Bienvenido a este mi cuaderno de bitácora

Querido visitante: gracias por pasar por aquí y leerme.
Aquí encontrarás ligeros divertimentos y algunas confidencias personales, pocas.
A mí me sirve de entretenimiento y si a ti también te distrae, ¡estupendo!.
Si, además, dejas un comentario... ¡miel sobre hojuelas! Un abrazo,
Guarismo.

domingo, 26 de junio de 2011

222. Inventos, en 400 palbras (ciento cincuenta y cuatro).

Inventos

Hallar o descubrir algo nuevo o no conocido (primera acepción de “inventar” en el DRAE) es la aspiración natural del ser humano. Así ha sido y gracias a ese empeño la humanidad ha evolucionado, primero lentamente, luego a mayor velocidad y a toda marcha hoy y en el futuro inmediato.

Yo siempre he soñado con inventar algo, supongo que como la mayoría de los mortales. Y me pongo a pensar: a ver, esto no, que ya está inventado, eso tampoco, que no tengo medios, aquello, imposible, me falta formación y capacidad. Es fácil decir qué es “esto”, pues está inventado, pero difícil definir “eso” y “aquello”, precisamente porque no está inventado y, por tanto, no existe. Y cuando intento definirlo termino diciéndome: ¡bah, eso es imposible! Doy rienda suelta a mi imaginación y termino absolutamente frustrado. No invento nada y me animo pensando que ya no se puede inventar más, que todo está ya inventado. Desde el fuego, descubierto, a la rueda, hallada, a los miles de inventos de la era actual, ¿qué queda por inventar? Nada, claro, hasta que no se invente. No tiene sentido aquí hablar de los inventos que han cambiado el mundo. Son innumerables y ya se maravilló en su momento la Humanidad con ellos. Muchos han sido evolución de ideas básicas, otros han sido auténticas bombas, partiendo de la nada. Ahí están y han producido la comodidad, el progreso, el desarrollo de la sociedad actual.

Para compensar mi frustración, escribo, que es una forma mucho más sencilla de inventar. Invento unir unas palabras con otras para que tengan algún sentido. Aunque creo que escribir no es precisamente inventar, stricto sensu, ¿o sí?, pero me hago la ilusión. Suena mal eso de decir “me he inventado una novela, o unas 400 palabras”, he podido inventar su argumento, eso quizá sí. Aunque el DRAE define inventar, en su segunda acepción, como “Dicho de un poeta o de un artista: Hallar, imaginar, crear su obra”. Claro que ni soy poeta ni artista, aunque lo pretenda. El hecho es que he de conformarme con ello, a falta de inventar algo útil y revolucionario, que ya me gustaría. También me gustaría escribir una buena novela. Lo intento, aunque llevo muchos y largos meses en dique seco. Pero seguiré intentándolo, más ahora que dispongo de tiempo. Sólo me falta ponerle ahínco a la cosa. Creo que ha llegado el momento.

