Bienvenido a este mi cuaderno de bitácora

Querido visitante: gracias por pasar por aquí y leerme.
Aquí encontrarás ligeros divertimentos y algunas confidencias personales, pocas.
A mí me sirve de entretenimiento y si a ti también te distrae, ¡estupendo!.
Si, además, dejas un comentario... ¡miel sobre hojuelas! Un abrazo,
Guarismo.

domingo, 26 de febrero de 2012

252. Escribir, en 400 palabras (ciento setenta y cuatro).

Escribir

Me he propuesto escribir de nuevo. No es fácil. Llevo tiempo sin hacerlo y es que no me ha dado la gana. No encuentro otra razón, porque escribir es cuestión de querer. Eso, al menos, creo yo. Y si no quiero, no escribo. Y si quiero, escribo. Así de sencillo. Me he propuesto escribir, pero ¿quiero? No lo tengo muy claro. He retomado una novela que ya empecé y de la que tenía escritas apenas diez páginas. Me he apuntado a un taller de escritura, por si me ayuda. Llevo varios meses queriendo querer escribir y ya he revisado las diez páginas escritas de la novela que tenía empezada y hasta he escrito hasta cuatro páginas nuevas. Empiezo a querer escribir, pero aún no lo consigo. Y digo esto porque escribir es querer, ya lo he dicho, pero también es algo más: pensar en ello hasta obsesionarte con lo que escribes. Y esto aún no lo he conseguido.

Recuerdo que, cuando escribí Viento de Levante, mis personajes me obsesionaban tanto que llegaban a tener vida propia dentro de mí y ellos mismos se escribían. Yo creo que fue porque quería escribir. Fue una sensación extraña pero satisfactoria: cuando mi trabajo, mis obligaciones y mi rutina me permitían un breve descanso, pensaba en ellos y progresaba mi escritura, que era la de mis personajes. En cuanto tenía un rato libre, me sentaba ante el ordenador y dejaba que lo ya pensado se reflejara en el papel y se escribiera solo. Luego venían los retoques, claro, y las muchas revisiones, pero la trama fundamental ya estaba escrita.

Viento de Poniente me costó algo más. Si VdL me costó un año, VdP me costó tres largos. No sufrí la misma obsesión y tuve que esforzarme. Quería querer escribir y lo conseguía parcialmente. Con Viento Norte, que cerró la trilogía, ya no quería escribir, ni siquiera quería querer escribir. Por eso me costó tanto, cinco años quizá, y el resultado no fue bueno pues la terminé porque era mi compromiso, no porque la novela terminara por sí misma.

Para escribir una novela, te tienen que obsesionar sus personajes y querer escribir. En ello estoy ahora: Nadia, David, Manel, Ramiro, Darío, ¿cuál era el nombre de la mujer de David? ¿Estela? No. Eso me está ocurriendo, aún no me han obsesionado los personajes. Estoy empezando a querer escribir, pero aún no quiero del todo.

