La ventana
Estaba condenado a mi inmovilidad. Mi única fuente de vida era la que me daba la ventana. Miraba por ella hacía mucho tiempo, muchos años ya, pero nunca vi nada realmente, aunque sí vi muchas cosas con mi imaginación. Mi ventana daba a una estrecha calle de edificios altos y desde mi posición en el décimo piso no alcanzaba a ver a la gente pasar. Sólo podía ver las ventanas de enfrente, las ventanas de una casa que llevaba años vacía. En aquella casa había situado yo a María y Roberto, la pareja que me entretenía haciéndome sufrir unas veces y disfrutar otras. Les veía discutir a través de los visillos amarillentos del salón que se transparentaban cuando encendían la luz. Les veía amarse cuando dejaban la ventana abierta del dormitorio. Eran una pareja un tanto extraña, diría yo. Tanto la veía a ella sola durante días como a los dos juntos, discutiendo o haciendo el amor sin descanso, no tenían término medio. A mí me gustaba cuando María estaba sola en casa. Ponía música, porque la veía bailar en el salón como si le fuera la vida en ello, aunque mi sordera me impedía oír la melodía. Sin embargo podía verla bailar, retorciendo su cuerpo con esa gracia especial que me volvía loco, lanzando sus manos al aire con unos movimientos imposibles y moviendo sus pies como si estuviera suspendida en el aire. La adoraba. Ella bailaba durante horas y yo la contemplaba embelesado. A veces bailaba desnuda, en verano, cuando hacía calor, y entonces pensaba que no le podía pedir más a la vida… Luego llegaba Roberto y se ponía a bailar con ella. Intentaba imaginar que era yo, pero me caía al suelo, por mis piernas inválidas, y no volvía a intentarlo. Roberto bailaba poco, en seguida se la llevaba a la cama.
Un día vi a dos personas en la casa. No eran ni María ni Roberto. Las observé. Quitaron los visillos amarillentos y pusieron unas cortinas que impedían ver en el interior del salón aunque encendieran la luz. Colocaron también cortinas en el dormitorio, que apenas corrían. Únicamente ella, una mujer gorda, fea y con el pelo revuelto de recién levantada, abría la ventana por las mañanas, supongo que para ventilar un poco, y las cerraba inmediatamente. Quise volver a ver a María y Roberto, pero sólo veía las cortinas. ¡Qué horrible decepción!
martes, 29 de julio de 2008
61. La ventana, en 400 palabras (treinta y ocho).
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viernes, 25 de julio de 2008
60. Reflexiones, en 400 palabras (treinta y siete).
Reflexiones
A veces uno reflexiona sobre el pasado y el futuro... y termina concluyendo que lo del futuro es mejor dejarlo.
Me explico: recordar el pasado es posible, aunque yo creo que del pasado sólo se recuerda lo que tu subconsciente quiere. Desconozco la razón, pero hay años de mi vida que he borrado sin querer. Mi primer recuerdo de niño data de cuando yo debía tener siete años. Son recuerdos intrascendentes, aunque significarán algo, supongo: una noche de Reyes en que me traían una bici, un paseo con mi padre en el que perdí una pelota y él me razonó y me enseñó muchas cosas, una visita con mi madre a una vecina que daba el pecho a su hijo y poco más. Entre los siete y once años, escenas borrosas, algún enamoramiento incluido y alguna que otra gamberrada. De los once a los diecisiete, sólo algunos recuerdos vagos, enamoramientos incluidos también, olvidando a mucha, mucha gente. Hasta los veintitrés, un par de novias, un par de amigos, alguna que otra escaramuza... Desde entonces algo más. Pareciera que empecé a vivir a esa edad –será cuando por fin tuve uso de razón- porque recuerdo esos años con mayor intensidad, aunque tampoco mucha.
Sí puedo resumir el pasado diciendo que toda mi vida ha sido una espera, desesperada a veces, esperanzada otras. Supongo que es así para todos. Todavía mi vida es una espera.
