi, Einstein, Freud, Lenin, Edison, Wells, Shaw y Hamsun), geniales. El deseo obsesivo de Gog por acabar con la Humanidad, tétrico. Las ideas sobre la religión, originales y rebuscadas algunas. Independientemente de quién fue Papini y de su trayectoria, hay que reconocerle su obra.

“Palabras y Sangre”, de G. Papini. Delirante. He disfrutado con el mundo que describe y los personajes absurdos que define. Son relatos independientes, pero que tienen en común la extravagancia, el esperpento. “La primera y la segunda”, “El prisionero de sí mismo” o “El hombre de mi propiedad” y “La buena educación” o “Las almas cambiadas” son sencillamente geniales. Sin embargo, los últimos relatos decaen. Supongo difícil mantener esa imaginación enrevesada durante tantos capítulos.

“Dime quién soy” de J. Navarro. Entretenida. Algunos episodios, interesantes. Extensa, 1097 páginas. A pesar de que relata la azarosa vida de la protagonista, tengo la sensación de que no la define completamente, aunque describe muy bien sus andanzas.

“La caída de los gigantes” de K. Follet. Interesante. Relata la primera gran guerra, explicando bien sus causas.

“El sueño del celta”, de M. Vargas Llosa. ¡Vaya…! Buena prosa, como corresponde al premio Nobel, pero la vida de Roger Casement no es, en absoluto, interesante para mí. Su estancia en El Congo, sus aventuras en la Amazonía y su sueño independentista irlandés no me atraen lo más mínimo.

“El gozo de escribir”, de N. Goldberg. Quien me la recomendó me dijo, literalmente: “No sé de ninguno de mis alumnos que haya terminado de leer este libro; tales son las ganas que te entran de escribir…”. Bueno, yo aún no he terminado de leerlo y no creo que lo termine nunca. Tal es el tostonazo que es, una americanada sin fuerza alguna… Ahora entiendo que ninguno de los alumnos de quien me lo recomendó lo terminara… no por escribir, sino por lo malo…

“Viento de Levante”, de M. Pardo de Donlebún. La estoy releyendo. Me vuelve a gustar. Efectivamente, engancha y merece la pena.

domingo, 5 de febrero de 2012

249. La camisa, en 400 palabras (ciento setenta y una).

La camisa

—Creo que cometí un error. Metí tu camisa en la secadora.

—¡Joder! ¿Cómo se te ocurre?

—Creí que era un trapo blanco.

—¡Si es que no te fijas, haces todo a la carrera, no tienes cuidado!

—No es así, simplemente la confundí con un paño blanco. No tiene nada que ver con las prisas.

—No, es porque todo lo haces alocadamente. Eres un desastre.

—Bueno, lo que me queda es pedirte perdón… y comprarte una camisa si es que se ha estropeado.

—No, ni hablar.

—Pues si la he roto, bueno, si ha encogido, te compro una y no hay más que hablar.

—No, porque no la encuentras. Es de verano y estamos en invierno.

—Pues busco una parecida.

—No la hay. Fue una oportunidad y ya no se encuentra.

—Alguna habrá.

—Que no, no insistas.

—¿Y qué puedo hacer?

—Pues rezar para que no haya encogido.

—Pruébatela.

—No quiero.

—Entonces, ¿cómo sabes que ha encogido?

—Seguro que sí. No hay más que verla.

—Pues yo la veo y no noto nada.

—Porque no es tuya, es mía.

—Pues te la pruebas y salimos de dudas.

—No.

—¿Entonces?

—Lo sabré en verano.

—Pero te la has puesto hace poco, ¿no?, estaba en la lavadora.

—Sí, pero no me la pondré otra vez. Además, ahora me quedará pequeña.

—Y dale; si no te la pruebas no lo puedes afirmar así.

—Seguro que ha encogido.

—¿Por qué, para salir de dudas, no te la pruebas en lugar de discutir?

—Porque no me da la gana. Ya te lo he dicho antes.

—Bueno, pues te compraré una camisa.

—Ya te he dicho que no. Además, no la vas a encontrar.

—Quizá, pero a lo mejor sí.

—No. Es imposible.

—Pues una parecida.

—No la quiero, quiero ésa.

—Pruébatela.

—No.

—Bien, ¿y qué puedo hacer para arreglarlo?

—Nada.

—No entiendo. Vamos a ver: he metido la pata, te lo he confesado, te he pedido perdón, quiero compensarte… y tú me dices que no a todo.

—Sí.

—¿Quieres que me flagele?

