Bienvenido a este mi cuaderno de bitácora

Querido visitante: gracias por pasar por aquí y leerme.
Aquí encontrarás ligeros divertimentos y algunas confidencias personales, pocas.
A mí me sirve de entretenimiento y si a ti también te distrae, ¡estupendo!.
Si, además, dejas un comentario... ¡miel sobre hojuelas! Un abrazo,
Guarismo.

sábado, 29 de agosto de 2009

123. Detalles en mis playas de Cái.

Piedra blanca suspendida en el agua sobre la arena

Atardecer

Gaviota entre nubes y cielo azul

Corriente de agua sobre la arena

Lapas

Mejillones

Arena arrastrada por las aguas en la orilla

Huellas de gaviota

Valva

Hombre-buzo o astronauta dibujado en la arena... al azar

Formas repetitivas en la arena en la bajamar

Península Ibérica (dibujada en la arena por azar de la bajamar; yo no lo hice, lo prometo)

"Dibujo libre" en la arena

Corazón sobre la arena

Bandada de aves sobre la mar

sábado, 22 de agosto de 2009

122. Hay que hablar mal de Cái, en 400 palabras (ochenta y una).

Tenía razón Bicho cuando me lo dijo en una ocasión. Los gaditanos debemos hablar mal de Cái y los que vienen a disfrutar de nuestro maravilloso entorno de sol y playas, también (y no volver). Valgan estas 400 palabras, escritas en el andalú que se oye por mi tierra (que ya sé que no lo escribo a la perfección), para evitar que Cái se llene hasta la bandera.

Hay que hablar mal de Cái

Cái eh un desahtre. Yevamos cuarenta díah y cuarenta noshe con el jodío viento’Levante tocándonoh los cohones. Vaya levantera, pisha. Aquí no hay quien vaya a la playa, que’l Levante te clava la arena como alfilereh en el cuerpo. Y la caló. Joé con la caló. Cuarenta gradoh, ojú, y sin podé ih a la playa. Un desahtre, quillo.

Hemos tenío en julio tres díah de Poniente, fresquito, tú. A la playa toermundo. Y la playa a rebosá. No pude ni jugá a lah palah, con lo que me guhta a mí. Ni corré ni paseá. Lah playah de Cái toah como la de Sanlúca. No cabe un arma. Y pá colmo el bando municipá de la’lcardesa, que a mi novia l’han cascao una multa de 300 leuros por hasé er toplé. Lo que fartaba, pisha. Eso eh porque Cái es la reserva espirituá d’ossidente. ¡Joé!

Y luego quiés ih a senar y t’encuentra una cola de mil pareh de cohones. “¿Tenéih reserva udtedeh?”, te pregunta el gashó del restaurán, y tú vah y dise que no. Pos no senas. O te’sperah tomando una tapa en la barra, que pá eso la inventamos aquí, en la venta’erChato. Pero lah tapah eran güenah hase ya musho tiempo. Ahora no. Ahora son una porquería. Ahora toermundo va a ganá guita y la calidá eh un desahtre. Y no digamoh ná de los presios. Un abuso, tío. Te píeh una dorada a la sal y te clavan sien leuros. Y si t’apetese marihco, ya puéh irte al mercao, que’h más barato.

Hay hente pá tó poh tós laoh. Loh turistah, que Cái s’ha puesto de moda y tó loh madrilñeñoh, hale, a Cái. Como si no hubiera máh playah. Me río yo del Benidó ése, seguro q’allí no hay nadie comparao con Cái. Disen q’hay crisi, pero ehto’stá yeno der tó. Y vá presios que pone la hente pa’lquilá una casa. Esto no hay quien lo’guante. El verano que viene yo me voy a Benidó, o a Madrí, que tié q’ehtá vasío. Desidle a vuestroh amigoh que Cái eh un desahtre, que no cabe un arma máh. Ehto eh una locura. Cái era un sitio’stupendo hase años, cuando no había madrileñoh. Ahora cogéh a cuatro y leh preguntáih: ¿vái a ih a Cái? Y treh jodíoh te disen que sí.