Entonces intentas reflexionar sobre tu futuro y te armas un lío, un gran lío. Es mejor dejarlo, decía, porque ¿acaso lo conozco? ¿Acaso lo conoce alguien? Esperas lo que ocurrirá mañana, más o menos, pero ¿y dentro de un año o de dos? Tantas veces planifiqué y tantas veces cambiaron las cosas que había previsto... No, no merece la pena reflexionar sobre el futuro. Merece la pena, eso sí, trazar la línea de lo que quieres ser, de lo que quieres hacer. Y empeñarte en ello cuando, tras pensarlo mucho, lo tienes claro, cosa nada fácil. La duda es mala compañera, por eso merece la pena dedicarse un rato a decidir. Uno puede, y debe, empeñarse en ser lo que pretende y en hacer lo que se quiere. Luego saldrá como salga, pero uno ha de emplearse a fondo.
Lo peor, claro, es la incertidumbre, aunque esto hace el futuro interesante en sí mismo; e inútil, probablemente, reflexionar sobre él. ¿Cómo será? Y quién lo sabe...
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domingo, 20 de julio de 2008
59. Estás difícil, en 400 palabras (treinta y seis).
Estás difícil
–Estás difícil últimamente.
–No, estoy como siempre.
–No es cierto, tú no eres así.
–Sí que lo soy.
–Yo creo que algo te pasa.
–No me pasa nada.
–Ya no me quieres.
–Es… sí, bueno, es el trabajo, que me agota. Mucha tensión.
–No es el trabajo.
–Sí, de verdad, y te lo he contado. Tenemos problemas.
–Otras veces los has tenido, y más gordos, y hemos hecho el amor como al principio.
–Ahora también.
–¿Ahora también? Si llevas dos semanas sin tocarme y la última vez fue un fracaso.
–Es el estrés, ya te lo he dicho.
–No me lo creo. Ni siquiera me miras.
–Sí que te miro.
–No cuando nos desnudamos. A ti siempre te he gustado.
–Y me sigues gustando.
–Ahora no me miras.
–Sí te miro, sabes que me gustas.
–Ya no.
–Sí, sí me gustas. Lo que ocurre es que estoy pasando una mala racha.
–Desde nuestro primer fracaso no me haces ni caso, ni me miras.
–Sí te miro.
–Pero no te gusto. Hay otra persona, seguro.
–¿Cómo? ¿Qué? ¿Otra persona? ¿Cómo se te ocurre…?
–¿Qué cómo se me ocurre? Si no hay más que verte. Tienes cara de cansancio, ya ni me das un beso, los fines de semana te acuestas antes que yo para evitar que te pida nada…y no quieres que te acompañe a sacar al perro… ¿Llamas entonces?
–¡A quién!
–A tu amante…
–¡No tengo amante!
–¡Hagamos el amor!
–¡No estás bien de la cabeza! Son las siete de la tarde.
–Es la mejor hora.
–Podría venir alguien…
–¿Quién va a venir? ¡No me pongas excusas!
–Bueno… pero sabes que he tenido un día duro, no sé si…
–¡Pamplinas! Antes, cuando trabajabas mucho, me buscabas y lo pasábamos en grande…
–Pero hoy no creo que…
–Has estado esta mañana con tu amante, ¿no? ¿Cuántos fueron, eh?
–¿Yo? ¿Qué he estado con quién?
–Con tu amante.
–Mi amante eres tú. Estás diciendo estupideces. No estuve con nadie esta mañana.
–Pues te llamé a la oficina y me dijeron que no estabas.
–Fui a ver a un cliente.
–Si tú no sales nunca.
–Hoy fue una excepción.
–Para hacer el amor, ¿no?
–¡No! Tenía que salir… a hacer… a hacer unos trámites... Por favor, no pienses cosas raras.
–Pues hagamos el amor.
–Es que… no me apetece.