domingo, 19 de junio de 2011

221. Todos los días son miércoles, en 400 palabras (ciento cincuenta y tres).

Todos los días son miércoles

Me explico: todos los miércoles tengo una serie de cosas que hacer ineludiblemente. No tardo más de una hora y tampoco me molesta hacerlas. Las hago con gusto y me divierten. Las termino un miércoles y en seguida estoy otra vez haciéndolas. Quiero decir que de nuevo es miércoles y es que no me he enterado de que pasó el jueves, pasó el viernes, y hasta el sábado y el domingo y el lunes y el martes también debieron pasar. Pero juro que no me he enterado. Otra vez es miércoles. Ha pasado una semana y de nuevo es miércoles. Es horrible. Sólo vivo los miércoles. No me lo creo, pero es la sensación que tengo. Lo grave es que intento recordar lo que hice ayer, que debió ser martes y sólo me acuerdo de lo que hice el miércoles pasado: esa serie de cosas que hago ineludiblemente. Es decir, hoy es miércoles, ayer fue miércoles y lo más grave de todo es que puede que mañana sea miércoles también. Estupendo. Vivo únicamente los miércoles de siete días que, me enseñaron de pequeñito, tiene la semana. Pues no, para mí la semana tiene un solo día: el miércoles. Pero no es así, y trato de convencerme mirando un calendario: pone siete días cada semana. Luego miro mi agenda y veo cosas apuntadas otros días que no son miércoles. Intento recordar si las he hecho o no y no me acuerdo. Hoy es miércoles, sí, y ayer martes tenía apuntado comprar naranjas, pero no me acuerdo si lo hice. He ido a la cocina y, efectivamente, hay naranjas en el cesto de la fruta. Debe ser que las compré, pero no me acuerdo. Me entra miedo, un miedo extraño, irracional: ¿será verdad que vivo siempre en miércoles? Si fuera así, sería gravísimo: no sé lo que me queda por vivir, no depende de mí, pero si sólo vivo los miércoles y la semana tiene siete días, quiere decir que vivo una séptima parte que los demás. De miércoles en miércoles. Si divido por siete los días que me quedan por vivir —ya no estoy seguro que la semana tenga siete días, pero eso dicen los calendarios, las agendas y la gente—, entonces el resto de mis días habré de dividirlo por siete. ¡Horror! Moriré antes de lo que me tocaría, que no sé cuándo era.

domingo, 12 de junio de 2011

220. Idioteces, en 400 palabras (ciento cincuenta y dos).

Idioteces

Ayer miré por la ventana y diluviaba como hacía mucho tiempo no veía. Salí a mojarme y el agua me cubría hasta las rodillas. Me gusta el agua, me gusta mojarme. La vecina del quinto llamó a la puerta para que le diera un poco de sal; le ofrecí pimienta también, pero me dijo que no, que con la sal le bastaba. Pena, que la vecina está para sal y pimienta. Las paredes están encaladas, pero la maldita humedad me las ha pintado de verde por los rincones. Tendré que darle una mano de pintura, blanca, claro. Mi ordenador cada día va más lento. Tarda en arrancar y escribe a tirones; bueno, quiero decir, que escribo yo y él lo reproduce a tirones; hace lo que le da la gana y toma decisiones por mí: eso me molesta mucho. Un día de estos lo tiro por la ventana y escribo a mano, como antaño, aunque ya no sé si sabré escribir a mano, seguro que el brazo me duele. Me dice el médico que tengo la sangre espesa y que deje de fumar. Vale. Vale. Vale. Ayer me salté un semáforo con cámara y estoy esperando la foto, la multa y los 4 puntos de carné. No duermo. Estoy hasta la coronilla de política y de políticos. No dicen ni hacen más que estupideces. Todos; me voy a borrar. Ahora tengo que ir a casa de un amigo a arreglarle su pecé. El pobre no tiene ni idea de pecés y me pide ayuda. Yo tampoco sé mucho, pero lo disimulo bien. Seguramente se lo terminaré de estropear del todo. Será divertido. Lo bueno de la historia es que, cada vez que voy a estropeárselo, me invita a vino y luego me regala una botella. Iré más veces. Hoy ha salido el sol y empieza a apuntar el calor, que vaya mes que llevamos entre la lluvia y el frío. El frío me pilló a traición y me cogí un buen catarro... ¿o fue la mojada de ayer? En la esquina de mi casa hay un autobús atascado. Un imbécil aparcó en la curva y el autobús no anda ni palante ni patrás. Lleva más de una hora haciendo maniobras y no lo consigue. Lo peor de todo es que tengo que sacar el coche y el autobús no me va a dejar. Tampoco puedo irme en autobús, claro.

domingo, 5 de junio de 2011

219. El autobús, en 400 palabras (ciento cincuenta y una).

El autobús

Adrián coge el autobús todas las mañanas de días laborables a la misma hora, más o menos. Él es puntual, a las 7,15 está en la parada; el autobús se retrasa aunque a veces llega a su hora. Adrián ya conoce al conductor, y a muchos viajeros a los que saluda tímidamente. No se fija mucho en ellos y suele enfrascarse en su lectura una vez que se sienta. De vez en cuando la interrumpe para mirar por la ventana. Por eso le gusta el autobús más que el metro. Ve el tiempo que hace, ve la ciudad moviéndose a primera hora de la mañana. Ve el parque que bordea el autobús en su ruta y va notando la llegada de las estaciones. Le gusta ese parque inmenso, lleno de colorido, de unos colores que varían con los meses del año. Le encanta.

