Bienvenido a este mi cuaderno de bitácora

Querido visitante: gracias por pasar por aquí y leerme.
Aquí encontrarás ligeros divertimentos y algunas confidencias personales, pocas.
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Guarismo.

domingo, 29 de abril de 2012

261. El hombre sin rastro, en 400 palabras (ciento ochenta y una).

El hombre sin rastro.


Estaba triste, el hombre. Yo estaba sentado en un banco del parque que tengo enfrente de casa, leyendo el periódico y con mi perrita Pizca sobre mis piernas (Pizca es pequeña y mimosa), cuando él se sentó a mi lado, suspirando. “¿Le ocurre algo?”, pregunté. “No, nada especial”, me respondió. Callamos. Lo observé de reojo. Bien vestido, recién afeitado, porte elegante, su cara denotaba bonhomía. El hombre tendría unos 80 años, quizá algunos más. Pasado un rato me dice: “¿Le importa que le hable?”. “No, en absoluto, dígame”. “Soy el hombre sin rastro”. “¿El hombre sin rastro?”. “Sí, verá: he estado repasando mi vida y me doy cuenta de que no he dejado rastro. Le explico: de niño, de joven, tuve amigos: en el vecindario, en el colegio, en la Universidad; con el tiempo, esos amigos fueron desapareciendo, aunque intenté mantener viva esa amistad llamándolos o escribiéndoles de vez en cuando. Ellos no hacían lo mismo y la amistad se perdió. Luego, en el trabajo, conviví con mucha gente durante muchos años y en varias empresas: jefes, compañeros y subordinados. Contraté a muchos, les di trabajo, siempre me desviví por ellos, especialmente por los que dependían de mí, y no fueron pocos los favores que hice a la mayoría de ellos. Además, trato exquisito siempre (excepto a un par de jefes, lo reconozco, a los que cogí una inquina especial). Cambié de empresa, varias veces, y era yo el que llamaba para interesarme por ellos. Pero ni aquéllos por los que más peleé, a los que más cuidé o favorecí, se acordaron de mí. Yo los llamaba, pero ellos no hacían lo mismo y la relación se perdió. ¿Qué amigos tengo “de toda la vida”? Mire usted: ninguno. He luchado por ellos, los he tratado de la mejor manera que sé, a veces me he desvivido… pero si yo no contactaba con ellos, no había contacto. Y el tiempo pasa y hace olvidar. Cuento con los dedos de una mano los compañeros con los que aún sigo teniendo alguna relación y es así porque la iniciativa la llevo yo. Y, ¿sabe usted?, me duele. Llego a la conclusión de que no dejé rastro en ninguna persona, en ningún sitio. Nadie se acuerda de mí. Creo que hice muchas cosas buenas por mucha gente, pero no dejé rastro. Por eso digo que soy el hombre sin rastro…”.

domingo, 22 de abril de 2012

260. El camino, en 400 palabras (ciento ochenta).

El camino

Veía el final del camino allá a lo lejos. Demasiado lejos. Me daba pereza andar tanto, pero había de hacerlo. Era mi camino y no tenía otra opción que recorrerlo. Me puse a andar. Desde aquella perspectiva, el camino parecía recto y limpio. Bordeado por multitud de árboles y matorrales, algunos con flores, hasta parecía bonito. A mí me lo pareció y me entusiasmé mientras andaba. Aceleré el paso y terminé corriendo. A medida que corría, mi contento era mayor y mi entusiasmo, desbordante. Era joven. La pasión me invadía y el camino parecía esperanzador y sin obstáculos. La verdad es que no veía el final del camino, sólo lo imaginaba. El camino se perdía allá a lo lejos y no podía ver el final. No importaba. Yo lo recorría con entusiasmo, y con prisas. Lo veía tan largo que tenía que correr. Lo entiendo, porque entonces era joven y tenía que ser así. Bendita juventud. No recuerdo que tuviera obstáculos… o sí, no lo sé: quizás, si los había, los superaba sin problemas, con ganas, con ilusión. Corrí mucho, aunque no siempre con éxito, supongo. Pero no importaba: vivía la vida con fruición. Bendita juventud. Corrí mucho, sí, tanto que no hubo tiempo de fijar todo en mi memoria. Lástima. Intento revivir aquellos años de joven y no lo consigo. Me hago un resumen, pero no consigo revivirlos. Tengo sólo una idea vaga de aquellos años. Y me da rabia tener tan mala memoria porque me gustaría recordar cada detalle, cada vivencia, cada sensación. Si recordara todo, podría volver a vivirlo. Supongo que por eso no lo recuerdo, porque no es posible vivir la vida dos veces. Ni siquiera con la mente. No sé qué dirán los psicólogos y psiquiatras al respecto, pero yo creo que no es posible. Si lo fuera, yo me enfrascaría en vivir mi vida de nuevo y entonces, quizá, no viviría mi vida actual. O sí, no lo sé. O no viviría mi vida actual hasta que no reviviera la de años atrás. Vaya lío. En cualquier caso, no puedo hacerlo, o no sé hacerlo, y he de vivir mi vida actual. No me quejo de ello, en absoluto. Es cierto que el final del camino está más cerca, claro, es ley de vida, pero espero que esté aún muy lejos. Aunque no pueda revivir mi juventud, viviré lo que toca ahora.

