Bienvenido a este mi cuaderno de bitácora

Querido visitante: gracias por pasar por aquí y leerme.
Aquí encontrarás ligeros divertimentos y algunas confidencias personales, pocas.
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Guarismo.

domingo, 29 de junio de 2008

54. El cliente presunto, en 400 palabras (treinta y tres).

El cliente presunto

A las nueve y diez, sin puntualidad británica, comencé mi presentación ante la plana mayor, incluido el director general, de mi presunto cliente. Digo buenos días, pido disculpas por los minutos de retraso con sonrisa de oreja a oreja, forzada, conecto el portátil y comienzo la presentación de mi oferta. Estoy algo acelerado, me lo noto, pero creo que voy bien. Con suerte me ajusto a los cincuenta minutos que me quedan, me digo para mis adentros. Sigo exponiendo mi propuesta. Entro en detalles técnicos, no hay más remedio. De repente, el director general se levanta y se va. Tranquilo, me digo. Sigo. Al rato hace lo mismo el director financiero. Me desconcentro, dudo, tartamudeo ligeramente durante unos segundos. Desgraciadamente, no puedo encender un pitillo para calmarme. Me interrumpo y pregunto si debo continuar. Las tres personas que quedan me dicen que sí, pero una de ellas se va inmediatamente. Sigo. Cuando abordo el aspecto económico, se va otra y la que queda no hace más que mirar el reloj. Miro la hora y aún faltan quince minutos para cumplir mi tiempo. Desalentado, me vuelvo hacia la pantalla para señalar unos números y oigo un ruido sospechoso que suena al de una silla que se arrastra. Al volverme, veo que la puerta se cierra sigilosamente. Cojonudo, me han dejado solo.

Me siento, intento calmarme. Trece minutos sólo. Y solo. Pienso. Enciendo un pitillo; no hay cenicero pero utilizaré el cenicero grande, el suelo. Trago el humo que ha de calmarme, con calma, profundamente. Me siento. Mastico mi cabreo, medito; repaso mentalmente la presentación intentando entender las razones por las que me han abandonado así.

Doy la última y placentera calada al cigarro, lo tiro al suelo sobre la espléndida moqueta y lo piso. Cojo papel y pluma y escribo:

“Señores: sé que he llegado tarde. Mis disculpas de nuevo. Sé también que mi oferta es la mejor, como lo saben todos ustedes. La he discutido con la directora técnica durante más de un mes y la he modificado hasta adaptarla a sus caprichosas necesidades… y a sus necedades. No obstante, la retiro en este preciso momento. Son ustedes, como poco, unos maleducados. O, mucho mejor, son ustedes un atajo de imbéciles. Atentamente,” y la firmo. La dejo encima de la mesa sobre una copia de la presentación, rota por la mitad. Recojo mi equipo y me voy.

domingo, 22 de junio de 2008

53. Mi doble, en 400 palabras (treinta y dos).

Mi doble

Yo había pensado siempre que tenía un doble. Un doble exacto. Y hacía mis cuentas: ¿cuál es la probabilidad?, ¿de una diez mil millonésima?, ¿de una mil millonésima parte del número anterior? ¿Menos? No importa. ¿Cuántas estrellas hay?, ¿cuántos planetas?, ¿cuántos millones de años se supone que tiene el Universo? ¿Cuál es la probabilidad de que los nucleótidos de mi ADN sean iguales a los de otro ser que viva en algún lugar y tiempo precisos del inmenso Universo? Esa probabilidad, por infinitesimal que sea, se cumple, me decía.

Lo que no esperaba, como es natural, era encontrarme con él. Mi doble. Me invitaron unos amigos a la fiesta de unos amigos suyos. Fue el 13 de marzo del año pasado y desde entonces ya no soy el mismo. Aún me obsesiona entender por qué me vestí de aquella manera. Los amigos de mis amigos nos invitaron a pasar a su jardín, donde unos preparaban la barbacoa, otros ponían la mesa y algunos charlaban animadamente. Allí lo vi.