Como le encanta esa niña que desde hace un mes sube en la parada siguiente a la suya. Le llama niña, aunque no lo sea pues debe andar cerca de los treinta. Pero para él, treinta y nueve, es una niña. Morena, de ojos castaño oscuro, casi negros, piel tostada, delgada y unas piernas muy largas. Es alta, y eso le gusta porque él mide cerca de 1,90. Esa niña, como él la llama, es la responsable de que haya dejado de leer. Abre el libro, pero no lee. Su mirada se desliza desde la página abierta a la niña. A la cara, a sus ojos, a su boca; a veces a su busto y a sus caderas, a sus piernas. No lo puede evitar. Mientras hace como que lee piensa: “¿tendrá pareja?, ¿en qué trabajará?, ¿me atreveré a decirle hola? Lo haré mañana”. Así uno y otro día.

La niña va de pie en el centro del autobús, mirando hacia la puerta. Siempre en el mismo sitio. Adrián va sentado dos filas más atrás, desde donde la observa. Sus miradas se han cruzado alguna vez, incluso en una ocasión se miraron con intensidad durante un segundo, un largo y gratificante segundo. Adrián espera a que suceda otra vez para abordarla. Ella se baja una parada antes que él y quizá uno de estos días se baje al tiempo y la siga. Y le diga hola, la invite a café, le hable, le diga cuánto le gusta desde que la vio, le coja la mano...

sábado, 28 de mayo de 2011

218. Imaginación (2), en 400 palabras (ciento cincuenta).

Imaginación (2)

Es cierto que, para escribir, se necesita tener imaginación. En su cuarta acepción el DRAE la define como “Facilidad para formar nuevas ideas, nuevos proyectos, etc.”. Bueno, pues eso es lo que me falta a mí estos días: no tengo ninguna facilidad para formar ninguna nueva idea. Y tengo un compromiso personal que cumplir: publicar algo este domingo en mi cuaderno de bitácora. En 187 semanas desde que lo inauguré, he publicado 217 entradas, algo más de uno por semana, más de lo que me prometí. Hoy me enfrento con esta falta de imaginación a mi compromiso. Tengo muchos defectos, pero me gusta cumplir con mi palabra. He de hacerlo, de lo contrario me siento mal. Quizá me inculcaron desde siempre un sentido de la responsabilidad que no sé si es el acertado, pero que me hace cumplir o, al menos, intentarlo, con mis obligaciones. Aunque, como en este caso, las obligaciones sean conmigo mismo... y con mis lectores fieles, que sois pocos, pero fidelidad que agradezco profundamente.

No cabe duda de que el tiempo relaja las costumbres, las obligaciones, y ganan no me faltan de saltarme una semana. A fin de cuentas, ¿a quién puede importar sino a mí? Y yo puedo hacer la vista gorda, y hasta sentirme libre de una obligación: al ser humano eso le encanta y yo no soy una excepción. Claro que surgirá el remordimiento o la sensación de fracaso, pero haciendo un esfuerzo es algo que se supera...

Escribiendo, trabajando, dedicándose, la imaginación surge. Decía que para escribir se necesita imaginación, pero también esfuerzo. Sin esfuerzo la imaginación es baldía, probablemente. Lo fácil probablemente no exista...

El hecho es que, relatando mis cuitas al escribir, estoy rellenando mis cuatrocientas palabras, según mi costumbre. Como ya escribí aquí en otras ocasiones, sé que no aburriré mucho al lector: entre uno y dos minutos. No más. Así que, aunque lo que escribo sea una estupidez, mi conciencia no se siente muy culpable: sólo te hice perder, lector, dos minutos y, a cambio, yo he cumplido con mi compromiso. Me gusta hacerlo.