–Lo hiciste esta mañana, ¿no?
–No.
–Y ayer, y anteayer…
–No, no.
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miércoles, 16 de julio de 2008
58. Los números primos (uno), en 400 palabras (treinta y cinco).
Los números primos
Un número primo (o primero) es aquél que sólo es divisible por sí mismo o por la unidad. Los números primos son los ladrillos de los números naturales en el sentido de que “todo número natural o bien es primo o puede ser representado como el producto de números primos de un modo único”. Tal es la importancia de esta afirmación que se la conoce como el teorema fundamental de la aritmética.
Existen infinitos números primos.
Ilustres y geniales matemáticos han dedicado su tiempo a estudiarlos. Algunos enunciaron teoremas cuya demostración no mostraron y que tardaron años en demostrarse. Por ejemplo, el conocido como pequeño teorema de Fermat, que dice así: si a es un número natural cualquiera y p un número primo que no divide a a, entonces p divide a a**(p-1) - 1. Este teorema fue enunciado en 1640 y demostrado finalmente por Euler en 1736. Y todavía hay enunciados que no se han demostrado, como la conjetura de Goldbarg, escrita en 1742, que establece que todo número par mayor que 2 es la suma de dos números primos.
Los números primos han tenido una importancia fundamental en la Matemática y sus aplicaciones prácticas. Por ejemplo, el sistema de cifrado actual para transmitir información segura por Internet está basado en ellos. El sistema PKS (sistema de cifrado de clave pública) ideado por Diffie y Hellman en 1975 y el diseñado por Rivest, Shamir y Adleman, conocido como el sistema RSA, son utilizados hoy día para cifrar la información de manera eficaz (rápida) y de forma tal que sea prácticamente imposible descifrarla sin conocer la clave (o posible con los potentes ordenadores actuales procesando la información durante cientos de años).
Y una curiosidad: el monje francés Mersenne, en 1644, estableció que los números de la forma 2**n – 1, para n primo (denotados como M sub n, números de Mersenne), son primos para los valores de n: 2, 3, 5, 7, 13, 17, 19, 31, 67, 127 y 257, y compuestos para todos los demás valores de n menores que 257. En 1947 se descubrió que erró en algunos: los números de Mersenne para n = 67 y 257 no son primos y para n = 61, 89 y 107 sí lo son. Hoy se conocen 44 números de Mersenne que son primos. El mayor es para n = 32.582.657 y tiene ¡9.808.358 dígitos!
**: elevado a
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domingo, 13 de julio de 2008
57. Olas y atardecer en mis playas de Cái. Luna y cielo.
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sábado, 12 de julio de 2008
56. Breve paseo por Cái.
8 de julio. Deliciosa tarde de Poniente en calma, predecesora del Levante, aunque finalmente no saltó. Un paseo por Cái, breve paseo, por la Caleta, el castillo de Santa Catalina, cerrando, el de S. Sebastián, cerrado, preciosa puesta de sol, bonito barrio de la Viña, exquisito tapeo en el Faro...
Sin intentar emular a guaykyky, os dejo unas fotos del paseo.
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jueves, 3 de julio de 2008
55. ¡Déjame! en 400 palabras (treinta y cuatro).
¡Déjame!
–¡Déjame!
–¿Por qué?
–Porque lo necesito. Necesito calmarme, necesito estar lejos de ti por un rato.
–Pues vete tú.
–No.
–De acuerdo, me voy yo.
–¿Dónde vas?
–No lo sé, me voy; ¿no quieres que me vaya?
–Sí, claro, eso te he pedido.
–Pues me voy.
–¿Adónde?
–Aún no lo sé, ahora decidiré.
–¿Cuánto tardarás?
–No lo sé, cariño. ¿Cuánto quieres que tarde?
–No sé…, un rato.
–Bien, me iré un rato.
–Adiós.
–Hasta luego.
–Oye, ¿pero vas a la calle?
