martes, 6 de junio de 2017
310. Otras 147 semanas sin escribir aquí, en 400 palabras (doscientas veinte).
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domingo, 17 de agosto de 2014
309. Sin escribir… durante 32 semanas en 400 palabras, en 400 palabras (doscientas diecinueve).
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sábado, 4 de enero de 2014
308. El universo es un gran holograma, en 400 palabras (doscientas dieciocho).
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viernes, 8 de noviembre de 2013
307. El fantasma, en 400 palabras (doscientas diecisiete).
Tenemos un fantasma en casa. En serio. Aún no me lo he encontrado, porque yo soy miedoso y no me atrevo a levantarme de madrugada, que es cuando él se pasea por la casa. Pero el fantasma existe y casi todas las noches va a la cocina, no sé si a otras habitaciones también.
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domingo, 30 de junio de 2013
domingo, 23 de junio de 2013
305. El pirómano, en 400 palabras (doscientas dieciséis).
El pirómano
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domingo, 19 de mayo de 2013
304. ¿Vamos a la playa?, en 400 palabras (doscientas quince).
¿Vamos a la playa?
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sábado, 4 de mayo de 2013
sábado, 6 de abril de 2013
302. Más olas de invierno (en primavera) en mis playas de Cái.
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sábado, 30 de marzo de 2013
301. Olas de invierno (en primavera) en mis playas de Cái.
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domingo, 17 de febrero de 2013
300. Qué hora es, en 400 palabras (doscientas catorce).
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viernes, 25 de enero de 2013
299. Una barbaridad, como otra cualquiera, en 400 palabras (doscientas trece).
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domingo, 13 de enero de 2013
298. Mi clon, en 400 palabras (doscientas doce).
Estaba yo sentado a una mesa del bar de la esquina, con el frío que hace no hay quien se siente en el parque, tomando mi café y leyendo el periódico, sin mi perrita Pizca, que no la dejan entrar, cuando un hombre se sentó enfrente: “¿Puedo?”, me preguntó, y se sentó sin esperar mi respuesta. “Claro, sí”, le dije, no tuve otra opción. Me miró, lo miré. El parecido era asombroso. ¡Se parecía a mí! Por un momento pensé estar mirando un espejo y ver mi imagen reflejada. Absorto, no dejé de mirarlo. Él, absorto también, me miraba también fijamente. “¡Vaya! Nos parecemos”, dijo. “Sí, parece que sí”, dije. “Pero, ¿a ver? —y me mira con atención, examinándome—, yo soy más guapo”. “Puede ser. Y mayor”, me desquité. “Cumpliré —susurra los años— en dos meses”. “Sí, eres mayor que yo, diez años”. “¿Cómo te llamas?”. Le dije mi nombre. “Yo también me llamo así”. “No es posible”. “Pues lo es”. “Curioso, ¿no?”. “Sí… ¿Dónde naciste?”. “No lo sé”. “¿Qué no lo sabes? ¡Qué raro!”. “Bueno, verás, hace años perdí la memoria y no sé ni dónde nací, ni quiénes fueron mis padres, ni si tuve hermanos. No recuerdo nada de diez años para atrás”. “Pero de los últimos diez, ¿sí?”. “Sí”. “Interesante. Son los años que me llevas”. “¡Ah, sí! Qué casualidad, ¿no?”. “Pues sí…”. “O puede que no”. “¿Por qué dices eso?”. “No sé…”. “Ya”. “¿Y si soy tu futuro?”. “¿Mi futuro?”. “Sí, tengo diez años más que tú, justo los años que recuerdo, nos llamamos igual, nos parecemos o, mejor, somos casi idénticos, aunque yo más guapo, y…”, dijo, dejando en suspenso la frase. “¿Y…?”, pregunté, invitándolo a continuar. “Pues no sé, son muchas casualidades”. “Ya, pero no puedes ser mi futuro, eso sería un fenómeno extraordinario y yo no creo en esas cosas”. “Busquemos más coincidencias”, dijo. Y las buscamos. Y coincidimos en todo. “Esto no es normal”, dije. “¡No!”, respondió. “¿Cómo es posible?”. “No lo sé”. “Me asustas… pero, ¿y si me cuentas tus últimos diez años? A lo mejor me dices cómo voy a vivir, qué me va a pasar, cómo me van a ir las cosas a mí y a mi familia…”. “Si quieres…”, y soltó una profunda carcajada; parecía feliz. “¿Me pides un vaso de agua?”. “Claro”. Me levanté y, cuando volví a la mesa, ya no estaba allí.
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