De todas formas, he de cultivar mi imaginación. Ahora dispongo, por fin, de tiempo, de mucho tiempo, y no quiero desperdiciarlo. Tendré que disciplinarme, que marcarme un horario de trabajo y esforzar mi mente para que sea creativa.

Tengo pendiente un cuento y un par de novelas y he de ponerme a ello.

domingo, 22 de mayo de 2011

217. Nueva vida, en 400 palabras (ciento cuarenta y nueve).

Nueva vida

Mi padre le llamaba a esto el jubileo. No es exactamente así en mi caso, pero casi. La empresa va mal, con pocas perspectivas y he llegado a un acuerdo de mínimos para el despido.

Ahora, paro, subsidio y, luego, jubilación, con un periodo intermedio que veré cómo he de cubrir económicamente.

Cambio de vida. Después de treinta y muchos años trabajando día a día —que yo recuerde, sólo he faltado al trabajo tres días en mi vida laboral—, después de muchos años de actividad frenética y otros, especialmente los últimos, de relativa calma, ahora se me viene encima algo desconocido.

Y me digo: ya no tengo que madrugar, y madrugo; ya me puedo aburrir, y no me aburro; voy a echar de menos el trabajar, y trabajo; ya podré dedicarme a escribir, y aún no lo hice porque no he tenido tiempo; y a leer, que tampoco, porque no tengo un minuto libre. Tengo la agenda llena, aunque supongo que la iré vaciando poco a poco y pronto tendré tiempo para todo ello. De momento, estoy a tope. Cierto que ver tenis me ha entretenido, pero también lo hacía antes.

Supongo que es así en las primeras semanas. Luego me haré con la nueva situación, con la nueva vida. Aunque me he ofrecido a mis hijos como “chico de los recados” y no sé cuánto tiempo me va a ocupar eso.

Me he propuesto ayudar a mi mujer en casa, y en ello estoy. Creo que hora era ya.

Me he propuesto —y lo estoy haciendo— ajustar los gastos a mis nuevos ingresos. Fuera esto y aquello. En general, somos austeros mi mujer y yo y no nos costará mucho. En cualquier caso, no hay más remedio. Los grandes gastos —mis dos hijos se casan este año— ya estaban descontados, y los habituales habremos de recortarlos.

Me encuentro bien, liberado de una situación en la empresa un tanto angustiosa. Mejor voy a estar en casa, sin duda. Sospecho que pasaré momentos de cierto desespero, pero ante ellos he de hacerme fuerte y crearme una disciplina. No he de dejarme llevar. Si me he propuesto escribir, elaboraré mi horario y lo cumpliré. Para escribir, uno ha de estar inspirado, pero soy de los que creen que la inspiración llega trabajando. Desde luego, no en la siesta.

Y he de hacerme a la situación y aceptarla: nueva vida.

domingo, 15 de mayo de 2011

216. Este mundo, en 400 palabras (ciento cuarenta y ocho).

Este mundo

Crisis, malos tratos, asesinatos, robos, niños muertos en incendios, novias asesinadas por sus inhumanos novios, mujeres asesinadas por sus maridos asesinos, indigentes muertos por el frío, o por un incendio en su pobretería, terrorismo salvaje, fallecidos y heridos graves en accidentes de tráfico, drogas, jueces que no juzgan, políticos que no actúan, injusticias por las esquinas, guerras olvidadas, muertos de hambre, niños guerreros, pobreza extrema, riquezas sin sentido, gente mala y mala gente, egoísmo extremo, maldad profunda, tragedias sin fin, sufrimiento eterno, niños maltratados, abusos sexuales, padres sin corazón, hijos sin sentimientos, atroces acontecimientos, tragedias naturales inexplicables, fanatismo sin sentido, vida en la edad media de algunos pueblos, pueblos que matan a sus varones recién nacidos para evitar guerras entre tribus, tribus que lesionan a sus mujeres, y las desprecian y las lapidan, sectas con principios satánicos, fanáticos religiosos (en el nombre de Dios se han hecho siempre barbaridades), mafias con poder desorbitado, guerras, muertos, heridos, muertos inocentes, guerras...