Pregunté a mi amigo si aquello era un espejo y me dijo que no, un tanto extrañado por la pregunta. Al parecer, nadie se había dado cuenta. Lo miré y él me miró. Me acaricié mi barba con la mano y él hizo lo mismo. Me puse y me quité las gafas repetidamente para verlo mejor y peor y él repitió, con absoluta sincronía, la misma operación. Nos acercamos. Nos dimos la mano (¡qué sensación más extraña!) sin cruzar palabra, no era necesario, y nos apartamos a un rincón del jardín donde nadie pudiera vernos. Fue una decisión simultánea que no requirió acuerdo previo. Nos miramos fijamente durante largo rato. No hizo falta, insisto, utilizar las palabras. Su cara era la misma que la mía, y su estatura, su tipo, sus formas, su piel morena. Sólo nos distinguía el atuendo. Él llevaba vaqueros azul oscuro y los míos eran blancos; él camisa blanca y yo, azul.

Aquella mañana iba a vestirme exactamente como él, pero, aún lo recuerdo, una extraña sensación que no pude racionalizar me hizo cambiar de idea. Sé que él sentía la misma sensación que yo. Sé que pensaba como yo y exactamente en lo mismo. Los dos pensábamos que ese hecho del que estábamos tan seguros, aun de probabilidad tan infinitesimal, era real. Sin embargo, ni él ni yo entendimos por qué vestíamos de forma diferente.

jueves, 12 de junio de 2008

52. La prisa, en 400 palabras (treinta y una).

La prisa

Vivimos en un mundo que parece hecho con prisa. Bueno, no lo parece, fue hecho con prisa porque está lleno de imperfecciones. Y el hombre lo termina de estropear.

Cierto es que el mundo en que vivimos tiene cosas maravillosas que observar, que sentir, que disfrutar, que tocar, que oír, que degustar… que vivir. Algunas, muchas, nos las brinda la madre Naturaleza, otras, muchas también, nos las proporcionamos nosotros mismos, la humanidad.

Añado ahora que el mundo actual parece hecho para la prisa. Todo es para ya, si no para antesdeayer: en el trabajo, en casa, en la diversión a veces. Yo vivo en Madrid y sí, Madrid está hecho de tal manera que vas siempre y a todas partes con prisa. No te curan la prisa los atascos de todos los días, ni las colas allá donde vayas. Yo creo que te la incrementan.

A mí, en otro tiempo, me llamaban el “notengotiempo”, y era porque iba con prisa a todas partes y nunca tenía tiempo para nada que no tuviera planificado. Y lo planificado se retrasaba, claro, con lo cual el tiempo no cundía y las tareas se acumulaban. Trabajaba desde temprano hasta tarde, alguna noche y casi todos los sábados y domingos, al menos unas horas, para recuperar el tiempo que se me había escapado por entre los dedos de las manos durante la semana. La verdad es que en este oficio que tengo esa situación ha sido una constante durante gran parte de mi vida profesional. Cuando no era una oferta, era un problema aquí, allá o acullá, todos urgentísimos, o una reunión con clientes, o una entrevista, o una reunión de técnicos o de dirección, o una presentación que preparabas sin tiempo, o una demo que hacías sin preparar… No paraba.

Luego, en casa, cuando estaba, tenía prisa por atender a los niños, prisa por hablar con mi mujer, prisa por resolver los asuntos del día a día, prisa por tomar la más tonta de las decisiones. No sé cómo me han aguantado tanto tantos años en casa.

Ahora he llegado a la conclusión de que la prisa no es buena y que no conduce sino a hacer mal muchas cosas. Ahora me aplico el refrán “vísteme despacio que tengo prisa”. Y he ganado en calidad de vida. Cierto que, con los años, estoy más sereno, soy menos pasional, controlo mejor mis impulsos.

martes, 3 de junio de 2008

51. Olas de mis playas de Cái.

Olas de mis playas de Cái. Agua fresca en movimiento continuo. La mar salá hecha olas que te bañan, que te inundan, que te acarician y te arrastran. Olas que te dan vida bajo el sol engañoso del último día de ese mayo tan fresco… Olas que revuelven tu cuerpo entre sus aguas y la arena rubia, olas que seducen tu alma, olas que te llenan. Olas cuyo rumor sabe a sal, olas cuya espuma ciega tus ojos; olas que añoras cuando estás lejos… Olas de mis playas de Cái.


