
Lo de nuestra va porque es la hora mágica de mi mujer y la mía. Bueno, y de mi perro Golfo también, que también la disfruta.
Es la hora de nueve a diez de la mañana. En mis playas de Cái. Mis playas de Cái tienen rincones, antaño ignotos, en los que se puede estar solo durante un rato en pleno mes de agosto. Hace unos años, estábamos solos toda la mañana; hace cinco, hasta las doce; hace dos, hasta las once. Este año sólo hasta las diez, de ahí nuestra hora mágica.
Imaginaos, queridos lectores (si es que pasáis por aquí a leer esto), una playita solitaria, aún en sombra a esa temprana hora de las nueve: el acantilado impide al sol iluminar la arena con sus rayos que, poco a poco, paciente pero inexorablemente, van cubriéndola con su luz. A la playita, cien metros de larga, le suelen quedar zonas de arena seca aun con la marea alta. Arena rubia, fina, limpia (no siempre, lamentablemente, que hay desaprensivos que la ensucian con basura de todo tipo y no es raro el día en que no ejercemos de barrenderos, muy gustosamente, por cierto, aunque contra el mundo), agua salvaje del Atlántico abierto, tranquila y transparente si sopla Levante; turbia, por la arena que levantan las grandes olas, si sopla Poniente. Pero siempre limpia. La mar, a su antojo, rompiendo en olas pequeñas o grandes y lamiendo la arena dorada. Y, nosotros, solos en la playa. Mirar desde allí el ancho mar, contemplar el horizonte que se curva en la lejanía, ver las gaviotas volar con su majestuoso vuelo sobre tu cabeza, oír muy cercano el rumor de las olas, mientras observas con atención cómo rompen en sus formas caprichosas, una tras otra, una tras otra, es algo que no basta con describir. Hay que vivirlo. Y, nosotros, solos en la playita. Un placer. Un descanso para el cuerpo y el alma. Una satisfacción incomparable. Una sensación única y distinta.
Llegamos; nos desnudamos; ella, anda, a buen ritmo; yo, fumo un pitillo y paseo contemplando la mar; luego, corro media hora, seguido por mi perro Golfo, y me baño, nos bañamos, en las aguas salvajes de mis playas de Cái. Imaginaos, queridos lectores, una playa únicamente para nosotros. Aunque sólo por una hora, que cada año la gente baja antes. Pero esa hora es nuestra hora mágica.
Es la hora de nueve a diez de la mañana. En mis playas de Cái. Mis playas de Cái tienen rincones, antaño ignotos, en los que se puede estar solo durante un rato en pleno mes de agosto. Hace unos años, estábamos solos toda la mañana; hace cinco, hasta las doce; hace dos, hasta las once. Este año sólo hasta las diez, de ahí nuestra hora mágica.
Imaginaos, queridos lectores (si es que pasáis por aquí a leer esto), una playita solitaria, aún en sombra a esa temprana hora de las nueve: el acantilado impide al sol iluminar la arena con sus rayos que, poco a poco, paciente pero inexorablemente, van cubriéndola con su luz. A la playita, cien metros de larga, le suelen quedar zonas de arena seca aun con la marea alta. Arena rubia, fina, limpia (no siempre, lamentablemente, que hay desaprensivos que la ensucian con basura de todo tipo y no es raro el día en que no ejercemos de barrenderos, muy gustosamente, por cierto, aunque contra el mundo), agua salvaje del Atlántico abierto, tranquila y transparente si sopla Levante; turbia, por la arena que levantan las grandes olas, si sopla Poniente. Pero siempre limpia. La mar, a su antojo, rompiendo en olas pequeñas o grandes y lamiendo la arena dorada. Y, nosotros, solos en la playa. Mirar desde allí el ancho mar, contemplar el horizonte que se curva en la lejanía, ver las gaviotas volar con su majestuoso vuelo sobre tu cabeza, oír muy cercano el rumor de las olas, mientras observas con atención cómo rompen en sus formas caprichosas, una tras otra, una tras otra, es algo que no basta con describir. Hay que vivirlo. Y, nosotros, solos en la playita. Un placer. Un descanso para el cuerpo y el alma. Una satisfacción incomparable. Una sensación única y distinta.
Llegamos; nos desnudamos; ella, anda, a buen ritmo; yo, fumo un pitillo y paseo contemplando la mar; luego, corro media hora, seguido por mi perro Golfo, y me baño, nos bañamos, en las aguas salvajes de mis playas de Cái. Imaginaos, queridos lectores, una playa únicamente para nosotros. Aunque sólo por una hora, que cada año la gente baja antes. Pero esa hora es nuestra hora mágica.