–Sí, ¡dónde quieres que vaya si no!
–Está bien, está bien.
–¿Te molesta?
–No, no, vete, vete.
–Me voy.
–¡Eh! ¿y a qué hora volverás?
–No lo sé, depende de lo que haga.
–¿Y qué vas a hacer?
–Ahora decidiré, cuando salga.
–No cojas el coche.
–¿Por qué?
–Porque no es necesario que vayas tan lejos.
–Pero, ¿no quieres que me vaya?
–Sí…
–¿Entonces?
–Pero sólo un rato.
–¿Y qué es en rato?
–Pues... un rato.
–Bueno, vale, me voy un rato.
–Tráeme tabaco. Un cartón. Toma.
–No paso por el estanco.
–Pues pasa, si aún no sabes dónde vas…
–Entonces cojo el coche.
–No te hace falta, ve dando un paseo.
–¿Un paseo? Si estamos a cuarenta grados.
–Ve por la sombra.
–¡So son casi dos kilómetros! Y no hay sombra, ¿quieres que me deshidrate?
–No.
–Bueno, si quieres que te compre un cartón, cojo el coche. Si no, te compro una cajetilla en el bar de la esquina.
–Como quieras.
–Como quiera, qué, ¿una cajetilla o un cartón?
–Un cartón.
–Adiós.
–El cartón de lait, como siempre.
–Ya lo sé.
–¿Puedes hacerme un favor?
–¡Qué quieres ahora!
–Echa 6 números a la loto.
–¿Para qué? Nunca me toca.
–Esta vez nos tocará.
–Dirás que me tocará, la voy a echar yo.
–Sí, pero yo te la pago.
–Entonces dame el dinero.
–Cógelo de la caja.
–Eso es dinero común.
–Pues lo pagamos a medias.
–Bien, la mitad para cada uno, si toca.
–De acuerdo. Vete.
–Ya me voy.
–No tardes…
–¿Cómo que no tarde? ¿En qué quedamos?
–En que te vas un rato.
–Vamos a ver: me echas, luego me entretienes con preguntas estúpidas, me encargas tabaco pero no quieres que coja el coche, me pides que eche la loto, ahora quieres que no tarde… ¿te quieres aclarar de una vez?
–Es que no puedo. Siento cierta confusión.
–Entonces, ¿qué coño quieres que haga?
–Pues… no sé.
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domingo, 29 de junio de 2008
54. El cliente presunto, en 400 palabras (treinta y tres).
El cliente presunto
A las nueve y diez, sin puntualidad británica, comencé mi presentación ante la plana mayor, incluido el director general, de mi presunto cliente. Digo buenos días, pido disculpas por los minutos de retraso con sonrisa de oreja a oreja, forzada, conecto el portátil y comienzo la presentación de mi oferta. Estoy algo acelerado, me lo noto, pero creo que voy bien. Con suerte me ajusto a los cincuenta minutos que me quedan, me digo para mis adentros. Sigo exponiendo mi propuesta. Entro en detalles técnicos, no hay más remedio. De repente, el director general se levanta y se va. Tranquilo, me digo. Sigo. Al rato hace lo mismo el director financiero. Me desconcentro, dudo, tartamudeo ligeramente durante unos segundos. Desgraciadamente, no puedo encender un pitillo para calmarme. Me interrumpo y pregunto si debo continuar. Las tres personas que quedan me dicen que sí, pero una de ellas se va inmediatamente. Sigo. Cuando abordo el aspecto económico, se va otra y la que queda no hace más que mirar el reloj. Miro la hora y aún faltan quince minutos para cumplir mi tiempo. Desalentado, me vuelvo hacia la pantalla para señalar unos números y oigo un ruido sospechoso que suena al de una silla que se arrastra. Al volverme, veo que la puerta se cierra sigilosamente. Cojonudo, me han dejado solo.