Y este vídeo para que escuhéis la mar...

sábado, 24 de mayo de 2008

50. Disfrute, en 400 palabras (treinta).

Disfrute.

Uno, debe ser por los años, empieza a disfrutar de las cosas pequeñas. Antes también, pero quizá menos. Antes disfrutaba las cosas de importancia, que las deseaba muchísimo. En casa, en el trabajo, en el amor –sobre todo en el amor–, con la familia, con los amigos. Disfrutaba de las cosas materiales, una casa nueva, un coche nuevo, un nuevo equipo de música, ¡un ordenador nuevo!... Disfrutaba todo a tope, que siempre fui muy pasional.

Los años me han cambiado. Ahora, que tengo enta y tantos –aún soy joven, me quedan años para la jubilación, pero ya no tanto (ni por joven ni hasta el júbilo)– resulta que aprecio detalles que antes me pasaban desapercibidos o no los disfrutaba. Desde hace algún tiempo tengo la sensación de que aprecio más plenamente un beso, un gesto, una canción, un piropo –que aún hay quien me lo echa–, un libro, una sinfonía, un gracias o un te quiero. Lo disfruto más. Lo paladeo, lo interiorizo, lo gozo. A veces, sonrío; a veces, hasta me río, cosa que me sorprende, pues he pasado mucho tiempo sin reír. Y hay cosas que me emocionan hasta hacerme saltar las lágrimas –bueno, esto no es por la edad, que también, que me sucede hace ya años, quizás desde siempre; aunque, ahora, más.

Ahora disfruto, por ejemplo, con este mundo de las bitácoras, que siempre me pareció una estupidez, un sinsentido, hasta que me metí en él y lo descubrí. ¿Qué me puede interesar a mí lo que escriban otros? me decía; hasta que descubrí una fábrica y unos lunes y unas palabras y unas fotos y comencé a disfrutar lo que otros publican, dicen, cuentan y escriben. Mi círculo de bitácoras es reducido pero, creedme, lo disfruto.

El hecho es que uno aprende con la vida, como es natural, aunque creo que hay cosas que deberíamos aprender antes y no esperar tanto para ser conscientes de ellas. A los jóvenes, siempre que tengo ocasión, se lo digo, “disfrutad también de las pequeñas cosas, que al final son las que valen”, pero debe ser que no siempre sé explicarlo porque no me entienden, o no me hacen caso.

¡Ah, si pudiera yo volver atrás y gozar de tantos momentos que desperdicié, de aquellos instantes que no disfruté, de tantos detalles que desprecié, de tantas personas que no escuché, de aquellos gestos que no gocé!

jueves, 15 de mayo de 2008

49. Hartura, en 400 palabras (veintinueve).

Hartura

Hoy estoy harto. Estoy harto una jartá, como dicen en mi tierra. Todo empezó esta mañana. El despertador, que me suena todos los días, hasta los domingos, que me olvido cambiarlo, no sonó. No sé qué puñetas le pasó, pero no sonó. No me despertó, claro, y yo tampoco me desperté porque anoche zapeé en la caja tonta y me desvelé pensando en el día de hoy, mi gran oportunidad profesional. Tenía una reunión importante a las nueve y me despertó a las ocho y diecisiete una excavadora maldita –bendita, en este caso– de la obra que tengo enfrente. Tenía que asearme y sacar al perro antes de salir de casa. Tomé sólo café, renunciando a lo mejor de la mañana, la naranja, y al mejor pitillo del día, y me afeité, me duché y me vestí en menos de seis minutos, recordando mis tiempos de la mili. Todo un récord. Mientras me vestía advertí a mi perro: hoy sólo una meada, larga si quieres, que tengo prisa. Bajamos, fumé el mejor pitillo del día, con tiempo, porque mi perro, como era de esperar, no me entendió, meó cinco veces y cagó dos. Aún así, a las nueve menos veinte estaba buscando taxi a la intemperie, con un frío de mil pares de narices y sin abrigo, que lo olvidé en casa. A las nueve y cuarenta minutos llegaba a las oficinas del cliente. Lo del taxista… mejor no contarlo. Por fin, llego. Control de seguridad, tres personas delante de mí. Enciendo un cigarro, estoy casi en la calle y supongo que puedo. No puedo. Lo apago. Subo. La secretaria me dice que ya están reunidos con otro proveedor; le ruego, le suplico, me recuerda que llegué tarde, “vuelva Ud. mañana”. Me voy. Diluvia, no encuentro taxi. Me calo y comienzo a temblar como un pajarillo mojado. Entro en una cafetería. Pido café muy caliente, me quemo pero aguanto… entro en calor. Me sereno, dejo de temblar, enciendo un pitillo, ¡ah, pobre de mí! Un camarero y una cliente se abalanzan sobre mí: “¡Eh, que está prohibido fumar!, ¿es que no conoce la ley?”. Me voy a la puta calle, pero no pago, que se jodan. Sale la señora que me increpó, me mira con una sonrisa de asco y me dice: “¡Qué! Fumando en la calle, ¿no?”, “No, señora, estoy echando un polvo, ¿no me ve?”. “¡Grosero!”. “¡Entrometida!”.