domingo, 15 de abril de 2012

259. Más gaviotas y olas en mis playas de Cái.

Tres minutos de gaviotas...

... y dos minutos de olas

domingo, 8 de abril de 2012

domingo, 1 de abril de 2012

257. Diferencias, en 400 palabras (ciento setenta y nueve).

Diferencias

A él le gustaba el deporte; a ella, no. A ella le gustaba el cine; a él, no. Ella era ordenada; él, un desorden en sí mismo. Él era la decisión personificada; ella, la indecisión más absoluta. Él era de ideas fijas; ella, una variación continua. Él quería siempre; a ella le dolía la cabeza. Ella trabajaba en la oficina y en casa; él sólo trabajaba en la oficina, muchas horas, eso sí, y en casa descansaba. Él nunca entendía que ella estuviera cansada; ella no entendía que él no la entendiera. A ella le encantaba leer; él prefería la tele, más si retransmitían deporte. Él madrugaba; ella, trasnochaba. Ella aprendía francés; él, inglés. Ella cocinaba; él, a lo sumo, hacía el café. Ella quería tener un hijo; él prefería esperar. A él le volvía loco viajar al extranjero; ella prefería no salir de España. A ella le encantaba la playa; él huía del sol. Él era alto y fuerte; ella, un metro sesenta y delgada. Ella disfrutaba practicando nudismo; él era un pacato. A él le atraían casi todas las mujeres; a ella, ningún hombre excepto él. Ella era generosa; él, egoísta. Él fumaba; ella, no. Él bebía; ella, no. Ella comía frugalmente; él comía de forma exagerada. A él le gustaba comer fuera de casa; a ella, comer en casa. Él no reparaba en gastos; ella era ahorradora. Él necesitaba aclarar las cosas cuando discutían y llegar al fondo de la cuestión; ella, dejar el tema y no profundizar. Cuando él se enfadaba, hablaba sin parar; ella, en cambio, cuando se enfadaba, callaba. Él perdonaba pronto; ella tardaba mucho más. Ella era rubia; él, moreno. Él era celoso; ella, no. Él era ambicioso; ella, se conformaba con lo que tenían. Si por él fuera, cambiarían de coche cada año; a ella le daba absolutamente igual. Ella quería una casa en la playa; él, en la nieve. Él practicaba esquí; ella, hacía natación. Ella andaba mucho; él odiaba caminar. Él era previsible; ella, imprevisible. Él no sabía mentir; ella, sí. Él era débil; ella, fuerte. Él era más sensible que ella. A él le seducía la pereza; ella era diligente. A ella le gustaban los animales; él los odiaba. Ella tenía un perro; él nunca lo consideró suyo. Ella bailaba muy bien; él era un patoso.

Y, a pesar de todo, o quizá por eso, se amaban locamente.

sábado, 24 de marzo de 2012

256. Te quiero, en 400 palabras (ciento setenta y ocho).

Te quiero

—Te quiero.

—Y yo.

—¿Sí?

—Sí, claro.

—¿Tanto como yo a ti?

—O más.

—No es posible.

—Sí lo es.