domingo, 19 de febrero de 2012

251. El cierro, en 400 palabras (ciento setenta y tres).

El cierro

Me gusta asomarme a la calle. Lo hago por el cierro del salón, ese mirador que en mi tierra gaditana llaman así: cierro. El cierro está a nivel de calle y generalmente se cierra con puertas de cristales. Tiene una ventaja: te puedes ocultar tras los visillos y escuchar lo que se dice fuera sin ser visto; incluso puedes ver sin que te vean, si eres prudente. A mí me gusta ver y oír lo que pasa fuera, enfrente de mi casa. Hay una parada de autobús y siempre hay gente. Cerca hay un hospital y está el ayuntamiento, por lo que por delante de mi casa pasa mucha gente y mucha se detiene a esperar el autobús. Soy cotilla, lo sé, pero me encanta oír lo que dice la gente. Suelo tomar apuntes de lo que oigo, porque estoy escribiendo un libro. Sospecho que tardaré años en terminarlo, porque no todas las conversaciones que oigo ni todos los personajes que veo son dignos de aparecer en mi libro. Soy muy selectivo, sólo quiero escribir aquellas historias que tengan interés y describir sólo a la gente que sea interesante. Es muy entretenido, porque en cuanto oigo algo o veo a alguien empiezo a tomar apuntes. Cuando el tema o las personas no me interesan, tacho todo y espero a la siguiente conversación. Tengo que ser paciente, porque ¡hay que ver cuántas tonterías dice la gente! Hay días que no consigo salvar ni una historia de mis apuntes. Todo lo anotado son nimiedades, porque nimiedades son las que se han dicho delante de mi casa, mientras se espera al autobús. A veces me desespero, pero procuro tener paciencia. Algún día oigo un tema interesante y entonces me pongo como loco a escribir. Lo hago tan rápido que luego no entiendo mi letra, por eso procuro pasarlo a limpio pronto, para que me ayude mi memoria. Lo malo es cuando en plena conversación interesante llega el autobús. Me pierdo el final. Y para mi libro las historias deben de ser completas. En una ocasión en que el tema me interesaba mucho salí corriendo de casa, con mi cuaderno y mi pluma, a intentar coger el autobús. Lo perdí, pero corrí y lo cogí en la siguiente parada. Localicé a los personajes y me puse a su lado. Seguí tomando nota. Cuando se dieron cuenta, se callaron y casi me matan.

jueves, 16 de febrero de 2012

250. Lecturas (más) en 400 palabras (ciento setenta y dos).

Lecturas

“Las legiones malditas” y “La traición de Roma”, de S. Posteguillo. Buenas novelas históricas, continuación de “Africanus”, la primera de la trilogía. Las he disfrutado.

“Gog”, de G. Papini. De obligada lectura, relectura en mi caso después de un montón de años. Original, de vasta cultura, muy ingenioso y surrealista, este Papini. La obsesión de coleccionista de Gog es arrolladora e imaginativa. Las entrevistas o visitas a personajes famosos (Gandhi, Einstein, Freud, Lenin, Edison, Wells, Shaw y Hamsun), geniales. El deseo obsesivo de Gog por acabar con la Humanidad, tétrico. Las ideas sobre la religión, originales y rebuscadas algunas. Independientemente de quién fue Papini y de su trayectoria, hay que reconocerle su obra.

“Palabras y Sangre”, de G. Papini. Delirante. He disfrutado con el mundo que describe y los personajes absurdos que define. Son relatos independientes, pero que tienen en común la extravagancia, el esperpento. “La primera y la segunda”, “El prisionero de sí mismo” o “El hombre de mi propiedad” y “La buena educación” o “Las almas cambiadas” son sencillamente geniales. Sin embargo, los últimos relatos decaen. Supongo difícil mantener esa imaginación enrevesada durante tantos capítulos.

“Dime quién soy” de J. Navarro. Entretenida. Algunos episodios, interesantes. Extensa, 1097 páginas. A pesar de que relata la azarosa vida de la protagonista, tengo la sensación de que no la define completamente, aunque describe muy bien sus andanzas.

“La caída de los gigantes” de K. Follet. Interesante. Relata la primera gran guerra, explicando bien sus causas.

“El sueño del celta”, de M. Vargas Llosa. ¡Vaya…! Buena prosa, como corresponde al premio Nobel, pero la vida de Roger Casement no es, en absoluto, interesante para mí. Su estancia en El Congo, sus aventuras en la Amazonía y su sueño independentista irlandés no me atraen lo más mínimo.

“El gozo de escribir”, de N. Goldberg. Quien me la recomendó me dijo, literalmente: “No sé de ninguno de mis alumnos que haya terminado de leer este libro; tales son las ganas que te entran de escribir…”. Bueno, yo aún no he terminado de leerlo y no creo que lo termine nunca. Tal es el tostonazo que es, una americanada sin fuerza alguna… Ahora entiendo que ninguno de los alumnos de quien me lo recomendó lo terminara… no por escribir, sino por lo malo…

“Viento de Levante”, de M. Pardo de Donlebún. La estoy releyendo. Me vuelve a gustar. Efectivamente, engancha y merece la pena.

domingo, 5 de febrero de 2012

249. La camisa, en 400 palabras (ciento setenta y una).

La camisa

—Creo que cometí un error. Metí tu camisa en la secadora.