También hay cosas buenas, claro, y gente buena, sobre todo gente buena. Si no, este mundo no existiría o no debiera existir. Gente que se entrega a los demás, sin reservas, sin egoísmo, renunciando a todo lo suyo; gente que lucha por los demás, de buena fe, con entusiasmo, aún a riesgo de su bienestar, cuando no de su vida. Gente que da ejemplo con su bondad, gente generosa que comparte lo que tiene. Gente, en fin, que salva a la Humanidad de catástrofes mayores con su admirable bonhomía, si no su santidad.

Y gente normal: que estudia (si puede), trabaja (si puede), cuida de su familia y vive por ella, se relaciona con sus amigos, los cuida, se divierte, disfruta, sufre a veces, sueña, discute, se enfada, perdona y, en general, no hace daño a nadie, o no conscientemente. La inmensa mayoría, en este mundo occidental que nos ha tocado vivir, con sus grandes comodidades, ventajas y beneficios que nos proporciona tanto progreso económico, social, tecnológico. Gente normal que se ocupa de su vida personal, laboral y familiar sin meterse con nadie, que desea vivir en paz y ambiciona, con licitud, un nivel de felicidad razonable. Felicidad que no siempre alcanza, o lo hace sólo por temporadas y luego se trunca por una desgracia. Aunque las estadísticas dicen que el nivel de felicidad de nuestra gente es moderadamente elevado (no sé qué significa moderadamente elevado, pero suena bien).

domingo, 8 de mayo de 2011

215. Lecturas, en 400 palabras (ciento cuarenta y siete).

Lecturas

“El Hipnotista”, de L. Kepler. Bueno, entretenida novela negra sueca, interesante en tanto en cuanto quieres saber el final de la trama, pero mezcla dos historias con una relación débil entre ellas. Prefiero historias paralelas que al final convergen. Sin calidad.

“Maldito Karma”, de D. Safier. Curiosa. Te ríes un par de veces con ganas. Un tanto reiterativa. Diría que no de mucha calidad. Intrascendente.

“El tiempo entre costuras”, de M. Dueñas. Muy buena prosa, muy bien escrita. Demasiados trapos, pero lógico, siendo la protagonista quien es. Historia entretenida y, a trozos, muy interesante. Personajes bien dibujados. La parte histórica de nuestra guerra civil parece verídica, muy bien documentada.

“Riña de gatos. Madrid, 1936”, de E. Mendoza. Bien escrita, claro. Interesante historia que da pinceladas de nuestra preguerra civil. Reconozco que esperaba más de esta novela, pero no está mal.

“Vivir para contarla”, de G. García Márquez. Autobiografía escrita con humildad; y, supongo, con sinceridad. En su estilo. Tiene mérito llegar a lo que ha llegado. Algunos episodios, interesantes. Otros, un tanto livianos. A veces salta de una época a otra, aunque bien definidas. Demasiados nombres de apellidos desconocidos, pero es lógico, es su vida.

“Crónica de una muerte anunciada”, de G. García Márquez. Ya era hora. Buena, como esperaba. Y breve.

“El guardián entre el centeno” de J. D. Salinger. Original. Un “clásico” de 1951 que hay que leer, aunque su fama es superior a su contenido, en mi opinión. Quizá haya que leerlo dos veces para apreciarlo bien. Utiliza muy bien el recurso de la repetición, que me gusta, así como la chaladura del protagonista. La crítica a la sociedad que emana es muy sutil y el humor muy fino, acertado.

“Cien años de soledad” de G. García Márquez. En su estilo. Pero excesivamente localista.