—Pero es que yo te adoro.

—Y yo.

—¡Venga ya! Y los cuarenta años que llevamos juntos, ¿no te han cansado?

—No. ¿Y a ti?

—Tampoco. Aunque el amor no es el mismo, ¿no?

—No, no es el mismo, es cuarenta años más viejo.

—¿Y tú crees que es distinto?

—Sí, por supuesto.

—¿Por qué?

—Pues…, no sé. Yo creo que es más sereno, más consciente, más sensato, más equilibrado.

—¿Cuál te gusta más?

—Pues… yo creo que en cada momento el suyo.

—Pero yo echo de menos el calor. Ahora, nuestro amor es más frío, ¿no?

—¿Más frío? ¿Por qué lo dices?

—No sé, ya no es tan tempestuoso como antes.

—Mejor, ¿no?

—Bueno…, si tú lo dices. Pero a mí me gustaba la pasión de antaño.

—A mí también, pero ya no tenemos edad.

—¿Tú crees?

—Sí.

—Pues no estoy de acuerdo.

—¿Por qué?

—Porque sigo sintiendo pasión.

—Pero no como antes.

—Es distinta, pero es pasión al fin y al cabo.

—Más tranquila.

—Quizá.

—Más sensata.

—Sí.

—Más madura.

—Sí, lo cual es una pena.

—¿Una pena? Yo no opino así. La madurez nos produce una satisfacción que antes no sentíamos.

—Pero no me negarás que la pasión de antaño era puro fuego.

—Sí, pero se apagaba pronto.

—No tan pronto. Lo recuerdo con cierta nostalgia.

—Y yo, pero prefiero la pasión de ahora.

—Pues yo tengo mis dudas.

—Antes éramos más egoístas.

—Puede ser, pero disfrutábamos más.

—Yo, ahora, disfruto mucho.

—Sí, sí, pero entonces era puro fuego.

—Y ahora son brasas que duran más.

—Pero queman menos.

—No lo creo. Ayer casi me abraso.

—Pero no te quemaste.

—No, pero fue culpa mía. Pensé en lo que no debía.

—Claro, ahora te distraes más.

—No, no es eso, pero tengo que hacer esfuerzos para concentrarme.

—¿Y antes no?

—No, ya sabes que no.

—También te pasaba.

—No, no es cierto.

—Sí que lo es. Haz un esfuerzo de sinceridad, no me engañes.

—No te engaño. Bueno, sí, lo habré olvidado, no sé.

—A veces te costaba, no lo niegues.

—A ti también.

—Nunca.

—¿Cómo que nunca? Ahora me engañas tú.

—Dime un caso.

—Uno no, decenas.

—Dime uno, sólo uno.

—¡Fueron tantas las veces…!

—Creo que me mientes para compensar.

—No. Fue así.

domingo, 18 de marzo de 2012

255. Preocupar, en 400 palabras (ciento setenta y siete).

Preocupar

1.tr. Ocupar antes o anticipadamente algo.
2.tr. Prevenir a alguien en la adquisición de algo.
3.tr. Dicho de algo que ha ocurrido o va a ocurrir: Producir intranquilidad, temor, angustia o inquietud.

Éstas son las tres primeras acepciones con las que define el DRAE la palabra preocupar. No sé por qué la tercera no es la primera, que yo creo que es la acepción con la que más se utiliza la palabra.

Bueno, copiadas las definiciones, diré que yo me preocupo en la tercera acepción. Supongo que como todo el mundo, aunque es cierto que hay quien se preocupa menos y hay quien se preocupa más. Yo muchas veces me digo: “no te preocupes, que se solucionará” cuando tengo un problema. Y a veces recomiendo: “no te preocupes, ocúpate”. Yo mismo me lo aplico cuando el problema depende de mí o es mío.

Otros dicen: “Si el problema no tiene solución, ¿para qué te preocupas? Y si la tiene, ¿por qué te preocupas?”. Es fácil: no te preocupes nunca. Ideal.