—¡Joder! ¿Cómo se te ocurre?

—Creí que era un trapo blanco.

—¡Si es que no te fijas, haces todo a la carrera, no tienes cuidado!

—No es así, simplemente la confundí con un paño blanco. No tiene nada que ver con las prisas.

—No, es porque todo lo haces alocadamente. Eres un desastre.

—Bueno, lo que me queda es pedirte perdón… y comprarte una camisa si es que se ha estropeado.

—No, ni hablar.

—Pues si la he roto, bueno, si ha encogido, te compro una y no hay más que hablar.

—No, porque no la encuentras. Es de verano y estamos en invierno.

—Pues busco una parecida.

—No la hay. Fue una oportunidad y ya no se encuentra.

—Alguna habrá.

—Que no, no insistas.

—¿Y qué puedo hacer?

—Pues rezar para que no haya encogido.

—Pruébatela.

—No quiero.

—Entonces, ¿cómo sabes que ha encogido?

—Seguro que sí. No hay más que verla.

—Pues yo la veo y no noto nada.

—Porque no es tuya, es mía.

—Pues te la pruebas y salimos de dudas.

—No.

—¿Entonces?

—Lo sabré en verano.

—Pero te la has puesto hace poco, ¿no?, estaba en la lavadora.

—Sí, pero no me la pondré otra vez. Además, ahora me quedará pequeña.

—Y dale; si no te la pruebas no lo puedes afirmar así.

—Seguro que ha encogido.

—¿Por qué, para salir de dudas, no te la pruebas en lugar de discutir?

—Porque no me da la gana. Ya te lo he dicho antes.

—Bueno, pues te compraré una camisa.

—Ya te he dicho que no. Además, no la vas a encontrar.

—Quizá, pero a lo mejor sí.

—No. Es imposible.

—Pues una parecida.

—No la quiero, quiero ésa.

—Pruébatela.

—No.

—Bien, ¿y qué puedo hacer para arreglarlo?

—Nada.

—No entiendo. Vamos a ver: he metido la pata, te lo he confesado, te he pedido perdón, quiero compensarte… y tú me dices que no a todo.

—Sí.

—¿Quieres que me flagele?

—Si te apetece…

—No me das ninguna opción.

—Sí, que te flageles.

—Vale, pero eso no recupera la camisa.

—No, pero sufres.

—Vaya. Eso te gusta, ¿no? Bien, dame el látigo. Pero, antes, pruébate la camisa, no sea que me flagele en balde.

—No, no me la voy a probar.

—¿Tanto trabajo te cuesta?

—Sí. Es cuestión de orgullo.

—¿De orgullo?

—Sí.

sábado, 28 de enero de 2012

248. No te aguanto más, en 400 palabras (ciento setenta).

No te aguanto más

—¿Sabes?

—Qué.

—Que no te aguanto.

—¿Por qué?

—Porque eres insoportable.

—¿Insoportable yo?

—Sí, tú.

—¿No será al revés?

—¿Cómo? ¿Que soy yo insoportable?

—Sí.

—No, no. Eres tú a quien no soporto. Yo a mí me soporto muy bien.

—Claro, y yo a mí.

—Me cuesta creerlo, porque eres insoportable. Y si eres insoportable lo eres para todos. Para ti también.

—Pues yo me soporto muy bien.

—Permíteme que lo dude. Ayer me decías que no te aguantabas.

—Bueno, era una forma de hablar, no te lo tomes al pie de la letra. Ayer pasé un mal día.

—Ayer y anteayer, y hoy. Estás insoportable.

—Pues no estás tú mejor.

—¿Que no? A mí se me aguanta. Pero a ti no. Llevas una temporada que no hay quien te soporte.