sábado, 10 de mayo de 2008

48. El ascensor, en 400 palabras (veintiocho).

El ascensor

Me levanté, como siempre, a las seis y media de la mañana; antes había oído el despertador a las seis y veintidós, como todos los días, y había disfrutado de ese duermevela hasta que sonó otra vez; me levanté como un autómata, sin pensar apenas, y enfundé mis pies en las zapatillas que me esperaban sobre la alfombra. Era el momento de hacer mis ejercicios de abdominales y, como siempre, los dejé para más tarde. Para desayunar, una naranja y luego café con leche y galletas con mantequilla. Entre medias, un vaso de agua fresca, y luego el pitillo, el mejor cigarro del día. Me afeité y me duché, como siempre. Me vestí: camisa blanca, corbata azul, traje gris marengo, calcetines y zapatos negros, como siempre. Los calzoncillos, blancos con rayas rojas. Ya no hice mis ejercicios de abdominales, los haría al día siguiente. Miré el reloj. Dos minutos. Encendí otro pitillo, le di tres caladas y lo apagué. Cerré la puerta con llave, al salir, y llamé al ascensor, que ya bajaba. Al abrir la puerta estaba ella, como todos los días. Ella es la vecina del piso decimosexto, yo vivo en el decimocuarto. Bella, como siempre, aquel día vestía una falda negra, pocos centímetros por encima de las rodillas, que miré a hurtadillas unas décimas de segundo para comprobar que eran perfectas, como ya sabía, y un jersey de color fucsia con un escote amplio que dejaba sus hombros a la vista. La miré al tiempo de decirle un ¡buenos días! de lo más cariñoso. Me respondió con un susurro, separando apenas sus labios sensuales, y luego me dedicó una amplia sonrisa mientras me miraba. Piso doce. Sus ojos de gata acariciaron los míos, que se encogieron ante tanta belleza. Era el rito diario. Cuando apartó de mí su mirada, en el séptimo piso –aquel día la mantuvo más tiempo que de costumbre– yo deslicé mi vista por todo su cuerpo para grabar su imagen en mi mente. Piso sexto: me mira de nuevo, le sonrío con mi mejor sonrisa y ella abre la boca para decirme algo, pero se detiene. Me sonríe y su vista me recorre en un suspiro. Quinto piso: sus manos se acercan a mi cuello y mi corazón late como loco. Me arregla la corbata lentamente y mi corazón, decepcionado, se tranquiliza. Planta baja: ¡hasta mañana!, nos decimos. La dejo pasar.

domingo, 4 de mayo de 2008

47. Atardecer en mis playas de Cái

Un regalo para la vista y el alma. Algunas gaviotas y yo, solos, viendo cómo el sol se ponía allá por el horizonte en mis playas de Cái, ayer sábado. Hoy sin 400 palabras, bastan las fotos.











miércoles, 30 de abril de 2008

46. Soñar, en 400 palabras (veintisiete).

Soñar

Yo creo que soñar es propio del ser humano... aunque tengo mis dudas: juraría que mi perro sueña de vez en cuando, que lo pillo gimiendo profundamente dormido, recordando quizás algún momento vivido. Será que es propio de los seres vivos.