“La gran aventura del reino de Asturias: así empezó la Reconquista”, de J.J. Esparza. Muy interesante: dibuja bien los primeros siglos de la invasión árabe-mora-musulmana y supone hipótesis perfectamente plausibles sobre la Reconquista. Quizás contada con demasiada familiaridad.

“Africanus - El Hijo del Cónsul, de S. Posteguillo. Buena novela histórica sobre Aníbal y los Escipiones. Se viven las crueles batallas entre cartagineses y romanos, casi salpica la sangre, durante el S. III a.C. Bien relatada y de un ritmo más que aceptable, no se puede dejar de leer. Te empapas del ambiente romano. Le siguen dos en la trilogía, que leeré ahora.

domingo, 1 de mayo de 2011

214. Secuestro, en 400 palabras (ciento cuarenta y seis).

Secuestro

Ángela había sido secuestrada. Salía del supermercado cuando un hombre la paró para charlar con ella y la fue dirigiendo con habilidad hacia una furgoneta aparcada en la esquina.

—No, no muchas gracias —decía Ángela.

—De acuerdo, pero acérquese a verlo, será sólo un segundo.

—Le he dicho que no. Adiós.

En ese instante, el hombre la empujó dentro de la furgoneta, que tenía las puertas traseras abiertas, y las cerró rápidamente. Dentro, su compinche le tapó la boca, le puso una cinta adhesiva y le ató pies y manos no sin dificultad. El hombre miró a su alrededor buscando algún testigo inoportuno, pero no vio a nadie atento a la maniobra. Respiró tranquilo, se subió a la furgoneta y arrancó.

—Tápale también los ojos —le dijo a su compinche.

Su compinche lo hizo. Inmovilizada y sin poder gritar, Ángela se revolvía como una fiera sobre el suelo del vehículo y daba patadas contra las paredes del habitáculo. El compinche la hizo parar:

—Una patada más y te desnudo —le dijo.

Ángela dejó de patear y comenzó a llorar de impotencia y de miedo. Ahora se daba cuenta de lo que había pasado: la habían secuestrado. Repasó en unos segundos su vida buscando alguna razón que lo explicara, pero no encontró ninguna. Ella era una persona normal, con un trabajo normal, cierto que con un buen sueldo; su marido también tenía ingresos altos: como empresario en el sector farmacéutico no le iba nada mal y el tren de vida que llevaban era de lujo.

“Pedirán un rescate”, pensó Ángela, ligeramente esperanzada y creyendo que podrían pagarlo.

La furgoneta paró y entre el hombre y su compinche la metieron en el sótano de una casa que, por la ausencia de ruidos y el suelo de tierra, Ángela supuso que estaba aislada en el campo. Le quitaron la venda de los ojos, pero no la cinta de la boca ni las ataduras de manos y pies. La tumbaron sobre una cama cochambrosa. El cuarto estaba apenas iluminado. El hombre y su compinche llevaban pasamontañas que les tapaban toda la cara excepto los ojos.

—Dame el teléfono de tu marido.

—Diez millones, son diez millones por tu mujer. Pagas, o la violamos y la matamos —le dijo el hombre delante la mujer.

El pánico se adueñó de ella.

El compinche le dijo al hombre:

—Mientras esperamos, podemos disfrutar. Mira qué cuerpo tiene.

domingo, 24 de abril de 2011

213. Olas, gaviotas y WinDreamer en mis playas de Cái

Lluviosa Semana Santa ésta de 2011, con algún claro que otro. Pero ahí quedan olas, gaviotas y el placer de navegar con WinDreamer por mis maravillosas playas de Cái.

domingo, 17 de abril de 2011

212. Conduciendo, en 400 palabras (ciento cuarenta y cinco).

Conduciendo

Yo soy un hombre tranquilo conduciendo. Procuro cumplir las normas de circulación, respetar los pasos de peatones, no excederme en velocidad, mantener la distancia de seguridad..., en fin, me empeño en ser un buen conductor a conciencia, cada día me da más miedo tener un accidente.