Yo me voy borrá. Me voy hasé de Madrí, pá jodé. Un desahtre.

viernes, 31 de julio de 2009

121. Vacaciones, en 400 palabras (ochenta).

Vacaciones

Mañana, sobre las siete, temprano, espero tener el coche listo y cargado, con poco, somos de poco equipaje, para comenzar las vacaciones de agosto. Tres semanas. Voy a Cái, claro, al paraíso. Aunque debiera decir “paraíso”, que no paraíso, que ya no lo es. O no lo es tanto.

Aún conservo en mi retina aquellos veranos de playas solitarias, en sitios paradisíacos. Por ejemplo, los Caños de Meca, otrora PARAÍSO, con mayúsculas, cuando los únicos bañistas éramos mi mujer (¿mi novia, entonces?) y yo y los únicos “mirones”, dicho con todo el cariño del mundo —y más hoy—, la pareja de guardias civiles que batían el acantilado por si aparecía alguna lancha contrabandista de tabaco, que es lo que había en aquellos tiempos… cuando tras el baño en la mar transparente de olas espumosas podías quitarte la sal con el agua dulce de los caños que caían por el acantilado. Y beberla. Luego, aparecieron nudistas —cosa sana—, pero los mirones descarados y pordioseros ensuciaron aquellas preciosas calas. Dejamos de ir hace más de 34 años… ¡Qué pena!

Descubrimos otros sitos y, cuando Cái no estaba tan de moda, disponíamos de playas kilométricas para nosotros solos.

Ahora ya no. Son lindas, maravillosas, las playas de mi tierra. Atlántico abierto, agua limpia, aunque no siempre transparente por la arena que remueven las olas, agua fresca, agua deliciosa. Con sus vientos: el de Levante, caluroso, que levanta la arena y te la clava en el cuerpo como alfileres; el de Poniente, que te refresca, pero te permite tomar el luminoso sol sin pasar calor; el viento Sur, que trae nubes a la playa por la mañana y deja un paisaje un tanto triste, silencioso, calmo, sin sol pero templado. Pero ya no están solitarias mis playas de Cái.

Aún así, no importa. Yo voy a una hora (no diré cuál, no sea que me copien) y me vuelvo cuando la playa se llena. A mí, a nosotros, nos gusta la playa vacía. Mi mujer anda; yo corro un rato, seguido por mi perro Golfo, que me ladra. Luego paseo, hago fotos, tomo el sol. Me relajo disfruto, gozo. Son las tres horas mágicas de cada día de vacaciones.

Luego la rutina deliciosa, casi todos los días lo mismo: descanso, lectura, siesta, escritura, cena, charla, partida de cartas… hasta que se acaban los días, pero ya vendrá el año que viene.

miércoles, 22 de julio de 2009

120. Buena noticia, en 400 palabras (setenta y nueve).

Buena noticia

He tenido una buena noticia. Una noticia estupenda que, no por esperada, deja de ser noticia. De las buenas. Unos cuantos años esperando y, ¡por fin!, llegó. ¡Ufff!

Era lógico. Tenía que suceder algún día y ocurrió. Años de paciencia, insistiendo, desesperando sin que se notara, sin decir casi nada, sólo pensando. Dándole vueltas, imaginando el final lejano, creyendo que a lo peor no era posible, pero sin perder la fe. Con paciencia, intentando no mostrar desesperación, intentando no provocar. Con mucha paciencia.

Y llegó el gran día, hace ya unos días. Maravilloso. Se me saltaron las lágrimas cuando me enteré, en directo, de la buena noticia. No era para menos. Camino despejado. Fase terminada. Ahora, a emprender la siguiente, libre de aquellas obligaciones.