El DRAE define sueño, en su segunda y sexta acepciones, como “Acto de representarse en la fantasía de alguien, mientras duerme, sucesos o imágenes” y “Cosa que carece de realidad o fundamento, y, en especial, proyecto, deseo, esperanza sin probabilidad de realizarse”.

Se sueña dormido, entonces, que lo otro es una quimera, o sea, una gilipollez. En general uno no controla los sueños cuando duerme y sueña con controlar los sueños cuando despierta. Pero soñamos despiertos más que dormidos, o esa sensación tenemos los que no recordamos los sueños nocturnos. Yo sueño, claro, como todo el mundo. Me gusta soñar, quizás ahora más que cuando joven. Por ejemplo, me gusta soñar que soy joven. ¿Y por qué no? Me siento así, por varias decenas de años que ponga mi DNI. Sueño, por ejemplo, que puedo con aquello y con lo otro, y ya no puedo. Sueño que aún soy capaz de enamorar, y ni de broma. Sueño que me enamoro de nuevo, y lo consigo, pero es de otra forma (en absoluto mala; es, quizás, más plena).

Sueño con que el futuro de mis hijos sea esplendoroso y luego veo que mis hijos son estupendos, pero que tienen que ganarse el futuro ellos mismos. Ya les toca a ellos, y lo va consiguiendo, a Dios gracias.

Sueño con un futuro estupendo, y ¿quién sabe? Hoy la esperanza de vida es bien alta. Sueño en la cantidad de cosas que haré cuando llegue –que aún falta– mi jubilación, que también significaba “júbilo” antiguamente. En mi “júbilo” tengo mucho por leer, mucho por escribir, mucho por viajar, mucho por hablar, mucho que contar..., mucho que cuidar a mis futuros nietos, si las cosas se desarrollan normalmente. Mucho por deleitarme, todavía, con las playas de mi Cái, con la mar, justo cuando estén solitarias, no en pleno agosto. Mucho por padecer y disfrutar los vientos de mi tierra...

Sueño ya con el horario que me impondré y las cosas que haré. No es que ahora no las haga, pero el tiempo las limita.

Hace unos meses alguien me dijo: los sueños son libres, puedes soñar cuanto quieras. Y eso hago: soñar.

sábado, 26 de abril de 2008

45. El squash, en 400 palabras (veintiséis).

El Squash

Hace años, cuando aún era casi joven, me aficioné a jugar al squash. Yo nunca fui deportista. De niño intenté el fútbol, todo un éxito: cuando el balón venía hacia mí, yo, entusiasmado –pocas veces me lo pasaban mis compañeros– iba a por él y... daba una patada al aire, el balón pasaba bajo mi pie y yo, con el impulso, me caía de culo al duro asfalto (de niño jugábamos en la calle, no había campos de césped, ni de tierra). Luego intenté el baloncesto; no lo hacía del todo mal, pero no daba la talla. De estudiante universitario intenté el tenis y seguí año tras año –como el inglés–, pero nada. Un desastre. Abandoné el deporte, porque del esquí ni hablo: ¡piiiistaaaa! gritaba y terminaba sobre la nieve, con un esguince de tobillo y los esquís deslizándose a su aire, que no se sujetaban suficientemente a mis botas de la mili.

Cumplidos ya treinta y tantos, Carlos, compañero de trabajo, en bendito momento, me descubrió el squash. Me entusiasmé. Me cautivó ese juego feroz.

Cuatro paredes, suelo de parqué de 9,75 x 6,40 m. y techo a 5,64 m. del suelo. Chapa frontal de falta de 43 cm. desde el suelo, bandas rojas que determinan la superficie válida, etc. Puede llover, nevar o hacer un sol que raja las piedras, que se puede jugar. Y sólo necesitas a un contrario. Una ventaja.

Me cautivó ese juego endemoniado. Duro, dramático, rápido, rompedor de rodillas, riñones, piernas, espalda... pero genial. Competitivo, divertido, provocador. En fracciones de segundo has de llegar a la bolita, que no bota. Duele el codo derecho, a los diestros, que a los zurdos es el izquierdo; pierdes el resuello, te duele el alma si pierdes, discutes cada bola, cada let y cada stroke. Lamentas los nicks del contrario y disfrutas los tuyos. Sales a la pista a ganar, vas a romper, a luchar. Y pierdes, con deportividad, claro, porque siempre hay alguien mejor que tú. Y cuando ganas, sudoroso y agotado pero feliz, ¡qué placer!