Me siento, intento calmarme. Trece minutos sólo. Y solo. Pienso. Enciendo un pitillo; no hay cenicero pero utilizaré el cenicero grande, el suelo. Trago el humo que ha de calmarme, con calma, profundamente. Me siento. Mastico mi cabreo, medito; repaso mentalmente la presentación intentando entender las razones por las que me han abandonado así.
Doy la última y placentera calada al cigarro, lo tiro al suelo sobre la espléndida moqueta y lo piso. Cojo papel y pluma y escribo:
“Señores: sé que he llegado tarde. Mis disculpas de nuevo. Sé también que mi oferta es la mejor, como lo saben todos ustedes. La he discutido con la directora técnica durante más de un mes y la he modificado hasta adaptarla a sus caprichosas necesidades… y a sus necedades. No obstante, la retiro en este preciso momento. Son ustedes, como poco, unos maleducados. O, mucho mejor, son ustedes un atajo de imbéciles. Atentamente,” y la firmo. La dejo encima de la mesa sobre una copia de la presentación, rota por la mitad. Recojo mi equipo y me voy.
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domingo, 22 de junio de 2008
53. Mi doble, en 400 palabras (treinta y dos).
Mi doble
Yo había pensado siempre que tenía un doble. Un doble exacto. Y hacía mis cuentas: ¿cuál es la probabilidad?, ¿de una diez mil millonésima?, ¿de una mil millonésima parte del número anterior? ¿Menos? No importa. ¿Cuántas estrellas hay?, ¿cuántos planetas?, ¿cuántos millones de años se supone que tiene el Universo? ¿Cuál es la probabilidad de que los nucleótidos de mi ADN sean iguales a los de otro ser que viva en algún lugar y tiempo precisos del inmenso Universo? Esa probabilidad, por infinitesimal que sea, se cumple, me decía.
Lo que no esperaba, como es natural, era encontrarme con él. Mi doble. Me invitaron unos amigos a la fiesta de unos amigos suyos. Fue el 13 de marzo del año pasado y desde entonces ya no soy el mismo. Aún me obsesiona entender por qué me vestí de aquella manera. Los amigos de mis amigos nos invitaron a pasar a su jardín, donde unos preparaban la barbacoa, otros ponían la mesa y algunos charlaban animadamente. Allí lo vi.
Pregunté a mi amigo si aquello era un espejo y me dijo que no, un tanto extrañado por la pregunta. Al parecer, nadie se había dado cuenta. Lo miré y él me miró. Me acaricié mi barba con la mano y él hizo lo mismo. Me puse y me quité las gafas repetidamente para verlo mejor y peor y él repitió, con absoluta sincronía, la misma operación. Nos acercamos. Nos dimos la mano (¡qué sensación más extraña!) sin cruzar palabra, no era necesario, y nos apartamos a un rincón del jardín donde nadie pudiera vernos. Fue una decisión simultánea que no requirió acuerdo previo. Nos miramos fijamente durante largo rato. No hizo falta, insisto, utilizar las palabras. Su cara era la misma que la mía, y su estatura, su tipo, sus formas, su piel morena. Sólo nos distinguía el atuendo. Él llevaba vaqueros azul oscuro y los míos eran blancos; él camisa blanca y yo, azul.
Aquella mañana iba a vestirme exactamente como él, pero, aún lo recuerdo, una extraña sensación que no pude racionalizar me hizo cambiar de idea. Sé que él sentía la misma sensación que yo. Sé que pensaba como yo y exactamente en lo mismo. Los dos pensábamos que ese hecho del que estábamos tan seguros, aun de probabilidad tan infinitesimal, era real. Sin embargo, ni él ni yo entendimos por qué vestíamos de forma diferente.
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jueves, 12 de junio de 2008
52. La prisa, en 400 palabras (treinta y una).
La prisa
Vivimos en un mundo que parece hecho con prisa. Bueno, no lo parece, fue hecho con prisa porque está lleno de imperfecciones. Y el hombre lo termina de estropear.