—Si te apetece…

—No me das ninguna opción.

—Sí, que te flageles.

—Vale, pero eso no recupera la camisa.

—No, pero sufres.

—Vaya. Eso te gusta, ¿no? Bien, dame el látigo. Pero, antes, pruébate la camisa, no sea que me flagele en balde.

—No, no me la voy a probar.

—¿Tanto trabajo te cuesta?

—Sí. Es cuestión de orgullo.

—¿De orgullo?

—Sí.

sábado, 28 de enero de 2012

248. No te aguanto más, en 400 palabras (ciento setenta).

No te aguanto más

—¿Sabes?

—Qué.

—Que no te aguanto.

—¿Por qué?

—Porque eres insoportable.

—¿Insoportable yo?

—Sí, tú.

—¿No será al revés?

—¿Cómo? ¿Que soy yo insoportable?

—Sí.

—No, no. Eres tú a quien no soporto. Yo a mí me soporto muy bien.

—Claro, y yo a mí.

—Me cuesta creerlo, porque eres insoportable. Y si eres insoportable lo eres para todos. Para ti también.

—Pues yo me soporto muy bien.

—Permíteme que lo dude. Ayer me decías que no te aguantabas.

—Bueno, era una forma de hablar, no te lo tomes al pie de la letra. Ayer pasé un mal día.

—Ayer y anteayer, y hoy. Estás insoportable.

—Pues no estás tú mejor.

—¿Que no? A mí se me aguanta. Pero a ti no. Llevas una temporada que no hay quien te soporte.

—Eso lo dirás tú. Ni mi familia, ni mis compañeros de trabajo, ni mis amigos me dicen eso.

—Será porque te han visto poco últimamente.

—Me ven todos los días.

—Pues se lo han callado, como me lo he callado yo todos estos meses. Llevas mucho tiempo así.

—¿Meses?

—Meses, sí. Hasta ahora me he callado y he intentado soportarte. Pero ya no puedo más.

—Dime las razones.

—Hay muchas. ¿Por cuál quieres que empiece?

—Y yo qué sé. Eres tú quien dice tener razones. Dímelas.

—Bien, en primer lugar estás insoportable.

—Eso ya me lo has dicho, pero quiero saber por qué.

—Porque no te aguanto más.

—Eso no es una razón, es una consecuencia. Si no me aguantas será por algo, ¿no?

—Sí, claro, por supuesto. Por muchas cosas.

—¿Cómo cuáles?

—Pues mira, llevo tiempo aguantándome si decirte nada con la esperanza de que cambiaras. Así un día y otro. Supongo que te has dado cuenta de mi paciencia, ¿no?

—Pues no. No me he dado cuenta de nada. Lo único que sé es que hoy me estás insultando diciéndome que no me aguantas más y no sé por qué si no me lo dices.

—Te lo estoy diciendo, pero tú no quieres entender.

—¿Entender? Entender qué, si no me lo dices.

—¿Cómo que no te lo digo? Llevo un buen rato diciéndote que estás insoportable y no me haces ni caso.

—¿Que no te hago caso? Te pido que me des razones y no me das ninguna.

—¿Pero qué razones necesitas?

—Al menos una, dime sólo una.

—Que no te aguanto más.