Sufrí mientras transcurría el tiempo sin los resultados esperados. Pero aguanté. Nos costó (incluyo a mi mujer) Dios y ayuda, como se suele decir, pero llegó. Ahora, inmensa alegría, satisfacción, tranquilidad; ya no hay que esperar. Ya llegó. La espera se hizo larga, dura, pesada, insufrible. Costó sobrellevarla, hubo que armarse de paciencia, esa virtud de raíces amargas y frutos deliciosos, hubo que aprender a esperar y no desesperar. No fue una espera de días, sino de años. Bueno, de días también, los últimos. Largos años, días eternos. “Paciencia, paciencia”, nos decíamos. “Todo termina, llegará ese gran día”. Y así fue. Llegó.

No reprocho nada, no doy nada por equivocado, todo fue un acierto. Lo que ocurre es que las cosas no salen como uno quiere. Uno desea lo mejor, pero no siempre ocurre así. O no se cumple en el tiempo pensado, previsto. Sin embargo, se cumple, sí, todo llega. Es cuestión de esperar. Es cuestión de ser paciente y dar todas las facilidades posibles, de aportar comprensión, de insuflar ánimo, de estar seguro de que terminará, de que habrá un final feliz. Es cuestión de ser flexible y no desesperar, desesperando. Todo llega. Que por previsto y esperado no deja de ser importante, de ser gran hito.

Es posible que quien lea esto se pregunte: ¿de qué habla éste? No importa. Hablo de lo mío, de mi entorno, de aquello tan deseado que por fin llegó. No importa lo que sea. Importa que me ha hecho feliz. La espera, el tiempo, la paciencia tuvieron sus frutos. Ahora se olvidan los sinsabores, las malas noticias, el sufrimiento, la incertidumbre… y la eterna espera.

miércoles, 15 de julio de 2009

119. Ya cumplí "enta" años (narrado en haikus).

Voy a contar,
a manera de haikus,
una historia.

He cumplido enta
años, pero no diré
qué dígito es

el que le falta
a enta. Si lo digo,
desvelo algo

que no quiero
reconocer siquiera
a mi corazón,

aunque creo
que mi razón lo sabe.
No me importa.

Allá mi razón.
Si es consciente, peor
lo soportará.

Sin embargo, mi
corazón se conforma
creyendo que yo

soy más joven
de lo que soy; además,
es feliz así.

¿Para qué decir
la verdad? No admito
tener más edad

que la que siento,
que la que creo que he
vivido, que no

son tantos años.
Ni mucho menos. Sólo
faltaría decirme

la verdad. No me
la creería. No me
la creo. Así

que no la digo.
Me quedaré en enta
años, bonito.

Par y en cero
termina. Puede ser hasta
cuatro, cinco, seis.

O siete, ocho,
nueve, aunque tantos no.
Uno de ellos

será. ¿Cuál será?
Daré pistas, algunas.
Más adelante.

Ahora diré
que me siento muy feliz
de ser tan joven,

aunque mi carné
de identidad niegue
lo joven que soy.

Es su problema.
Juego al squash, no tengo
canas salvo en barba,

no tengo calva,
salvo en coronilla;
barriga, poca,

piel tostada
con algunas arrugas
en cara con ojeras,

me gusta la mar
y correr por la playa,
por la orilla.

Aunque lo hago
sólo cuando voy a Cái,
en vacaciones.

En Madrid no hay
playa. ¡Lástima, pena
de ciudad! ¿Cómo

se puede vivir
sin playa, sin la mar de
cerca, sin la sal?

¿Sin el Levante
de mi tierra, sin viento
de Poniente, sin

cielos límpidos,
brillantes, estrellados.
Sin la arena

de la playa, sin
las olas que la lamen
tan suavemente…?

Ciudad de locos.
En fin... Prefiero Cádiz.
A lo que iba:

Las pistas. Nací
hace enta años y
tengo dos hijos.

Hace inta y
siete conocí a mi
novia, hoy mujer,

y en diciembre
serán inta y cinco
años casados.

¿Tengo cuarenta?
¿Cincuenta o sesenta?
Que setenta, no.

No soy tan viejo.
Aún me queda vivir,
si Dios quiere, algunos,

muchos años más.
Digo yo, lo deseo.
¿Y será así?

Bueno, dejemos
el futuro, que no lo
conocemos nada.