Cierto es que el mundo en que vivimos tiene cosas maravillosas que observar, que sentir, que disfrutar, que tocar, que oír, que degustar… que vivir. Algunas, muchas, nos las brinda la madre Naturaleza, otras, muchas también, nos las proporcionamos nosotros mismos, la humanidad.
Añado ahora que el mundo actual parece hecho para la prisa. Todo es para ya, si no para antesdeayer: en el trabajo, en casa, en la diversión a veces. Yo vivo en Madrid y sí, Madrid está hecho de tal manera que vas siempre y a todas partes con prisa. No te curan la prisa los atascos de todos los días, ni las colas allá donde vayas. Yo creo que te la incrementan.
A mí, en otro tiempo, me llamaban el “notengotiempo”, y era porque iba con prisa a todas partes y nunca tenía tiempo para nada que no tuviera planificado. Y lo planificado se retrasaba, claro, con lo cual el tiempo no cundía y las tareas se acumulaban. Trabajaba desde temprano hasta tarde, alguna noche y casi todos los sábados y domingos, al menos unas horas, para recuperar el tiempo que se me había escapado por entre los dedos de las manos durante la semana. La verdad es que en este oficio que tengo esa situación ha sido una constante durante gran parte de mi vida profesional. Cuando no era una oferta, era un problema aquí, allá o acullá, todos urgentísimos, o una reunión con clientes, o una entrevista, o una reunión de técnicos o de dirección, o una presentación que preparabas sin tiempo, o una demo que hacías sin preparar… No paraba.
Luego, en casa, cuando estaba, tenía prisa por atender a los niños, prisa por hablar con mi mujer, prisa por resolver los asuntos del día a día, prisa por tomar la más tonta de las decisiones. No sé cómo me han aguantado tanto tantos años en casa.
Ahora he llegado a la conclusión de que la prisa no es buena y que no conduce sino a hacer mal muchas cosas. Ahora me aplico el refrán “vísteme despacio que tengo prisa”. Y he ganado en calidad de vida. Cierto que, con los años, estoy más sereno, soy menos pasional, controlo mejor mis impulsos.
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martes, 3 de junio de 2008
51. Olas de mis playas de Cái.
Olas de mis playas de Cái. Agua fresca en movimiento continuo. La mar salá hecha olas que te bañan, que te inundan, que te acarician y te arrastran. Olas que te dan vida bajo el sol engañoso del último día de ese mayo tan fresco… Olas que revuelven tu cuerpo entre sus aguas y la arena rubia, olas que seducen tu alma, olas que te llenan. Olas cuyo rumor sabe a sal, olas cuya espuma ciega tus ojos; olas que añoras cuando estás lejos… Olas de mis playas de Cái.
sábado, 24 de mayo de 2008
50. Disfrute, en 400 palabras (treinta).
Disfrute.
Uno, debe ser por los años, empieza a disfrutar de las cosas pequeñas. Antes también, pero quizá menos. Antes disfrutaba las cosas de importancia, que las deseaba muchísimo. En casa, en el trabajo, en el amor –sobre todo en el amor–, con la familia, con los amigos. Disfrutaba de las cosas materiales, una casa nueva, un coche nuevo, un nuevo equipo de música, ¡un ordenador nuevo!... Disfrutaba todo a tope, que siempre fui muy pasional.
Los años me han cambiado. Ahora, que tengo enta y tantos –aún soy joven, me quedan años para la jubilación, pero ya no tanto (ni por joven ni hasta el júbilo)– resulta que aprecio detalles que antes me pasaban desapercibidos o no los disfrutaba. Desde hace algún tiempo tengo la sensación de que aprecio más plenamente un beso, un gesto, una canción, un piropo –que aún hay quien me lo echa–, un libro, una sinfonía, un gracias o un te quiero. Lo disfruto más. Lo paladeo, lo interiorizo, lo gozo. A veces, sonrío; a veces, hasta me río, cosa que me sorprende, pues he pasado mucho tiempo sin reír. Y hay cosas que me emocionan hasta hacerme saltar las lágrimas –bueno, esto no es por la edad, que también, que me sucede hace ya años, quizás desde siempre; aunque, ahora, más.