—Eso lo dirás tú. Ni mi familia, ni mis compañeros de trabajo, ni mis amigos me dicen eso.

—Será porque te han visto poco últimamente.

—Me ven todos los días.

—Pues se lo han callado, como me lo he callado yo todos estos meses. Llevas mucho tiempo así.

—¿Meses?

—Meses, sí. Hasta ahora me he callado y he intentado soportarte. Pero ya no puedo más.

—Dime las razones.

—Hay muchas. ¿Por cuál quieres que empiece?

—Y yo qué sé. Eres tú quien dice tener razones. Dímelas.

—Bien, en primer lugar estás insoportable.

—Eso ya me lo has dicho, pero quiero saber por qué.

—Porque no te aguanto más.

—Eso no es una razón, es una consecuencia. Si no me aguantas será por algo, ¿no?

—Sí, claro, por supuesto. Por muchas cosas.

—¿Cómo cuáles?

—Pues mira, llevo tiempo aguantándome si decirte nada con la esperanza de que cambiaras. Así un día y otro. Supongo que te has dado cuenta de mi paciencia, ¿no?

—Pues no. No me he dado cuenta de nada. Lo único que sé es que hoy me estás insultando diciéndome que no me aguantas más y no sé por qué si no me lo dices.

—Te lo estoy diciendo, pero tú no quieres entender.

—¿Entender? Entender qué, si no me lo dices.

—¿Cómo que no te lo digo? Llevo un buen rato diciéndote que estás insoportable y no me haces ni caso.

—¿Que no te hago caso? Te pido que me des razones y no me das ninguna.

—¿Pero qué razones necesitas?

—Al menos una, dime sólo una.

—Que no te aguanto más.

domingo, 22 de enero de 2012

247. Importante, en 400 palabras (ciento sesenta y nueve).

Importante

—Tengo algo importante que decirte.
—Ya, y yo que hoy voy a cocinar de cine. Verás…
—Vale, vale, seguro que lo haces muy bien, pero es que lo que tengo que decirte es importante.
—Ya me lo has dicho. Como siempre tú tienes preferencia, lo tuyo siempre es más importante que lo mío, tú…
—Mira, no empieces. Lo que dices no es cierto. Siempre te doy preferencia a ti y te escucho.
—¡Eso quisiera yo! Nunca me escuchas y si lo haces, rara vez, ignoras lo que te digo.
—Vuelves a faltar a la verdad, o a mentir, como prefieras. Tienes obsesión con que no te hago caso y no es cierto.
—¡Ah! Con que siempre me haces caso, ¿no? Y el otro día cuando te dije…
—Ya, ya. Reconozco que ese día actué mal y no te hice caso, pero fue sólo esa vez. “Una vez maté un burro y me llaman mataburros”.
—¿Sólo esa vez? ¿Y cuando te dije que pusieras…?
—¿La bombilla? Bueno, dos veces. La verdad es que me lié escribiendo y, aunque te dije que sí, luego me olvidé.
—Ya van dos. ¿Quieres que te recuerde más?
—No, porque no hay más.
—¿Qué no? Y el mes pasado cuando…
—Vale ya. Si te remontas en el tiempo… creo que es pasarse, ¿no?
—¿Pasarse? Es que no me haces caso nunca, o no me escuchas. Por ejemplo, ¿qué te dije que iba a cocinar hoy?
—Pues, pues…, sí, una carne exquisita, creo.
—No, ¿lo ves como no me escuchas? No dije qué iba a hacer, sólo te dije que hoy iba a cocinar de cine.
—Sí, de acuerdo, pero es que yo tengo que decirte algo importante.
—Lo tuyo siempre es importante; en cambio lo mío es siempre una nadería.
—No, no digo eso. Pero es que en este caso lo que tengo que decirte es de verdad muy importante.
—Claro, como siempre.
—No, no es el caso. Esta vez va en serio. Otras veces lo que te digo o tengo que decirte no es tan importante y normalmente te escucho y te hago caso. Rara vez te interrumpo.
—Eso no te lo crees ni tú.
—Bueno, pues si no quieres escucharme, no lo hagas. No te contaré nada, aunque lo que tenía que decirte era importante.
—¡Ah! ¿Ya no me lo vas a decir?
—Ya no.
—Pues entonces yo tampoco cocino. Come fuera.