El hecho es que
cumplí ya enta años.
Cifra redonda.

Enta años que
he vivido a tope,
con altibajos,

como todo el
mundo; pero no debo
quejarme. Fueron

años dignos
de vivir, divertidos,
duros, felices,

ingratos, gratos,
fáciles, difíciles…
hubo de todo.

Aquí termino.
Ya está bien de hablar
de mí. Sacabó.

(He disfrutado
escribiendo los haikus
que relatan mi

vida en versos
de cinco, siete, cinco
sílabas. ¿O no?

Es ejercicio
sano, curioso, fácil
y divertido.

Aunque esta vez
no los ajusté a mis
400 palabras.)

sábado, 11 de julio de 2009

118. Detalles de mis playas de Cái.

La mar, las olas, las rocas, las conchas, las gaviotas, el atardecer... disfrutando todo a tope en esta semana de julio que termina...


















lunes, 29 de junio de 2009

117. Hola, en 400 palabras (setenta y ocho).

—¡Hola!
—…
—Bien, ¿y tú?
—…
—Qué parco eres, hijo, para eso no te llamo.
—…
—Sólo te preguntaba que qué tal tú. No es para que te pongas así.
—…
—¡Bueno…! Vaya humor que tenemos hoy…
—…
—Ya lo sé, es cierto que estoy un tanto susceptible, pero lo tuyo es exagerado.
—…
—Venga, de acuerdo. Empecemos otra vez.
—¡Hola!
—…
—Muy bien, ¿y tú?
—…
—¿Lo ves? Esto ya es otra cosa. ¿Qué tal tu día?
—…
—El mío regular, pero contenta. He tenido muchísimo trabajo hasta ahora, pero todo me ha salido bien.
—…
—Gracias. Por eso te llamo, para contártelo y porque tengo un ratito.
—…
—Ya, ya sé que estás liado, pero podemos hablar un rato, ¿no?
—…
—Te entretengo poco, ya verás.
—…
—Es que… te echo de menos.
—…
—No, no te preocupes, no me oye nadie.
—…
—Había pensado que esta tarde…
—…
—¿Qué llegarás tarde? Vaya, ¡qué pena!
—…
—Porque te iba a proponer algo distinto…
—…
—Pues, hijo, si te pones así se me quitan las ganas.
—…
—Pues las ganas… las ganas de contártelo… y de hacerlo.
—…
—¡Que no me oye nadie! Estoy sola, ¿y tú?
—…
—¡Ah! Pues disimula ¿no? A mí no me oyen.
—…
—Vale, pues sigo.
—…
—No te enfades y escúchame.
—…
—Me estoy controlando.
—…
—Es que… te quiero mucho.
—…
—No será momento para ti, pero para mí sí lo es.
—…
—Y te iba a proponer… ¿tienes tiempo?
—…
—Pues te iba a proponer que llegáramos pronto a casa, antes de que aparezcan los niños y…
—…
—Hoy los niños tiene extraescolares. No vuelven hasta las ocho.
—…
—¿Que no puedes? Seguro que sí, cuéntale una milonga a tu jefe y te dejará.
—…
—¡Jo, eso lo puedes hacer mañana!
—…
—Ya veo lo que me quieres.
—…
—Creo que hace años que no te lo pido.
—…
—Ya, lo entiendo, es importante… pero aún no conoces mi propuesta.
—…
—¿Qué no puedes seguir hablando?
—…
—Bueno, dime si vas a poder o no estar en casa a las cinco.
—…
—¿Que no sabes?
—…
—Descolgaremos el teléfono.
—…
—Y apagaremos los móviles y echaremos la gitana.
—…
—Pero…
—…
—Vale, espero.