Ahora disfruto, por ejemplo, con este mundo de las bitácoras, que siempre me pareció una estupidez, un sinsentido, hasta que me metí en él y lo descubrí. ¿Qué me puede interesar a mí lo que escriban otros? me decía; hasta que descubrí una fábrica y unos lunes y unas palabras y unas fotos y comencé a disfrutar lo que otros publican, dicen, cuentan y escriben. Mi círculo de bitácoras es reducido pero, creedme, lo disfruto.
El hecho es que uno aprende con la vida, como es natural, aunque creo que hay cosas que deberíamos aprender antes y no esperar tanto para ser conscientes de ellas. A los jóvenes, siempre que tengo ocasión, se lo digo, “disfrutad también de las pequeñas cosas, que al final son las que valen”, pero debe ser que no siempre sé explicarlo porque no me entienden, o no me hacen caso.
¡Ah, si pudiera yo volver atrás y gozar de tantos momentos que desperdicié, de aquellos instantes que no disfruté, de tantos detalles que desprecié, de tantas personas que no escuché, de aquellos gestos que no gocé!
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jueves, 15 de mayo de 2008
49. Hartura, en 400 palabras (veintinueve).
Hartura
Hoy estoy harto. Estoy harto una jartá, como dicen en mi tierra. Todo empezó esta mañana. El despertador, que me suena todos los días, hasta los domingos, que me olvido cambiarlo, no sonó. No sé qué puñetas le pasó, pero no sonó. No me despertó, claro, y yo tampoco me desperté porque anoche zapeé en la caja tonta y me desvelé pensando en el día de hoy, mi gran oportunidad profesional. Tenía una reunión importante a las nueve y me despertó a las ocho y diecisiete una excavadora maldita –bendita, en este caso– de la obra que tengo enfrente. Tenía que asearme y sacar al perro antes de salir de casa. Tomé sólo café, renunciando a lo mejor de la mañana, la naranja, y al mejor pitillo del día, y me afeité, me duché y me vestí en menos de seis minutos, recordando mis tiempos de la mili. Todo un récord. Mientras me vestía advertí a mi perro: hoy sólo una meada, larga si quieres, que tengo prisa. Bajamos, fumé el mejor pitillo del día, con tiempo, porque mi perro, como era de esperar, no me entendió, meó cinco veces y cagó dos. Aún así, a las nueve menos veinte estaba buscando taxi a la intemperie, con un frío de mil pares de narices y sin abrigo, que lo olvidé en casa. A las nueve y cuarenta minutos llegaba a las oficinas del cliente. Lo del taxista… mejor no contarlo. Por fin, llego. Control de seguridad, tres personas delante de mí. Enciendo un cigarro, estoy casi en la calle y supongo que puedo. No puedo. Lo apago. Subo. La secretaria me dice que ya están reunidos con otro proveedor; le ruego, le suplico, me recuerda que llegué tarde, “vuelva Ud. mañana”. Me voy. Diluvia, no encuentro taxi. Me calo y comienzo a temblar como un pajarillo mojado. Entro en una cafetería. Pido café muy caliente, me quemo pero aguanto… entro en calor. Me sereno, dejo de temblar, enciendo un pitillo, ¡ah, pobre de mí! Un camarero y una cliente se abalanzan sobre mí: “¡Eh, que está prohibido fumar!, ¿es que no conoce la ley?”. Me voy a la puta calle, pero no pago, que se jodan. Sale la señora que me increpó, me mira con una sonrisa de asco y me dice: “¡Qué! Fumando en la calle, ¿no?”, “No, señora, estoy echando un polvo, ¿no me ve?”. “¡Grosero!”. “¡Entrometida!”.
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