domingo, 11 de diciembre de 2011
domingo, 4 de diciembre de 2011
239. Olas y un baño en diciembre en mi playita de Cái.
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sábado, 12 de noviembre de 2011
238. Sandra o Sonia, en 400 palabras (ciento sesenta y dos).
Sandra o Sonia
La cajera de mi banco, muy guapa, se llama Sandra o Sonia, no recuerdo. Y no se lo puedo preguntar porque ya lo hice tres veces. Es bien sencillo: Sonia o Sandra, cincuenta por ciento de probabilidad para cada nombre. Yo creo que ahí está precisamente el problema: que sólo son dos posibilidades, blanco o negro, arriba o abajo, sí o no, cara o cruz, uno o cero, izquierda o derecha, Sandra o Sonia. Si, cuando me la presentaron, me hubiera quedado con la duda de si era Sonia, Sandra o Sara, seguro que ahora me acordaría de su nombre. Incluso si hubiera pensado en Sara, Sandra, Sibile o Sonia, con un 25 por ciento de acierto. Porque para mí lo más difícil es recordar lo que es cuando hay dos posibilidades. Me armo un lío. Debí de quedarme con que el nombre empezaba por “S”. Tengo una sobrina que se llama Sandra y conozco a una amiga de mi nuera que se llama Sonia (creo que son las dos únicas Sandra y Sonia que conozco). Pues bien, sé que me dije: “¡anda!, como mi sobrina” o “¡anda! como la amiga de mi nuera”, una de las dos cosas, pero ahora no recuerdo cuál. Cuando se lo pregunté la segunda vez me dije: “como mi sobrina” o “como mi sobrina, no”, pues sé que me empeñé en asociarlo al nombre de mi sobrina y así no volver a confundirme. El problema es que no recuerdo si me dije: “como ella” o “como ella, no”; 50 por ciento de probabilidad para cada frase. Se lo pregunté una segunda vez y sé que lo intenté asociar al otro nombre: “se llama igual que la amiga de mi nuera, Sonia” o “no se llama como la amiga de mi nuera, Sonia”. Pero no me acuerdo cuál de las dos frases es la cierta. En una tercera ocasión la llamé por su nombre (o por el que yo creía que era su nombre): “Hola, Sonia”, o quizás “hola, Sandra”. Y me respondió: “No me llamo Sonia, me llamo Sandra” o quizá “no me llamo Sandra, me llamo Sonia”. Ahora no me acuerdo. Mañana, cuando vaya al banco, le diré: “Hola, Sandra” o bien, “hola, Sonia” y apuntaré en un papel pregunta y respuesta. Me obsesiona saber su nombre. El problema es que perderé el papel, me conozco, y vuelta a empezar.
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miércoles, 9 de noviembre de 2011
237. Hacer nada, en 400 palabras (ciento sesenta y uno).
Hacer nada
Me encanta el chiste. Y tenía ganas de hacerlo realidad, después de un montón de años trabajando. No tenía previsto todavía “hacer nada”, pero los avatares de la empresa, por culpa de la maldita crisis ¿qué crisis?, me han dejado sin “hacer nada”. ¡Qué le voy a hacer! No pude hacer nada y ahora lo que hago es nada. Y aún no terminé.
¡No hago nada! Bueno, en honor a la verdad, no es cierto. Hago muchas cosas. Tengo mi agenda llena, pero no voy a contar lo que hago, que no interesará a nadie. Sin embargo, reconozco que la posibilidad de “hacer nada” me causa una enorme satisfacción. Cierto es que hay que hacerlo muy bien.
Levantarme un día por la mañana, temprano —no consigo hacerme con el horario de un parado o prejubilado—, mirar la agenda y preguntarme: ¿qué voy a hacer hoy? y responderme: “nada”, es una delicia. No tener ninguna obligación, no depender de un jefe, una empresa o unos colaboradores es una delicia. Hoy voy a “hacer nada” y me lo digo mirando al espejo y en voz alta. Y me río, y grito por la ventana “¡hoy voy a hacer nada! y mañana también por si hoy no termino”, haciendo mío el chiste. Algún transeúnte me mira pensando que estoy chiflado y un vecino que me odia me mira con desprecio. Este vecino está jubilado, que lo veo asomarse durante horas por el balcón. No hace nada, pero probablemente no es capaz de reconocerlo y está frustrado. Por eso desprecia lo que digo, y a mí. Yo, en cambio, estoy encantado “haciendo nada”. Después de muchos años trabajando, y mucho durante muchos de ellos, decirme a mí mismo que hoy voy a “hacer nada” me parece de un lujo asiático. Una gozada, vamos. Es obvio que “hacer nada” no es no hacer nada. Siempre se hace algo. Pero tener la sensación de “hacer nada”, en contraste a lo mucho que hacía cuando trabajaba, supone disfrutar de una libertad a la que no estaba acostumbrado. ¡Soy libre, hago nada!
A veces mi mujer se preocupa y me pregunta lo que en el chiste: “¿qué vas a hacer hoy?”. Nunca me he atrevido a responderle que “nada”, no sea que piense que me aburro, pero a partir de hoy lo haré: “voy a hacer nada y mañana también por si hoy no termino”.
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domingo, 23 de octubre de 2011
236. La espera, en 400 palabras (ciento sesenta).
La espera
Muchas veces lo comentamos mi mujer y yo: nuestra vida es una espera. Una espera eterna... supongo que como la vida de todo el mundo. Todo el mundo está siempre esperando algo, imagino.
Pero nosotros tenemos una sensación de espera continua. Así ha sido y es nuestra vida.