—…
—¿Que no puedes?
—…
—¿Que es más importante tu trabajo?
—…
—¿Cómo que no?
—…
—No me quieres nada.
—…
—¡Que te vayas a la…!
—…
—¿Qué no te diga qué?
—…
—Estoy en mi derecho
—…
—No estoy de acuerdo. Eres un borde.
—…
—Mañana no me apetecerá. Me dolerá la cabeza.
—…
—Mira, te espero a las cinco. Si no llegas, no se te ocurra ni ir por casa.
—…
—No. A ninguna hora.
—…
—Y mañana tampoco.

viernes, 26 de junio de 2009

116. La torre de Babel o la estupidez supina de nuestros políticos, en 400 palabras (setenta y siete).

La torre de Babel o la estupidez supina de nuestros políticos

No me lo puedo creer. No quería hablar de política en esta bitácora —ya lo dije en otra ocasión—, pero lo que acabo de leer me parece tal disparate que no me resisto. Resulta que el Sr. Chaves, nada menos que vicepresidente tercero del Gobierno de Ehpaña, necesita de siete intérpretes para negociar en el Senado con los representantes autonómicos. Dice la prensa que dos para el catalán, dos para el vasco, dos para el gallego y uno para el valenciano (¿por qué discriminan al valenciano?). Traducción simultánea. Debe ser que no tienen una lengua común y que algunos no entienden el castellano. ¡Qué disparate!

Yo más bien creo que los intérpretes deben servir, sobre todo, para traducir el andalú disléxico de D. Manuel Chaves, y tratar de vestir sus palabras huecas… que así deben ser cuando he leído, por otro lado, que el presidente Rodríguez le ha quitado la competencia de negociar la financiación territorial y que sólo va a hablar — o a intentarlo— sobre las políticas generales de su departamento.

En cualquier caso, y hable de lo que hable, ¿para qué diablos necesita de siete intérpretes? ¿Es que estamos locos? ¿Es que somos estúpidos? ¿O es que nos falta una mínima dosis de sentido común? Parece un mal chiste o una tomadura de pelo a los ciudadanos (perdón, a los ciudadanos y ciudadanas) de este país. Vaya por delante que me parece muy bien que se respeten las lenguas propias de cada región. Que se hablen y que se promuevan. Pero que se lleve al ridículo extremo de que se tengan que usar en una mesa de negociación (más o menos) con traducción simultánea, cuando existe una lengua común, es lo más absurdo que he visto en mi vida. Así no me extraña que no pueda haber acuerdo entre las autonomías.

La estupidez de nuestros políticos no tiene límite, ni parangón posible con nada. Puedo aceptar que en un discurso institucional en el Senado, cada representante autonómico hable en su lengua propia, cooficial. Es una forma de reconocer formalmente las diversas lenguas, especialmente cuando el Senado parece tender a convertirse en la Cámara de las Autonomías, aunque todavía no con la requerida definición. Pero en una negociación… ¿a quién se le ocurre?

Creo que estos nuestros políticos se han vuelto chavetas. Es la torre de Babel.

jueves, 18 de junio de 2009

115. Envidia, en 400 palabras (setenta y seis).

Envidia

Siento envidia, supongo que de la buena porque no quiero hacer mal a nadie. Siento envidia de muchos y de muchas cosas. Por ejemplo, siento envidia de nuestros políticos, que de vez en cuando dicen frases lapidarias que quedan para el recuerdo, como la de “los brotes verdes” de una ministra, los “miembros y miembras” de otra o las “coincidencias planetarias” de una joven política, o lo de “jóvenes y jóvenas” de otra, no tan joven ya. Ahí quedan. Son frases para no olvidar. Yo tenía un amigo que una noche, ante no sé qué acontecimiento, dijo “estoy obnubilado”; y lo dijo solemnemente, con la consiguiente carcajada general. Pero la frase se recuerda.

En cambio yo creo que no he dicho ni escrito una frase lapidaria en mi vida. Y eso lo envidio. No se me ocurre ninguna como a Churchill o a Groucho Marx, que se les ocurrían a cientos. Los envidio, sí.

Envidio también a Ana, a Jenny, a Marina, a Carolina y a Noelia (podría citar una larga lista), compañeras de bitácoras casi anónimas —bueno, ya casi nos conocemos— por lo bien que escriben. Es una auténtica delicia leerlas. No importa que escriban de hechos reales o de historias inventadas, que siempre lo hacen con un estilo que da envidia. Cada una a su manera, pero rozando la perfección.