domingo, 15 de enero de 2012

246. El trastero, en 400 palabras (ciento sesenta y ocho).

El trastero

Allí lo guardo todo. El tomavistas (bonita palabra, lamentablemente en desuso), la máquina de cine, los apuntes de la carrera, los libros de Matemática, mi diario de joven, los teléfonos que ya no uso, fijos y móviles, las novelas leídas que no quiero tirar, las raquetas de squash con las que yo no juego, las ideas de cuando era joven y me quería comer el mundo, los originales manuscritos de mi primera novela, los álbumes de fotos de mi juventud, las fotos de las novias que tuve, las cartas que nos escribimos de novios mi mujer y yo, las cartas con las otras novias las rompí, creo, porque no las encuentro, mis ambiciones, las notas que tomaba de vez en cuando, los esquemas de mis charlas, los ensayos de mis conferencias, mis frustraciones, los artículos de prensa que escribí, los cursos que preparé, el listín telefónico de mis contactos, mis anhelos, las actas de reuniones, mi partida de nacimiento, las plantillas de algunas de las empresas que dirigí, los sueldos del personal, los balances, mi depresión con todo lujo de detalles, mis sueños, los retos que todos los años ponía a mis hijos cada uno de enero, que siempre terminaban con “y lávate los dientes”, los compromisos conmigo mismo que a veces me escribía, los incumplimientos, mis momentos más felices, mis planes de futuro, las cuentas de la casa, los equilibrios que hice —hicimos— para salvar nuestro bienestar, el esfuerzo que nos costó sacar adelante a los hijos, unas llaves antiguas que ya no abren nada, unas gafas con cristales por los que ya no veo, los recibos de antaño de la luz, del agua, de los gastos de comunidad, las letras de cuando compramos a plazos el tocadiscos y el aparato de TV, los recuerdos de mi primera novia, las imágenes borrosas de antiguos amigos, los chistes que me hicieron reír, las películas de súper 8, en color y con sonido, los juguetes de cuando mis hijos eran pequeños, mi primer ordenador, el segundo y el penúltimo, mis alegrías, los análisis de sangre, algunas radiografías de mi cuerpo, no todas, que las que usé para ver los eclipses de sol las tiré, la resonancia magnética de mi columna, mis cuitas, las cuentas del banco, mis pensamientos más íntimos, los recuerdos difuminados de mi infancia, los deseos más recónditos. Allí lo guardo todo. Y ya no cabe más.

sábado, 7 de enero de 2012

245. De compras, en 400 palabras (ciento sesenta y siete)

De compras

—¿Qué?

—Nada.

—Pero has dicho algo.

—Sí, pero te prometí no hacerlo, así que olvídalo.

—Como quieras. ¿Te gustan estos pantalones?

—¡Vaya…!

—¿Qué significa “vaya”?

—Según el DRAE algo que satisface o que, por el contrario, decepciona o disgusta. Pero yo creo que significa que ni mucho ni poco, que no me entusiasman esos pantalones, vamos.

—Pues a mí, sí.

—Pues cómpralos.

—Pero si a ti no te gustan…

—Yo no he dicho eso, he dicho un escueto “vaya” que no implica que no me gusten.

—Pero no te entusiasman, lo has dicho.

—Sí. Pero decides tú.

—Pues no sé… ¿tú qué opinas?

—Ya te lo he dicho: ¡vaya…!

—Bueno, pues… tienes razón, a mí tampoco me entusiasman. No me los compro.

—Pruébate éstos si quieres.

—Sí. Pero no. No me compro nada.

—Pero…

—Ya te lo he dicho. Nada. Y no te pongas pesado, no me obligues a comprar.

—Pero si no te obligo, sólo di mi opinión.

—Pero quieres que compre.