No es así. Me preocupo por las personas de mi entorno más cercano. Si lo están pasando mal por alguna razón, me preocupo, me da un salto el corazón cuando pienso en ello, siento angustia. Sobre todo cuando en mi mano no está la solución inmediata. Porque si está en mi mano, puedo actuar y la cosa cambia. Pero cuando alguien próximo a mí sufre, sufro yo también. Y me viene a la cabeza esa sensación de impotencia que tanto pesa, que te aplasta. Yo deseo lo mejor para los que me rodean e intento hacer lo que puedo por ellos. Pero si no depende de mí, la cosa cambia y entonces me preocupo. Cierto es que en unas ocasiones es estúpido preocuparme porque son problemas menores; en otras, porque son problemas que soluciona el tiempo y, además, no dependen de mí; finalmente, hay ocasiones en que me preocupo por alguien que tiene un problema, el problema se soluciona y ese alguien no me lo comunica… y sigo sufriendo inútilmente. ¡Joder! Debería saber filtrar los problemas y preocuparme por aquéllos que realmente lo merecen (que, ¿cuáles son?). Los demás, pues nada: ocuparme si puedo y, si no, ignorarlos. Pero no preocuparme. Hacerlo es sufrir de forma gratuita y sin conseguir nada. Sufro porque ellos sufren… ¿y si ya no sufren? Son horas de angustia sin sentido.

domingo, 11 de marzo de 2012

254. En un segundo, en 400 palabras (ciento setenta y seis).

Un segundo

“Ni ves, ni oyes, ni entiendes, ni sabes”. ¡Toma ya! Todo eso en un segundo, no más. Podría haber añadido: “inútil, imbécil, basura, incompetente”, pero no lo hizo. Menos mal. Claro que, entonces, si lo añade, habría tardado más de un segundo y no sería lo mismo. Los insultos tienen que ser rápidos y contundentes. Podría haberme dicho: “ciego, sordo, tonto y necio”, pero no habría sido lo mismo. “Ni ves, ni oyes, ni entiendes, ni sabes” es, ¿cómo diría? ¿Más elegante?, ¿más sutil?, ¿más educado?, ¿más fino? No lo sé. Quizá. Y todo por una idiotez. Ella dijo: “¡Anda, se me olvidó colocar a los chinos en orden” (lo dijo después de limpiar el polvo; los chinos son siete figuritas que adornan una de las estanterías de la librería de mi despacho; hoy le tocaba a ella limpiar la casa y, ¡vive Dios!, lo hace a fondo). Y yo le contesté: “Pues menos mal que no lo vi, que si no, te echo una bronca”. Se lo dije en broma, claro. No iba a echarle una bronca después de todo su trabajo, aunque lo hubiera visto. Pero ella no se lo tomó así y fue entonces cuando me dijo: “No, si tú ni ves, ni oyes, ni entiendes, ni sabes”. Aunque en este caso yo sólo “no había visto”. Lo de oír, entender o saber no venía a cuento. Pero era la ocasión: aprovecha y suelta todo lo que viene de atrás. No le quito razón, que la tiene: a veces, yo, tampoco oigo. O no entiendo. O no sé. Es cierto, pero creo que no es para echarlo en cara todo de golpe. O, por lo menos, para hacerlo por un hecho nimio.

Pero, claro, las mujeres son así (yo, a mi mujer, la quiero que la adoro). Son muy complicadas. Es difícil acertar con ellas. Requieren dedicación continua y no tienes otra opción que dársela. No importa lo que estés haciendo. Puedes estar concentrado en tus cosas, que eso no vale. Por ejemplo, te concentras leyendo. Si estás con ella, es imposible, porque te interrumpe continuamente. Está en su derecho, probablemente. Pero a ella tienes que prestarle atención en todo momento, hagas lo que hagas. Tienes que escucharla, entenderla, mirarla, saber del tema y contestarle adecuadamente. Pobre de ti si no lo haces. Porque, entonces, ya sabes: “ni ves, ni oyes, ni entiendes, ni sabes”.

martes, 6 de marzo de 2012

253. Trabajar, en 400 palabras (ciento setenta y cinco).

Trabajar

Como ya conté, últimamente hago nada. Como dije también, lo divertido es que no termino y al día siguiente hago nada de nuevo. Esto ya lo publiqué basado en un chiste genial que me llegó por correo. Hay que reconocer que el chiste es ingenioso y refleja la situación de muchos, la mía en concreto. Hay un matiz que quiero resaltar: digo que hago nada, no que no hago nada. Es distinto. Que cada uno lo interprete como quiera.