Yo, en cambio, he de conformarme con escribir de vez en cuando unas 400 palabras con poco ingenio y cuyo fin, finalmente, es escribir pasándomelo bien un rato, que no sé si para entretener a otros; seguramente no, aunque algún piropo que recibí me halagó en exceso. ¿Para quién o para qué escribe uno? No lo tengo claro. Unos, que saben hacerlo bien y luego venden, lo harán por la fama y el dinero. Otros lo haremos para los amigos más próximos, algunos anónimos o desconocidos, y lo publicamos en la Red. Otros, por el puro placer de escribir, no importa las consecuencias. Yo creo que casi todos lo hacemos por placer. Por ese placer íntimo que proporciona toda (buena) obra a su autor. La creatividad es placentera, sin duda (yo, que trabajo en Informática, siempre defendí que lo más bonito de este oficio es programar, por lo que de creativo tiene; lástima que hace años ya que no lo hago).

También envidio a quien es capaz de escribir una novela, publicarla y tener éxito. ¡Qué envidia!

miércoles, 10 de junio de 2009

114. Bendita rutina, en 400 palabras (setenta y cinco).

Bendita rutina

Salí pronto de casa aquella mañana, quizá algo más de media hora de la hora acostumbrada. Yo soy un animal de costumbres: de lunes a viernes siempre me levanto a la misma hora y siempre salgo de casa cuando las manecillas marcan las 7:55. Siempre. Bueno, algún día unos minutos antes o después, tampoco voy a engañarme.

Pero aquella mañana eran las 7:25. Me encontré raro sin coincidir con mis vecinos de todos los días, “Hola”, “Hola”, “¿Qué tal, cómo estás?”, “Bien, ¿y tú?”; ni con esa chiquilla que, al ir al colegio, esperaba a su novio en el semáforo y, cuando él llegaba, se morreaban un poquito para empezar la mañana; ni con el simpático barrendero con su carro, “¡Hasta luego!”, “¡Hasta luego!”; ni con la viuda paseando a su perro, “Buenos días”, “Buenos días”; ni a esa chica tan guapa que salía del portal de enfrente a la misma hora que yo todos los días; ni con el autobús que conducía una conductora rubia. Sí, todos ellos eran tan puntuales como yo, todos los días. Por eso aquella mañana me encontré algo desorientado. Miré a todos lados como buscándolos y vi algunos personajes nuevos, pero no me llamaron la atención en absoluto. Nadie destacaba. Estaba amaneciendo y se apagaban las farolas, ¡qué casualidad!, justo cuando salía de casa; ése fue el único hecho relevante.

Arranqué el coche y me dirigí a la oficina, como todos los días. El atasco era menor, algo gané. Ya conduciendo, me pregunté que por qué aquella mañana había salido de casa antes que nunca. Eché de menos los encuentros acostumbrados que, aunque efímeros, formaban parte del ritual diario. Aquella mañana no pude ver a esa chica tan guapa que salía del portal de enfrente a la misma hora que yo todos los días. Me perdí cómo iría vestida y no pude disfrutar fugazmente de su belleza. A ella no la saludaba, no tenía confianza, sólo la miraba. Ella lo sabía, porque creo que, cuando la miraba, se contoneaba con coquetería.

Me respondí que no había ninguna razón especial para haber salido antes aquella mañana; simplemente, me desperté más temprano y seguí con mi rutina. Sentía un cierto vacío interior y a punto estuve de dar la vuelta, aparcar el coche, subir y bajar de nuevo a las 7:55. Pero no lo hice. Me habría sentido ridículo repitiendo la salida de casa.

domingo, 7 de junio de 2009

113. Más sobre los números primos (dos), en 400 palabras (setenta y cuatro).

Más sobre los números primos

Es apasionante el universo matemático de los números primos. Son los átomos o ladrillos de los números naturales, como ya expliqué en mi entrada “58. Los números primos”.