—Yo no quiero nada. Quien quería comprar eras tú.

—Sí, pero ya no quiero, no me obligues.

—Y dale, que no te obligo, sólo hice un comentario.

—Siempre dando órdenes.

—No, únicamente dije “pruébate éstos”. Eso no significa que tengas que comprar. Además, añadí “si quieres”. Yo no te ordené nada.

—Sí que lo hiciste.

—Piensa lo que quieras, pero no lo hice.

—Es el problema de ir de compras contigo: siempre me das órdenes, no respetas mi libertad.

—Mira, tú siempre entiendes las cosas como te da la gana. Yo sólo sugerí que te probaras esos pantalones. No te obligué a comprarlos.

—Sí que me obligaste.

—No. Lo que pasa es que me interpretas como quieres. Creo que pagas tu frustración de no encontrar algo que te guste conmigo. Y yo no tengo la culpa.

—Es que tú estás siempre mandando y eso ya sabes que no lo soporto.

—Pero si yo no mando nada… ¡Y eres tú quien se inventa todo!

—Es inútil, tú siempre has mandado mucho y nunca me dejas decidir a mí.

—¿Cómo que no? En esta ocasión te he dicho muy suavemente que si querías podías probarte otros pantalones.

—No fue así, me estabas obligando. Además, los primeros que me probé no te gustaron.

—Yo no dije que no me gustaran. Dije “vaya”.

—¿Y qué significa?

—Ya te lo expliqué.

—Creo que ese “vaya” significaba que no.

—No.

—¡Uf! Eres insoportable.

domingo, 1 de enero de 2012

244. Enamorado, en 400 palabras (ciento sesenta y seis).

Enamorado

De la Osa Mayor, de la Osa Menor, de la estrella Polar, de la luna, de las estrellas, de la mar, de la arena, de mis playas de Cái, del viento de Levante de mi tierra, de algunos amigos, de alguna amiga, de ningún político, de ningún dictador, de ningún avaro, de la verdad, de ningún mentiroso, de la honradez, de ningún ladrón, de la generosidad, de ningún egoísta, del buen hacer, de la bonhomía, de la femineidad, de la hombría, de la bondad, de un buen libro, de la Matemática, del trabajo que realicé en algunas de las empresas en las que trabajé, del trabajo bien hecho, de la eficiencia, de la eficacia, de mi casa, de mi pobre perro Golfo, que murió, de mi perrita Pizca, del squash, del aire fresco cuando lo respiro, de mi cerveza favorita, de un buen rioja, del viento, del agua fresca, del concierto de año nuevo, de la lluvia fuerte, de las tormentas, de los rayos y relámpagos, de las grandes olas, de su rumor incansable, de una buena comida, de la buena música, del colegio de mi infancia, de la ciudad donde nací, de las islas donde viví, de las buenas ideas, de los grandes inventos, de la entereza, del tesón, de ningún jefe, de algunos compañeros, de mis colaboradoras, de alguna vecina, de ningún vecino, del cielo, del esfuerzo, del deporte, de la tecnología, de los programas de ordenador que yo creaba, de la satisfacción del deber cumplido, del éxito alcanzado por méritos propios, de la siesta breve y de la siesta profunda, de la risa, de la alegría ajena y de la alegría propia, del fresco viento de Poniente que me inunda el cuerpo en las calurosas tardes del verano de mi tierra, del buen humor, de la luz del sol, de aquellas novias que tuve, de la ingenuidad de la infancia, de los niños, de una cara bonita, de una mujer dulce, de un buen polvo, de una buena amistad, de la vida, del amor de mis padres, de la entrega de la que hicieron gala, de mis numerosos hermanos, de mis hijos…, enamorado del amor, enamorado de mi mujer. Enamorado de sus actos, de su cariño, de su atención, de su paciencia, de su fidelidad, de su encanto, de su simpatía, de su iniciativa, de su generosidad, de su amor por sus hijos, de toda ella.

sábado, 31 de diciembre de 2011

243. 2012, en 400 palabras (ciento sesenta y cinco).