De joven no era así. Entonces no había límite de velocidad y yo apretaba de lo lindo. De lo lindo, entonces, era llegar a 120 Km/h como mucho con mi Simca 1000 de estudiante. Toda una proeza. Recuerdo que, acelerando a tope en la autopista Cádiz Sevilla —a lo mejor llegué a 140 Km/h— reventé el coche. No recuerdo qué le pasó, pero sí que nos quedamos tirados.

G. a D., no he tenido accidentes. Sólo una vez, con el seiscientos de mi novia, di un pequeño golpe al de delante por mirar donde no debía (a saber lo que miraba). En otras tres ocasiones he estado a punto, pero no me considero responsable: un coche con una rueda pinchada a la entrada de un túnel (me pego a la derecha, entre el coche parado y el muro, no mato a nadie de milagro y el que me sigue se empotra con el coche pinchado); hielo en una curva yendo a Cádiz un uno de enero de madrugada, con deslizamiento indomable hacia fuera, hasta que conseguí dominar no sé cómo ese desplazamiento anómalo; y una enorme rueda que se desprende del camión que me precedía y no nos mató por casualidad o porque no estaba escrito (ya lo conté en esta bitácora). La verdad es que no me puedo quejar.

Sin embargo, hay conductores que son muy imprudentes, y digo imprudentes por no utilizar los apelativos groseros que se merecen. Tengo un amigo que es pacífico, pero que, en cuanto conduce, se transforma: corre, frena en seco, acelera, adelanta por la izquierda o por la derecha, según le dé, ignora los pasos de peatones, va pegado al culo del de delante... y, además, insulta al contrario, compite con él si le ha adelantado... En una ocasión se bajó del coche y le quiso pegar a uno que no se había dejado adelantar. Menos mal que lo frené.

Sí, hay gente que conduce de forma temeraria. Luego hay accidentes, claro. De cajón. Por ejemplo: ¿por qué no se respeta la distancia de seguridad? Es muy sencillo y muy seguro. Pues no. No lo entiendo.

sábado, 9 de abril de 2011

211. Estudio, en 400 palabras (ciento cuarenta y cuatro).

Estudio

Estudio. Eso hago. Tengo que hacerlo, no me queda más remedio; me examino pasado mañana, y al día siguiente y al otro. No puedo fallar. Pero no me concentro. Me siento, abro el libro, cojo un lápiz y papel, leo, subrayo, escribo y... me levanto. Voy a la cocina, como algo, lo que pillo, me paseo por la casa, tropiezo con mi madre, que me pregunta: ¿qué haces? Estudiar, le contesto, pero estaba estirando las piernas. ¡Ah! me dice. Entro en mi habitación, cierro la puerta, me vuelvo a sentar, pongo música, suave, y sigo por donde iba. ¿Por dónde iba? Me cuesta un rato recordarlo y coger el hilo otra vez. Leo, subrayo, tomo notas. Paro. Enciendo un pitillo y escucho la música. Es bueno este Telemann. Vuelvo al libro, bajo un poco más el volumen, respiro tres veces por la nariz y con los pulmones (me lo enseñó mi padre) y leo de nuevo y subrayo y escribo un resumen. No puedo más. Me levanto. Paseo por la habitación. Fumo otro pitillo. Salgo a la cocina y bebo agua. Voy a mi cuarto. Vuelvo a la cocina por una cocacola. Y vuelta a empezar: cierro la puerta, me siento, cojo el lápiz, leo, subrayo, resumo, leo, subrayo, resumo; vuelvo atrás e intento repetir lo ya estudiado; nada, sólo algunos recuerdos vagos. Releo lo ya leído y subrayado y lo memorizo. Intento concentrarme, apago la música. Pero, antes, otro pitillo. Hago el esfuerzo y repito la lección como si de un loro se tratara. Ahora ha ido mejor. Casi recuerdo el 80 por ciento, el resto es que no lo entiendo. Salto en el libro al siguiente capítulo. Leo, subrayo. Me agoto. Vuelvo a poner la música. Vuelvo a levantarme. Paseo, otro pitillo.