Pues estaba yo muy feliz haciendo nada cuando a mi hijo y su mujer se les ocurre mandarme trabajo. Se quieren especializar en unos temas determinados dentro del mundo infinito de Internet y quieren que les eche una mano. Y, casi al mismo tiempo, qué casualidad, un amigo me pide que le remoce unas páginas web que le hicimos hace un montón de años para su empresa. Miel sobre hojuelas. Aplicaremos lo que vayamos aprendiendo a esas nuevas páginas.

Así que ahora me toca trabajar. Se acabó el hacer nada, con lo bien que me lo pasaba. Tendré que actualizarme, estudiar para aprender nuevas técnicas y, además, trabajar. Ya llevo dos días haciéndolo y me he enganchado. Hasta me he obsesionado con lo que tengo que hacer y mi conciencia se rebela si me dedico a otra cosa. Por ejemplo a esto, a escribir mi blog semanal que, por cierto, olvidé publicar este domingo, como es mi costumbre obligada, porque me obsesioné con el trabajo. Yo tengo ese problema: me obsesiono cuando algo me gusta, o me obligo a hacerlo porque quiero, y no hago otra cosa a gusto, pienso que estoy perdiendo el tiempo. Por eso no escribo, a pesar de mis propósitos, porque realmente no lo quiero hasta el punto de obsesionarme. Cuando me obsesione, escribiré.

Ahora, como empiezo a obsesionarme con este trabajo, trabajo. Y me entra ansiedad. Yo me digo que soy ya muy viejo para aprender y, además, me da una pereza infinita. Reconozco que me cuesta. Lo de la ansiedad es porque quiero empezar ya a “trabajar”, es decir, a producir, antes de estudiar, de aprender. Pero no es así. Primero, he de recordar cosas que supe y habilidades que tuve; segundo, he de aprender. Espero que me ayude eso de que “más sabe el diablo por viejo...” y poder aplicar mi experiencia pasada, que es mucha o, al menos, larga. Que así sea.

domingo, 26 de febrero de 2012

252. Escribir, en 400 palabras (ciento setenta y cuatro).

Escribir

Me he propuesto escribir de nuevo. No es fácil. Llevo tiempo sin hacerlo y es que no me ha dado la gana. No encuentro otra razón, porque escribir es cuestión de querer. Eso, al menos, creo yo. Y si no quiero, no escribo. Y si quiero, escribo. Así de sencillo. Me he propuesto escribir, pero ¿quiero? No lo tengo muy claro. He retomado una novela que ya empecé y de la que tenía escritas apenas diez páginas. Me he apuntado a un taller de escritura, por si me ayuda. Llevo varios meses queriendo querer escribir y ya he revisado las diez páginas escritas de la novela que tenía empezada y hasta he escrito hasta cuatro páginas nuevas. Empiezo a querer escribir, pero aún no lo consigo. Y digo esto porque escribir es querer, ya lo he dicho, pero también es algo más: pensar en ello hasta obsesionarte con lo que escribes. Y esto aún no lo he conseguido.

Recuerdo que, cuando escribí Viento de Levante, mis personajes me obsesionaban tanto que llegaban a tener vida propia dentro de mí y ellos mismos se escribían. Yo creo que fue porque quería escribir. Fue una sensación extraña pero satisfactoria: cuando mi trabajo, mis obligaciones y mi rutina me permitían un breve descanso, pensaba en ellos y progresaba mi escritura, que era la de mis personajes. En cuanto tenía un rato libre, me sentaba ante el ordenador y dejaba que lo ya pensado se reflejara en el papel y se escribiera solo. Luego venían los retoques, claro, y las muchas revisiones, pero la trama fundamental ya estaba escrita.

Viento de Poniente me costó algo más. Si VdL me costó un año, VdP me costó tres largos. No sufrí la misma obsesión y tuve que esforzarme. Quería querer escribir y lo conseguía parcialmente. Con Viento Norte, que cerró la trilogía, ya no quería escribir, ni siquiera quería querer escribir. Por eso me costó tanto, cinco años quizá, y el resultado no fue bueno pues la terminé porque era mi compromiso, no porque la novela terminara por sí misma.