En cierta manera es un universo no del todo accesible todavía. Hay infinitos números primos, sí, ya lo demostró Euclides en el año 300 a. C., más o menos. Pero a pesar de sus trabajos y los de Euler, Goldbach, Mersenne, Gauss, Riemann y tantísimos otros, todavía hay grandes incógnitas sobre estos números tan básicos. Por ejemplo, aún no se han demostrado las siguientes afirmaciones:

· Todo número par mayor que 2 es suma de dos números primos. (Conjetura de Goldbach).


· Existen infinitos pares de números primos gemelos (dos números primos son gemelos si su diferencia es 2; por ejemplo: 17 y 19).

· Existen infinitos números primos de Mersenne (un número primo de Mersenne es de la forma 2**p – 1, donde p es un número primo.

· Existen infinitos números primos de la forma n**2 + 1.

· La sucesión de Fibonacci (ver mi entrada “14. El número phi”) contiene infinitos números primos.

· Siempre existe un primo entre n**2 y (n+1)**2.

Parece que la hipótesis de Riemann, que tiene que ver con el teorema de los números primos, que aproxima el número de números primos inferior a un número dado, está a punto de demostrarse. Hay muchos teoremas demostrados que se basan en que la hipótesis de Riemann es verdadera. No sé qué pasaría si se demuestra que es falsa… La conjetura de Riemann afirma que “la parte real de todo cero no trivial de la función zeta de Riemann es ½”. No voy a entrar a definir la función zeta de Riemann, se saldría del ámbito de estas 400 palabras, pero sí decir que con los ordenadores actuales se ha demostrado empíricamente que la parte real de los primeros billones de ceros no triviales de esa función es ½. Lo que no demuestra que la conjetura sea cierta; hay que demostrarla; se demostraría que la hipótesis es falsa si se encuentra un contraejemplo, pero aún no lo ha encontrado nadie.

Como curiosidad: a fecha de hoy, el mayor número primo conocido es el 45º número primo de Mersenne, cuyo valor es 2**43.112.609-1 y tiene nada menos que 12.978.189 dígitos. ¿Os lo imagináis? Fue descubierto en agosto de 2008 en la Universidad de California (UCLA), utilizando el programa GIMPS.


Nota: ** = elevado a

sábado, 30 de mayo de 2009

112. Un desastre, en 400 palabras (setenta y tres).

Un desastre

—Ya sé que soy un desastre, pero no me lo repitas.
—No eres un desastre. Bueno, sí, en algunas cosas sí, pero en otras eres un campeón.
—No, no lo soy, soy un desastre. Me lo has dicho.
—También te he dicho que eres un campeón, ¿no me has oído?
—Sí te he oído, pero me lo dices por compromiso.
—No, te lo digo en serio. En unas cosas, la mayoría, eres estupendo.
—Y en otras un desastre.
—Sí, pero en cosas sin importancia.
—En cosas sin importancia, ¿soy un desastre o un campeón?
—En algunas, un desastre.
—¿Y en las importantes?
—Muy bueno.
—¿Como cuáles?
—No sé… en tu trabajo.
—¿Tú crees?
—Sí.
—¿Por qué, si nunca has trabajado conmigo?
—Pero lo sé.
—¿Porque nunca me han despedido?
—Sí, por ejemplo.
—Pues, mira, no es cierto. Una vez me despidieron.
—¡Ah, sí! Lo había olvidado. Pero fueron circunstancias especiales.
—Pero me despidieron.
—Sí.
—Luego no debo ser tan bueno, ¿no?
—No es eso, es que entonces pasaste una crisis…
—Y me despidieron.
—Sí, pero…
—No hay peros. ¿Ves como soy un desastre?
—No, no lo eres.
—Antes has dicho que sí.
—Pero en cosas sin importancia, ya te lo dije.
—¿Por ejemplo?
—No sé, a veces te despistas y no haces las cosas bien.
—¿Qué cosas?
—Pues… no sé.
—Alguna habrá, porque me has dicho que soy un desastre.
—Te lo diría exagerando.
—No, no exagerabas.
—Bueno, te lo dije porque te olvidaste de sacar las cosas del lavavajillas, pero eso no tiene importancia. Lo hice yo.
—¿Y por qué lo hiciste tú? Tenías que habérmelo dicho y lo hubiera hecho yo. Me tocaba a mí.
—Pues no te lo dije para no discutir, como ahora.
—No estamos discutiendo. Si a mí me toca sacar el lavaplatos, lo tengo que hacer. Y si me olvido porque soy un desastre, me lo dices y lo hago.
—No quería molestarte.
—No me habrías molestado.
—Tú estabas haciendo cosas y no quise interrumpirte. Además, habríamos discutido, como ahora.
—Ahora no estamos discutiendo. Estamos hablando. Pero te digo que, si me tocaba a mí, tenías que habérmelo dicho.
—Pues decidí no hacerlo. ¿vale?
—Vale, pero luego me dices que soy un desastre.
—Sí, te lo he dicho, pero no me tomes en serio.
—¿Qué no? ¿Y cómo crees que me siento?
—No lo sé.
—Como un desastre.
—No es para tanto.