Me enfado conmigo mismo, intento segregar adrenalina: pienso en el examen y me asusto. Otra vez el libro, el lápiz, el papel. Subrayo, repito, memorizo. Cierro el libro y diserto, pero disertar está muy lejos de la realidad. Compruebo. Leo las notas. Un 5 pelao, no más. Me desespero. Salgo a la calle. ¿Dónde vas? A comprar tabaco. Doy un paseo, tomo el aire, el aire fresco de febrero, me despejo, me prometo, me propongo. Pienso en el examen, en los exámenes y me acojono. Subo, me siento, cojo el libro, aguanto, me esfuerzo, me concentro. Una cierta alegría, profunda, me inunda. Llega la satisfacción.

sábado, 2 de abril de 2011

210. Conversación ajena, en 400 palabras (ciento cuarenta y tres).

(No soy aficionado a escuchar conversaciones ajenas. Normalmente no me interesan, me aburren y, además, mi oído no es suficientemente fino para oír a cierta distancia. Por otro lado, mi cabeza es incapaz de mantener la atención continuada a una conversación que no tiene nada que ver conmigo. Sin embargo, ninguna de estas condiciones se cumplía ante lo que estaba oyendo: estaba yo sentado en una cafetería tomándome mi sándwich, cuando una pareja se sienta en una mesa cercana; él tenía cara de mal humor, ella, ojeras y ojos llorosos. Esto es lo que oí:)


Conversación ajena


—No, no, así no podemos seguir, así que piénsatelo.

—Estoy de acuerdo: así no podemos seguir, pero la culpa no es sólo mía.

—No lo creo. Es tuya y sólo tuya. Yo no entiendo que nunca quieras hacerlo. O estás cansada, o te duele la cabeza, o es tarde, o es temprano, o llueve, o nieva... cualquier excusa es buena para ti.

—No me entiendes lo más mínimo: a mí me gusta hacerlo, pero de vez en cuando, cuando realmente vamos a disfrutar. Y lo hacemos. Lo que pasa es que a ti te apetece demasiado. Por ti, mañana, tarde y noche. Y si es ración doble, mejor. Y yo ese ritmo no lo aguanto.

—Es cierto que yo quiero más y más, pero tú no me das nada. Podrías esforzarte un poco, ¿no?

—Y tú podrías dominarte. Tu relación conmigo sólo se basa en eso. Y yo quiero otras cosas: cariño, atención, delicadeza, interés.

—Todo eso te lo doy. Pero lo desprecias porque únicamente piensas en lo mismo. Crees que todo lo que hago contigo va orientado a eso y lo malinterpretas.

—No me engañes. Es que todo lo que haces por mí tiene un único fin y tú lo sabes.

—No es cierto. Lo que pasa es que no me quieres entender.

—Es que, efectivamente, no te entiendo. No entiendo que tu único objetivo y tu única forma de estar bien conmigo sea ésa. Tengo la impresión de que no me quieres, no me respetas y de que soy sólo un medio para tus fines. Para eso lo dejamos y te buscas a otra. Así yo no te aguanto.

—Yo sí, yo te quiero y estoy dispuesto a ceder... si cedes tú. Podemos llegar a un acuerdo.

—¿Qué acuerdo? ¿Hacerlo cuando tú quieres?

—No, una vez cedo yo y otra tú. Parece justo, ¿no?

—O sea, que como tú quieres a todas horas, ¿lo hacemos a diario?

—Bueno..., no, me bastaría un día sí y otro no.

—¿Estás loco? Una vez a la semana y vas que chutas.

—Tres.

—Dos.

—Dos, los fines de semana y una, otro día.

—Una el fin de semana y otra cuando realmente me apetezca a mí.

—Y eso, ¿cuándo es? Que yo sepa, no te apetece nunca.

—Como siempre, estás confundido. No me das tiempo, siempre te me adelantas. Ten paciencia, por favor.

—Mira, mejor lo dejamos.

—Creo que sí.