2012

Dos mil doce. Mil dos doce. Dos doce mil. Mil doce dos. Doce dos mil. Doce mil dos. Veinte doce. Doce veinte. Dos cero uno dos. Uno dos cero dos. Dos uno cero dos. Dos dos uno cero. Uno cero dos dos. Cero uno dos dos. Uno dos dos cero… No sé cómo pintarlo, no sé cómo escribirlo, porque no sé cómo va a ser. Empieza duro, con duros recortes. Era de esperar, a pesar de falsas promesas electorales. La “herencia” es terrible y entiendo las medidas. Qué le vamos a hacer. Todos preferiríamos que no subieran los impuestos, que los bajaran y que todo fuera bien, con pleno empleo y no con cinco millones de parados. Con déficit cero o, mejor, superávit.

Pero no es así. Ojalá que lo sea algún día. Desee luego, para que alcancemos lo deseado, hay que tomar medidas, aunque duelan. Esperemos que sean las correctas.

Yo deseo un 2012 brillante en todos los órdenes de la vida. Y se lo deseo a todos, salvo a un par de enemigos que tengo desde hace ya mucho. A ellos no les deseo nada, tampoco el mal; simplemente, nada (o que los zurzan, que es lo mismo, más o menos). Pero a todos los demás me gustaría desearles un año grande, económica y emocionalmente. Me gustaría que todos, excepto mi par de enemigos, a los que no les deseo nada, sean muy felices. Me gustaría que no hubiera hambre, ni guerras, ni enfermedades, ni calamidades, ni catástrofes, claro, como gustaría a todos. ¡Qué tontería! La utopía.

Lo bueno de que empiece un año nuevo es que nadie sabe cómo va a ser. Los hay que se aventuran y dicen que peor que dos mil once. Ojalá que no. Yo espero que se equivoquen, aunque se basen en datos conocidos.

Los hay que creen en la fuerza común. Quiero decir que creen en que si todos pensamos en lo bueno en el mismo instante, las cosas se arreglarán. La fuerza de la mente humana en comandita. Intentémoslo. Esta noche, en la campanada número doce, con la duodécima uva ya en la boca, pensemos todos al unísono en lo bueno y deseémoslo de todo corazón y con toda la fuerza de nuestra mente. A lo mejor, con todas nuestras mentes unidas deseando lo bueno, lo conseguimos.

En cualquier caso es lo que deseo a todos: todo lo bueno.

domingo, 25 de diciembre de 2011

242. Tropezones, en 400 palabras (ciento sesenta y cuatro).

Tropezones

Tropiezo con ella todos los días a la misma hora. Tropiezo literalmente al volver la esquina de la manzana de mi casa. Tengo la manía de pegarme a la pared, y ella también. Yo voy para allá y ella viene para acá. Y tropezamos.

—Perdón.

—Perdón.

Todos los días lo mismo. En honor a la verdad, debo decir que el primer día fue un mero accidente, pero los siguientes tropezones fueron provocados. Desde luego lo fueron por mi parte, y sospecho que también por parte de ella. A ver, todos los días, de lunes a viernes, a las 7,19 de la mañana, en la misma esquina. Sábados y domingos sobre las diez, cuando yo salgo para ir a jugar al squash y ella va, supongo, al gimnasio, porque lleva una bolsa de deportes.