Para escribir una novela, te tienen que obsesionar sus personajes y querer escribir. En ello estoy ahora: Nadia, David, Manel, Ramiro, Darío, ¿cuál era el nombre de la mujer de David? ¿Estela? No. Eso me está ocurriendo, aún no me han obsesionado los personajes. Estoy empezando a querer escribir, pero aún no quiero del todo.

domingo, 19 de febrero de 2012

251. El cierro, en 400 palabras (ciento setenta y tres).

El cierro

Me gusta asomarme a la calle. Lo hago por el cierro del salón, ese mirador que en mi tierra gaditana llaman así: cierro. El cierro está a nivel de calle y generalmente se cierra con puertas de cristales. Tiene una ventaja: te puedes ocultar tras los visillos y escuchar lo que se dice fuera sin ser visto; incluso puedes ver sin que te vean, si eres prudente. A mí me gusta ver y oír lo que pasa fuera, enfrente de mi casa. Hay una parada de autobús y siempre hay gente. Cerca hay un hospital y está el ayuntamiento, por lo que por delante de mi casa pasa mucha gente y mucha se detiene a esperar el autobús. Soy cotilla, lo sé, pero me encanta oír lo que dice la gente. Suelo tomar apuntes de lo que oigo, porque estoy escribiendo un libro. Sospecho que tardaré años en terminarlo, porque no todas las conversaciones que oigo ni todos los personajes que veo son dignos de aparecer en mi libro. Soy muy selectivo, sólo quiero escribir aquellas historias que tengan interés y describir sólo a la gente que sea interesante. Es muy entretenido, porque en cuanto oigo algo o veo a alguien empiezo a tomar apuntes. Cuando el tema o las personas no me interesan, tacho todo y espero a la siguiente conversación. Tengo que ser paciente, porque ¡hay que ver cuántas tonterías dice la gente! Hay días que no consigo salvar ni una historia de mis apuntes. Todo lo anotado son nimiedades, porque nimiedades son las que se han dicho delante de mi casa, mientras se espera al autobús. A veces me desespero, pero procuro tener paciencia. Algún día oigo un tema interesante y entonces me pongo como loco a escribir. Lo hago tan rápido que luego no entiendo mi letra, por eso procuro pasarlo a limpio pronto, para que me ayude mi memoria. Lo malo es cuando en plena conversación interesante llega el autobús. Me pierdo el final. Y para mi libro las historias deben de ser completas. En una ocasión en que el tema me interesaba mucho salí corriendo de casa, con mi cuaderno y mi pluma, a intentar coger el autobús. Lo perdí, pero corrí y lo cogí en la siguiente parada. Localicé a los personajes y me puse a su lado. Seguí tomando nota. Cuando se dieron cuenta, se callaron y casi me matan.

jueves, 16 de febrero de 2012

250. Lecturas (más) en 400 palabras (ciento setenta y dos).

Lecturas

“Las legiones malditas” y “La traición de Roma”, de S. Posteguillo. Buenas novelas históricas, continuación de “Africanus”, la primera de la trilogía. Las he disfrutado.

“Gog”, de G. Papini. De obligada lectura, relectura en mi caso después de un montón de años. Original, de vasta cultura, muy ingenioso y surrealista, este Papini. La obsesión de coleccionista de Gog es arrolladora e imaginativa. Las entrevistas o visitas a personajes famosos (Gandhi, Einstein, Freud, Lenin, Edison, Wells, Shaw y Hamsun), geniales. El deseo obsesivo de Gog por acabar con la Humanidad, tétrico. Las ideas sobre la religión, originales y rebuscadas algunas. Independientemente de quién fue Papini y de su trayectoria, hay que reconocerle su obra.

“Palabras y Sangre”, de G. Papini. Delirante. He disfrutado con el mundo que describe y los personajes absurdos que define. Son relatos independientes, pero que tienen en común la extravagancia, el esperpento. “La primera y la segunda”, “El prisionero de sí mismo” o “El hombre de mi propiedad” y “La buena educación” o “Las almas cambiadas” son sencillamente geniales. Sin embargo, los últimos relatos decaen. Supongo difícil mantener esa imaginación enrevesada durante tantos capítulos.