Le debo mucho al squash. Quemas adrenalina, oxigenas tus pulmones, acabas con el estrés del día, te olvidas de los problemas y terminas relajado. Luego, sauna y ducha. Una gozada.

Ahora, con los años, “bola gorda”, más suave, aunque intenso también.

Juego casi a diario y me mantengo en forma, de cuerpo y de alma. Os lo recomiendo.

miércoles, 23 de abril de 2008

44. La cabaña, en 400 palabras (veinticinco).

La cabaña

A Lucía le gustaba pasear por el bosque. Lo hacía desde niña y solía ir una vez al día. Siempre paseaba por la misma zona, a la que ella llamaba mi bosque. No importaba el tiempo que hiciera. Podía hacer calor o frío, o llover, incluso nevar, que ella no se perdía sus paseos por nada del mundo. En setenta y tantos años sólo había faltado a su cita durante tres semanas, dos por el tifus, que casi la mata, y la otra porque sus padres se empeñaron en llevarla a la playa, “tienes que conocer el mar” le dijeron y no le dieron opción. Aquella tarde de invierno caminaba con dificultad por la nieve, en la que se hundía hasta los tobillos, aterida de frío por el fuerte viento norte que soplaba sin descanso y que hacía golpear el aguanieve contra su rostro descubierto. De pronto, se topó con una cabaña que jamás había visto. Había pasado por allí infinidad de veces y nunca la vio. Su cuerpo tembló ligeramente, quizá de miedo, aunque ella lo achacó al frío. Se acercó con cautela y la rodeó, expectante. Intentó ver a través de las ventanas, pero el interior estaba oscuro. Volvió a la puerta principal y llamó con los nudillos. Nada. Insistió. Le pareció oír un ligero murmullo que se acalló tan pronto llamó de nuevo. Esperó. Llamó otra vez acompañándose de un “¿hay alguien ahí?”. Silencio. Ya se iba cuando oyó a sus espaldas el chirrido de la puerta que se abría. Dio un respingo. Volvió sobre sus pasos y escudriñó a través de la puerta abierta. El murmullo que antes oyera era ahora más intenso. Creía identificar voces que cuchicheaban pero no estaba segura. “¿Hay alguien ahí?” gritó de nuevo y dio unos pasos hacia el interior. Silencio. La oscuridad era absoluta, lo que le llamó poderosamente la atención. “Aún no es de noche, debería entrar algo de luz por la puerta”, se dijo, al tiempo que miraba hacia atrás para comprobar que la puerta seguía abierta. Así era. Deslizando los pies por el suelo, y extendiendo los brazos para detectar cualquier obstáculo, avanzó con valentía unos cuantos pasos hasta que la oscuridad se la tragó. “¿Hay alguien ahí?”, repitió. Suavemente volvieron los murmullos y las voces que cuchicheaban llegaron claras a sus oídos. Poco a poco, uno a uno, fue reconociendo a sus amigos muertos.


© 2005, el autor de este blog.