Primero esperas a casarte (no cuento las esperas previas: ser “mayor”, acabar la carrera, tener coche, echarte novia…). Luego decides tener niños y esperas a que ella se quede embarazada. Luego esperas que el embarazo vaya bien; y cuando el embarazo, por desgracia, no prospera, de nuevo a esperar. Luego vuelta a intentarlo y a la espera... Mientras, mil pruebas, mil análisis, hasta que dan con la tecla correcta.
Luego esperas al hijo. Llega. Tiempo de calma. Vas por el segundo y vuelves a esperar. Llega (al final, todo llega), tiempo de calma.
Cambios de trabajo, tiempos de incertidumbre y de espera, sobre todo de espera.
Luego los estudios de los hijos. Esperas un año y otro y otro... paciencia, que pronto acabarán el bachiller (o como se llame ahora) y la selectividad. Luego, tienen que decidir qué van a estudiar, y esperas. Luego, la carrera… mucha, mucha paciencia. Ya la acabarán. Más espera. Acaban, ¡enhorabuena! A buscar trabajo. Esperas. ¡Lo consiguen, bien! Confías en que les vaya bien.
Se casan. Fijan las bodas. Estás deseando que lleguen (a mí, las bodas me horrorizan, aunque sean las de mis hijos, aunque a ilusión no me gana nadie y hasta me emocioné). Esperas. Parece que no llegan nunca. Luego llegan y pasan en un santiamén.
Situación incierta en la empresa. Esperas. Y esperas. Al final pactas y te vas a la calle. Y queda esperar a la jubilación… ¡joder, que es la última etapa! Y esperas, aunque con cierto miedo.
Llegarán nietos (supongo, es ley de vida), pero hay que esperar. Esperaremos por ellos y, luego, por su futuro. Se repite la historia de los hijos (aunque supongo que será diferente) y, por tanto, vuelta a esperar.
Cuando nos jubilemos los dos, haremos cosas que aún no hemos podido hacer. Esperaremos. Más espera, pero esta vez sin mucha prisa, que el tiempo corre y corre en contra nuestra. Ahora ya se trata de disfrutar, no de esperar. Ya no puedes esperar nada… o no debes. Mejor, no esperes. Porque lo que hay que esperar es mejor que no llegue. Aunque llegará.
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domingo, 16 de octubre de 2011
235. Más idioteces, en 400 palabras (ciento cincuenta y nueve).
Más idioteces
Fui al supermercado a comprar fruta y me traje fruta, cervezas, queso, vino, carne, empanadillas, canelones, unos calzoncillos, calcetines, fuet, pescado y espinacas. También me compré unas ruedas para el coche y un muñeco para la niña. Una pasta. Estoy escuchando música de Beethoven, que me encanta, pero el ruido de la calle me impide disfrutarla a tope; cerraré la ventana. Abajo está el afilador, que viene una vez al año. Me gusta su flauta; es inconfundible. La melodía, digo, que la flauta no la veo. Seguro que cuando decida bajar a que me afile unos cuchillos ya se ha ido, siempre me pasa lo mismo por tardar en decidirme. Lo de la Puerta del Sol empezó con mucho sentido, pero ha degenerado, ¿no? Aunque ahora viene el 15O, internacionalizado, tras aquel 15M. Vale. He abierto las ventanas de la cocina y del salón y estoy en plena corriente. Empiezo a estornudar sin remedio; cerraré el salón. Me ha dicho el médico que tengo la sangre espesa, las arterias estrechas y que deje de fumar. Vale, vale, vale. Cada vez me gusta más el metro y menos el coche. En el metro veo gente variopinta, que me entretiene. Y no falta algún guayabo al que admirar o mirar. Da gusto. Hoy comeré potaje que me ha dejado hecho mi mujer con unos garbanzos que no me dan gases. Exquisito. Ayer cené gazpacho que mi mujer hace mejor aún que el potaje, que ya es decir. Estoy leyendo una novela “gorda” que me gusta mucho, pero como leo al acostarme, sólo leo una página al día, si llega. Me durará eternamente, salvo que la lea en otro momento. ¿Por qué a las once de la noche me entra un sueño tremendo? Esta mañana me levanté con ganas de trabajar y luego se me ha ido el tiempo en idioteces. Menos mal que tenía ganas. La semana que viene me gustaría ir a la playa y olvidarme de todo. Para mí la playa y el sol, y la mar, son media vida. Allí revivo y soy otro. Pero no podré ir, qué mala suerte. Mi amigo el del pecé que tengo que arreglarle no contesta al teléfono. Mejor, así no se lo estropeo, aunque me quedo sin vino, qué pena. Me regala unos riojas exquisitos. He encendido y apagado hasta cuatro pitillos mientras escribo y me acuerdo del médico, ¡joder!
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domingo, 9 de octubre de 2011
234. ¡Salvad la marisma de Carboneros!
¡Salvad la marisma de Carboneros!
Me uno al grupo. Ved el vídeo y juzgad por vosotros mismos. Quieren construir una autovía sobre la marisma.
http://www.youtube.com/watch?
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domingo, 2 de octubre de 2011
233. 3 semanas, casi 4, sin publicar.
Sin publicar
Sí, llevo tres semanas, cuatro con ésta, sin publicar. Me diré que un bache lo tiene cualquiera, a pesar de mi compromiso... Vendrán tiempos mejores, digo yo (y lo espero).
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domingo, 4 de septiembre de 2011
232. Tengo un problema, en 400 palabras (ciento cincuenta y ocho-bis).
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domingo, 28 de agosto de 2011
231. Olas en mis playas de Cái, de un verano que se acaba...
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domingo, 21 de agosto de 2011
domingo, 14 de agosto de 2011
229. Niebla y bandada de aves en mis playas de Cái.
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