“Dime quién soy” de J. Navarro. Entretenida. Algunos episodios, interesantes. Extensa, 1097 páginas. A pesar de que relata la azarosa vida de la protagonista, tengo la sensación de que no la define completamente, aunque describe muy bien sus andanzas.

“La caída de los gigantes” de K. Follet. Interesante. Relata la primera gran guerra, explicando bien sus causas.

“El sueño del celta”, de M. Vargas Llosa. ¡Vaya…! Buena prosa, como corresponde al premio Nobel, pero la vida de Roger Casement no es, en absoluto, interesante para mí. Su estancia en El Congo, sus aventuras en la Amazonía y su sueño independentista irlandés no me atraen lo más mínimo.

“El gozo de escribir”, de N. Goldberg. Quien me la recomendó me dijo, literalmente: “No sé de ninguno de mis alumnos que haya terminado de leer este libro; tales son las ganas que te entran de escribir…”. Bueno, yo aún no he terminado de leerlo y no creo que lo termine nunca. Tal es el tostonazo que es, una americanada sin fuerza alguna… Ahora entiendo que ninguno de los alumnos de quien me lo recomendó lo terminara… no por escribir, sino por lo malo…

“Viento de Levante”, de M. Pardo de Donlebún. La estoy releyendo. Me vuelve a gustar. Efectivamente, engancha y merece la pena.

domingo, 5 de febrero de 2012

249. La camisa, en 400 palabras (ciento setenta y una).

La camisa

—Creo que cometí un error. Metí tu camisa en la secadora.

—¡Joder! ¿Cómo se te ocurre?

—Creí que era un trapo blanco.

—¡Si es que no te fijas, haces todo a la carrera, no tienes cuidado!

—No es así, simplemente la confundí con un paño blanco. No tiene nada que ver con las prisas.

—No, es porque todo lo haces alocadamente. Eres un desastre.

—Bueno, lo que me queda es pedirte perdón… y comprarte una camisa si es que se ha estropeado.

—No, ni hablar.

—Pues si la he roto, bueno, si ha encogido, te compro una y no hay más que hablar.

—No, porque no la encuentras. Es de verano y estamos en invierno.

—Pues busco una parecida.

—No la hay. Fue una oportunidad y ya no se encuentra.

—Alguna habrá.

—Que no, no insistas.

—¿Y qué puedo hacer?

—Pues rezar para que no haya encogido.

—Pruébatela.

—No quiero.

—Entonces, ¿cómo sabes que ha encogido?

—Seguro que sí. No hay más que verla.

—Pues yo la veo y no noto nada.

—Porque no es tuya, es mía.

—Pues te la pruebas y salimos de dudas.

—No.

—¿Entonces?

—Lo sabré en verano.

—Pero te la has puesto hace poco, ¿no?, estaba en la lavadora.

—Sí, pero no me la pondré otra vez. Además, ahora me quedará pequeña.

—Y dale; si no te la pruebas no lo puedes afirmar así.

—Seguro que ha encogido.

—¿Por qué, para salir de dudas, no te la pruebas en lugar de discutir?

—Porque no me da la gana. Ya te lo he dicho antes.

—Bueno, pues te compraré una camisa.

—Ya te he dicho que no. Además, no la vas a encontrar.

—Quizá, pero a lo mejor sí.

—No. Es imposible.

—Pues una parecida.

—No la quiero, quiero ésa.

—Pruébatela.

—No.

—Bien, ¿y qué puedo hacer para arreglarlo?

—Nada.

—No entiendo. Vamos a ver: he metido la pata, te lo he confesado, te he pedido perdón, quiero compensarte… y tú me dices que no a todo.

—Sí.

—¿Quieres que me flagele?

—Si te apetece…

—No me das ninguna opción.

—Sí, que te flageles.

—Vale, pero eso no recupera la camisa.

—No, pero sufres.

—Vaya. Eso te gusta, ¿no? Bien, dame el látigo. Pero, antes, pruébate la camisa, no sea que me flagele en balde.

—No, no me la voy a probar.

—¿Tanto trabajo te cuesta?

—Sí. Es cuestión de orgullo.

—¿De orgullo?

—Sí.