domingo, 22 de enero de 2012

247. Importante, en 400 palabras (ciento sesenta y nueve).

Importante

—Tengo algo importante que decirte.
—Ya, y yo que hoy voy a cocinar de cine. Verás…
—Vale, vale, seguro que lo haces muy bien, pero es que lo que tengo que decirte es importante.
—Ya me lo has dicho. Como siempre tú tienes preferencia, lo tuyo siempre es más importante que lo mío, tú…
—Mira, no empieces. Lo que dices no es cierto. Siempre te doy preferencia a ti y te escucho.
—¡Eso quisiera yo! Nunca me escuchas y si lo haces, rara vez, ignoras lo que te digo.
—Vuelves a faltar a la verdad, o a mentir, como prefieras. Tienes obsesión con que no te hago caso y no es cierto.
—¡Ah! Con que siempre me haces caso, ¿no? Y el otro día cuando te dije…
—Ya, ya. Reconozco que ese día actué mal y no te hice caso, pero fue sólo esa vez. “Una vez maté un burro y me llaman mataburros”.
—¿Sólo esa vez? ¿Y cuando te dije que pusieras…?
—¿La bombilla? Bueno, dos veces. La verdad es que me lié escribiendo y, aunque te dije que sí, luego me olvidé.
—Ya van dos. ¿Quieres que te recuerde más?
—No, porque no hay más.
—¿Qué no? Y el mes pasado cuando…
—Vale ya. Si te remontas en el tiempo… creo que es pasarse, ¿no?
—¿Pasarse? Es que no me haces caso nunca, o no me escuchas. Por ejemplo, ¿qué te dije que iba a cocinar hoy?
—Pues, pues…, sí, una carne exquisita, creo.
—No, ¿lo ves como no me escuchas? No dije qué iba a hacer, sólo te dije que hoy iba a cocinar de cine.
—Sí, de acuerdo, pero es que yo tengo que decirte algo importante.
—Lo tuyo siempre es importante; en cambio lo mío es siempre una nadería.
—No, no digo eso. Pero es que en este caso lo que tengo que decirte es de verdad muy importante.
—Claro, como siempre.
—No, no es el caso. Esta vez va en serio. Otras veces lo que te digo o tengo que decirte no es tan importante y normalmente te escucho y te hago caso. Rara vez te interrumpo.
—Eso no te lo crees ni tú.
—Bueno, pues si no quieres escucharme, no lo hagas. No te contaré nada, aunque lo que tenía que decirte era importante.
—¡Ah! ¿Ya no me lo vas a decir?
—Ya no.
—Pues entonces yo tampoco cocino. Come fuera.

domingo, 15 de enero de 2012

246. El trastero, en 400 palabras (ciento sesenta y ocho).

El trastero

Allí lo guardo todo. El tomavistas (bonita palabra, lamentablemente en desuso), la máquina de cine, los apuntes de la carrera, los libros de Matemática, mi diario de joven, los teléfonos que ya no uso, fijos y móviles, las novelas leídas que no quiero tirar, las raquetas de squash con las que yo no juego, las ideas de cuando era joven y me quería comer el mundo, los originales manuscritos de mi primera novela, los álbumes de fotos de mi juventud, las fotos de las novias que tuve, las cartas que nos escribimos de novios mi mujer y yo, las cartas con las otras novias las rompí, creo, porque no las encuentro, mis ambiciones, las notas que tomaba de vez en cuando, los esquemas de mis charlas, los ensayos de mis conferencias, mis frustraciones, los artículos de prensa que escribí, los cursos que preparé, el listín telefónico de mis contactos, mis anhelos, las actas de reuniones, mi partida de nacimiento, las plantillas de algunas de las empresas que dirigí, los sueldos del personal, los balances, mi depresión con todo lujo de detalles, mis sueños, los retos que todos los años ponía a mis hijos cada uno de enero, que siempre terminaban con “y lávate los dientes”, los compromisos conmigo mismo que a veces me escribía, los incumplimientos, mis momentos más felices, mis planes de futuro, las cuentas de la casa, los equilibrios que hice —hicimos— para salvar nuestro bienestar, el esfuerzo que nos costó sacar adelante a los hijos, unas llaves antiguas que ya no abren nada, unas gafas con cristales por los que ya no veo, los recibos de antaño de la luz, del agua, de los gastos de comunidad, las letras de cuando compramos a plazos el tocadiscos y el aparato de TV, los recuerdos de mi primera novia, las imágenes borrosas de antiguos amigos, los chistes que me hicieron reír, las películas de súper 8, en color y con sonido, los juguetes de cuando mis hijos eran pequeños, mi primer ordenador, el segundo y el penúltimo, mis alegrías, los análisis de sangre, algunas radiografías de mi cuerpo, no todas, que las que usé para ver los eclipses de sol las tiré, la resonancia magnética de mi columna, mis cuitas, las cuentas del banco, mis pensamientos más íntimos, los recuerdos difuminados de mi infancia, los deseos más recónditos. Allí lo guardo todo. Y ya no cabe más.

sábado, 7 de enero de 2012

245. De compras, en 400 palabras (ciento sesenta y siete)

De compras

—¿Qué?

—Nada.

—Pero has dicho algo.

—Sí, pero te prometí no hacerlo, así que olvídalo.

—Como quieras. ¿Te gustan estos pantalones?

—¡Vaya…!

—¿Qué significa “vaya”?

—Según el DRAE algo que satisface o que, por el contrario, decepciona o disgusta. Pero yo creo que significa que ni mucho ni poco, que no me entusiasman esos pantalones, vamos.

—Pues a mí, sí.

—Pues cómpralos.

—Pero si a ti no te gustan…

—Yo no he dicho eso, he dicho un escueto “vaya” que no implica que no me gusten.