Los encuentros son agradables. No cruzamos palabra, salvo el ya consabido “perdón, perdón”. El primer día chocamos con todo nuestro ímpetu: el pecho de ella, suave, se aplastó contra el mío y mis brazos no tuvieron otra opción que abrazarla, eso sí, bruscamente y durante apenas unas décimas de segundo. Los siguientes tropezones, ya intencionados, son más placenteros. Cuando vuelvo la esquina, yo abro los brazos y ella se prepara para rodear mi cintura. Yo espero a que su pecho, suave, se aplaste contra el mío y entonces mis brazos abrazan su cuerpo. Los suyos me envuelven a la altura de las caderas. Vamos mejorando la técnica según pasan los días. Nuestros brazos ya no chocan, sino que saben dónde abrazar. Ayer el abrazo duró casi medio minuto y hoy creo que lo ha superado. No decimos nada más que “perdón, perdón” mirándonos a los ojos. Por cierto, sus ojos son preciosos: verdes, como el trigo verde. A mí esos abrazos me encantan y me alegran el día. A ella también le deben gustar, porque repite. Yo cada día pienso en el próximo abrazo y preparo mi táctica. Mañana he de intentar que mi boca choque con su cuello. Habré de bajar la cabeza unos centímetros. Su cuello parece hecho de una piel sedosa y tersa, un premio para mis labios. Después de tres o cuatro tropezones le besaré el cuello. Espero que reaccione bien, aún no la he besado. Más adelante, si todo ha ido bien, orientaré mi boca a su boca. Y, luego, rozaré sus labios y, al poco, la besaré en la boca.

domingo, 18 de diciembre de 2011

241. Haikus con rima, en 400 palabras (ciento sesenta y tres).

Fue y me dijo:

“compón haikus con rima”;

y fue mi hijo.


Haikus rimado,

qué cosa tan horrible

si es mirado.


Haikus en rima,

mejor no los escribas

que me dan grima.


Amplio horizonte,

línea curvada tras

aquellos montes.


Mujer, no quieras

poseerme siempre, no

te atrevieras.


Dime qué pasa,

cuéntame tus cuitas

dentro de casa.


Verde pradera,

que de verde te vistes

en primavera.


Calma, mi niña,

calma; no se gana, por

gritar, la riña.


Dice la gente:

“verdes las han segado”,

probablemente.


Al suelo me caí,

me levanté, me estiré,

marché y recaí.


Si no te creo

no es que no me fíe,

es que no te veo.


Qué difícil es

encontrar un amigo

que te sea fiel.


Dura tarea

la de los pescadores

con la marea.


Duro trabajo

el de hombre y mujer

siempre en el tajo.


Qué divertido

hacer haikus con rima;

tienen sentido.


Sol de Oriente,

amaneces por allí,

vas a Poniente.


Luna oronda

iluminas el cielo,

toda redonda.


Brillante cielo,

de color azul cielo,

inmenso cielo.


Qué pena sientes

cuando lloras silente

entre la gente.


Canta tu trino,

pajarillo locuelo,

es tu destino.


Vuela muy alto,

águila imponente,

sobre los pastos.


Tontas razones

no conducen a nada,

son sensaciones.


El alma llena,

de tu amor rebosa,

el alma plena.


Mal de amores

es lo que yo padezco,

con sinsabores.


No des problemas,

conviértete más bien

en el emblema.


El cuerpo, débil;

la voluntad, férrea;

la vida, flébil.


Vecinos todos,

qué pena da convivir

con tanto lodo.


Vecinas mías,

qué harto me tenéis con

vuestras manías.


Vil asamblea

la de pájaros negros,

qué patulea.


Estúpido sueño

que me hizo imaginar

que era su dueño.


Cuando niño

era mayor; ahora,

de mayor, niño.


Pasado, cierto;

futuro, impredecible,

presente, yerto.


Piensas, existes,

dijo Descartes; pero

cuánto despiste.


Dura espera

a que llegue mañana

cuando la vea.


Espera dura

esperando su amor,

¡cuánta amargura!


Rayos de sol

que calientas mi cuerpo

aun en invierno.


Riman tres versos

en este haikus terso,

que no perverso.


Qué difícil es

hacer haikus fáciles

que rimen también.


Divertido sí es

hacer haikus con rima;

difícil también.


Hacer con rima

un haikus es como mi

opera prima.


Quién sabe cuándo,

quién sabe hasta dónde,

quién sabe cuánto.


En mi corazón

albergo esperanza,

pero sin razón.


Estoy seguro

de que será mañana,

y sin conjuro.


La mar, astuta;

el viento, estridente;

la tierra, bruta.


domingo, 11 de diciembre de 2011