viernes, 22 de mayo de 2009

111. 40 Haikus (cinco), en 400 palabras (setenta y dos).

Más haikus sobre la mujer, amores y desamores

 

Te miré y vi

tus ojos relumbrantes;

me cautivaron.

 

Me enamoré

de ti cuando te miré.

Así hasta hoy.

 

Ojos castaños

que brillan cuando miran

y me poseen.

 

Negra mirada

la tuya; nubarrones

bajo el cielo.

 

Bellas lágrimas

que con tu alegría

derramas, dulces.

 

Mujer querida,

mujer sabia y bella,

mujer ansiada.

 

No me insultes,

que sólo te anuncié

que te dejaba.

 

El amor pleno

llega tras los años

de amor fiero.

 

Amores tengo,

amores que enamoran

todos los días.

 

Dicen que tengo

la suerte de los tontos

por conocerte.

 

No te olvido;

aunque tú me dejaste,

yo te quiero.

 

¡Qué cansado es

insistir siempre en la

misma historia!

 

Déjame en paz,

no me quieras tanto, que

me harto de ti.

 

Quiero amarte

como antaño: pasión,

fuego, tormenta.

 

Te amo como

tú a mí, con el amor

sereno, pleno.

 

No te quiero, no;

me cansé de ti cuando

me engañaste.

 

No me olvides,

que me duele el alma

de tanto sufrir.

 

Es ya muy tarde,

no me vengas con cuentos,

que ya está bien.

 

No me digas que

te duele la cabeza,

que no te creo.

 

Este desamor

que me tienes se hará

odio en breve.

 

No concibo el

amor sin desencuentros.

¡Qué aburrido!

 

Qué será será

esa fuerza interna

que me trastorna.

 

El amor no es

cosa vana, salvo

que seas tonto.

 

La soledad

es al amor como la

sombra a la luz.

 

¡Qué tonto fui que

te dejé escapar por

entre las rejas!

 

No me mires con

tus bellos ojos, que me

enorgulleces.

 

Bésame con tus

dulces labios, que tan bien

están tallados.

 

Ponte el traje

que te regalé. Estás

preciosa con él.

 

Llora tus penas,

grítalas, extráñalas

sobre mi hombro.

 

Constato que

no me quieres. Me odias

profundamente. 

 

Quisiera vivir

enamorado siempre

de esta mujer.

 

Vivimos los dos

pendientes el uno del

otro. Así es.

 

No sé cómo ni

por qué nos conocimos,

pero así fue.

 

No sé si podré

amarte más de lo que

te he amado.

 

Sé que cuando tú

quieras, lo nuestro será

historia vieja.

 

Dependo de ti

hasta para respirar.

Dame tu aire.

 

Vente conmigo,

deja a la otra y

ámame a mí.

 

Con  mucho amor

me acerqué a ti y

tú me amaste.

 

No olvidaré

que un día dijiste:

“te olvidaré”.

 

No me lo digas,

que ya lo sé; me odias

tanto como yo.