—Pero no te entusiasman, lo has dicho.

—Sí. Pero decides tú.

—Pues no sé… ¿tú qué opinas?

—Ya te lo he dicho: ¡vaya…!

—Bueno, pues… tienes razón, a mí tampoco me entusiasman. No me los compro.

—Pruébate éstos si quieres.

—Sí. Pero no. No me compro nada.

—Pero…

—Ya te lo he dicho. Nada. Y no te pongas pesado, no me obligues a comprar.

—Pero si no te obligo, sólo di mi opinión.

—Pero quieres que compre.

—Yo no quiero nada. Quien quería comprar eras tú.

—Sí, pero ya no quiero, no me obligues.

—Y dale, que no te obligo, sólo hice un comentario.

—Siempre dando órdenes.

—No, únicamente dije “pruébate éstos”. Eso no significa que tengas que comprar. Además, añadí “si quieres”. Yo no te ordené nada.

—Sí que lo hiciste.

—Piensa lo que quieras, pero no lo hice.

—Es el problema de ir de compras contigo: siempre me das órdenes, no respetas mi libertad.

—Mira, tú siempre entiendes las cosas como te da la gana. Yo sólo sugerí que te probaras esos pantalones. No te obligué a comprarlos.

—Sí que me obligaste.

—No. Lo que pasa es que me interpretas como quieres. Creo que pagas tu frustración de no encontrar algo que te guste conmigo. Y yo no tengo la culpa.

—Es que tú estás siempre mandando y eso ya sabes que no lo soporto.

—Pero si yo no mando nada… ¡Y eres tú quien se inventa todo!

—Es inútil, tú siempre has mandado mucho y nunca me dejas decidir a mí.

—¿Cómo que no? En esta ocasión te he dicho muy suavemente que si querías podías probarte otros pantalones.

—No fue así, me estabas obligando. Además, los primeros que me probé no te gustaron.

—Yo no dije que no me gustaran. Dije “vaya”.

—¿Y qué significa?

—Ya te lo expliqué.

—Creo que ese “vaya” significaba que no.

—No.

—¡Uf! Eres insoportable.

domingo, 1 de enero de 2012

244. Enamorado, en 400 palabras (ciento sesenta y seis).

Enamorado

De la Osa Mayor, de la Osa Menor, de la estrella Polar, de la luna, de las estrellas, de la mar, de la arena, de mis playas de Cái, del viento de Levante de mi tierra, de algunos amigos, de alguna amiga, de ningún político, de ningún dictador, de ningún avaro, de la verdad, de ningún mentiroso, de la honradez, de ningún ladrón, de la generosidad, de ningún egoísta, del buen hacer, de la bonhomía, de la femineidad, de la hombría, de la bondad, de un buen libro, de la Matemática, del trabajo que realicé en algunas de las empresas en las que trabajé, del trabajo bien hecho, de la eficiencia, de la eficacia, de mi casa, de mi pobre perro Golfo, que murió, de mi perrita Pizca, del squash, del aire fresco cuando lo respiro, de mi cerveza favorita, de un buen rioja, del viento, del agua fresca, del concierto de año nuevo, de la lluvia fuerte, de las tormentas, de los rayos y relámpagos, de las grandes olas, de su rumor incansable, de una buena comida, de la buena música, del colegio de mi infancia, de la ciudad donde nací, de las islas donde viví, de las buenas ideas, de los grandes inventos, de la entereza, del tesón, de ningún jefe, de algunos compañeros, de mis colaboradoras, de alguna vecina, de ningún vecino, del cielo, del esfuerzo, del deporte, de la tecnología, de los programas de ordenador que yo creaba, de la satisfacción del deber cumplido, del éxito alcanzado por méritos propios, de la siesta breve y de la siesta profunda, de la risa, de la alegría ajena y de la alegría propia, del fresco viento de Poniente que me inunda el cuerpo en las calurosas tardes del verano de mi tierra, del buen humor, de la luz del sol, de aquellas novias que tuve, de la ingenuidad de la infancia, de los niños, de una cara bonita, de una mujer dulce, de un buen polvo, de una buena amistad, de la vida, del amor de mis padres, de la entrega de la que hicieron gala, de mis numerosos hermanos, de mis hijos…, enamorado del amor, enamorado de mi mujer. Enamorado de sus actos, de su cariño, de su atención, de su paciencia, de su fidelidad, de su encanto, de su simpatía, de su iniciativa, de su generosidad, de su amor por sus hijos, de toda ella.