Bienvenido a este mi cuaderno de bitácora

Querido visitante: gracias por pasar por aquí y leerme.
Aquí encontrarás ligeros divertimentos y algunas confidencias personales, pocas.
A mí me sirve de entretenimiento y si a ti también te distrae, ¡estupendo!.
Si, además, dejas un comentario... ¡miel sobre hojuelas! Un abrazo,
Guarismo.

jueves, 15 de mayo de 2008

49. Hartura, en 400 palabras (veintinueve).

Hartura

Hoy estoy harto. Estoy harto una jartá, como dicen en mi tierra. Todo empezó esta mañana. El despertador, que me suena todos los días, hasta los domingos, que me olvido cambiarlo, no sonó. No sé qué puñetas le pasó, pero no sonó. No me despertó, claro, y yo tampoco me desperté porque anoche zapeé en la caja tonta y me desvelé pensando en el día de hoy, mi gran oportunidad profesional. Tenía una reunión importante a las nueve y me despertó a las ocho y diecisiete una excavadora maldita –bendita, en este caso– de la obra que tengo enfrente. Tenía que asearme y sacar al perro antes de salir de casa. Tomé sólo café, renunciando a lo mejor de la mañana, la naranja, y al mejor pitillo del día, y me afeité, me duché y me vestí en menos de seis minutos, recordando mis tiempos de la mili. Todo un récord. Mientras me vestía advertí a mi perro: hoy sólo una meada, larga si quieres, que tengo prisa. Bajamos, fumé el mejor pitillo del día, con tiempo, porque mi perro, como era de esperar, no me entendió, meó cinco veces y cagó dos. Aún así, a las nueve menos veinte estaba buscando taxi a la intemperie, con un frío de mil pares de narices y sin abrigo, que lo olvidé en casa. A las nueve y cuarenta minutos llegaba a las oficinas del cliente. Lo del taxista… mejor no contarlo. Por fin, llego. Control de seguridad, tres personas delante de mí. Enciendo un cigarro, estoy casi en la calle y supongo que puedo. No puedo. Lo apago. Subo. La secretaria me dice que ya están reunidos con otro proveedor; le ruego, le suplico, me recuerda que llegué tarde, “vuelva Ud. mañana”. Me voy. Diluvia, no encuentro taxi. Me calo y comienzo a temblar como un pajarillo mojado. Entro en una cafetería. Pido café muy caliente, me quemo pero aguanto… entro en calor. Me sereno, dejo de temblar, enciendo un pitillo, ¡ah, pobre de mí! Un camarero y una cliente se abalanzan sobre mí: “¡Eh, que está prohibido fumar!, ¿es que no conoce la ley?”. Me voy a la puta calle, pero no pago, que se jodan. Sale la señora que me increpó, me mira con una sonrisa de asco y me dice: “¡Qué! Fumando en la calle, ¿no?”, “No, señora, estoy echando un polvo, ¿no me ve?”. “¡Grosero!”. “¡Entrometida!”.

1 comentario:

berrendita dijo...

Pues sí que es una jartá, killo. Lo jodido es que hay días que son tal que así (tal que ajín, que dirían en nuestro Cái). Un beso.