sábado, 19 de abril de 2008

43. Amor platónico, en 400 palabras (veinticuatro).

Amor platónico

Yo creo que lo de amor platónico es un eufemismo. Bueno, no exactamente, porque no sustituye a una expresión violenta, ni grosera, ni malsonante o proscrita, condición de eufemismo. Aunque, a lo mejor, sí. Yo creo que amor platónico es realmente amor inalcanzable, unilateral, imposible… y ¿hay algo más violento que un amor imposible? Yo tengo uno. Se llama Ainhoa. Me la encuentro de vez en cuando, cuando bajo a fumar un pitillo a la puta calle, que en la oficina ya no se puede fumar. Ella es pecadora como yo; quiero decir, fumadora; ya no se sabe si uno peca por fumar, fuma pecando o peca fumando; quizás uno fuma por pecar, no sé. El hecho es que ella y yo fumamos y coincidimos en la puta calle, al pie de la oficina. Ella me encanta: tiene un tipazo, es alta, rubia, joven, simpática, guapa… es perfecta. A lo que iba: Ainhoa es mi amor imposible. Sé que lo es porque ella es joven, yo no; ella es guapa, o guapísima, yo, feo; ella simpática y abierta, yo, antipático y tímido; ella, alta, yo, bajito; ella, esbelta, yo, gordo; ella, deportista –me cuenta que hace “pilates” y juega al tenis cada fin de semana–, yo… todo lo que hago es jugar al mus; ella es ingeniero –me gusta más que ingeniera– y yo, un simple oficinista –me gusta más que oficinisto–; ella, en fin, es una maravilla de niña y yo un cuarentón sin muchas luces. Por eso digo que es inalcanzable... o imposible. Obvio. Pero me gusta y la amo con pasión no confesada. Sueño con ella. Vivo por ella. Es mi ilusión de cada día laborable, que los fines de semana los paso fatal. Y si un día de trabajo no sale a fumar… me quedo triste y angustiado en el despacho, ni fumo siquiera, y me sumerjo entre montañas de papel. Allí me oculto hasta que la veo bajar por un espejito estratégico que me he instalado en la ventana y que está orientado a la puta calle, donde ella y yo (y una jartá de gente más) salimos a pecar, digo, a fumar. Cuando la veo, me salta el corazón y bajo corriendo. Un día de éstos me dirá: “¡Qué coincidencia! Siempre que bajo yo, baja usted a pecar, digo, a fumar conmigo”. Entonces, ¿todo habrá acabado… o será el comienzo?

© 2005, el autor de este blog.

viernes, 11 de abril de 2008

42. En la red de los blogs, en 400 palabras (veintitrés).

En la red de los blogs

Es curioso este fenómeno de los blogs, antes weblog, luego we blog, y ahora blog (en el diccionario panhispánico de dudas ya se incluye blog con el significado de “bitácora”. Bitácora es el “armario, junto al timón, donde está la brújula”. Aunque, en mi opinión, es mejor la acepción “cuaderno de bitácora” –“libro en que se apunta, en orden cronológico, el rumbo, la velocidad, las maniobras y demás accidentes de la navegación”–; pero la economía que practicamos hoy con nuestra lengua nos lleva a simplificarlo. Veremos, algún día, blog, bloguero y bloguear en el DRAE como palabrejas importadas. ¡Qué pena, con lo bonita que es la palabra bitácora!).

Es curioso este fenómeno. Parece que fue Justin Hall el primero que comenzó a escribir un weblog en la Red, allá por 1994, y que fue Peter Merholz quien acuñó el nombre corto blog en 1999.

Los hay de todo tipo, no hace falta decirlo. Cualquiera que navegue por la Red los puede encontrar a miles, o a millones, que es más cierto. Yo, que trabajo desde hace años en este oficio de chalaos que es la Informática, he de reconocer que nunca me interesaron y, mucho menos, pensé en tener uno propio. Pero un día caí en uno que me gustó (una lectora de esta bitácora sabe que me refiero al suyo), me dio envidia (sana, por supuesto) y me decidí a publicar “mis cosas”. Algunas son íntimas –aún no sé por qué las escribí, pero lo hice, las publiqué y ahí están– y otras, la mayoría, un divertimento.

Ahora debo reconocer que me he enganchao a leer otras bitácoras y a publicar en la mía. Y, como el tiempo libre es finito, tengo abandonada la revisión de mi tercera novela y la continuación de la cuarta, ya iniciada, lo que está mal. ¡Ah, la pereza...! Es más fácil escribir 400 palabras que 83.000.

He conseguido tener algunos visitantes fieles. En 60 días, desde que activé las estadísticas, he tenido 671 visitas de 390 usuarios distintos –de los cuales 220 repiten– que han visto 1.420 páginas, cifras bajas desde luego, pero sorprendentes para mí.

Pero, no, no me quiero engañar. Quizás escribo para leerme a mí mismo. ¿Lo hará así la mayoría de los bloguers? No lo sé. Lo cierto es que un visitante me alegra, y un comentario me colma. ¡Ah, la vanidad...!